Bolivia: El referéndum de las debilidades. Dossier.

Artículos de Pablo Stefanoni Raúl Zibechi Guillermo Almeyra Jorge Altamira /Fuente: Sin Permiso

El domingo 21 de febrero, el pueblo boliviano votó el referéndum para reformar la Constitución del país y permitir la reelección del presidente Evo Morales en 2019. Los resultados le han dado la mayoría al No, lo que supone una importante derrota de la propuesta política de Evo Morales y Alvaro García Linera que obliga a hacer balance y a replantear las perspectivas de la izquierda boliviana, en una nueva etapa marcada por la caída de los precios de los hidrocarburos y de la capacidad redistributiva del gobierno del MAS. Además de estos cuatro artículos de autores habituales en Sin Permiso, aconsejamos la lectura de los de Fernando Mayorga y Bruno Fornillo, publicados en el boletín de CLACSO, Megafón: la batalla de las ideas, nº1, cuya aparición celebramos. SP /28/02/2016.

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Un referéndum por penales

por Pablo Stefanoni

Evo Morales se metió solo en lo que, desde el comienzo, se veía como la elección más difícil en una gestión marcada por una sucesión de contundentes triunfos electorales durante una década. Como si la “abstinencia” electoral resultara insoportable para un líder que necesita de la continua aprobación de las masas, el presidente boliviano se lanzó a un referéndum para habilitar precozmente un cuarto mandato, cuando aún le quedan cuatro años para terminar su tercera gestión. De este modo, el propio gobierno que la pergeñó, decidió, luego de seis años de aprobada, modificar la nueva Constitución Política del Estado que puso las bases del Estado Plurinacional en 2009. La pregunta era: ¿Usted está de acuerdo con la reforma del artículo 168 de la Constitución Política del Estado para que la presidenta o presidente y la vicepresidenta o vicepresidente del Estado puedan ser reelectas o reelectos por dos veces de manera continua?

La primera dificultad, obvia, de un referéndum de esta naturaleza es que unifica a todos los oponentes en la opción del No. Desde los racistas que nunca quisieron un gobierno campesino-indígena hasta quienes critican lo contrario: que no es un verdadero gobierno indígena sino un sucedáneo de matriz blancoide o directamente un gobierno antiindígena, la coalición del No permitió la unificación de un voto que nunca se uniría detrás de una candidatura común. Se trata de algo natural, que no descalifica sus razones, pero matiza lecturas que, como suele ocurrir en estos casos, tratan de leer el resultado de manera unidimensional. Ni Montesquieu resucitó en los Andes, ni todo se trató de la mano negra del Imperio ni el famoso “Vivir bien” ancestral despertó a las deidades andinas de las alturas para vengar el “neodesarrollismo” populista de Evo.

Quizás se trate de algo más sencillo: una mezcla de desgaste tras una década de ejercicio del gobierno –y las consecuentes dificultades para transformar utopías movilizadoras en realidades vitales– con errores políticos intercalados, como convocar tan tempranamente un referéndum tras el triunfo electoral de 2014 con el 61% más una mala campaña electoral. De esta forma, lo que se había avizorado como un proceso de des-polarización en 2010-2014, ayudado por el éxito económico de Morales, devino renovada re-polarización, y casi por mitades. En síntesis, de acuerdo con los resultados obtenidos hasta el momento, el 21F Evo perdió con Evo más que con la oposición.

En esta década, el Movimiento al Socialismo (MAS) puso en pie, con bastante éxito, un nuevo modelo económico basado en el estatismo y cierta ortodoxia macroeconómica junto a un nuevo Estado más abierto a la diversidad del país. “El socialismo es compatible con la estabilidad macroeconómica”, dijo en una oportunidad el ministro de Economía Luis Arce Catacora, que ocupa el cargo desde hace una década (todo un hito en un país conocido por sus convulsiones económicas, que en los 80 incluyó una hiperinflación). Los “chuquiago boys” –en referencia irónica al nombre aymara de La Paz– mostraron así una eficiencia que los neoliberales no habían conseguido, en parte gracias a los altos precios de las materias primas pero también a la política de expansión del mercado interno, nacionalización de los hidrocarburos, cobro de impuestos y gestión “prudente” de la economía (1). Hoy el escenario cambió, por la caída de los precios, pero el blindaje económico aún funciona e incluso se prevé una fuerte inversión pública.

El problema es que el referéndum despertó el sentimiento antirreeleccionista asentado en los perennes reflejos antiestatales de los bolivianos (aunque reclamen “más Estado”). Hernando Siles, impulsor de un tibio reformismo social, enfrentó una sublevación popular en 1930 cuando intentó “perpetuarse” en el poder; el líder de la Revolución Nacional, Víctor Paz Estenssoro, enfrentó un golpe de Estado tras acceder a un segundo mandato consecutivo en 1964 y debió exiliarse en Perú. Gonzalo Sánchez de Lozada, en un segundo mandato no consecutivo en 2003, debió huir en helicóptero en medio de la Guerra del Gas y así… la aversión a la “perpetuación” es una de las marcas de la cultura política boliviana y su desconfianza ante el poder. Tampoco hay que desmerecer la penetración de cierta cultura política “liberal” de la mano del afianzamiento democrático desde 1982.

Morales logró adormecer esos reflejos, y como presidente-símbolo de una nueva era ganó elección tras elección durante una década. Pero hoy esa magia se ha disipado en gran medida. De todos modos, que tras una década, en un país políticamente inestable como Bolivia, aún mantenga casi la mitad de los votos no es un dato menor. Si los del No son votos de muy disímiles sensibilidades, los del Sí son un apoyo a la continuidad del mandatario cocalero. Por eso la oposición sabe que el MAS no está vencido para 2019, pero con seguridad el proyecto oficialista se ha debilitado.

Los resultados del domingo 21F pueden leerse como una pérdida de los sectores que el MAS había venido conquistando en las urnas –mediante su expansión hegemónica– pero que estaban lejos de una lealtad electoral absoluta: los votantes de las grandes ciudades y los del oriente autonomista liderado por Santa Cruz. Los campesinos y las ciudades intermedias fueron quienes salvaron al presidente de una derrota mayor. No obstante, conflictos locales en Potosí y El Alto, mal resueltos, debilitaron a Evo en estas zonas andinas bastiones del MAS.

Evo siempre creyó que su “pacto de sangre” es con los campesinos, que son ellos quienes nunca lo van a abandonar, mientras que el apoyo urbano es siempre desconfiado, volátil. Ahí siempre residió la fortaleza y la debilidad del proyecto de Evo, que siempre se asentó en una matriz campesina (paradójicamente cuando el país se vuelve cada vez más urbano).

A estos elementos se suma una campaña en la que la eficacia estuvo en mayor medida del lado del No, especialmente en las redes sociales (de hecho, el presidente llamó, tras el referéndum, a “debatir su uso” porque se organizan guerras sucias que “tumban gobiernos”). Una serie de figuras –como los periodistas Amalia Pando (2) o el más polémico Carlos Valverde desde Santa Cruz– se sumaron a gran cantidad de autoridades regionales opositoras y dinamizaron una campaña a veces sin recursos (otra dificultad del MAS fue siempre ganar alcaldías de ciudades grandes y gobernaciones: el prestigio gubernamental de Evo siempre fue inversamente proporcional al poco brillo de sus gobiernos locales).

Desde 2009, el pragmatismo le permitió a Evo ampliar su base a Santa Cruz, al tiempo que su gobierno se volvía cada vez más “normal” y perdía épica revolucionaria. No casualmente, el discurso de la estabilidad fue reemplazando el discurso del cambio. Y, por primera vez desde 2005, la elección del 21F de Morales careció de imágenes de futuro y se refugió en las conquistas del pasado. No es casual que, tras los resultados adversos, aún en medio del avance del conteo oficial, Evo Morales recordara los ataques que, como candidato presidencial campesino, recibió en 2005, cuando lo acusaban de “talibán” o “narcotraficante”. Fue una suerte de refugio en el Evo campesino que la gestión del poder había venido borrando en su figura; un retorno a los orígenes y al entorno en el que se siente más seguro, el del “pacto de sangre” étnico-cultural.

En el marco de una creciente pérdida de iniciativa, las balas de la oposición –muy dispersa, por cierto– comenzaron a impactar frente al blindaje de meses y años previos. Así, la denuncia de que una expareja de Evo lideraba una empresa china que recibió contratos públicos sin licitación incidió sobre el capital moral de Evo, fuente de su legitimidad política. Ello se suma a los escándalos del Fondo Indígena: los proyectos fantasmas financiados por el Estado acabaron como un cuestionamiento a la capacidad indígena para renovar la política. Es más, la develación de que el vicepresidente Álvaro García Linera no concluyó su licenciatura de matemática en México tuvo una repercusión desmesurada y lo obligó a revalidar, a la defensiva, su estatus de intelectual –pese a que es un asiduo invitado a varias universidades de prestigio por su obra teórico-política.

Pero, además, el No encontró un argumento que se transformó en un arma poderosa porque encajaba con un sentimiento generalizado, sobre todo en sectores urbanos: que el de Evo fue, en efecto, un buen gobierno en muchos aspectos, pero que no es bueno que se “perpetúe” en el poder. Por ejemplo, el escritor Edmundo Paz Soldán declaró que ve a Bolivia en esta década “con una economía que no ha dejado de crecer, que ha permitido la disminución de la pobreza extrema, la expansión de la clase media y la mejora notable de nuestros indicadores de salud y educación”.

Agrega que “Morales ha sabido manejar la economía, ha promovido necesarias políticas de inclusión de grupos excluidos, y ha consolidado una política marítima coherente; ha proyectado también al país en el campo internacional”. Sostiene que “en lo negativo, están la corrupción institucionalizada, la falta de independencia del Poder Judicial, la falta de políticas de equidad de género, y la ausencia de un verdadero plan de industrialización que haga que Bolivia deje de ser una economía dependiente de sus materias primas”. Y concluye: “Yo solo espero que Bolivia esté a la altura y le muestre al continente que, por más que admire a Evo y apruebe su gestión, confía más en sus instituciones y en una democracia que limita los impulsos que tienen sus líderes de quedarse para siempre en el poder” (3). En este razonamiento están contenidas muchas de las percepciones que fortalecieron el voto por el No; las más difíciles de neutralizar desde el gobierno, con sus datos económicos.

Pero la pérdida de magia también resucitó otros fantasmas. La quema de la alcaldía de El Alto, en manos de la joven alcaldesa opositora Soledad Chapetón (4), por parte de “padres de familia”, que protestaban dejó en evidencia que los repertorios de acción colectiva que en 2003 abrieron paso a la épica Guerra del Gas, en otro contexto pueden ser la pervivencia de formas de protesta desmesuradas, que impiden un funcionamiento normal de las instituciones y causan muertes. Todo esto genera un fuerte rechazo de las “mayorías silenciosas” hacia los movimientos sociales, replegados a instancias corporativas e incluso con tonalidades mafiosas, como ocurre con el cacique sindical alteño Braulio Rocha, quien había advertido a Chapetón que él sería “su pesadilla” y ahora fue detenido por el incendio.

Un aspecto de los gobiernos nacional-populares es su dificultad para aceptar un nuevo orden, plasmado por ejemplo en las Constituciones aprobadas durante sus gestiones y su tendencia a pensar esas Cartas como resultado de correlaciones de fuerzas transitorias que hay que cambiar ante la menor posibilidad de “avanzar”. Eso provoca situaciones paradójicas –que también ocurrieron en Venezuela–: que dados los intentos de cambiar las nuevas Cartas Magnas, la defensa de esas Constituciones termine en manos de las derechas que en su momento buscaron impedir su aprobación. Otra dificultad es hacer política con eficacia una vez debilitados sus enemigos.

Si se confirman estos resultados, el MAS deberá pensar en otro candidato para 2019, lo que podría tener como resultado positivo obligar al partido a abandonar la inercia de los triunfos electorales automáticos y actualizar su oferta transformadora. Por ahora es temprano para anticipar posibles candidatos. ¿El canciller David Choquehuanca?, ¿el vicepresidente Álvaro García Linera? ¿el presidente del senado y experiodista Alberto Gringo González? En una reciente entrevista en el diario El Deber, el presidente pareció incómodo cuando le preguntaron por la posibilidad de que el vicepresidente (que lo acompañó estos diez años), sea el Plan B en caso de perder. Aunque lo elogió como una especie de copiloto, lo asimiló a un “secretario” más que a un “presidenciable” (5). Quizá sólo fue una frase producto de la incomodidad de responder sobre una posible derrota. Pero quizás también marcó la cancha. Por otro lado, el referéndum habría sido también un No a García Linera ya que se consultó sobre la habilitación del binomio completo para un nuevo mandato. ¿Tratará de ser Evo una especie de Putin en busca de su Medvédev o un Lula en busca de un candidato que no sea un mero delfín? En algún momento se habló de una mujer “para completar la revolución cultural” pero al menos hoy Gabriela Montaño, ex presidenta del Senado y actual presidenta de Diputados, aún debería sortear un escenario cuesta arriba en las encuestas. Aunque con Evo no hay que descartar ninguna sorpresa en término de futuros nombres. Los cambios en la región, sin duda, no ayudan por ahora al MAS.

Pero más allá de candidaturas, la duda es si el gobierno logrará re-enamorar a los bolivianos con nuevas propuestas transformadoras. Las ideas sobre una Bolivia potencia energética contuvieron un exceso de exitismo (y tonalidades de los años 50), que opacaron algunos avances efectivos en materia hidrocarburífera, mientras temas como salud y educación seguían como asignaturas pendientes. Lo mismo ocurrió con la compra de un satélite chino, que generó demasiada sobreactuación, efectiva al comienzo pero contraproducente después. Como señalamos en un artículo reciente “la posibilidad de dar el ‘gran salto adelante’ industrial, sin un aparato técnico-científico que lo acompañe, se vuelve ilusoria y lineal. El Plan de desarrollo 2025 es demasiado general (…) La importancia que el presidente boliviano asignó a que el rally Dakar pase por Bolivia –pese a su colonialismo intrínseco así como sus efectos ambientales– es uno de los elementos de tensión discursiva en el relato oficial, que transitó hacia derivas más centristas. Al mismo tiempo, el énfasis en la macroeconomía y sus cifras, ocluye algunos debates más generales sobre el horizonte futuro del país” (6).

Del lado del No, una oposición de “nueva derecha”, con bases territoriales en diversas regiones, buscará capitalizar los resultados frente a esfuerzos más minoritarios de construir una opción progresista no oficialista. El campo del No vivirá sus propias batallas, para superar una fuerte disgregación, desprestigio de las viejas figuras (asociadas a los gobiernos del pasado) y necesidad de renovación generacional (ahí hay alcaldes y gobernadores sub 50 que ya mirarán con otros ojos su futuro político). Por ahora, el No es una yuxtaposición de múltiples voces (contra la “soberbia”, los “abusos”, las “nuevas élites”, los más exaltados contra la “dictadura” –y los todavía más exaltados contra los indios– y muchos en favor de la “democracia” o la “Constitución”) que articulan demandas genuinas, rechazan agravios innecesarios y ponen en cuestión el manoseo a una Constitución que se pretendió refundacional. Pero como ya sabemos, la política depende mucho de quiénes se apropian de los “instantes huidizos” de la historia7)(. Y esos instantes sobrevendrán en mayor medida con la salida del juego electoral, al menos como candidato –si se confirma el triunfo del No–, de Morales y la apertura de un escenario completamente nuevo desde 2006. Mientras tanto, la figura de las “dos Bolivias” –tan citada entre 2006 y 2008– volvió a la escena. No obstante, contra las tentaciones acerca de la circularidad de la historia, Bolivia no es la misma; sin duda, ha avanzado en muchos sentidos. Aunque muchos de sus fantasmas se nieguen a retirarse.

Notas:

(1) Óscar Granados, “Un decenio con los ‘Chuquiago boys’ de Evo Morales”,El País, Madrid, 20-2-2016.
(2) Pando renunció a su programa en radio Erbol, uno de los más escuchados, denunciando que el gobierno estaba ahogando financieramente a la radio al quitarle la publicidad oficial.
(3) “Evo Morales tiene muchas características de caudillos de siglos pasados”, La Tercera, Santiago de Chile, 20-2-2016.
(4) Pablo Stefanoni: “La nueva derecha andina”, revista Anfibia, http://www.revistaanfibia.com/cronica/la-nueva-derecha-andina/.
(5) Pablo Ortiz: “Evo Morales: ‘Álvaro es mi mejor secretario, jamás se ha creído presidenciable’”,
El Deber, Santa Cruz de la Sierra, 20-1-2016.
(6) Pablo Stefanoni: “¿Puede perder Evo el 21F?”, revista Panamá, http://panamarevista.com/puede-perder-evo-el-21f/
(7) La expresión, dicha por Mussolini, está citada en Emilio Gentile, El fascismo y la marcha sobre Roma. El nacimiento de un régimen, Edhasa, Buenos Aires, 2014.
http://www.eldiplo.org/notas-web/un-referendum-por-penales?token&nID=1
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El Patriarca en problemas

Por Raúl Zibechi

“Aquí la gente no tiene miedo”, sonríe el taxista mientras se abre paso, con lentitud exasperante, por las imposibles calles de El Alto, rumbo al centro de La Paz. “No tienen miedo”, repite encogiendo los hombros. Casi un mantra con el que parece explicarlo todo, desde el caos del tránsito hasta la increíble fuerza interior de las mujeres –omnipresentes en la ciudad aymara– trabajando como hormigas, cargando bultos, haciéndose cargo de la vida.

La ciudad luce cambiada, sobre todo por el asfalto impecable de sus calles y los edificios de cuatro y cinco pisos, los “cholets”, estilo arquitectónico mestizo nacido en El Alto de la mano de una pujante burguesía comercial aymara. Nadie parece alarmarse por el confuso episodio de la ocupación y quema del municipio alteño por padres de familia que se saldó con seis muertos, en el mismo momento en que el taxista repetía su mantra.

La alcaldesa Soledad Chapetón, que venció en las elecciones municipales con el 55 por ciento de los votos en un bastión oficialista, acusa a ex ediles del Movimiento al Socialismo (Mas), liderado por Morales, por el asalto e incendio de la alcaldía. El gobierno, por su parte, asegura que se trató de un “autoatentado” de la alcaldía alineada con la oposición. Los hechos de El Alto cobran especial relevancia en la recta final de la campaña electoral para el referendo del domingo, en el que los bolivianos deben decidir si se reforma la Constitución para permitir una segunda reelección de Evo Morales.

La avenida principal de La Paz, en el centro de la hoyada, medio quilómetro debajo de El Alto, lleva varios días cortada por manifestantes. Hileras de cholas con sus polleras y sombreros, sentadas serenamente, cortan las calles, mientras los varones disparan cohetes. La mayoría pertenecen a asociaciones de jubilados, pero detrás de ellos llegan los mineros, los petroleros y diversos sectores que aprovechan la coyuntura electoral para arrancar una demanda adicional al gobierno.

“Reclamamos por el segundo aguinaldo”, explica una mujer cuando se le pregunta el motivo de la protesta. La semana previa al referendo es testigo de la multiplicación de manifestaciones populares, una confluencia espontánea de los más diversos sectores que creen que es el momento oportuno para exigir.

Resultados inciertos

“¿Usted está de acuerdo con la reforma del artículo 168 de la Constitución Política del Estado para que la presidenta o presidente y la vicepresidenta o vicepresidente del Estado puedan ser reelectas o reelectos por dos veces de manera continua?” Esta es la pregunta que deberán responder 6 millones de bolivianos este domingo.

La iniciativa partió de la presidencia y muchos creen ver la mano del vicepresidente Álvaro García Linera, el cerebro del gobierno. Morales llegó a la presidencia en 2006 con el 54 por ciento de los votos. Fue reelegido en 2010 con un abrumador 64 por ciento y en 2015 con 61 por ciento obtuvo un tercer mandato que concluirá en 2020. Ahora pugna por presentarse nuevamente, lo que podría llevarlo a ejercer el poder hasta 2025, o sea 20 años consecutivos.

La pregunta que se hacen muchos bolivianos es por qué se promueve un referendo con tanta anticipación, ya que las elecciones nacionales se realizarán dentro de cuatro años. Lo cierto es que el referendo partió al país en dos mitades. Con el Sí están alineados el Mas y los movimientos sociales que apoyan al gobierno, entre ellos la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (Csutcb), la más importante organización social del país. Pero también algunas figuras locales de relieve, como los ex futbolistas Marco Etcheverry y Erwin Sánchez.

El No a la reelección es mucho más heterogéneo. Entre sus filas destacan el ex presidente Carlos Mesa, el gobernador de Santa Cruz, Rubén Costas, ambos de la derecha, pero también el gobernador de La Paz, Félix Patzi, y la ex ministra de Defensa Cecilia Chacón, que pueden ser
considerados de izquierda.

Las encuestas son una lotería. Las difundidas en febrero apuntan a un empate en torno al 40 por ciento para cada opción, correspondiendo la definición a los indecisos. En el cierre de la campaña oficialista, el miércoles 17, miles de personas aclamaron a Morales en la avenida Costanera de la zona sur de la capital.

“Nos hemos liberado e impulsamos desde los movimientos sociales un instrumento político de liberación y en diez años hemos cambiado la imagen de Bolivia”, aseguró Morales, quien destacó que su proclamación fue producto del “pedido de los movimientos sociales y del pueblo organizado”.

A la misma hora estudiantes de la Universidad Pública de El Alto protestaron cerca de la plaza Murillo, aludiendo al último escándalo que vincula a Morales con la empresaria Gabriela Zapata Montaño, quien se habría beneficiado de su relación privilegiada con el presidente. “Evo, Zapata, devuelvan la plata”, coreaban los estudiantes que junto a organizaciones de jubilados colapsaron el centro de la ciudad.

Según la prensa opositora, las personas que participan en los actos oficialistas son funcionarios que asisten de modo obligatorio. Apenas finalizó el discurso del presidente, “funcionarios públicos y miembros de organizaciones sociales se afanaban en estampar su nombre y firma en las listas de asistencia del cierre de campaña del Sí que organizó el Mas en la ciudad de La Paz” (Página Siete de ayer jueves).

Una de las movilizaciones más concurridas fue la realizada también en la noche del miércoles 17 en la céntrica plaza San Francisco por los partidarios del No, en la que participaron organizaciones sociales importantes (como Conamaq) que antes estaban a favor del gobierno y que le dieron la espalda en 2011 cuando la marcha en defensa de un territorio indígena y parque natural que iba a ser atravesada por una carretera fue reprimida por las autoridades. “Fue la manifestación más numerosa y ruidosa realizada por la oposición boliviana en una década en La Paz” (Agencia de Noticias Fides, jueves 18).

Un golpe demoledor

Una semana antes del referendo estallaron dos bombas que afectan la credibilidad del gobierno. La de menor potencia se relaciona con el vicepresidente, en cuya libreta militar figura como “licenciado en matemáticas” si bien nunca finalizó sus estudios. En sus numerosos libros también aparece como titulado. En la solapa de Sociología de los movimientos sociales en Bolivia, García Linera dice que es matemático y sociólogo, lo mismo que en otras de sus publicaciones. El sábado 13 se presentó ante los medios y declaró, con una soberbia que le ha granjeado numerosas antipatías: “Álvaro García Linera estudió matemáticas en México, no concluyó su licenciatura porque se vino a Bolivia a organizar una guerrilla para luchar contra los neoliberales, lo dije hace dos años, hace tiempo atrás”.

La agencia Fides informó que una biografía que estaba publicada en la página web de la Vicepresidencia había sido retirada. En ella se señalaba que García Linera “obtuvo su pregrado y posgrado” en la Unam. Ahora figura otro texto, que señala solamente que “estudió matemáticas” (Página Siete, lunes 15).

Pero el petardo mayor estalló en las narices de Morales. El periodista Carlos Valverde denunció que el presidente realizó tráfico de influencias para beneficiar a Gabriela Zapata Montaño, representante de una empresa china en Bolivia. El presidente reconoció que mantuvo una relación con la joven empresaria y que en 2007 tuvieron un hijo que falleció, aunque no dio detalles, pero negó que su empresa se hubiera visto beneficiada por la relación sentimental.

Según la denuncia, Morales conoció a Zapata en 2005 cuando ésta tenía 19 años y el presidente 45. Ella es una asidua en las páginas sociales de la ciudad de Santa Cruz, trabaja para la empresa China Camc Engineering, que mantiene millonarios contratos con el Estado boliviano. La acusación sostiene que el gobierno la favoreció en contratos que superan 500 millones de dólares. Fue el primer golpe directo al mentón de Evo.

El gobierno contraatacó con fuerza, señalando que el periodista fue jefe de la inteligencia boliviana entre 1989 y 1993, en pleno período neoliberal, y que actualmente tiene relaciones estrechas con la embajada de Estados Unidos. Según el argumento oficialista, Washington está intentando frenar el avance chino en la región sudamericana, lo que explicaría el hecho de que los contratos con la empresa que representa Zapata estén en el ojo del escándalo.

Ambas cosas pueden ser ciertas: que el periodista trabaje en función de los intereses estadounidenses y que la empresa china se haya visto favorecida por la especial relación entre el presidente y la empresaria.

Modelo

Lejos del ruido mediático, el debate más de fondo coloca en el centro la cuestión del modelo productivo impulsado por el MAS, centrado en la explotación y exportación de hidrocarburos, minería y monocultivos de soja. En suma, el mismo modelo que caracterizó al país a lo largo de toda su historia, desde la colonización española.

El Movimiento al Socialismo había prometido un “salto industrial”, que no sólo no se produjo sino que se asiste a la profundización del extractivismo. Ahora el vicepresidente habla de un “extractivismo temporal”, que permitiría la acumulación de recursos para invertir en la industrialización. Sin embargo, fuera de una reactivación de la industria textil en manos de pequeños y medianos productores, los cambios no llegan.

El investigador Pablo Villegas, del Centro de Documentación e Información Bolivia (Cedib), sostiene que la caída de los precios de los commodities en el mundo está provocando una aguda crisis en el país. “Esta crisis tiene dos aspectos –dijo a Brecha–. Por un lado tenemos un endeudamiento externo creciente y un importante aumento de impuestos, y por otro una incapacidad institucional para afrontar la crisis. De ese modo vamos a tener un gobierno con recursos en un país sin recursos y con una población estrangulada por altos impuestos.”

Meses atrás el Cedib, cuya sede está en Cochabamba, fue una de las ONG amenazadas de expulsión por sus permanentes críticas al oficialismo. Los gobiernos de Venezuela, Ecuador y Bolivia se han caracterizado por no aceptar críticas cuando provienen de las izquierdas. Villegas no es optimista respecto al futuro inmediato, y sospecha que de agravarse la crisis el gobierno puede optar por una salida represiva contra los movimientos sociales y las inevitables movilizaciones callejeras que forman parte de la cultura política del pueblo boliviano.

“Todo su plan es mantenerse en el poder”, sostiene Villegas con respecto al Mas y a Evo Morales. “La alternativa es recuperar la democracia”, dice, y considera que una característica común de los progresismos es “la corrupción, como lo muestran los gobiernos de Brasil, Chile y Bolivia”.
El sociólogo Luis Tapia, por su parte, asegura que “el excedente de las exportaciones de commodities no se ha utilizado en la transformación productiva, sino en lubricar redes clientelares para aumentar el control político de las sociedades y facilitar el ascenso de una nueva burguesía”.

Tapia fue miembro del grupo de intelectuales Comuna, y trabajó años junto a García Linera, del que está distanciado tanto personal como intelectualmente. Reflexiona sobre lo que denomina “presidencialismo colonial”, que consiste en “procesos electorales permanentes para legitimar decisiones tomadas fuera de los ámbitos institucionales e incluso fuera del país, usando los procesos plebiscitarios como fachada para evitar cambios de gobierno”.

Pero la crítica más demoledora la realiza la socióloga aymara Silvia Rivera Cusicanqui, un mito tanto para los intelectuales como para los movimientos. Rivera es autora del más importante libro sobre la historia social boliviana, Oprimidos pero no vencidos, que relata y analiza la historia del campesinado aymara y quechua desde 1900. Es tanto intelectual como activista, y es la pensadora boliviana más reconocida dentro y fuera del país.

En una carta difundida el martes 16, en que defiende el voto contra la reelección, acusa a García Linera de haber pergeñado una alianza con los terratenientes de Santa Cruz a quienes habría ofrecido “cambiar cualquier ley o decreto para favorecerlos”. Va más lejos al destacar que “reconozco en él a uno más de los arribistas que han llenado nuestro trayecto de oprobios, indignidades y derrotas”. Convoca a las “energías de nuestra conciencia rebelde y la luz de las enseñanzas indias y plebeyas de nuestra historia” para evitar que gane la reelección.

Llama la atención la mutua desconfianza, y hasta el odio, que se prodigan mutuamente los miembros del gobierno y quienes fueron parte del mismo proyecto hasta que comenzaron a transitar caminos opuestos. Hasta 2005 unos y otros pelearon juntos en las guerras del agua (2000) y del gas (2003 y 2005), participaron en decenas de marchas y acciones colectivas a lo largo y ancho del país. Para los oficialistas, los críticos “hacen el juego al imperialismo”. Para los opositores de izquierda, los nuevos gobernantes “han traicionado la agenda de octubre”, una lista de demandas que se rubricó con sangre en las jornadas de octubre de 2003, donde murieron 67 manifestantes y 500 fueron gravemente heridos.

Un diálogo imposible que muestra los límites de los procesos de cambio y de las propias alternativas por izquierda.

http://brecha.com.uy/
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Un tiro en el pie

Por Guillermo Almeyra

Durante siglos, salvo durante el breve intervalo de los gobiernos militares nacionalistas de clase media de Toro y Villarroel, Bolivia fue gobernada por una minoría oligárquica ferozmente racista que rotaba en la ocupación de los principales puestos. Nunca hubo un Estado digno de ese nombre ya que la mayoría indígena de la población no daba su consenso ni ejercía la ciudadanía. Con la revolución boliviana de 1952- en la que las milicias obreras destruyeron al ejército e impusieron de hecho una vasta reforma agraria- esa situación cambió radicalmente. Los obreros y campesinos entraron en la vida política y ni siquiera las dictaduras pudieron evitar su posterior evolución independiente ni afirmar un poder estatal todopoderoso.

El proceso actual nació de la irrupción de los pobres y los trabajadores en la guerra del agua, en Cochabamba, y en la posterior del gas, que derrocó al gobierno proimperialista del hombre más rico del país. Un sindicalista y diputado indígena, Evo Morales, que no había dirigido esas luchas sin embargo las canalizó hacia las elecciones nacionales, que ganó, y una Asamblea Constituyente, que logró organizar. La nueva Constitución mantuvo el carácter unitario del Estado pero lo declaró Plurinacional y basado sobre las autonomías indígenas, campesinas y regionales y la democracia directa.

Los regionalismos dirigidos por distintas fuerzas oligárquicas locales –en Santa Cruz, Tarija, el Beni-y los otros regionalismos, fruto del atraso cultural de amplios sectores de los trabajadores, fueron momentáneamente vencidos. La derecha clásica y sus partidos perdieron fuerza y unión y el gobierno inventó un partido, el Movimiento al Socialismo, que era en realidad un pool de direcciones burocráticas o semiburocratizadas de sindicatos y sectores sociales, muchas veces con conflictos de intereses y necesitados de un árbitro.

Evo Morales, como buen sindicalista, desempeñó ese papel desde el 2006. El problema principal
que tuvo que enfrentar fue la carencia de una formación política mínimamente homogénea y con intereses comunes porque los dirigentes del MAS están desesperados por tener un lotecito de poder propio y compiten entre sí por los cargos estatales más prestigiosos (y, en muchos casos, más lucrativos). Eso favoreció la fusión consiguiente entre el MAS y el Estado que corrompió a los dirigentes sociales, los sometió al aparato estatal y les quitó la posibilidad de ejercer un control de las clases trabajadoras sobre un organismo, como el Estado, destinado a defender los intereses de las clases dominantes y explotadoras.

Evo tenía que asegurar la unidad de las diferentes naciones indígenas preservando sus derechos e identidades, construir las bases de un Estado más democrático plurinacional apoyado en la democracia directa y en las autonomías y, al mismo tiempo, modernizar el país, modificar su base económica y elevar la productividad y la cultura de los trabajadores bolivianos. Pero fracasó en esta tarea nada fácil para la cual no estaba ni está política ni culturalmente preparado y recurrió a un indigenismo superficial y folclórico representado por ritos prehispánicos, flores y ropajes semiindios y por funcionarios y diputados indígenas sin preguntarse qué cubría ese pachamamismo de oropel.

Mientras tanto, su Eminencia Gris y teórico oficial, el vicepresidente Álvaro García Linera, trabajaba para construir un Estado jacobino, decisionista y verticalista que llevase a Bolivia a un capitalismo moderno, no a superar el sistema y construir las bases del socialismo. Primero habló de un capitalismo andino, formado por los restos de los ayllus y por la nueva burguesía aymara, que acumula sobre la base de la explotación gratuita o mal pagada de la mano de obra familiar o comunitaria. Después, de un “socialismo comunitario” que no es ninguna de las dos cosas sino un capitalismo de Estado en un país dependiente. Aprovechando los altos precios de las materias primas, ese capitalismo de Estado y su política desarrollista y extractivista logró importantes progresos económicos y sociales pero dejó intacta la estructura capitalista y aplicó una política de imposiciones (como el gasolinazo) eliminando las consultas previas a las autonomías, como en el caso de la carretera por el TIPNIS mientras facilitaba la corrupción de los funcionarios del MAS. Después, los precios de las materias primas (soya y minerales) se derrumbaron y aunque la economía boliviana aún crece al 5 por ciento anual en 2015 las exportaciones cayeron a la mitad.

Entonces García Linera, aprovechando el evismo de Evo Morales, creyó que funcionaría hacer un referendo cuando Evo tiene aún un amplio apoyo antes de que la situación económica empeorase. O sea, dar una salida tecnoburocrática al problema político de la carencia de cuadros, de partido y de políticas no capitalistas. La soberbia y el aislamiento de lo que siente la gente eran tan grandes que Evo esperaba un gran triunfo y declaró muy confiado que no se presentaría como candidato si el Sí no lograba el 70 por ciento (consiguió poco más del 48 y perdió votos a raudales incluso donde ganó).

Por olvidar que, como decía Bernard Shaw “a los pañales y los políticos hay que cambiarlos a menudo, por las mismas razones, una derecha reaccionaria, dividida y aislada, se encontró de repente con el caudal popular del NO y finge encabezar y representar a amplias masas de obreros y campesinos que en realidad votaron por la democracia, contra la corrupción del MAS y hasta contra el vice pero no contra el gobierno, su política y menos aún contra Evo Morales. Éste ha perdido así parte de su prestigio de ganador y mediador. En los cuatro años que quedan hasta las elecciones se impone la necesidad de dar vida a la democracia, la autogestión y las autonomías para crear cuadros. Las medidas antidemocráticas y las calificaciones stalinistas contra los críticos de izquierda agravarán por el contrario la situación.
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Los Plebiscitos no son un juego

Por Jorge Altamira.

El “empate técnico” que pronosticó el vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, el domingo pasado por la noche, parece haber faltado a la cita, pues las últimas informaciones, escrutado el 80% del padrón, daba el 54.7% de los votos al rechazo a la posibilidad de una nueva reelección de Evo Morales.

El presidente de Bolivia pretendía hacer la ‘gran Kirchner’, quien adelantó la fecha de elecciones parlamentarias en 2009, para anticiparse a las consecuencias políticas que tendría una crisis económica que se perfilaba para poco más tarde. En este caso, la próxima elección presidencial recién debe tener lugar en 2020; Evo habría fracasado como le ocurriera a su oráculo. El derrumbe de los precios del petróleo y la minería, y en menor medida el gas, pronostica un cuadro de crisis, que haría inviable cualquier posibilidad de victoria plebiscitaria. Evo se jugó al plebiscito, a pesar de haber recogido la advertencia de su derrota en la ciudad de El Alto, en 2015.

El Sí a la reelección sufrió fuertes reveses en ciudadelas cautivas del MAS de Evo Morales, en contraste con lo ocurrido con las últimas presidenciales, cuando el oficialismo llegó a ganar en Santa Cruz de la Sierra, considerado bastión de la oposición de derecha. En El Alto, el distrito más importante del Altiplano y bastión del MAS (su población es un 50% superior a los distritos de Pando, Tarija y Beni), el Sí retrocedió al 57% del 70% obtenido en las presidenciales de 2014. En Cochabamba ha sufrido un desplome: perdió 62,4% a 37.6 por ciento; en el distrito minero de Potosí, 60 a 40 por ciento. En resumen, Evo sufrió un retroceso enorme en los distritos que constituyen su base política. Se ha quebrado el “indigenismo”, que no se refiere a la masa agraria de Bolivia, sino a la enorme emigración campesina hacia las ciudades – por ejemplo la construcción desde cero de El Alto. La masa ‘plurinacional’ ha menguado su apoyo al gobierno.

La larga perduración del gobierno de Evo tiene por base económica el alza espectacular de los precios internacionales de las materias primas, incluida la soja. El gobierno del MAS, por su lado, incrementó desde 2006 la participación fiscal en la renta petrolera, gracias precisamente a esos precios elevados. Contra lo que dice el relato oficial, no propició la nacionalización de los recursos minerales sino que lo rechazó – primero en un plebiscito en 2004, luego cuando expulsó del gobierno a la fracción nacionalista que encabezaba el ex ministro Solís Rada. También rechazó la implementación de una reforma agraria, esto cuando pactó con la oligarquía de la llamada “media luna”, la reforma constitucional. El boom fiscal propició una enorme especulación inmobiliaria, que encareció la cotización del suelo, y una revalorización del peso que afectó negativamente a la débil industria boliviana – a favor de un crecimiento de las actividades comerciales. El maná minero-sojero ha entrado en declinación: Brasil y Argentina empezarán a presionar por una reducción del precio del gas que les provee Bolivia.

Evo no ha perdido solamente el derecho a otra reelección: todo plebiscito entraña un veredicto sobre el gobierno en funciones. Evo y el MAS rechazan, obviamente, esta caracterización – y tiene, hasta cierto punto, razón, esto porque no existe una oposición política real, ni por lo tanto una polarización política. El horizonte económico, sin embargo, no augura que pueda revalidar el poder, más bien lo contrario. Con los plebiscitos no se juega. Las petroleras y las mineras, como ocurre en Argentina, van a reclamar un recorte de la apropiación fiscal de la renta del sector. Con la soja, la cosa luce más atenuada, pero el cuadro que emerge del fracaso del plebiscito, envalentonará los reclamos de los grupos sojeros. Comenzarán a propiciar una reversión de la valorización del peso.

La izquierda puede alinearse con el bonapartismo popular, sin confundirse con él de ninguna manera, cuando éste se ve obligado a un choque físico con la oligarquía, pero nunca para que el bonapartismo se perpetúe en el poder y siga la estatización de las organizaciones obreras y el movimiento popular. El pasado criminal de la derecha boliviana la limita para explotar la crisis que anuncia la derrota del Sí. La izquierda revolucionaria se debe una deliberación urgente, para tomar la iniciativa y, a través de ella, recuperar las organizaciones obreras para una política de clase y para disputar la dirección política de las masas.

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– Pablo Stefanoni, Jefe de redacción de la revista Nueva Sociedad
– Raúl Zibechi, Periodista uruguayo, escribe en Brecha y La Jornada, integrante del Consejo de ALAI.
– Guillermo Almeyra, Miembro del Consejo Editorial de SinPermiso,
– Jorge Altamira, dirigente del Partido Obrero (Argentina)

Fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/bolivia-el-referendum-de-las-debilidades-dossier

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