Cuba: La lealtad a la verdad.

por segundacita/La Haine.
Entrevista con Roberto Fernández Retamar, uno de los grandes intelectuales revolucionarios cubanos, recientemente fallecido el 20 de julio de 2019. (Esta entrevista de Julio César Guanche forma parte del libro ‘En el borde de todo. El hoy y el mañana de la revolución en Cuba’, Ocean Sur, 2007.)

Roberto Fernández Retamar, uno de los mayores pensadores cubanos y latinoamericanos, encarna la tipología del intelectual orgánico en la extensión de ese concepto. Desde la poesía, el ensayo, la docencia y la promoción cultural, ha habilitado un espacio intelectual —ideológico— para interpretar la Revolución cubana en su autenticidad, en su ámbito latinoamericano, a partir del debate con la tradición y el permanente diálogo con las ideas producidas en cualquier latitud.

A sus setenta y seis años, el poeta de «Nosotros, los sobrevivientes» sabe que el futuro es tan largo como puede serlo un instante. Quien es un reconocido exponente de la tradición intelectual descolonizadora, presenta batalla en estas respuestas contra las estrecheces del dogma, afirma que debe «dársele voz» a nuevas generaciones para responder a los problemas del intelectual en la Cuba de hoy, defiende la compleja diversidad de la tradición socialista cubana como la fuente de donde surgieron las ideas de 1959, y asegura que la crítica revolucionaria es nada menos que la salud de la Revolución.

En un horizonte de intelección dialéctica, ¿qué idea le merece la posibilidad de que un sistema político sea «reversible»? ¿Qué antecedentes del tipo de formulación contenida en el «Discurso de la Universidad» (Fidel Castro, 17 de noviembre de 2005) encuentra en el discurso ideológico de la Revolución cubana? ¿Qué causas determinan, según su criterio, que haya sido enunciado en este momento?

La idea de que un sistema político sea reversible está corroborada por la historia, aunque el «etapismo» dogmático pretendió hacer creer que se pasa de un sistema a otro de modo inexorable y definitivo. El capitalismo, pongamos por caso, no se instauró de una vez para siempre sobre las ruinas del feudalismo, sino que forcejeó a lo largo de siglos, desde finales del Medioevo, avanzando y retrocediendo. En Europa, el corte se hizo visible, sucesivamente, en los Países Bajos, en Inglaterra, en la Francia de 1789. En esta última ocurrió la revolución burguesa por excelencia, mucho después de haber brotado en Italia los gérmenes del capitalismo. Pero, desde luego, un ejemplo espectacular de regresión lo hemos tenido ante los ojos con la involución del socialismo europeo entre finales de la década del ochenta y principios de la del noventa del siglo pasado.

Y el desmerengamiento (como lo llamó Fidel) del experimento socialista iniciado heroicamente en la Rusia de 1917 ocurrió, en las fechas mencionadas, por errores internos, sin minimizar la labor de erosión realizada por gobiernos de los países de capitalismo desarrollado (prefiero nombrarlo subdesarrollante), en especial los EEUU. No hay que olvidar que muchos de esos gobiernos agredieron militarmente a la recién nacida Revolución de Octubre. Se suele atribuir a la perestroika el final inglorioso de los proyectos socialistas de la Unión Soviética y los países europeos vecinos. Pero en la carta a Fidel de abril de 1965 que este año ha sido publicada como prólogo a los Apuntes críticos sobre la Economía Política que el Che redactara entre 1965 y 1966 (es decir, entre sus combates en el Congo y sus combates en Bolivia), él escribió: «los cambios producidos a raíz de la Nueva Política Económica (NEP) han calado tan hondo en la vida de la URSS que han marcado con su signo toda esta etapa». Y luego, de modo tajante: «los conflictos provocados por la hibridación que significó la NEP se están resolviendo hoy a favor de la superestructura; se está regresando al capitalismo».[1]

Insisto en estas últimas palabras: se está regresando al capitalismo. Es decir, que más de dos décadas antes de la caída del muro de Berlín, el Che previó que el socialismo era reversible no ya en países de la Europa central y oriental donde aquel entró en la punta de las bayonetas soviéticas (suelo repetir la observación de Lezama Lima según la cual a esos países el socialismo les cayó encima como una carpa de circo), sino en la propia URSS. La previsión del Che, en cierta forma anticipada en su «Discurso en Argel» de febrero de 1965, fue sancionada por la historia, como sabemos de sobra.

Me parece que pueden considerarse como antecedentes del tipo de formulación a que usted se refiere, aunque el tema no haya sido el mismo, numerosos discursos, en especial de Fidel. Pienso, por ejemplo, en el que pronunciara en el campamento de Columbia (que pasaría a ser llamado Ciudad Libertad) el 8 de enero de 1959, fresca todavía la victoria. En tal discurso, entre otras cuestiones, Fidel anunció, a una audiencia en su mayor parte sorprendida, que la Revolución, lejos de haber concluido, estaba prácticamente empezando, y que las tareas que tenía por delante eran más arduas que las ya realizadas. Cito de memoria, así que no se busque literalidad en lo anterior.[2]Lo que me interesa subrayar es que en esas palabras aurorales Fidel decía verdades con la finalidad no de halagar, sino de enseñar. Por algo Sartre calificó de pedagógicos tales discursos. Numerosos ejemplos más podrían ser aducidos. «Nos casaron con la mentira», dijo una vez Fidel, «y nos obligaron a vivir con ella.» Frente a esa realidad ominosa, es imprescindible acudir a la verdad, que es revolucionaria, como postuló Lenin. Y esa lealtad a la verdad es lo que se muestra en el discurso del 17 de noviembre de 2005 que usted ha evocado. El tema era otro, pero similar el propósito: afrontar una cuestión candente y plantearla con crudeza al pueblo.

El que se abordara en ese discurso la posible reversibilidad del socialismo en Cuba y la también posible derrota de la Revolución a manos de «errores propios» está relacionado con la intervención del compañero Felipe Pérez Roque un mes después, el 23 de diciembre de 2005, ante la Asamblea Nacional del Poder Popular. En ambos casos, el telón de fondo era similar. Muchos de los dirigentes históricos de la Revolución Cubana no viven ya: piénsese en Camilo, el Che, Celia o Haydée, para solo mencionar a unos pocos. Y los que sobreviven, pertenecen a la tercera edad, son adultos mayores, como se dice ahora para eludir el término vejez. Representan un momento cenital de nuestra historia, pues hay en ellos heroísmo probado, un enorme caudal de experiencias y un prestigio ampliamente reconocido. Pero no pasará mucho tiempo sin que ellos desaparezcan también. Ante esa realidad innegable, es imprescindible plantearse si, con la desaparición de aquellos, también se extinguirá el proceso revolucionario que han encabezado brillantemente, con muchos más aciertos que errores, durante medio siglo. La involución experimentada por los países europeos que se decían socialistas implica la fuerte lección de que las revoluciones son reversibles. Pueden ser aplastadas por las armas, como la Comuna de París o la España agredida por el fascismo hace ahora setenta años. Pero también pueden serlo por errores internos, como ocurrió en el llamado campo socialista europeo. Fidel dijo que en Cuba contamos ya, o estamos a punto de contar, con la invulnerabilidad económica y la militar. Pero cuestiones internas, como la corrupción, pueden dar al traste con las conquistas alcanzadas. De ahí la urgencia de plantearse el problema, nada conjetural.

Poco antes de recibir yo este cuestionario, habían ocurrido la enfermedad de Fidel y la temporal delegación de sus cargos. Los enemigos se frotaron las manos desvergonzadamente. Pero el pueblo cubano dio y está dando una magnífica prueba de orden, serenidad y esperanza. Creo que, sin proponérselo, tuvo lugar un ensayo general de lo que ocurrirá un día. Y la respuesta no pudo haber sido más estimulante. Por mucho que duela, inexorablemente Fidel desaparecerá, pero la Revolución que él contribuyó como nadie a hacer nacer, a crecer y a alcanzar un horizonte mundial, pervivirá, y ello será el mejor homenaje que se rinda a su centelleante memoria.

La reversión al capitalismo del llamado «socialismo real» provocó una discusión en varios planos. Es un criterio aceptado que el «socialismo real» no resultó una alternativa cultural al capitalismo, o acaso sí una alternativa pero no una antípoda ―si entendemos que es precisamente eso: una antípoda, lo que debe ser el socialismo con respecto a la «lógica cultural» del capitalismo―. Ese tipo de socialismo compartió con el capitalismo sus presupuestos culturales ―civilizatorios― básicos, al punto de que la derrota del «socialismo real», más que una victoria del capitalismo, implicó, para diversos autores, una crisis de la civilización occidental. Según su criterio, observando aquella derrota y esta «victoria» del actual capitalismo, ¿cómo queda «parado» en ese escenario el proyecto de la modernidad?

El concepto de modernidad es harto polisémico. O dicho de otra manera: no significa lo mismo para diferentes observadores. Me cuento entre aquellos para quienes las bases de la modernidad fueron echadas a raíz de 1492, con la segunda llegada azarosa de europeos al continente que iba a ser llamado América. La primera vez, la de los vikingos, fue intrascendente; pero la segunda, la que empezó a finales del siglo xv, llevaba en sí las semillas del capitalismo, que se desarrollaría a partir de entonces, en detrimento de numerosas comunidades humanas extinguidas o gravemente dañadas. Desde esta perspectiva, modernidad es sinónimo de capitalismo. Y también de civilización occidental, que se proclamó la sola civilización posible, por lo que sus portavoces han considerado que el resto de la humanidad constituye la barbarie, aunque ahora se valgan también de otras denominaciones. Quiero recordar que, en el siglo xx, pensadores de nuestra América como José Carlos Mariátegui y Leopoldo Zea sostuvieron que el mundo occidental es el capitalismo desarrollado (al que ya dije que he propuesto llamar subdesarrollante).

Por su parte, en 1884, Martí había rechazado «el pretexto de que la civilización, que es el nombre vulgar con que corre el estado actual del hombre europeo, tiene derecho natural de apoderarse de la tierra ajena, perteneciente a la barbarie, que es el nombre que los que desean la tierra ajena dan al estado actual de todo hombre que no es de Europa o de la América europea». Siendo así las cosas, un auténtico socialismo tiene que plantearse una modernidad otra, distinta de la que encarna el capitalismo. Sin duda el llamado «socialismo real», para usar palabras de usted, «no resultó una alternativa cultural al capitalismo». Es algo que, entre otros, postuló Fredric Jameson. Pensando en nuestra América, pero la observación es válida más allá de nuestras fronteras, Mariátegui planteó que nuestro socialismo no debía ser calco ni copia, sino creación heroica. Observación tanto más válida por cuanto lo que se estuvo calcando o copiando en el seno del llamado «socialismo real» era el capitalismo, como dijo con toda claridad el Che.

Edmund Burke, padre-fundador del pensamiento conservador, afirmó que 1789 solo sería capaz de convocar la barbarie y, con ella, la destrucción del orden moral y las tradiciones civiles y políticas de Francia. A la luz de hoy y, en este caso, sobre la Revolución cubana, ¿qué opone usted a los actuales seguidores del autor de Reflexiones sobre la Revolución francesa? ¿Qué balance hace usted de la experiencia revolucionaria de Cuba en relación con este país, con nuestra América y con respecto al capitalismo como sistema?

Es significativo que la vindicación del libro de Edmund Burke haya sido hecha, entre otros lugares, en la importante revista de derecha que fue Vuelta. Las opiniones contrarrevolucionarias de Burke en aquel libro venían como anillo al dedo a quienes objetaban no ya la añosa Revolución francesa, sino la vigente Revolución cubana. Un ingenioso amigo mexicano me dijo en una ocasión que cuando una entrega de Vuelta no traía un artículo contra Cuba es porque traía dos. A los actuales seguidores del autor de Reflexiones sobre la Revolución Francesase le oponen las contundentes realidades de la Revolución cubana. El balance de la experiencia revolucionaria de Cuba en relación con nuestro país es altamente positivo.

Se conocen de sobra realidades suyas como la independencia del país, la completa alfabetización del pueblo, su pleno empleo, sus niveles de educación, salud, su horizonte científico y cultural en el más amplio sentido de la palabra. En cuanto a nuestra América, hubiera sido impensable la nueva situación que vive sin la existencia y la solidaridad de la Revolución cubana. Naturalmente, ello le ha acarreado a esta la más feroz hostilidad del gobierno de los EEUU y de aquellos otros países capitalistas que se le someten. Cuba demuestra que es viable una alternativa no capitalista, socialista, a noventa millas del imperio más prepotente de la historia. Esa es su gloria y su riesgo.

Usted ha afirmado que Cuba nunca fue un satélite de la ex URSS y que menos podría serlo una vez desaparecida esta, en respuesta a criterios que buscaban paralelos «normativos» entre la experiencia soviética y la cubana. La viabilidad del socialismo hacia el futuro debe suponer la necesidad de constituirse en una alternativa explícita, declarada, tanto al capitalismo como a lo que resultó ser el socialismo soviético. Siendo usted un socialista, formado en su juventud en las páginas de Bernard Shaw y que luego ha continuado con un largo y erudito tránsito por la historia y la filosofía ―aunque se declare no más que «un poeta metido en camisa de once varas»―, de los «socialismos» que conoce, ¿qué dejaría usted atrás, y con qué continuaría hacia delante?

Si en otra entrevista me declaré un poeta metido en camisa de once varas,[3]fue por respeto a los auténticos historiadores y filósofos, de los que necesitamos tener más. Y en ejercicio de aquella condición, he escrito ensayos y respondido cuestionarios como el que usted me hizo llegar: cuestionarios que obligan a producir ensayos intermitentes. Añado que no conozco sino unos cuantos «socialismos», lo que no me permite generalizar. Pero, a partir de lo que sé, dejaría atrás la pobreza intelectual encarnada en dogmatismos y burocratismos, y, por supuesto, las violaciones de toda naturaleza, crímenes incluidos, que se conocen con el nombre de estalinismo. Aprovecho para decirle que el sintagma «culto a la personalidad» oculta más de lo que aclara.

No es propio del materialismo histórico limitarse a decir que Stalin era un hombre muy malo que obligó a que se le rindiera culto. Es menester explicar cómo fue posible que, tras la muerte relativamente temprana de Lenin, se llegara a las monstruosas deformaciones que se hicieron pasar por propias del socialismo. En este sentido, me siguen pareciendo atendibles las explicaciones que aportara Isaac Deutscher.[4]Así se lo dije en una ocasión al Che (tras preguntarme él a qué atribuía yo que la URSS se hubiera ido a la mierda), pero él no estuvo de acuerdo, pues pensaba, como ya he mencionado, que el origen de las deformaciones estaba en la NEP y en el hecho de que la muerte de Lenin impidió tomar medidas que hubieran hecho posible una rectificación del rumbo asumido por la URSS a partir de la NEP.

Por otra parte, continuaría hacia adelante con el arrojo de las auténticas revoluciones socialistas, con su desafiante esfuerzo por oponerse a una historia milenaria (mejor es llamarla, como propuso Marx, prehistoria) y abrirse a un porvenir en que sea posible la plena hominización del ser humano. Esto, según sabemos, no ha resultado nada fácil. El socialismo no surgió, como habían pensado Marx y Engels, en países de capitalismo avanzado, sino que, por la realidad del imperialismo, que ellos no llegaron a conocer, pero sí Lenin, surgió en la atrasada Rusia zarista. Y aunque, a raíz de la terminación del segundo período de la Guerra Mundial, se expandió por naciones colindantes con la Unión Soviética, varias de las cuales habían conocido desarrollo capitalista (Alemania oriental, Checoslovaquia), tanto en la URSS como en aquellas se extinguió unas décadas después. Pero se mantuvo (se mantiene) en países que eran también atrasados, como China, Corea, Viet Nam y Cuba. Ese atraso nos ha obligado a acometer tareas que hubiera debido realizar el capitalismo maduro, además de las propias del socialismo.

Continuaría adelante, también, con el heroísmo desplegado, en defensa de sus respectivas revoluciones socialistas, por tales países, y desde luego por la URSS, a la cual se debió en inmensa parte la derrota del nazismo. Y siendo, como soy, un escritor, un artista, permítame mencionarle que continuaría adelante, igualmente, con el hermoso florecimiento que conocieron las artes de vanguardia en la flamante Revolución rusa, hasta que fueron sofocadas por la creciente osificación que sufrió el país. Para decirlo con una expresión que fue frecuente hace años, continuaría adelante con una revolución, esta vez socialista, sin Termidor.

En Cuba hay una intensa tradición de polémicas culturales e ideológicas. Para no recurrir a una larga historia, podemos recordar cómo a partir de la década del veinte del siglo pasado muchos intelectuales, algunos de los cuales se encuentran muy cerca de usted en sensibilidad poética y en idea revolucionaria, protagonizaron polémicas en diversos campos que todavía hoy son de gran valor no solo para la historia de las ideas en Cuba, sino para el debate sobre temas que, formulados desde entonces, alcanzan este presente. Después de la Revolución fue también significativo el espacio cultural y político abierto a polémicas de variado signo. Dentro de ellas hay una en particular que, según entiendo, no ha sido retomada en toda su hondura: la tradición ideológica y cultural del socialismo en Cuba configurada antes del triunfo de 1959. ¿Qué encuentra usted en esa tradición que, con sus diferencias, abarca nombres notorios como los de Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena, Raúl Roa, Blas Roca, Carlos Rafael Rodríguez, así como los nombres menos estudiados y menos «reconocidos» de Jorge Vivó, Sandalio Junco, Aureliano Sánchez Arango o Juan Ramón Brea? Dando un salto en el tiempo, ¿cómo valora usted el pensamiento que hoy se produce en Cuba, en cuanto a sus alcances y sus límites?

Aunque conozco bastante bien los aportes de la mayor parte de las figuras que usted menciona (y de otras que les están emparentadas, como Juan Marinello, Antonio Guiteras, Pablo de la Torriente, Leonardo Fernández Sánchez o José Antonio Portuondo), ignoro, y ello querrá decir algo, los que se deben a Jorge Vivó y Sandalio Junco.[5]Supe de Aureliano Sánchez Arango cuando era ministro de Carlos Prío, y había dejado atrás su valiosa insurgencia juvenil.[6]En cuanto a Juan Ramón Brea (a quien, según me habló de él Portuondo, que lo conoció, llamaban Neneno), estoy algo familiarizado con su poesía, que habrá que rescatar, así como a la labor del santiaguero Grupo H sobre el cual escribió Mary Low en Orígenes, pero no con sus aportes políticos.[7]Con tanta ignorancia a cuestas, creo que carezco de autoridad suficiente para responder de modo adecuado su pregunta. Pero para no dejarla en blanco, diré que esa compleja tradición nos ha sido vital. En ella se formaron los conductores de la actual Revolución cubana (y, como es bien sabido, en la prédica moral del rebelde Eddy Chibás,[8]prédica sintetizada en la fórmula «Vergüenza contra dinero»). Un aspecto muy importante de tal tradición fue la actualización del pensamiento martiano, que inició Julio Antonio Mella en 1926 y fue seguida por muchos, dando lugar a lo que Cintio Vitier ha llamado un marxismo martiano: el que desembocó en la actual Revolución Cubana.

En cuanto a la otra pregunta, me parece que seguimos contando con un pensamiento valioso en varios dirigentes políticos (en primer lugar, desde luego, Fidel); y en lo que toca a otros, según espero, se está saliendo de la etapa infeliz en que coincidieron, en lo mundial, el desprestigio de buena parte de la izquierda por la decadencia de la URSS y sobre todo a raíz de la caída del campo socialista europeo; y en lo interno, el manualismo primitivo que tanto daño hizo al ofrecer una versión caricaturesca del materialismo dialéctico e histórico, y las consecuencias en la vida intelectual del Período Especial. Admiro a quienes, como Fernando Martínez Heredia y varios de sus cercanos compañeros,[9]prosiguieron elaborando un pensamiento revolucionario genuino, y a quienes, por lo general agrupados en torno a revistas (como Temas y Marx Ahora, para solo nombrar un par de ellas) o a centros de investigación, hacen aportes serios en este campo. Los alcances de ese pensamiento en elaboración son enormes, y sus límites están impuestos solo por la necesidad de no hacerse eco de un enemigo que nos ha hostigado bárbaramente durante casi medio siglo. Pero sin olvidar que sobre esto último hay más de un criterio, pues los dogmatismos tienden a estrechar hasta el ahogo esos límites. Es una de las consecuencias laterales del bloqueo. Confío en que generaciones más jóvenes, a una de las cuales pertenece usted mismo, enriquezcan nuestro pensamiento en forma que en muchos casos no podemos prever.

En su ensayo «Hacia una intelectualidad revolucionaria en Cuba» usted escribió: «Hace poco me preguntaba en México Víctor Flores Olea por qué los intelectuales cubanos no participaban sino excepcionalmente en las discusiones sobre problemas de tanto interés como las referidas al estímulo material, a la ley del valor, etcétera.» Usted aseguraba que aquella pregunta «rozaba» el siguiente punto: «los intelectuales cubanos, que han debatido lúcidamente sobre cuestiones estéticas, deben considerar otros aspectos, so pena de quedar confinados en límites gremiales.» Respecto a la participación de los intelectuales cubanos en el debate sobre el «Discurso de la Universidad», ¿hasta dónde se parece aquella situación a la actual? Siguiendo su línea de análisis de entonces, ¿cuáles serían hoy los «problemas de un intelectual revolucionario» en Cuba?

El ensayo que usted menciona lo escribí y publiqué en 1966.[10]Es decir, que está cumpliendo cuarenta años. Sería imposible que en tan dilatado lapso no se hubieran producido cambios a menudo gigantescos. Pienso en el asesinato del Che y la postergación del proyecto que encarnaba, en el angostamiento intelectual durante el llamado por Ambrosio Fornet «quinquenio gris», en la voluntad de rectificar errores desde mediados de los ochenta del siglo pasado, en la mentada caída del campo socialista europeo que tanto afectó a la izquierda en todo el mundo, en el Período Especial… Además, los cubanos que viven hoy nacieron, en su mayoría, después de enero de 1959, o eran niños entonces. Nuestro pueblo es el mismo y es otro. La situación en 2006 no es, no puede ser igual a la que existía en 1966. Por añadidura, escribí tal ensayo desde la perspectiva de mi generación, que entonces andaba por los treinta y tantos años, y ahora tengo setenta y seis. Para hablar hoy de los «problemas del intelectual revolucionario», debe dársele la palabra, sobre todo, a una generación joven.

¿Cómo entiende usted la crítica revolucionaria hacia la Revolución?

En su fundamental, inagotable texto «Nuestra América», Martí dijo con toda claridad: «Los pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud; pero con un solo pecho y una sola mente.» Y el Che, de regreso en Cuba, donde se preparaba para ir a pelear a Bolivia, añadió que «si se negara el derecho a disentir en los métodos de construcción (lucha ideológica) a los propios revolucionarios se crearían las condiciones para el dogmatismo más cerril. Debemos convenir en que los criterios opuestos sobre métodos de construcción son el reflejo de actitudes mentales que pueden ser muy divergentes en ese punto, pero planteándose honestamente el mismo fin».[11]

La Revolución necesita la crítica, porque la crítica es la salud. Tal crítica supone señalar los que se consideren errores cometidos en nombre de la Revolución, y también disentir en los métodos de construcción. En el muy citado discurso de Fidel que se publicó con el título «Palabras a los intelectuales», él pronunció la famosa frase «dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada». Entiendo que dentro de la Revolución se incluye la crítica hecha a medidas o aspectos que no parezcan positivos si tal crítica es ejercida por los propios revolucionarios. Es lo que Martí se adelantó a decir cuando postuló que la crítica que es la salud implica un solo pecho y una sola mente. Sería absurdo confundir la crítica dentro de la Revolución con la que se hace contra la Revolución.

¿Cuándo entrará a imprenta aquel ensayo prometido en «Cuba defendida», que versaba sobre un país imaginario llamado «Haipacu»? ¿Cómo lo escribiría ahora en relación con el nuevo mapa político existente en América Latina?

Me temo que ese ensayo no irá nunca a imprenta, y no pasará de ser, como es, un breve capítulo de mi ensayo «Cuba defendida». Al escribir este último y abordar el tema en cuestión, procedí según el criterio de Borges de acuerdo con el cual no era necesario producir un grueso volumen cuando se le podía dar por existente y sintetizar su idea central en unas cuantas líneas. Ahora bien, en el nuevo y esperanzador mapa político de nuestra América, hemos visto cómo, más allá del acrónimo «Haipacu»,[12]les han sido descerrajadas por el imperialismo sendas leyendas negras a la Venezuela de Chávez y a la Bolivia de Evo mientras en otros países del área existen gobiernos, digamos, decorosos. Nuevas leyendas negras les son y les serán propinadas a cuantos gobiernos latinoamericanos y caribeños se opongan frontalmente al imperialismo y a su arma del momento, el neoliberalismo. Y esos gobiernos han venido y otros vendrán. Hacía tiempo que la situación de nuestra América no era tan promisoria. No coincidieron en el tiempo el gobierno chileno de la Unidad Popular y el sandinista nicaragüense. Hoy la situación es bien distinta. Con la resistencia y la solidaridad de la Revolución Cubana, y con el ALBA, amanece un mundo mejor para nuestros sufridos países. Que el imperialismo y sus secuaces intenten escarnecer a quienes se les opongan hace recordar el viejo decir castellano «Ladran, luego cabalgamos».

En su momento, usted encontró en Diálogos sobre el destino, de Gustavo Pittaluga, «una voz de confianza, asentada en nobles sabidurías» que «alimentaba una esperanza». Aquel «pueblo con poca ilusión» fue luego actor y testigo de una gran Revolución. A casi cincuenta años de 1959, y después de haber vivido estos años, e interpretado la experiencia cubana del modo tan hermoso y lúcido como lo ha hecho a lo largo de varias décadas, ¿cuál es hoy su esperanza sobre el «destino» de Cuba y de los cubanos?

Es incomparable la Cuba de hoy con la de 1954, fecha en que Pittaluga publicó su notable libro. En cuanto a la esperanza, le recordaré que cuando en 1959 publiqué un cuaderno de poemas escritos en su mayoría en los meses finales de 1958, y dos de ellos en el propio 1959, titulé a ese cuaderno, creo que el primero de su género en abordar la naciente revolución, Vuelta de la antigua esperanza. Esa esperanza era antigua porque remitía a los treinta años de lucha por la independencia y ciertamente a Martí, a la revolución del treinta, y en general a los intentos hechos durante la República mediatizada por convertirla en una República libre y soberana. Cuba es hoy esa República libre, soberana, justa y solidaria. (Por lo cual, dicho sea entre paréntesis, me extraña leer a veces que solo se llame República de Cuba a la mediatizada.) El destino de Cuba y los cubanos es amenazado pero grandioso. No obstante los errores que hayamos cometido en la forja de una nueva República, los aciertos son inmensamente mayores, e incluyen colaboraciones esenciales con otros países, en especial de nuestra América y África. Más que nunca antes tenemos el derecho y el deber de alimentar la esperanza.

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*Roberto Fernández Retamar (La Habana, 1930). Poeta, crítico y ensayista. Premio Nacional de Literatura en 1989. Presidente de Casa de las Américas. Miembro del Consejo de Estado de la República de Cuba. Profesor Titular de la Universidad de La Habana. Profesor honorario de la Universidad de San Marcos en Lima, Perú, y doctor Honoris Causa de las Universidades de Sofía y Buenos Aires. Colaboró con la revista Orígenes(1951-1956). Fue director de Nueva Revista Cubana(1959-1960), y fundador y director de la revista Unión (1962-1964). Es director de la revista Casa de las Américasdesde 1965.

Notas

[1]Ernesto Che Guevara, ‘Apuntes críticos a la economía política’, Ocean Sur-Centro de Estudios Che Guevara, 2006, p. 31 (edición cubana: Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2005). https://lahaine.org/dV6n
[2]Este discurso puede consultarse de modo íntegro en
http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1959/esp/f080159e.html(fecha de descarga en la web: 27 de diciembre de 2006).
[3]Se refiere a la entrevista que concedió a Goffredo Diana y John Beverley, aparecida en español con el título «Un poeta metido en camisa de once varas», en Cuba defendida, Ediciones Unión, La Habana, 1996, pp. 9-52.
[4]Historiador, escritor y político polaco (1907-1967). A los 19 años se afilió al Partido Comunista polaco, del que fue expulsado en 1932 por sus críticas al estalinismo. Alcanzó justo renombre como uno de los más autorizados especialistas en sovietología. Su amplísima obra biográfica e histórica comprende, entre otras, las biografías de León Trotsky, José Stalin, y una inconclusa sobre Vladimir I. Lenin. Sus muy acertados análisis sobre el régimen estalinista, y sobre lo que este significó con respecto al proyecto bolchevique, conservan vigencia para comprender la experiencia soviética.
[5]Más allá de la significación de un nombre u otro, el objetivo de la pregunta apunta a la necesidad de recuperar la complejidad y diversidad de la tradición socialista cubana. (A este respecto, ver la entrevista con Ana Cairo Ballester en el presente libro). Jorge Vivó ocupó la secretaría general del primer Partido Comunista, fue uno de los corredactores del ensayo Cuba: factoría yanqui, escrito junto a Rubén Martínez Villena; a partir de 1936 emigró a México, allí «perteneció al claustro de la Universidad Nacional Autónoma de México donde desarrolló una brillante carrera hasta el punto de que una biblioteca lleva su nombre». Sandalio Junco, dirigente obrero comunista, «compartió el exilio con Mella en México. Fue enviado a estudiar a Moscú. A su regreso, fundó el Partido Bolchevique Leninista Cubano (septiembre de 1933), filial cubana de las agrupaciones trotskistas». Las citas están tomadas de Ana Cairo, «Los otros marxistas y socialistas cubanos. 1902-1958», en Mariátegui, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 2002, p. 246.
[6]Aureliano Sánchez Arango, militante comunista del Directorio Estudiantil de 1927. Integró el claustro universitario, se especializó en Derecho Laboral y escribió Legislación Obrera. Fue Ministro de Educación en el gobierno de Carlos Prío Socarrás, gobierno este sacudido por continuos escándalos de corrupción. En 1949 Eduardo Chibás acusó públicamente de corrupción a Aureliano, en un debate muy sonado que llevó a Chibás al suicidio, al no poder documentar con pruebas su denuncia.
[7]Juan Ramón Brea, dirigente estudiantil, poeta surrealista y militante revolucionario trotskista.
[8]Eduardo Chibás fue miembro del Directorio Estudiantil Universitario de 1927. Elegido diputado en 1939 y senador en 1944, fundó el Partido del Pueblo Cubano, llamado «partido ortodoxo» (1946). Luchó contra la corrupción política, atacando especialmente la administración de Carlos Prío Socarrás. Captó el fervor popular con su programa de adecentamiento cívico de la política cubana en medio de una corrupción generalizada.
[9]Se refiere a la obra intelectual y a la posición de quienes se iniciaron en el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana (1963-1971). Fernando Martínez Heredia fue director de dicho Departamento a partir de 1966. En su seno se gestó un cuerpo de pensamiento de inspiración descolonizadora y abierto en temáticas y enfoques, que desde una perspectiva marxista, tercermundista y latinoamericana se hizo crecientemente crítico del «doctrinalismo marxista» proveniente de la URSS. La revista Pensamiento Crítico (1967-1971), editada por el Departamento, representó el órgano teórico de esa posición. El Departamento y la revista fueron cerrados en 1971, pero la inmensa mayoría de sus miembros permanece en Cuba y se mantiene consecuente con aquella perspectiva, como son los casos de Juan Valdés Paz y Aurelio Alonso, participantes del debate que conforma el segundo capítulo de este libro.
[10]El texto fue incluido por su autor en Ensayo de otro mundo, Instituto del Libro, La Habana, 1967, y ha sido reeditado en numerosas ocasiones, la más reciente de ellas en Cuba defendida, Letras Cubanas, La Habana, 2004.
[11]Orlando Borrego, ‘El camino del fuego’, Imagen Contemporánea, La Habana, 2001, p. 371, https://lahaine.org/dV11
[12]En el ensayo Cuba defendida, Haipacu es un país imaginario, pero su nombre está formado por las sílabas iniciales de Haití, Paraguay y Cuba, países que, en diversos momentos y en diferentes condiciones, han sostenido procesos de independencia nacional de gran significado para la historia latinoamericana.

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Fuente: https://www.lahaine.org/mundo.php/cuba-la-lealtad-a-la

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