Capital mundial: Un nuevo fantasma atormenta Europa.

por Roberto Savio/ALAINET.

Roma. – A partir de la derrota de Teresa May en el parlamento ha quedado claro que un nuevo fantasma está atormentando Europa. Ya no se trata sólo del fantasma del comunismo que destapó el Manifiesto de Marx en 1848 sino del fantasma del fracaso de la globalización neoliberal, que ha regido sin oposición desde la caída del muro de Berlín hasta la crisis financiera de 2009.

Los gobiernos gastaron en 2008 la asombrosa cifra de 62 billones de dólares para salvar el sistema financiero y casi la misma cantidad en 2009 (ver Britannica book of the year, 2017). Según el estudio publicado por el Banco de Reserva Federal, esto sucedió a un costo de 70.000 dólares por cada estadounidense.

Las instituciones económicas abandonaron con retraso la macroeconomía que estaban utilizando hasta entonces para evaluar el crecimiento del PNB y comenzaron a interesarse en la forma en que se redistribuía el crecimiento. Por ende, el FMI, el Banco Mundial (también debido a la insistencia de los estudios de la sociedad civil, sobre todo los elaborados por Oxfam), llegaron a la conclusión que se estaba gestando un enorme problema de desigualdad.

Por supuesto, si los 117 billones de dólares se hubieran distribuido a la gente, ese dinero habría provocado una notable expansión del consumo, aumentando las manufacturas, los servicios y los fondos para las escuelas, los hospitales, la investigación, etc. Pero los pueblos quedaron totalmente marginados de las prioridades del sistema.

Bajo el gobierno de Renzi en Italia, 20 mil millones de dólares fueron destinados a salvar cuatro bancos, mientras que los subsidios para la juventud italiana podían calcularse ese mismo año en mil millones de dólares en el mejor de los casos.

Por tanto, después de la crisis de 2008-2009 todo se desintegró. En todos los países de Europa (con excepción de Portugal y España, que ahora se ha puesto al día) surgieron partidos populistas de derecha y el sistema político tradicional comenzó a desmoronarse.

Los nuevos partidos resultaban atractivos para los perdedores de la globalización: los obreros cuyas fábricas habían sido trasladadas a donde los costos fueran más bajos para maximizar las utilidades; los pequeños tenderos desplazados por la llegada de los supermercados; los que quedaron redundantes ante las nuevas tecnologías, como la Internet, en el caso de las secretarias; los jubilados cuyas pensiones quedaron congeladas para reducir el déficit nacional (en los últimos 20 años la deuda pública se había duplicado a nivel mundial). Se había abierto una nueva brecha entre quienes disfrutaban de la globalización y los que fueron sus víctimas.

Es evidente que el sistema político estimó que debía rendir cuentas a los ganadores y los presupuestos se inclinaron a su favor. Los centros de población tuvieron prioridad porque ahora vivían en ellos el 63% de los ciudadanos. Los perdedores se concentraban mayormente en el ámbito rural, donde se hicieron muy pocas inversiones de infraestructura. Por el contrario, con el pretexto de la eficiencia, se cortaron muchos servicios: líneas de ferrocarril suspendidas y hospitales, escuelas y bancos cerrados.

La gente se vio obligada a trasladarse con frecuencia varios kilómetros para ir al trabajo y a utilizar un auto para ello. Un aumento modesto de los precios del combustible provocó la rebelión de los chalecos amarillos. No ayudó que de los 40 mil millones que obtiene el gobierno francés de los impuestos a los recursos energéticos, menos de la cuarta parte regresó a favor de la infraestructura del transporte o de los servicios.

Las universidades, los hospitales y otros servicios en los centros de población sufrieron mucho menos, fueron focos de excelencia donde no faltó el transporte público, y una nueva brecha se abrió entre esas poblaciones y las del ámbito rural, entre los que habían cursado estudios y recibido instrucción y los que quedaban alejados y atomizados en el interior.

Surgió una nueva brecha y el pueblo votó en contra del sistema de los partidos tradicionales que los había ignorado. Este mecanismo fue el que elevó a Trump al poder y provocó la victoria del Brexit en el Reino Unido. Esta brecha está provocando la eliminación de los partidos tradicionales y auspiciando el regreso del nacionalismo, la xenofobia y el populismo. No está trayendo de vuelta a la derecha ideológica sino a las derechas e izquierdas viscerales, con escasa ideología…

Todo esto debiera ser obvio…

El sistema está dirigiendo su atención a los perdedores por primera vez, pero ya es demasiado tarde. La izquierda está pagando la drástica ilusión de Tony Blair, quien, considerando que la globalización es inevitable, decidió que sería posible dejarse llevar en la cresta de la ola. Entonces, la izquierda perdió contacto con las víctimas y mantuvo la lucha por los derechos humanos como su principal identidad que la distinguía de la derecha.

Eso fue bueno para las ciudades, donde los gays y los LGBT, las minorías (y las mayorías, como las mujeres) podían congregarse, pero distaba de ser una prioridad para los del interior.

Mientras tanto, las finanzas continuaron creciendo, convirtiéndose en sí mismas en un mundo que ya no estaba vinculado a la industria y los servicios, sino a la especulación financiera. La política pasó a ser subordinada. Los gobiernos rebajaron los impuestos a quienes escondieron la increíble cantidad de 62 billones de dólares en paraísos fiscales, según lo señala Tax Justice Network. Se estima un flujo anual de 600 mil millones de dólares, el doble del costo de los Objetivos del Milenio de las Naciones Unidas.

Además, los Papeles de Panamá, aunque sólo revelaron un pequeño número de propietarios de cuentas, identificaron al menos a 140 políticos importantes de 64 países: el primer ministro de Islandia (que se vio obligado a renunciar), Mauricio Macri de Argentina, el presidente Petro Poroshenko de Ucrania, un grupo de socios cercanos de Vladimir Putin, el padre de David Cameron, el primer ministro de Georgia, y así sucesivamente.

No es de extrañar que los políticos hayan perdido su brillo y que ahora se los considere corruptos, inútiles o ambas cosas.

En el actual orden económico, Emmanuel Macron actuó racionalmente rebajando el impuesto a los ricos para atraer inversiones. Pero ignoró por completo que para aquellos franceses que tienen dificultades para llegar al fin del mes, ésta era una prueba de que estaban siendo totalmente ignorados. Y los sociólogos coinciden en que la verdadera “primavera” de los chalecos amarillos fue su búsqueda de la dignidad.

Es irónico que los partidos británicos, especialmente el Conservador y el Laborista, debieran estar agradecidos por el debate sobre el Brexit. Es obvio que el Reino Unido está cometiendo un suicidio, tanto en términos económicos como estratégicos. Con un Brexit ‘duro’, sin acuerdo alguno con la Unión Europea, podría perder al menos el siete por ciento de su PIB.

Empero, la brecha que permite la victoria del Brexit en todos los pueblos, las ciudades, los sectores económicos y financieros, los académicos, los intelectuales y todas las instituciones, ha confirmado el temor de los habitantes del interior. Pertenecer a la Unión Europea era rentable para las élites, pero no para ellos. Escocia votó en contra porque ahora tiene un programa distinto al de Inglaterra. Y esta brecha no va a cambiar con un nuevo referendo.

El hecho de que Westminsteer, la cuna de la democracia parlamentaria, no sea capaz de alcanzar un compromiso es una prueba fehaciente de que el debate no es político sino un choque de mitologías, como la idea de retornar al antiguo Imperio Británico. Es semejante a la idea de Donald Trump de reabrir minas de carbón. Contemplamos un pasado mítico como si fuera nuestro futuro. Esto es lo que propició la explosión de Vox en España, por parte de quienes creen que la vida en la época de Franco era más fácil y barata, que no había corrupción, que las mujeres se quedaban en su lugar y que España era un país unido, sin los separatistas de Cataluña y el País Vasco. Corresponde a lo que Jair Bolsonari está explotando en Brasil, presentando a la dictadura militar como una etapa en que la violencia era limitada. Nuestro futuro es el pasado…

En consecuencia, esta brecha –una vez que el Reino Unido resuelva de una manera u otra su dilema del Brexit– pasará a ser parte integral de la política normal y provocará, como en otras partes, un declive dramático de los dos principales partidos tradicionales. A menos que, mientras tanto, los partidos populistas, xenófobos y nacionalistas se hagan cargo del gobierno y demuestren que no tienen la respuesta a los problemas que han identificado tan acertadamente.

(*) Roberto Savio: El fundador y presidente de OtherNews, periodista, experto en comunicación, comentarista polí­tico, activista por la justicia social y climática y defensor de la gobernanza mundial. En 1964, fundó la agencia de noticias IPS Inter Press Service, del cual fue Director General durante muchos años.

Anexo: Fiasco del Brexit

Editorial – El País

Tras la derrota de May, los británicos deben buscar legitimidad y liderazgo.

Aunque Theresa May superó ayer miércoles una moción de confianza planteada por el líder laborista Jeremy Corbyn, eso en nada alivia la catástrofe de su plan del Brexit, de su gestión política y del horizonte del país que aún finge dirigir. Si acaso, la votación de ayer añade otro dato de preocupación adicional: la derrota de quien la fraguó, Corbyn, la convierte en certificado de desconfianza hacia su capacidad de erigirse en alternativa.

Reino Unido carece así de Gobierno creíble y de oposición viable. Incluso antes de entrar en vigor, el Brexit ya ha empezado su recorrido, acumulando efectos nocivos. Quizá el más notorio es que ha logrado triturar la comunidad nacional británica… sin desgarrar a Europa ni privarla (aún) de uno de sus mejores socios.

Las incidencias parlamentarias de ayer —y previsiblemente de los días inmediatos— para nada empañan la colosal dimensión histórica del fracaso de May y su proyecto de Brexit, tumbado por Westminster. No solo porque no hay registros parlamentarios de algo parecido, sino porque lo que pretendía arracimar a los británicos en torno a un futuro mejor ha logrado dividirlos cruelmente.

El Brexit actúa así como virus letal. No había unidad en el Gobierno, que ha sido recauchutado media docena de veces para tapar sus fisuras internas. No hay cohesión en la ciudadanía, que se dividió por mitades en el referéndum, y así sigue, fracturada. No hay objetivos comunes de los distintos territorios, sino que se registran todos los tonos, desde el de la Escocia europeísta hasta el del Ulster de dirección ultramontana… pero también escindido.

Y finalmente no hay unidad en el Parlamento. En todo caso, una aplastante mayoría de dos tercios que rechaza tajantemente el Brexit de May. Si el Acuerdo de Retirada por ella pactado con sus socios ha quedado parlamentariamente invalidado, es la propia lógica de la retirada la que queda seriamente tocada.

Y sobre todo la lógica de May. Pues si se trataba del mejor acuerdo alcanzable y el único posible respetando la voluntad secesionista, quiere decir que todos los demás son o peores o imposibles. Y pues Westminster ya ha votado contra la retirada sin acuerdo, solo quedaría una alternativa, que por cierto es la más razonable: rebobinar hacia la permanencia en la Unión, opción que cada vez más británicos —y europeos— comparten.

Pero los caminos de la política no siempre siguen las indicaciones de la razón. Y otras salidas pueden abrirse paso, aunque resulta difícil porque en buena parte ya se han explorado, porque la intrincada política británica atraviesa momentos de extrema ansiedad y porque el reloj del 29 de marzo (fecha de salida) y del 26 de mayo (elecciones al Parlamento Europeo, con o sin británicos) aprieta. Y también porque la paciencia de los socios tiene un límite: no dejar que el Brexit carcoma a la Unión, como ya ha hecho con la otra parte.

El problema es de los británicos. Solo ellos pueden resolverlo o superarlo, aunque los europeos continentales puedan facilitar su pesada digestión con muestras bifrontes de empatía y firmeza.

Y el primer instrumento para resolverlo es el de recobrar la plenitud de su hollada vida democrática, a no confundir con la continuada viveza de su debate parlamentario. Ahora mismo, lo más urgente para Reino Unido es recuperar la plena legitimidad para cualquier proyecto relativo a su adscripción a la UE, a través de un liderazgo responsable y compacto. Carece, al menos desde el martes, de lo uno y de lo otro.

¿Cómo? Es a la sociedad afectada a la que corresponde decidir: si por recomposición de una mayoría transversal parlamentaria y la aparición de un liderazgo alternativo sólido; si mediante un segundo referéndum; si a través de unas elecciones anticipadas. O gracias a una combinación de estos y otros instrumentos imaginables.

Si sucediera todo eso, si la UE tuviese al fin como interlocutor un país cohesionado por un proyecto y un liderazgo —en vez de residuos políticos de ambos—, entonces sería muy difícil que rechazase considerar un replanteamiento a fondo de todo el asunto.

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