La rebelión popular chilena y América Latina.

Una mirada colombiana a la rebelión chilena.

Por Campo Elías Galindo Alvarez

«Piñera no es el problema central, él es simplemente el representante, el agente de una élite y de un modelo económico que soporta toda la arquitectura de la injusticia»

Quizá la más reciente foto de Sebastián Piñera que todos los colombianos vieron fue sentado y “cariacontecido” al lado de Juan Guaidó, Iván Duque, el secretario de la OEA y el ministro de Defensa colombiano, después del ridículo que hicieron con la fallida “caravana humanitaria” en la frontera colombo-venezolana, buscando un golpe de Estado contra Maduro que les tienen encargado desde Washington y no han podido lograr. Ese Piñera opulento, uno de los hombres más adinerados de Chile y uno de los adalides del Grupo de Lima, es el presidente que hoy, como ayer Moreno en Ecuador, se ha estrellado contra la dignidad de los chilenos que no toleran más injusticias, más mentiras, más neoliberalismo.

El racista colombiano promedio no vio cercana la rebelión de los ecuatorianos contra Lenin Moreno, pero se siente conmovido por las plazas santiaguinas llenas no solo de “cabecitas negras”, sino también de mestizos y  mujeres y hombres blancos que al unísono reclaman justicia y respeto a su dignidad. Ecuador es limítrofe con Colombia y aquí se le mira por encima del hombro como a una prolongación pastusa. Sobre Chile, en cambio, predomina otro imaginario, principalmente después de la sanguinaria dictadura de Augusto Pinochet, a quien los neoliberales le agradecieron siempre el “milagro chileno”, un período de desapariciones forzadas, asesinatos, torturas y exilio para sus opositores, pero de crecimiento económico acelerado y florecimiento de los grandes negocios especialmente a finales de los setentas con base en severos ajustes —“paquetazos”— y el despojo a los trabajadores de derechos adquiridos durante décadas de lucha.

Eso fue la dictadura de Pinochet (1973-1990): una oportunidad que aprovechó al máximo la burguesía chilena para enriquecerse aún más y de paso, vengarse de las Izquierdas que la pusieron a raya en el gobierno de la Unidad Popular (1970-1973). El entonces joven Piñera, heredero de fortuna y prestigio, fue uno de esos “afortunados” que no perdió tiempo y amasó riquezas en el sector inmobiliario, bancario, y como asesor de organismos internacionales de desarrollo. Los militares en el gobierno hacían el trabajo sucio, pero había detrás una oligarquía voraz que llenaba sus bolsillos sin quién se opusiera.

Durante la dictadura y después de ella, los corifeos de Washington llenaron el mundo de conferencias y libros sobre el susodicho milagro, un país salido de las cenizas, resiliente y prodigioso que crecía económicamente más que cualquiera otro latinoamericano.

Cuando el dictador dejó el poder en 1990, el país entró en la llamada “transición”, un largo período que llega hasta los días actuales, que transcurre bajo la misma Constitución que promulgó Pinochet en 1980 con solo algunas enmiendas parciales al sistema político. Pero el fin de la dictadura y el regreso de las elecciones para elegir autoridades políticas, no significó para los chilenos la recuperación de sus derechos laborales ni mejoras importantes en sus condiciones de vida. En materia económica y social la llamada transición no fue en realidad un tránsito hacia otro modelo sino la consolidación de la política de privatizaciones, flexibilización laboral, minimización del Estado y tributación regresiva. La transición chilena ha sido la continuación del modelo económico que impuso Pinochet a punta de bayoneta y crímenes de lesa humanidad que todavía hoy siguen siendo investigados.

Las heridas de 17 años de dictadura, por lo tanto, no cierran todavía. Algunos criminales de ella han sido procesados por la justicia, se restablecieron las instituciones republicanas como el sufragio universal y las libertades políticas básicas, pero la democracia social y económica se quedó detenida en las cárceles del dictador. Los gobiernos siguientes de Aylwin, Frei, Lagos, Bachelet y Piñera (dos veces) fueron obedientes a los dictados económicos de EE.UU. y los organismos financieros mundiales, convirtiendo al país en un espejo en el cual se debían mirar los demás de América Latina, con buenos indicadores de crecimiento, inversión extranjera e inflación controlada. Era la obra perfecta del neoliberalismo en este subcontinente, que fue premiada en 2010 con el ingreso a la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), un selecto club de países ricos al cual también se matriculó Colombia el año pasado, que promueve las llamadas “buenas prácticas” económicas en todo el mundo.

La lucha contra el neoliberalismo ha orientado el destino de los pueblos latinoamericanos en lo que va corrido de este siglo. Desde el triunfo de Hugo Chávez en 1998, el subcontinente se mantiene en vilo contra los mandatos de Washington y las élites criollas que lo gobiernan, con logros parciales pero importantes en aquellas naciones donde han triunfado gobiernos progresistas. Las rebeliones populares de Ecuador hace dos semanas y la actual en Chile significan un nuevo aire para las luchas democráticas en este, el “patio trasero” de EE. UU., mientras sus otros gobiernos súbditos, organizados en el Grupo de Lima como el peruano, el argentino, el brasileño, el panameño, el hondureño, el colombiano y otros, sufren el asedio de movimientos sociales y opositores que también resisten los “paquetazos” y la represión que los acompaña.

Los estallidos de rebeldía actuales como los precedentes se han desencadenado a partir de protestas que rápidamente se generalizan y sacan a flote viejos resentimientos, rabias contenidas en la cotidianidad gris de las gentes, que de un momento a otro escapan al control de los poderosos, sus instituciones y sus medios de comunicación. Es entonces cuando el poder queda al desnudo, desorientado, sin qué decir. Piñera lanza las fuerzas armadas contra los manifestantes, dice defender la democracia, declara que está en guerra contra un poderoso enemigo, decreta reformas, hace el ridículo pidiendo perdón, es un mandatario al garete que hace tiempo hace parte de los problemas y no de la solución.

El magnate Piñera, no obstante, no es el problema central del conflicto chileno. Él simplemente es el representante, el agente de una élite y de un modelo económico que soporta toda la arquitectura de la injusticia. Aunque se le está pidiendo la renuncia, lo que necesitan los ciudadanos es un modelo de desarrollo distinto, que ponga en el centro de las preocupaciones la vida, la paz y la dignidad de los chilenos, que ponga al alcance de ellos la salud, la educación, la vivienda y la seguridad en la vejez; un modelo donde los servicios domiciliarios y sociales no sean fuentes de enriquecimiento para un puñado de empresas privadas, sino verdaderos servicios públicos.

Ya muchos chilenos lo entendieron. La consigna que ahora suena con fuerza en las calles es la exigencia de una Asamblea Constituyente, es decir, de una nueva Constitución Política que es lo único que permite volver a barajar, refundar al Estado sobre unas bases de justicia social donde haya redistribución del ingreso y libertades para el juego político. Piñera en cambio, decretó algunos paliativos como aumentos del salario mínimo y las mesadas pensionales, con los cuales busca ganar tiempo y sobre todo, desviar las exigencias populares bajando la fiebre momentáneamente, pero dejando intacta la verdadera infección: un modelo de acumulación de riqueza que fue elevado a rango constitucional por Pinochet desde 1980, basado en privatizaciones y despojos de derechos a los trabajadores. Otro paliativo ha sido la remoción de ocho ministros, principalmente de su mano derecha, el señor Andrés Chadwick Piñera, primo del presidente, quien hizo carrera al servicio de la dictadura y muy campante, participó de la brutal represión a las protestas que hoy deja más de veinte muertos.

Las tomas de calles han sido grandiosas, las máximas en la historia de ese país, acostumbrado en los años recientes a manifestaciones de estudiantes por el derecho a educarse sin quedar empeñados el resto de la vida. No solo América Latina sino también el mundo entero miran hoy con perplejidad hacia esa nación austral, vitrina del libre mercado y ejemplo de estabilidad para toda la región, pero que se reventó por dentro ante un “paquetazo”, uno más en la cotidianidad neoliberal, una gota más que rebosó la tasa de la paciencia en otro país hermano.

Los colombianos no podemos hacer menos que poner nuestras barbas en remojo. Los gobiernos nacionales aprendieron a ser gradualistas, prefieren el “gota a gota” a los ajustes drásticos: así lo han aplicado a las pensiones, los salarios, los servicios públicos y a otros despojos. Pero el presidente Duque y su ministro de Hacienda no quieren moderaciones y ya anunciaron reforma laboral y pensional en un mismo paquete; han lanzado el desafío y andan estudiando la agenda, el mejor momento, pues los malos resultados electorales con que fueron castigados este 27 de octubre, no son óbice para el cumplimiento de ese mandado. Pero hay esperanza y el pueblo de Chile nos inspira. El pulso empezará muy pronto, siendo la primera carta la jornada de paro y movilización nacional programada por las centrales sindicales para el próximo 21 de noviembre.

No es necesario hablar extensamente de la OCDE. Basta saber que es esa organización la que ha diseñado el “paquetazo” que el presidente Duque nos busca imponer en los próximos meses, compuesto por una reforma de flexibilización laboral y otra pensional, con rebaja del salario mínimo y de las mesadas a los pocos que en adelante accederán al derecho de pensionarse.

Las dictaduras y los autoritarismos latinoamericanos, que en el siglo pasado despojaron a los trabajadores de sus derechos y asfixiaron sus libertades, fueron la cuota inicial para la imposición del neoliberalismo en nuestros países. Desde entonces las formalidades republicanas y el desarrollismo se han convertido en regla, pero también un endurecimiento en las condiciones de vida para las mayorías y un crecimiento de la inequidad que alcanza los límites de la humillación. Las burguesías latinoamericanas, orientadas desde el norte, han impuesto un modelo de desarrollo consumista e imitativo del primer mundo, que solo pueden mantener excluyendo a sus pueblos de los beneficios alcanzados. Eso es Chile, pero también Colombia, países de espejismos, donde la especulación inmobiliaria y financiera hace brillar unos cuantos centros urbanos, pero están parados sobre la exclusión de millones de personas que viven sus propios infiernos. Es cuando esos millones de condenados se miran a los ojos, descubren el poder que tienen y manifiestan su inconformidad, que las sociedades latinoamericanas tiemblan.

31 de Octubre, 2019.

Fuente: https://www.las2orillas.co/una-mirada-colombiana-a-la-rebelion-chilena/


¡Renuncia Piñera!. El “octubre” chileno.

Por Raúl Román.

Desde el 18 de octubre se desencadena la rebelión social más profunda y extensa que Chile haya conocido en su historia; caracterizada por la desobediencia civil, protesta social, manifestaciones, marchas, barricadas y saqueos. Todas y cada una de ellas es como una manifestación clara de la rabia y frustración contenida, por decenas de años soportando la tiranía del Modelo Neoliberal. Modelo que se ha expresado y expresa en la explotación del trabajador por el empresariado, encarecimiento de la vida, precarización del empleo, endeudamiento desbocado de millones de chilenos, una falta de atención digna de salud, una educación segregada, un robo organizado de las AFP, etc.

La rebelión popular que se hizo transversal en la sociedad, es una respuesta espontanea y emocional, no ideologizada ni organizada por grupo político alguno, ante la injusticia y la opresión de un modelo económico que le ha dado manga ancha al empresariado burgués para transformar a los trabajadores en explotado y oprimidos, tanto laboral como ideológico-culturalmente.

Pero sin duda, emocional o consciente, este formidable levantamiento popular desde los estudiantes hasta los trabajadores y pobladores, ha remecido hasta los cimientos un sistema político, que fue diseñado para que la burguesía tuviera representantes permanentes que cuidarán sus intereses no sólo en el aparato político, sino también en el sistema económico y en los medios de comunicaciones de masas y dejaran a las grandes mayorías fuera de toda posibilidad intervención política. Sometida a una opresión agobiante y vergonzosa, la clase trabajadora ha hecho escuchar su voz; primero, por sus hijos-estudiantes y luego, rompiendo las cadenas de la opresión ideológica, uniéndose en las calles, a la protesta y a la barricada, los trabajadores.

El Gobierno de Piñera. ¿Cuál es la situación política?

No es de extrañar, que el gobierno de Piñera fuera lento e inoperante ante esta movilización social. El gobierno es un grupo de políticos incompetentes, que rodean a los dos personajes con poder de decisión; Piñera-Chadwick. Su incompetencia obedece a su desconexión de las masas y los trabajadores, lo que los obliga a gobernar obteniendo su información a través de encuestas, que definen sus resultados, incluso antes que se realicen. Incompetencia que fue fomentada por décadas de aplastamiento de las clases trabajadora, luego de la contrarrevolución pinochetista, provino la reacción democrática concertacionista que mientras cedía migajas, usurpaba para sus patrones el agua, el cobre, el litio y pretendía que podía entregar la dignidad de los trabajadores.

El gobierno actúa tarde y de forma errática. Pretendió que apostar al desgaste podía ser una estrategia política adecuada, la que pronto entendió que no sólo, no resultaba, sino que lo desprestigiaba a nivel internacional por sus cumbres (APEC-COP25) que lo obsesionan.

Pero Piñera no sólo arrastró el poncho durante la semana, sino que se fue quedando aislado, quedando sólo con Chadwick, su primo y ministro del interior. Este aspiraba a una represión desenfrenada y era el primero en adoptar la política del Estado de Emergencia y la salida de las fuerzas armadas a la calle, para detener la movilización social. Pero estas FFAA tampoco le siguieron el juego de forma dócil, porque no estaban de acuerdo con asumir las consecuencias políticas del errático actuar del presidente. El “No estoy en guerra con nadie” del general Iturriaga, descolocó al equipo político y a Piñera, comprendiendo que el ejército no iba a ser un animal sumiso, sino que cuestionaría la conducción política de la crisis, incluso en público. Sutilezas menos, sutilezas más, esto generaría problemas, por lo cual se adoptó el censurarlo y que terminó sólo leyendo lo que le preparaban el equipo político.

Esta actitud de las FF.AA., le permite a la burguesía quitarle el piso a Piñera, cuando Andrónico Lucksic, señala que en sus empresas el sueldo mínimo sería de 500 mil pesos. Esto como respuesta a que Piñera recurriera a elevar el impuesto de 35% a 40%, para poder financiar las tardías políticas planteadas el martes. Dicha situación provoca que el gobierno y Chile Vamos, se declaren independientes y la segunda se desmarque, autorizando a los políticos como Ossandon y a otros, a opinar abiertamente en contra de la política del gobierno, calificándolas como insuficientes o alejadas de la realidad.

Sin duda, no sólo el gobierno estaba tambaleante, sino que la oposición, que se ubicaba en la galería, para evitar pagar los costos políticos, con los sucesos de Valparaíso del día viernes, quedó claro que la gente los ve como parte del problema.

La duración del movimiento y el gran abanico de demandas en contra del modelo neoliberal y el gobierno de Piñera, atrajo no sólo a los estudiantes y trabajadores, sino que a la pequeña burguesía económica que se adhiere y protesta en sus comunas más emblemáticas (Las Condes). Esto provocó que la crítica de parte de la burguesía y sus políticos se hiciera “subversiva”. Pensando incluso, aunque no lo dijeran en público, qué si debían permitir la caída de Piñera, lo iban a hacer, para poder salvar el modelo. Esto es lo que explica que tanto político de derecha tuviera la “independencia” de pedirle a Piñera, el cambio de gabinete que se traducía en cambiar a Chadwick. Qué en sentido estricto, es una crítica directa a Piñera. Debido a que es, su brazo derecho y participa en un verdadero cogobierno. La burguesía y sus partidos de derecha tenían la lectura de que sería el mal menor, hasta ahora. Pero, en su acostumbrada política tardía ante los hechos que se suceden con mucha rapidez, se le ocurría hacerlo después de la concentración más grande de la historia en número (1 millón y medio) y la movilización nacional que reunió más personas en la historia de Chile

Sin embargo, hizo todo lo posible para que esto coincidiera con dos elementos; primero, con el proceso de normalización del país, que había focalizado en el toque de queda y no en las movilizaciones, para lo cual los canales de tv hicieron una gran tarea. Luego, por supuesto, de la reunión con los directores de los noticiarios, para virar el eje a la normalidad, quitándole espacio televisivo, ya que esto estaba radicalizando incluso a más de un opinólogo o animador oportunista. Segundo, con el levantamiento del toque de queda y la presencia de militares, que servía para poder convencer a la opinión pública que había la movilización había alcanzado su punto máximo con la gran concentración.

Una nueva etapa de la movilización

Sin embargo, las movilizaciones continúan y todo indica que el impulso de la gran movilización del viernes, seguirá el lunes y entraremos a una nueva etapa, iniciada el sábado. Esta ya no estará coronada por la bandera que acompaña este documento, sino que comprenderá la petición explicita de que ¡Piñera Renuncie!, no obstante que las concentraciones, cabildos, reuniones, etc., del fin de semana, hallan logrado ir precisando y concientizando el programa o petitorio entre la clase trabajadoras y los manifestantes.

Esta etapa que comienza hoy y que el gobierno pretende opacar con el cambio de gabinete, confía en que se desinfle el impulso movilizador. Esto, porque sí el día lunes continúa el país funcionando a un 30% como la última semana, con la llegada de los enviados de la Alta comisionada de los Derechos Humanos, será otro mazazo en contra de Piñera y su imagen internacional. Más cuando hay organizaciones gremiales y de trabajadores que esperan con ansias, ver el nivel de movilización del fin de semana para levantar sus propias peticiones; colectivero, camioneros, etc.

Toda esta expectación se centra en la pretendida normalización de las actividades escolares y universitarias, sobre todo en las grandes ciudades. Apuesta arriesgada del gobierno, ya que con esto se está institucionalizando la manifestación social e internalizando en las instituciones educativas las manifestaciones generando efervescencia. Si hasta el domingo o viernes, era individual la participación en las movilizaciones, ahora sería institucional, y las calles se llenarán de estudiantes. Al parecer, en el gobierno están confiando en la intimidación militar en las estaciones del metro, para que los estudiantes no retomen la iniciativa, pero se exponen a que termine con un nivel de violencia mayor o un incidente de gravedad.

Sin duda, la confianza de Piñera en que las movilizaciones no pasen del fin de semana, especialmente luego del incidente del congreso donde se abrieron vínculos privados entre el centro político (DC-PPD-PRSD) con el gobierno, para institucionalizar la crisis. Es decir, focalizarla en proyectos de leyes y debates en el congreso, como forma de legitimar la institucionalidad democrática, aunque se caiga a pedazos.

Cambio de Gabinete

Por qué Piñera se demora tanto en el cambio de gabinete?. Junto con lo imprescindible de Andrés Chadwick para Piñera, es la escasez de políticos que logren copar las necesidades del gobierno en entablar y mantener lazos con la oposición. El único que podría ocupar este cargo es Andrés Allamand, pero Piñera no le dará a su enemigo político el poder, menos la legitimidad de ser su vocero oficial. Por ello, tendrá que ubicar un personaje “afable y manipulable” que permita que Chadwick y Piñera lo manejen a su antojo. Esto será la segunda apuesta arriesgada de Piñera, que podría pagar con su renuncia si no resulta.

Pero Piñera está, tan sólo, que es imprescindible no deshacerse de Chadwick, su cogobierno, le permite confiar en alguien. Su relación es horizontal, de igual a igual. Sin su primo no tendría una opinión política buena o mala, sólo condescendencia servil, que podría hacer que su estilo personalista lo terminaría desgastando más aún. Es tan importante para él, que tuvo que pedir la renuncia a todos los ministros, para evitar que Chadwick cargara con toda la culpa de la crisis. Sin embargo, el mantenerlo directa o indirectamente, será un error político que no podrá soslayar.

Una semana compleja y decisiva para el gobierno

Piñera sabe que no podrá sortear esta semana de movilizaciones, sin el apoyo de la oposición. Aunque manipule los medios de prensa y matinales, cualquier ventana que abre, se le introduce el aire fresco de la protesta nacional. El lunes no será normal (las movilizaciones seguirán siendo masivas), por lo menos desde las 11 horas hacía adelante, lo que obligará a acortar la jornada. Si esto sucede, el martes se sumarán gremios y sectores en contra del gobierno que lo harán tambalear, porque tendrá que recurrir a la represión abierta, como lo ha hecho hasta hoy. Lo que significará que la DC-PPD-PRSD se verán obligadas a separarse definitivamente del gobierno. Y toda la presión de José Inzulza para que el PS busque acuerdo con el gobierno, se desvanecerán.

Otra consecuencia, será que sus socios incondicionales, de los que le quedan pocos, seguirán abandonando el barco y pretenderán resolver la crisis con un plebiscito o simplemente la renuncia, no importando cuantos políticos repitan en los matinales que la solución no es su renuncia.

El Octubre chileno

La movilización social no puede confiar en los proyectos ni migajas del gobierno ni de la oposición, los 17 muertos, los millones movilizados ni los cientos kilómetros marchados, no han sido para poder ser embaucados por discursos sentimentales ni menos maniobras políticas burdas. Las masas a la calle, trabajadores, estudiantes y profesionales, pobladores y marginados, deben seguir hasta lograr que Chile sea transformado de raíz.

Arrebatándoles los privilegios a los explotadores, logrando que las riquezas de nuestro país sean para beneficios de todos, traducidos en una mejor salud y mejor educación. Que el agua, el cobre y el litio, sirvan para mejorar las condiciones de vida de toda la población. Que el océano vuelva a ser del estado para beneficio de cientos de miles de familias que viven de él y no de siete familias. Que las AFP sean eliminadas y tengamos un sistema solidario estatal, cuyos fondos sirvan para construir escuelas, hospitales y mejores condiciones de vida. Que el sueldo mínimo de $500.000 permita vivir y pagar una casa digna, no durante toda tu vida, sino en un máximo de 10 años.

Adelante estudiante, trabajador, profesional, comerciante, poblador, minero y pescador, que para lograrlo debemos cambiar el gobierno de Piñera; cambiar la constitución y cambiar el modelo neoliberal, por un gobierno que represente los intereses de la clase trabajadora; una constitución basada en un Estado responsable; la estatización de las riquezas nacionales y un modelo económico solidario donde se piense en las personas y su vida y no en quién debo hacer trabajar para lograr ser millonario. Ilusorio sueño neoliberal, que por décadas nos han vendido.

Para ello, debemos golpear y luchar todos juntos y al mismo tiempo. Una sola voz contra la injusticia y los causantes de los asesinatos, los golpeados, los torturados, los despreciados y los reprimidos.

Que se una todo el país en un sólo grito;

¡Renuncia Piñera!

30 de Octubre, 2019

Fuente: https://www.panorama.com.ve/opinion/Renuncia-PineraEl-octubre-chileno-20191030-0094.html

 

 

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