RAFAEL MAROTO: SACERDOTE Y MILITANTE DEL MIR A 23 AÑOS DE SU MUERTE: UNA MAÑANA DEL DIEZ DE JULIO DE 1993…

por Leo Wetli.

Lo vemos todavía llegar con paso firme pero ligero, delgado y frágil con su cara tierna de abuelo bondadoso y tímido, con la voz bajita pero decidida, los ojos sinceros, vivos y penetrantes que sin embargo permitían ver hasta su alma, y así inspirar confianza.

Rafael Maroto. Fumador empedernido, los Lucky sin filtro en un bolsillo y en el otro, una cajita de metal, un cenicero portátil, que puesto sobre la mesa anunciaba el inicio de interminables reuniones.

El cura Maroto.

Sacerdote y militante del MIR, miembro de su comité central y vocero público durante los últimos años de la dictadura. Conoció la lucha, la resistencia y sus inevitables consecuencias: la persecución, la cárcel y la relegación.

El 10 de julio se cumplen diez años de su muerte. Alcanzó a vivir 80 años y medio.

Los últimos meses transcurrieron marcados por el paulatino deterioro de su salud. Le abandonaban las fuerzas físicas pero no la lucidez de su espíritu ni el criterio agudo para constatar que la democracia que había llegado no era aquélla por la cual tantos militantes habían entregado sus vidas: Rafael Maroto continuaba alertando y buscando caminos para reagrupar las fuerzas dispersas de la Izquierda.

Participó en la formación de la FAI (Fuerza Amplia de Izquierda) y del MIDA (Movimiento de Izquierda Democrática Allendista). Pero, sin duda, se daba cuenta que las condiciones para este tipo de esfuerzos ya no eran para nada favorables y los intentos terminaron pronto en decepción y nuevas frustraciones.
Lentamente, Rafael Maroto se empezó a despedir de la vida pública. Encontró acogida, cariño y el cuidado que necesitaba en la familia de un antiguo compañero, al que conoció cuando trabajaba como sacerdote obrero en la construcción del Metro de Santiago. Cuentan que a veces en la noche lo sintieron hablar solo. Con la grabadora en la mano preparaba discursos que ya nadie iba a escuchar.

En una helada mañana, el 10 de julio de 1993, entregó su vida confiadamente a ese Dios que él supo anunciar con valentía, el Dios de la justicia, la libertad y la dignidad. Sus funerales transformaron el frío grisáceo del invierno santiaguino en una fiesta de resurrección primaveral. Predominaba el respeto, la gratitud, el homenaje a uno de esos hombres que nunca mueren, que siempre resucitan en el corazón del pueblo al que han amado y por el que han dado hasta la última gota de energía.

Quiso simplemente ser un sacerdote presente en la lucha popular. Ahí estaba su fortaleza. Y esta fuerza fomentaba la espiritualidad revolucionaria en los militantes que siempre lo admiraban con profundo respeto. Le dolió mucho la división del MIR, en los años 80. Sintió como que algo de su más íntimo ser hubiera sido lastimado y herido. Pero el hecho de que las dos tendencias que se formaron le mantuvieran su amistad, demuestra que su compromiso fue sólido y profundo.

Aunque Rafael nunca fue teólogo y no dejó para la posteridad ninguna teoría cristiana-revolucionaria, su biografía a cada paso cumple cabalmente esa función. Hoy sorprende leerla, descubrir detrás de este sacerdote singular a un hombre humilde, político y cristiano visionario, con una claridad de pensamiento analítico y profético que llama la atención. Lamentablemente, esta biografía casi no se conoce. El escritor Jorge Narváez, ya fallecido, la recopiló con datos y conversaciones, testimonios y situaciones de la vida de Rafael, cuando éste se encontraba relegado en Tongoy en el invierno de 1984.

Hace diez años, Rafael Maroto se fue. Pero no nos deja solos. Recordarlo con un homenaje no basta. La gracia está en descubrir su importancia para el momento actual. Es ahí donde debemos nuevamente sentir su presencia, su espíritu de unidad y lucha, de no restar sino sumar fuerzas en proyectos como la Fuerza Social y Democrática y el Foro Social Mundial, para compartir el sueño de que “otro mundo es posible”.
Maroto, aun viejo, jamás dejó de soñar un mundo mejor y no vacilaba dedicarse a tiempo completo -en desmedro de su salud- para que ese sueño se hiciera realidad.

Rafael Maroto sigue vivo y nos enseña a soñar. No los sueños baratos que ofrece el sistema, los que se venden y se compran pero que muy luego se pudren y no sirven para nada. Maroto nos invita a seguir soñando y a construir movimento social, aún en condiciones muy desfavorables.

El sacerdote Rafael Maroto conoció también la burla y el desprecio de parte de sus hermanos al interior de la Iglesia. Pero hasta hoy, sigue creando conciencia de que ser cristiano y revolucionario es compatible y mutuamente fecundo.

Afortunadamante, en el continente comienzan a soplar nuevos vientos otra vez. Y como Rafael solía decir, pueden ralear muchas flores pero no detendrán la primavera. Algo de esa primavera anhelada, sin duda, está brotando. Por todo eso, querido compañero Rafael, gracias. No te olvidamos. Ahora que estás con Miguel, con Luciano, con Bautista y todos aquellos y aquellas que nos hacen falta, te rogamos que no te olvides de nosotros.

Te gustaba decir: sólo la lucha nos hará libres. Pero algo quedó trunco… Así que al menos aliéntanos cada día con la otra palabra de Miguel: adelante, con todas las fuerzas de la historia.

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