Colombia: FARC-EP. De nuevo a las armas.

El jueves 29 de agosto de 2019, el comandante "Iván Marquez", flanqueado por Hernán Darío Velásquez, "El Paisa", (izq.) y por Seusix Pausias Hernández, “Jesús Santrich”(der.), anuncia que una fracción de las FARC retoma la lucha armada.

«¿Cuánto más debíamos esperar?»

por ABP Noticias/La Haine.
Una conversación de Iván Márquez y Jesús Santrich, de las FARC-EP, con el diario alemán junge Welt.Una amplia parte de la antigua guerrilla de las FARC-EP regresó a la lucha armada. Ésta responsabiliza a la oligarquía del fracaso del Acuerdo de Paz.

El 29 de agosto en una declaración ustedes anunciaron el regreso a la lucha armada. ¿Por qué dieron ese paso justamente en ese momento, y qué objetivo persiguen con esta decisión?

El Acuerdo de Paz de La Habana fue un documento de solución política al conflicto colombiano. Como Acuerdo expresaba la correlación social de fuerzas y el balance político-militar e histórico-concreto de la guerra. Así lo planteamos en las tesis políticas de la Décima Conferencia Nacional de Guerrilleros previa al paso de las FARC-EP a la legalidad. Como instrumento de solución política implicaba el reconocimiento de las partes de que las armas y el poder de fuego

de ninguna de ellas logró vencer a su adversario y que para evitar prolongar la evidente afectación de todo orden que padecía el país por cuenta de la guerra había que buscar la continuidad de la lucha a través de medios exclusivamente políticos. El Acuerdo no representaba la materialización de nuestras aspiraciones estratégicas como fuerza revolucionaria y menos podía entenderse como la claudicación de nuestra fuerza político-militar guerrillera. En síntesis, ni pretendíamos esbozar la revolución por decreto ni mucho menos la rendición en una mesa en la que por muchas ocasiones lo único que se escuchaba por parte del gobierno eran palabras mezquinas y huérfanas de sensatez.

Nuestra determinación estaba centrada en dejar sentadas condiciones que permitieran a la gente del común adelantar en democracia las transformaciones mínimas que resolvieran los problemas esenciales que impiden el bienestar social, a sabiendas de que no era el fin o la superación del conflicto inherente al orden capitalista, sino el camino para la continuidad de la lucha social y de clases, colocando como base la terminación de la expresión armada de la lucha haciendo transitar a las FARC-EP hacia una condición de organización política legal, que de la mano de las masas, con garantías ciertas para la acción política abierta, proseguirían su brega por las transformaciones estructurales hacia un nuevo orden social de democracia verdadera y justicia social. Este Acuerdo fue roto por el establecimiento desde el momento mismo en que se debía iniciar la implementación, habiéndose incluso sentado obstáculos desde tiempo antes. Consecutivamente el Gobierno que entra en reemplazo del de Juan Manuel Santos profundizó los incumplimientos de manera pertinaz, inocultable, llenando con trampas y a sangre y fuego, de inseguridad jurídica, personal y económica la reincorporación de los excombatientes, y dejando de lado los cambios prometidos a las comunidades más empobrecidas, como la reforma rural integral, por ejemplo.

Roto el acuerdo pese a nuestros esfuerzos por mantenerlo vivo, no tuvimos otra opción que retomar el camino de las armas, porque, si bien los compromisos del Acuerdo representaban una ruptura en nuestra historia, al mismo tiempo eran una línea de continuidad. El desistimiento del alzamiento armado no se concibió como desmovilización; y tampoco podía ser un compromiso unilateral de la insurgencia. Así que quedando en evidencia plena y creciente la traición por parte del Establecimiento, cerrada nuevamente la vía de la legalidad, nosotros no podíamos caer en el derrotismo y en la claudicación. Se nos manoseó en la dignidad, se nos estigmatizó y calumnió, se procedió con montajes asquerosos, con persecución judicial, intentos de extradición y asesinatos que indicaban que la reconciliación era una farsa y la paz una bandera de mentiras. Entonces, cuánto más debíamos esperar para que se considerara legítima nuestra reacción. Eso nunca ocurriría porque lo que querían era sacrificarnos y desparecernos como organización revolucionaria.

De tal manera que el ahora es la respuesta de oportunidad a una necesidad de legítim

a defensa y al deber de no permitir que se debilitara o apagara la llama de un resurgir posible en medio de tantas adversidades. De tal suerte que es una determinación muy apegada a un proceso de lucha de clases muy específico de Colombia, independientemente del tipo de correlación de fuerzas que en este momento exista en el contexto internacional. Aunque no quiere decir ello que no tomemos en cuenta la profunda crisis estructural por la que pasa el capitalismo, la cual es no solo global sino sistémica, sin reversa, y que nos corresponde mirar en ese aspecto para continuar con el desenvolvimiento de una estrategia de combinación de formas de lucha que en esencia es continuidad del Plan Estratégico histórico de las FARC-EP con las variaciones notables en el manifiesto de Agosto, el cual sienta ciertas consideraciones respecto a la fuerza pública. Mira que hemos dicho que nuestro alzamiento es respuesta a la traición del Estado al Acuerdo de Paz de La Habana, y la marcha de la Colombia humilde, ignorada y despreciada hacia la justicia, en procura de la paz cierta, poniendo de presente que la rebelión no es una bandera derrotada ni vencida; pero que esta insurgencia, se levanta para abrazar con la fuerza del amor, los sueños de vida digna y buen gobierno que suspiran las gentes del común, expresando claramente que su objetivo no es el soldado ni el policía, el Oficial ni el Suboficial respetuosos de los intereses populares sino la oligarquía; la oligarquía excluyente y corrupta, mafiosa y violenta que cree que puede seguirle atrancando las puertas del futuro al país.

Decimos que se conocerá una nueva modalidad operativa que sobre todo responderá a la ofensiva, porque en nuestra decisión está no seguir matándonos entre hermanos de clase. De ahí nuestro llamado también a los integrantes de la Fuerzas Pública que tengan dolor de pueblo, a que caminemos juntos por sus reivindicaciones y su felicidad.

Fíjate también en que tomamos distancia de algunos métodos como el que hacemos respecto de la práctica del retenciones de personas con propósitos económicos. En todo caso actuamos como fuerza político-militar con estructura de ejército y de partido, un partido marxista-leninista y bolivariano que sigue el legado del comandante Manuel Marulanda Vélez.

Tras la firma del Acuerdo de Paz en 2016, las FARC-EP entregaron las armas. ¿Ustedes están preparados ya para nuevos combates? ¿De dónde sacaron sus armas? ¿Con cuántos combatientes pueden contar?

Nuestra lucha es esencialmente política; las armas son solamente un instrumento, un medio y no un fin en sí mismas. Su implementación es más una necesidad impuesta por el carácter del régimen al que enfrentamos, el cual con su reciente traición no ha hecho otra cosa que reafirmar su carácter de régimen oligárquico de terror, acostumbrado a pisotear la palabra empeñada y los compromisos. Entonces, si no hubiera necesidad de usar las armas no lo haríamos. De hecho, estamos insistiendo en encontrar una salida dialogada y total (con todos los actores armados) al conflicto colombiano que persiste y se amplía en el país.

Lo de la firma del Acuerdo de La Habana era un elemento de alivio de esa co

nfrontación, pero de ninguna manera era la paz, pues con el ELN -importante fuerza revolucionaria colombiana- y otras fuerzas, no había todavía acuerdo y lo que se veía era la decisión del gobierno de Iván Duque de romper con la posibilidad de acuerdo que se abría con esa guerrilla. Por lo demás, hay centenares de conflictos armados y no armados, irresueltos a lo largo y ancho del país. Así que por más importante que fuera el Acuerdo de La Habana era solo un paso en el camino de la reconciliación y no la paz completa que necesitamos. Y lo peor es que habiendo estado cerca de poner fin a través del diálogo al más largo conflicto del hemisferio, el fracaso se produce porque el establecimiento no quiso respetar los principios que rigen las negociaciones, el pacta sunt servanda y la buena fe. Por eso decimos que habiéndose logrado por parte del establecimiento lo que quería, que era la entrega de las armas, conscientemente hicieron trizas el Acuerdo de Paz, despedazando -como dicen los uribistas- “ese maldito papel”. El paso que dimos fue truncado, con el agravante de el mal precedente que se le deja al procedimiento del diálogo como herramienta de entendimiento.

Sobre las armas, pues tenemos las que tenemos. Seguramente son pocas o muchas de acuerdo a la situación que se presente. Si se nos impone la confrontación porque el régimen persiste en el militarismo, en la represión, en la guerra sucia y en no buscar una salida sensata a los problemas del país, tendremos que buscar más y más recursos para la resistencia y siempre parecerá poco lo que consigamos frente a un Estado que se sabe está apoyado por un imperio poderoso y guerrerista como lo son los Estados Unidos de Norte América. Pero si se le da paso a un proceso constituyente abierto, donde la palabra del soberano que es el pueblo tenga oídos que la escuchen y manos que realicen sus aspiraciones, sin que se siga traicionando el diálogo, la buena fe, los pactos, cualquier fusil deberá silenciarse, porque en toda circunstancia el arma principal de los pueblos está en sus propias palabras y en su determinación de cambio. De ello hay muchos ejemplos en el continente y en el mundo. Solamente miremos los ejemplos que nos dejan en las calles hermanos latinoamericanos en Haití, Ecuador, Perú, Chile, por ejemplo. O lo que le están diciendo a Duque los estudiantes en las calles de las ciudades de nuestro país. El problema es que la implosión que se está viendo en muchos países de América Latina y el Caribe es producto del fracaso del neoliberalismo, de la situación social miserable en que está sumiendo a las mayorías mientras se llenan las arcas de los grandes capitalistas que al mismo tiempo tratan de generar crisis en los países que optan por vías de justicia social. Entonces, frente a regímenes de terror no se le puede negar a los pueblos el derecho que tiene a la rebelión en todas sus modalidades. No se les puede condenar a los pueblos a que para que sus luchas tengan legitimidad se deban enfrentar a la represión con los pechos desnudos y con vocación de mártires.

La militancia en esta causa la contamos en el seno de la inconformidad porque nuestra idea no es la de asumir la guerra combatiendo frontalmente la máquina militar del régimen. No. En este conflicto, la solución, siempre estará en manos del pueblo. La salida la definen las mayorías en las calles, en una mesa de negociación, en las urnas o en una insurrección armada.

¿Quiénes y cuántos están armados? Gente amante de la paz que ha decidido seguir empuñando los fusiles porque no está dispuesta a resignarse, a dejar que una élite de oligarcas les impida a las mayorías realizar sus sueños de justicia social. Quizás no son muchos, pero son suficientes para mantener encendida la llama de la rebeldía y la luz de la emancipación mediante la rebelión. Y en eso creemos en que una chispa puede encender la pradera, así que no es que haya afán de desespero que nos lleve a armar montoneras. Entre otras cosas porque nuestros recursos son limitados y hay que utilizarlos de la manera más racional posible, pues las armas en los mercados clandestinos tienen costos altos. En un mundo capitalista como el que tenemos, fuentes de armas siempre están abiertas. La mayoría de fusiles que tenemos son americanos e israelíes, pero no los envió Trump. Esto no es un asunto de armas fundamentalmente sino de ideas, y por eso nuestro mayor afán y propósito es sumar voluntades en torno a un propósito político que es el que está planteado en nuestro Programa y en la Plataforma Bolivariana por la Nueva Colombia…

En su comunicado no descartan un nuevo diálogo de paz, pero con un nuevo gobierno colombiano. ¿Por qué creen que con un nuevo gobierno se puede realizar lo que anteriormente fracasó? ¿Cómo debería darse un nuevo proceso de diálogo?

La salida política negociada al conflicto colombiano es un aspecto estratégico, no coyuntural. Es una constante histórica en el devenir de las FARC-EP. Nosotros no hemos renunciado a él. Persistimos en ese planteamiento advirtiendo que lo que no podemos permitir es que se burle ese anhelo de los colombianos. Entonces, si lees con detenimiento los documentos de agosto que son la base del relanzamiento del proyecto guerrillero fariano, verás que son una reiteración de los propósitos. Y lo es porque sencillamente los cambios que se plasmaron como necesarios para nuestra sociedad sumida mayoritariamente en la miseria, la desigualdad y las exclusión política no se han surtido. El Acuerdo de Paz fue traicionado no exclusivamente respecto a las FARC sino ante todo respecto a las comunidades que debían ser favorecidas con la reforma rural, la apertura democrática, la reivindicación de las víctimas o la política de sustitución de cultivos de uso ilícito. Pero más allá de esos puntos hay un sinnúmero de reformas que están a la orden del día y que el régimen se negó a abordar en La Habana pero que se suponía serían resueltos mediante un proceso constituyente. Ese fue un compromiso que hizo de palabra el gobierno Santos. Ese es el compromiso que está implícito cuando en la introducción al Acuerdo de La Habana se habla de un Acuerdo Político Nacional, porque el país requería reforma judicial de fondo, reforma electoral de raíz, reforma en el manejo de los medios de comunicación, en los asuntos laborales, en la educación, etc, etc. El país debía resolver el cangro de la corrupción y de la impunidad que carcome al establecimientos, etc, etc. Y eso no era algo que lo podían hacer las dos partes sentadas en La Habana. Pero si debía abrirse un proceso participativo que diera paso a esas reformas. Por eso la idea de proceso constituyente abierto, paso a paso, suscitando las transformaciones con movilizaciones y con la presencia del ciudadano de a pie tomando las decisiones.

El gobierno que en este momento ocupa la Casa de Nariño, lo que le pone es un particular acento de guerrerismo y destrucción a lo logrado en materia de acuerdo de paz. Pero la posición obstruccionista de fondo está en el Bloque de Poder Dominante. Con seguridad esa postura va más allá de las bravuconadas de Iván Duque que es una especie de pelele de Álvaro Uribe Vélez, verdadera mano tras los hilos de la casa de Nariño. Pero por encima de este hay intereses de transnacionales y de poderosos empresarios como Sarmiento Angulo. De estos sale la idea de hacer trizas el “maldito papel” de La habana. Entonces en ese escenario sería difícil adelantar aproximaciones, aunque no digo que sea imposible. Esto es un asunto muy complejo en el que los Estados Unidos tienen mucho peso, pero aspiramos a que haya un viraje en la política nacional que pueda generar circunstancias en las que la paz sea un propósito común si queremos que el país sea un escenario de progreso para todos. Y ese dialogo implicaría no una mesa para la guerrilla y el gobierno sino para el gobierno y los diversos actores de la vida nacional que son los que padecen los efectos, no en exclusivo de la confrontación, sino de las políticas apátridas del establecimiento.

Nosotros hablamos desde los tiempos del diálogo en La Habana y luego en el marco de La Décima Conferencia y del Congreso Constitutivo del Partido de la Rosa sobre la necesidad de forjar un movimiento amplio, una gran convergencia política, social y popular, que sacara adelante la construcción colectiva de un programa de interés común, con iniciativas progresistas, democráticas y revolucionarias a nivel nacional. Esto implicaba pasar por un gobierno de transición.

Hablábamos y seguimos haciéndolo, de estructurar un partido como parte de una gran convergencia; no de actuar en solitario con espíritu mesiánico. Y para eso la Conferencia destacó un equipo de personas que debían desenvolverse con esa hoja de ruta, haciendo un relacionamiento político encaminado a crear las bases de construcción de tal iniciativa. Buscando en un mismo momento, a nivel nacional y regional desarrollar los asuntos programáticos como organizativos del proceso de construcción del nuevo partido y de la gran convergencia. Pero eso se quedó en literatura. Son cosas que están por hacerse, construcciones que debían tomar por base los puntos pactados en el Acuerdo de La Habana y los aspectos programáticos del movimiento social en el país, diseñando estrategias de desarrollo interno y una efectiva política de alianzas, dentro de nuevas formas de hacer política que pasaran por encima de las prácticas clientelares de siempre.

El epicentro de esta visión era lograr una política y concepción de unidad del movimiento popular, yendo más allá de la necesaria unidad de los comunistas, comenzando por trabajar en la unidad de acción para ir avanzando hacia aproximaciones programáticas, dando papel protagónico en la conducción del trabajo político-organizativo a la juventud y a las mujeres. Como verás, una convergencia de ese nivel tomaba como factor principal a todas las organizaciones del movimiento popular incluyendo al Ejército de Liberación Nacional y el EPL.

Hay unos ejes que fueron claramente trazados por las FARC-EP desde antes de la entrada al escenario de la legalidad en materia de acción política, sea cual fuere la situación: 1. la política de unidad con las diversas fuerzas de izquierda, democrática y de los movimientos sociales y de masas, luchando porque converjan las diversas expresiones de lucha. En esta dirección estaba definido claramente buscar y mantener las mejores relaciones con el ELN. 2. Luchar por la unidad y cohesión de los comunistas, entendida ésta, como un proceso de encuentro en las luchas populares a escala nacional y regional. Esta unidad estaría basada en los principios del Marxismo-Leninismo Bolivariano. 3. La propuesta de unidad del movimiento social y popular debía incorporar a las organizaciones de izquierda, a los movimientos democráticos y a los sectores políticos que nos han acompañado en la larga lucha por la paz democrática con justicia social. Debí vincular, además, al movimiento social en todas sus nuevas y antiguas expresiones. Y 4. Concretar la unidad implicaba de nuestra parte el compromiso de amplitud, flexibilidad, espíritu de respeto a la democracia interna y resaltar que la ética de revolucionarios y la alta moral estarían presentes como una constante. Y se precisaba que los objetivos políticos de un movimiento amplio no podían surgir solo de nuestro criterio, sino que se debían construir en discusión con todas las fuerzas de una posible convergencia, colocando como aspecto de primer orden de cualquier alianza, la defensa y lucha por la implementación de los acuerdos alcanzados, más el conjunto de reivindicaciones que agitan las diversas organizaciones de masas y sociales del país. Esto, al decir que se defendería en cualquier circunstancia, lo que llevaba de fondo es que habiendo o no ratificación de los acuerdos, nuestra lucha por la paz quedaba sentada como meta estratégica de primer orden. Y así sigue siendo.

En síntesis, para explicar las razones de fondo de nuestras decisiones hemos precisado que el régimen imperante, de políticas neoliberales, de corrupción y guerra, nos ha colocado frente a dos caminos: o se abre una recomposición como resultado de un diálogo político, y de la institucionalización de los cambios resultado de un Proceso Constituyente Abierto, o esos cambios, tarde o temprano, serán conquistados mediante el estallido de la inconformidad en rebelión.

Siendo nuestro plan estratégico en esencia la misma Campaña Bolivariana por la Nueva Colombia concebida por Manuel Marulanda en lo que concierne a los objetivos esenciales, en materia política lo que expresamos arranca por fundamentarse en el dogma bolivariano de la insurrección que dice en palabras del Libertador que La insurrección se anuncia con el espíritu de paz. Se resiste al despotismo porque este destruye la paz, y no toma las armas sino para obligar a sus enemigos a la paz”. Dentro de esa perspectiva, decimos que iniciamos una nueva etapa de lucha para el despertar de las conciencias con una estrategia que “tiene por objetivo la unidad del movimiento popular para la conquista de la paz con justicia social, democracia y soberanía, mediante la motivación e incidencia en el accionar de masas, que por vías insurgentes de todo tipo a que obliga el carácter y la naturaleza violenta del orden social vigente, dispute el monopolio de las armas y el poder del Estado”.

Pero la paz con justicia social sería garantizada por un nuevo poder que habrá de ocuparse de la felicidad del pueblo ejecutando un programa económico, social, político y cultural que dignifique la vida de los colombianos. Para lo cual conjugaremos el accionar político-militar con unas líneas de acción que denominamos en su conjunto estrategia política expansiva, con estos componentes:

Reestructuración política y militar, impulsando la creación de un Bloque de Poder que unifique a todos los revolucionarios con los que se tenga afinidad estratégica. Aquí el ELN lo miramos como un protagonista fundamental, y por eso decimos y son pasos que estamos dando, que con ellos buscaremos la reactivación de la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar.Dedicaríamos esfuerzos para conformar y darle vida al Movimiento de Movimientos, como poderosa fuerza social y política que reclamará movilizada en las calles y en las carreteras los derechos ciudadanos conculcados.Convocaremos la conciencia democrática del país a la conformación de una Gran Coalición política y social que, bajo una conducción colectiva, establezca un Gobierno de Transición. Todo lo cual se debe ir implementando simultáneamente, y desarrollando además una estrategia mediática efectiva a través de medios alternativos de diverso tipo con énfasis en las redes sociales.

Todo ello implica reestructuración política, militar; recuperación territorial y de masas, mediante nuestras estructuras de Partido Clandestino, Movimiento Bolivariano y milicias. Es decir, expansión material y subjetiva de las fuerzas del común, dentro del movimiento real de los sectores sociales en rebeldía o en acción de reclamo contra las injusticias del orden social vigente, dinamizando alternativas políticas sectoriales y regionales; respetando y atendiendo los proyectos de movimientos sociales y políticos que recojan la rebeldía, reivindicaciones y potencialidades de los inconformes. Esa es la nueva forma de hacer política, desde abajo, conjugando amplitud, solidaridad, el interés común, la lucha con dignidad y contra la corrupción en función de la justicia social y la paz, lo cual implica la lucha por la solución de las necesidades básicas insatisfechas en materia de empleo, salud, vivienda, educación…, etc.

No descartamos que se pueda producir un alzamiento insurreccional o la presión para obligar a la búsqueda de un nuevo y definitivo Acuerdo de Paz por parte de la gente que ya está cansada de tanto abuso de poder. Y sin duda, para esta circunstancia, tampoco descartamos que se tengan que silenciar los fusiles, pero sin la ingenuidad de la entrega de armas. Estas se guardarán, lejos de su uso en la política, con control directo de la guerrilla, como garantía de cumplimiento del nuevo Acuerdo de Paz que tuviere lugar, el cual, por decisión de la Asamblea Nacional Constituyente, se implementaría con la nueva institucionalidad que los retos de la paz demanden.

Para todo escenario nuestra organización actuaría además como guerrilla ambiental vinculada a la lucha de la humanidad por detener el cambio climático, por la preservación del medio ambiente y la generación de energías limpias, y defensa de las riquezas del común. Nuestra oposición al fracking no tendrá atenuantes. Y el sueño de unidad latinoamericana se mantiene como constante.

Debemos hacer énfasis en que si se produce un triunfo electoral de la Gran Coalición Democrática, el nuevo Gobierno, que será un Gobierno de Transición, anunciaría lógicamente como una de sus primeras decisiones la apertura inmediata de la mesa de conversaciones de paz con las insurgencias. Y esto tendría que darse, suponemos, como una negociación expedita que retome el texto original del Acuerdo de Paz de La Habana al que se le harían los ajustes imprescindibles relacionados con la inclusión de los planteamientos programáticos del ELN y su agenda de diálogo, garantizando la invulnerabilidad de la seguridad jurídica, la incorporación a la discusión de los 42 puntos del freezer del diálogo de La Habana, y los textos de los acuerdos con el movimiento social hasta ahora incumplidos por los gobiernos de turno.

La construcción de la paz total implicará la búsqueda de procedimientos de solución a las diferentes expresiones de conflicto armado existentes.

Firmada la paz este gobierno procederá a dinamizar el proceso constituyente abierto que desemboque en una Asamblea Nacional Constituyente democrática que depurará el marco normativo a favor de toda la nación y trazará la ruta para la integración de los poderes públicos con hombres y mujeres honrados y virtuosos.

El Gobierno de Transición con el respaldo de la potencia transformadora del pueblo, materializará el Plan de Choque Social para el buen vivir, y desarrollará el programa económico que le dé el impulso inicial a Colombia hacia el futuro de la paz estable y duradera.

Todo este planteamiento es lo que significa que la palabra la tiene el soberano, tal como lo dejamos escrito en la introducción del Acuerdo final de La Habana. Ahí quedó pactado ese compromiso incumplido que indicaba hacer la convocatoria a todos los partidos, movimientos políticos y sociales, y a todas las fuerzas vivas del país a concertar un gran ACUERDO POLÍTICO NACIONAL encaminado a definir las reformas y ajustes institucionales necesarios para atender los retos que la paz demande, poniendo en marcha un nuevo marco de convivencia política y social.

Vemos entonces que existen las herramientas para seguir intentando una salida concertada, impulsando un proceso que posibilite la superación de la exclusión, la miseria y las inmensas desigualdades; hacia la democratización en profundidad del Estado y la vida social, restableciendo la soberanía y garantizando el bienestar y el buen vivir de nuestro pueblo. Se trata también de potenciar nuestras aspiraciones y llevarlas a un nuevo nivel en el que entonces sí, una Asamblea Constituyente, representativa y con plenas garantías de actuación, dé un impulso definitivo a las transformaciones estructurales que requiere Colombia.

Según su comunicado buscan coordinar esfuerzos con el ELN. ¿Ya han avanzado en esa dirección?

Parece que en lo dicho ya se ha respondido esta pregunta. Y los avances en la dirección planteada se están dando, tomando en cuenta que el ELN es una fuerza autónoma, con sus propias posiciones bien definidas a las que hay que atender y sobre las que hay que construir conjuntamente.

¿Cómo está su relación con el partido surgido de las FARC, el «partido de la rosa»? ¿Y qué piensan sobre las reacciones y declaraciones de los integrantes de la dirección de dicho partido sobre su decisión? Hubo declaraciones en las que se señalaba que ustedes no tendrían una motivación política, sino razones individuales y económicas.

No queremos hacer valoraciones tempranas sobre declaraciones apresuradas y sin fundamento de algunos integrantes del Partido de la Rosa. Pensamos que el tiempo y los hechos deben dar elementos de reflexión a quienes observan el desenvolvimiento de los acontecimientos. Claramente se ve que existen diferencias, viejas diferencias que se habían podido saldar internamente, pero que desafortunadamente para ambos sectores comienzan a salir a la luz pública bastante desfiguradas. Hasta el momento hemos tomado la decisión de no hacer caso a descalificaciones o acusaciones temerarias que quieren quitar mérito al rumbo que hemos decidido tomar, sin cuestionar a quienes por una u otra motivación siguen en la legalidad. En el Partido de la Rosa hay un importante caudal de cuadros y militantes que tiene enorme valor como personas y como dirigentes, y en eso es en lo que más nos detenemos. Sabemos que con ellos debe contar cualquier sector político que desee lograr los cambio que requiere Colombia para alcanzar la verdadera paz con justicia social.

Hace pocos días nos llegaron las tesis preparatorias del Segundo Congreso o Asamblea Nacional de los Comunes. Lo cierto es que hay planteamientos en materia social con los que nos identificamos porque también fuimos constructores de los mismos. Es más, están incluidos en nuestros documentos más recientes. Pero hay también mucha argumentación que desinforman sobre el trasfondo de nuestra ruptura. Si esos argumentos salen a la luz pública tendríamos el deber moral y político de referirnos a ellos. Pero lo que queremos más que todo es trabajar por la unidad de todo el movimiento revolucionario; por ello, más allá de cualquier diferencia, luego de nuestra reunión Extraordinaria de Comandantes en el saludo que dirigimos a las organizaciones sociales y movimientos políticos, lo que les dijimos textualmente fue que saludábamos al Partido de la Rosa expresándole a su militancia firme -como dijera el Comandante Marulanda- que si somos revolucionarios tarde o temprano nos tendremos que encontrar en el camino. Y de verdad que ese es nuestro deseo.

Frente a los ataques del imperialismo gringo y sus lacayos en la región a la Venezuela Bolivariana, y especialmente en caso de una agresión armada en contra de este país, ¿qué papel jugarían las FARC-EP?

La solidaridad es un principio en el corazón de todo revolucionario y tal sentimiento con los pueblos en lucha contra el imperialismo es una constante entre nosotros. Especialmente la solidaridad con Cuba y Venezuela. Quizás eso es muy poco o casi nada en relación con las enormes necesidades que tiene estos pueblos hermanos en su lucha contra el imperialismo. Pero ahí está con franqueza nuestra solidaridad y así sea de manera simbólica, puesto que de resto creemos que la República Bolivariana de Venezuela, la Venezuela heroica de Bolívar y de Chávez, como Cuba, la Cuba heroica de Martí y de Fidel, tienen fortaleza espiritual y material para hacer resistencia a cualquier agresión sin tener que depender de nadie.

En el marco de la 74° Asamblea General de la ONU el presidente colombiano Iván Duque presentó el 25 de septiembre unas supuestas pruebas de la presencia del ELN en Venezuela. Las fotos contenidas en el informe resultaron ser un falsas, ya que ni la fecha, ni el lugar en las que fueron tomadas coincidían con lo indicado por Duque en su informe. Esto produjo el retiro de su cargo de jefe de inteligencia y contrainteligencia militar conjunta de Colombia al general Oswaldo Peña Bermeo. ¿Cuál es su lectura sobre estos hechos?

Desafortunadamente, siguiendo su papel de Caín del continente, el Estado colombiano mantiene una posición de conspiración permanente contra Venezuela, haciéndole el juego intervencionista de siempre a Washington.

No vamos a referirnos al asunto de las fotografías y la manera en que el General Peña Bermeo fue usado como chivo expiatorio, porque es tema que fue bastante trillado por los medios de comunicación, muy a pesar del sesgo de las transnacionales mediáticas que también hacen el juego al imperio. Lo que quisiéramos sería dejar una opinión sobre aspectos más generales, aclarando que es algo complicado, difícil, saber hasta dónde van los compromisos íntimos y oscuros del conciliábulo de Estados Unidos con gobiernos lacayos de la región, entre los que como primero se cuenta el de Colombia. Pero habiendo como lo hay, un viejo libreto histórico de sometimiento, aparte de la subordinación de las políticas internas del terrible monstruo del norte, es de inferir que con el gobierno pusilánime de Duque se han reforzado las orientaciones sobre el papel de desestabilización que Colombia debe juega contra el país hermano, usando la escenografía del llamado “Grupo de Lima”.

Tenemos que el canciller colombiano despliega desde el momento de su posesión, como tarea principalísima, una campaña enfermiza anti-Venezuela, disfrazada de diplomacia. El propósito frontal es derrocar al presidente Nicolás Maduro. Pero esta no es una tarea en solitario, pues aparte del Grupo de Lima está todo el tinglado fétido de la Organización de Estados Americanos (OEA) en cabeza de su Secretario General Luis Almagro. Pero este es uno de los tantos capítulos de una larga trayectoria que toma a Colombia como punta de lanza para someter a todo el continente. Esto va desde los inicios de la revolución bolivariana, cuando los gringos sintieron que perdían parte de su “patio trasero” por causa de la ola emancipadora que levantó el ejemplo de rebeldía antiimperialista del pueblo venezolano junto al comandante Hugo Rafael Chávez Frías, lo cual perdura en la herencia que retoma Nicolás Maduro Moros.

El Gobierno colombiano, en conclusión, es una pieza del tablero político intervencionista que juega el Pentágono para aplastar la Revolución Bolivariana y que el Comando Sur ha plasmado, más recientemente, en el manual “Venezuela Freedom 2 Operation”, que de manera específica establece el objetivo de derrocar al Presidente Nicolás Maduro mediante una operación militar que patrocinaría el TIAR y la Conferencia de Ejércitos Americanos con el respaldo de la OEA.

En el libreto intervencionista y golpista escrito por la Casa Blanca y operado por el Comando Sur mediante la OEA, el Grupo de Lima y el conjunto de la derecha internacional, todos están confabulados para, mediáticamente, calificar de dictador al Presidente Maduro y después del 10 de enero, fecha de su posesión para un nuevo mandato legitimo por venir del voto popular, desconocerlo y tildarlo de usurpador, arreciando el bloqueo económico y político. En ello, la acción militar hace parte de un menú demencial que está ayudando a preparar de forma irresponsable y servir de plataforma, el Presidente Duque. No dudo que este Gobierno mediocre e insulso aparte de estar acabando con los girones que quedan del Acuerdo de Paz de La Habana, está empujando al país a una guerra que de darse tendría desastrosas consecuencias de todo orden. No bastaría una década para recuperar los daños de una confrontación que en la práctica no duraría más de dos o tres días. Sería una locura, pero así es la condición humana despreciable de estos lacayos de Washington.

En las últimas semanas y meses se han dado grandes movilizaciones de las y los estudiantes universitarios colombianos por el derecho a la educación, en contra de la corrupción en las casas de estudio y en rechazo a la represión del ESMAD. ¿Qué significan para la Colombia actual y para su movimiento popular estas grandes y combativos marchas de los estudiantes?

Las movilizaciones del estudiantado no son de ahora, como no la son las de los indígenas y otros sectores sociales, que en su mayoría sufren el ocultamiento de la gran prensa. Salen a flote cuando la rebeldía y la justa rabia se desbordan frente a tanta desatención y respuestas de choque. Esta es una situación que hace parte de un conjunto de acciones de protesta y de propuesta que el movimiento popular viene haciendo a lo largo y ancho del continente. América Latina está en efervescencia, en reacción contra las políticas neoliberales que han seguido sumiendo a las mayorías en el endeudamiento, la zozobra, la miseria. Decíamos antes, que hay una especie de implosión producida por el neoliberalismo y que se enmarca en lo que hoy por hoy es la crisis mundial del capitalismo, la crisis estructural del mismo. Los pueblos buscan alternativas y muchos gobiernos proclives a los intereses de las trasnacionales, lo que hacen es seguir los recetarios nefastos del FMI, entonces ahí tenemos las consecuencias. No es casualidad que se den levantamientos como los recientes de Perú, Ecuador y Chile, sin descontar la creciente inconformidad y protestas en Argentina y Brasil. El trasfondo de los problemas está en el neoliberalismo y de eso no escapa Colombia. Aquí el rechazo a la corrupción y a la impunidad es uno de los factores, como otro lo es el rechazo a la fuerza represiva criminal del ESMAD; pero hay otros elementos que se suelen ocultar como las voces por el derecho a la vida, las voces que claman no más asesinatos de líderes sociales y excombatientes que es pan de cada día. O lo que tú indicas en lo que respecta al derecho a la educación.

La paciencia de una juventud hastiada de pedir a las buenas por la solución de sus problemas acumulados durante décadas, sin que haya eco gubernamental favorable, se colma. El abandono de la educación pública es una vergüenza en Colombia; la indolencia gubernamental frente a este renglón de los derechos ciudadanos es tan grande como la que existe frente a todas las necesidades básicas de salud, vivienda, empleo, etc. Entonces, lo que se ve es apenas una muestra de lo que por lógica irá en crecimiento; sin duda las protestas irán en escalamiento porque las políticas sociales son un asco en estos tiempos del Aprendiz del Embrujo, Iván Duque, “que finge la paz, reinventa la guerra y privatiza lo público”, sin pudor, contando con el beneplácito de la jauría mediática empeñada en agudizar la criminalización de aquellos que se atreven, desarmados, a enfrentar tanta vagabundería con sus libros y sus ideas.

Fuente: https://www.lahaine.org/mundo.php/icuanto-mas-debiamos-esperar

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