Stella Díaz Varín, la Colorina, poeta punk chilena.

Por Gabriela Borrelli Azara.

Poderosa, rupturista y singular como su vida, es la poesía de Stella Díaz Varín. Con ilustración de Aymará Mont, Gabriella Borrelli recuerda en esta nota a la poeta chilena, recuperando algunos fragmentos de su obra, indómita y combativa.

Quizás la primera herejía haya sido nacer en La Serena. Chile, 1926. Nada de serena tendría Stella Díaz Varín, nada de serena su poesía ni su personalidad que tanto se confundieron y le valieron los epítetos más fogoneros: la poeta punk, la Bukowski chilena, la poeta boxeadora. Lo cierto es que la figura y la obra de Díaz Varín rebalsan esas características que, ciertas o infladas, no le hacen justicia a una de las voces más originales de la poesía de mitad del siglo pasado. Sí es verdad que alguna que otra vez lanzó una trompada en los alrededores de El Bosco, cuando habitaba la noche poética de Santiago codeándose con Enrique Lihn, Alejandro Jodorowski o el mismísimo Nicanor Parra, el antipoeta, quien le dedicó uno de sus más odiosos poemas: «La víbora». Pero no se trata aquí de seguir la estela de leyendas sobre su figura, sino de resaltar la potencia de una voz que en la década de los 50 anticipa un movimiento de poesía feminista que hoy nos convoca en Latinoamérica. Su primer poema, el que da título al libro Razón de mi ser (1949) traza una genealogía histórica y política, por qué no literaria, con una tradición a la que por momentos adscribe y ante la que también reacciona. En ese primer libro el viento de la vanguardia pareciera dialogar con los troncos sólidos de la poesía chilena, es decir, no se puede eludir en la lectura el eco de la voz mistralesca como tampoco se puede no escuchar el susurro de los antipoemas o la cadencia de Enrique Lihn. También la largueza de Altazor y su inquietud metafísica. Díaz Varín llegó a Santiago para estudiar psiquiatría y se convirtió en una figura de su generación, insistiendo en algunos tópicos que ya se prefiguran en este poema: la agonía. Esperar la muerte o esperar la vida, trazar lazos con las mujeres que la antecedieron y siempre buscar la palabra para decir lo que no tiene nombre.

«Razón de ser»

De la mujer que desparramó las larvas milenarias

de sus pechos en el dintel del tiempo;

de la mujer que se envolvió a sí misma

dentro de una madrépora en su mundo de algas

y desanduvo su agonía decisiva junto con las estrellas…

de la mujer que amaba las palomas en éxtasis de virgen,

y amamantaba lirios por la noche con su pezón dormido;

de la mujer que supo antes que dios del clavo y del silicio.

De ella, la tentadora de la muerte durante ocho siglos,

la que en sus manos tiene dos trigales y en sus sienes de niña

una rama florecida de lágrimas,

de ella la novia que tendió sus velos por sobre los abismos

de ella vencedora, la cercana,

de esa mujer soy hija.

 

En 1953 Stella Díaz Varín publica Sinfonía del hombre fósil donde experimenta con la prosa poética, con el verso corto, donde indaga la idea de lo fósil como metáfora de la museificación de una lengua en un juego que a su vez critica profundamente la colonización de los pueblos americanos. Stella se afilia en esta época al partido comunista, escribe en el diario La Opinión, camina la noche, vive y bebe, y ya su tremenda cabellera colorada empieza a darle otro nombre, otra forma de ser nombrada por los otros: la Colorina. Rojo su pelo, rojo su corazón, rojas sus palabras, Colorina su nombre.

«La palabra»

Una sola será mi lucha

Y mi triunfo;

Encontrar la palabra escondida

aquella vez de nuestro pacto secreto

a pocos días de terminar la infancia.

Debes recordar

dónde la guardaste

Debiste pronunciarla siquiera una vez…

Ya la habría encontrado

Pero tienes razón ese era el pacto.

Mira cómo está mi casa, desarmada.

Hoja por hoja mi casa, de pies a cabeza.

Y mi huerto, forado permanente

Y mis libros cómo mi huerto,

Hojeado hasta el deshilache

Sin dar con la palabra.

Se termina la búsqueda y el tiempo.

Vencida y condenada

Por no hallar la palabra que escondiste.

«Me despido de la virtud, como de una vieja amiga, existo entre los malhechores» dirá poco después de la aparición en 1959 de Tiempo, medida imaginaria. Un título genial para poemas en los que esa mujer, hija en el primer libro, ahora comanda soldados y borrachos. Dueña de la noche y de su cuerpo, dueña de sus hijos a los que ve morir y dueña de sus amigos, tan amigos que hasta debe dar cuenta de ellos con un tatuaje casero en una madrugada cualquiera jurando luchar por la revolución.

«Breve historia de mi vida»

Comando soldados.

Y les he dicho acerca del peligro

de esconder las armas

bajo las ojeras.

Ellos no están de acuerdo.

Y como están todo el tiempo discutiendo

siempre traen perdida la batalla.

Uno ya no puede valerse de nadie.

Yo no puedo estar en todo;

para eso pago cada gota de sangre

que se derrama en el infierno.

En el invierno, debo dedicarme

a oxidar uno que otro sepulcro.

Y en primavera, construyo diques

destinados a los naufragios.

Así es, en fin…

Las cuatro estaciones del año

no me contemplan, sino trabajando.

Enhebro agujas

para que las viudas jóvenes

cierren los ojos de sus maridos,

y desperdicio minutos, atisbando

a la entrada de una flor de espliego

de una simple abeja,

para separarla en dos,

y verla desplazarse:

la cabeza hacia el sur

y el abdomen hacia la cordillera.

Así es

como el día de Pascua de Resurrección

me encuentra fatigada,

y sin la sombra habitual

que nos hace tan humanos

al decir de la gente.

 

Enrique Lihn, amigo y prologuista de uno de sus últimos libros, dijo que no era posible hablar de su poesía sin hablar de ella. Tal vez sea cierto, pero con una salvedad. Nos entusiasma hablar de esa irreverencia estética y vital, porque en la performance de la Colorina podía leerse su vida. Nos entusiasma hablar de su vida porque no fue una vida más, porque habitó el presente de sus días con dolor y pena, con nostalgia y melancolía, con fervor allendista y desilusión alcohólica.

«Trasluz»

Que se me permita mirar por la ventana

Sólo el espinazo de la muerte

A tranco largo

Mirando fijamente

A mis ojos deslucidos.

Veo la ausencia

Doblando por la esquina

La miserable luz

De los días empañados.

Muy de tarde en tarde

Algún aprendiz de hombre

Vestido de domingo.

En estas agonías neblinosas

Estoy mirando desde una ventana ajena

Tras la luz de este rincón desconocido

Desde esta ventana hacia ningún paisaje

Hueco sin distancias

Seca pupila donde no resplandece

ni el más leve trino.

 

Dos son los poemas tal vez más difundidos de la Colorina. Uno constituye una amalgama perfecta entre la idea de casa como prisión y no como protección. Un imaginario bucólico con brisas surrealistas. Es en este poema también dónde responde el antipoema que le dedicase Nicanor Parra.

«La casa»

                                                                Dejaban mi cabellera colgando desde el tronco de la

puerta como trofeo.

Sin precedente en la historia de los indios manantiales,

y una cuenca abierta, para la mirada

de los ojos indiscretos colocada a la acera del abismo…

Y esta era mi morada.

Una víbora, encerrada en la jaula,

destinada a cualquier pájaro,

y una piedra caída temporalmente desde la cima,

una piedra nómade en busca de aventuras servía de puerta,

de mesa de comedor…

Qué queréis que se haga con estos materiales.

Nada. Sino escribir poesía melancólica.

Acaso, cuando la noche se despierte

debajo de los murciélagos,

no haya otra cosa sino una sensación,

y a estas vertientes

que a uno le aparecen desde el

fondo de los ojos.

No haya

sino un alud de hijos de piedra,

de hijas de agua de hijos de árboles.

Entonces escribiré mi biografía

al uso de los poetas indecisos.

Miraré a través de una llama de cobalto

y distinguiré objetos olvidados;

como cuando dormía adosada a la pared

y todo parecía bello sin serlo.

Tomaré una de mis pequeñas flautas colgantes

y entonaré la canción del amor.

 

Los últimos años de la Colorina estuvieron marcados por la cercanía de la muerte y el afecto de sus hijos y nietos. Por lo menos así podemos verla en el documental dirigido por Fernando Guzzoni y Werner Giesen, quienes siguen a Stella Díaz Varín de cerca, rastreando sus recuerdos, atajando sus tempestades, retratándola con una cámara que pareciera seguir el método guerrilla y que le sienta perfecta. Stella Díaz Varín es la estrella roja de la poesía chilena, atraviesa la cordillera para llegar a este lado del continente para de ahora en más nunca dejarnos tranquiles, nunca en paz después de conocer su nombre. Para que nosotres tampoco la dejemos nunca en paz.

«Dos de noviembre»

No quiero

Que mis muertos descansen en paz

Tienen la obligación

De estar presentes

Vivientes en cada flor que me robo

A escondidas

Al filo de la medianoche

Cuando los vivos al borde del insomnio

Juegan a los dados

Y enhebran su amargura.

Los conmino a estar presentes

En cada pensamiento que desvelo

No quiero que los míos

Se me olviden bajo tierra

Los que allí los acostaron

No resolvieron la eternidad

No quiero

Que mis muertos me los hundan

Me los ignoren

Me los hagan olvidar

Aquí o allá

En cualquier hemisferio

Los obligo a mis muertos

En su día

Los descubro, los trasplanto

Los desnudo

Los llevo a la superficie

A flor de tierra

Donde está esperándolos

El nido de la acústica.

9 de mayo 2019. 

Fuente: https://www.escaramuza.com.uy/poesia/item/stella-diaz-la-colorina-poeta-punk-chilena.

 

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