El fin de la civilización occidental II (**).

Desde el punto de vista político, lo que está en juego es la idea de «democracia», que se ha convertido en un eufemismo para designar a una oligarquía financiera agresiva.

por Michael Hudson (**)/La Haine/Noticiasayr.

Lo que ha hecho que las economías occidentales sean oligárquicas es su fracaso a la hora de proteger a la ciudadanía de la dependencia de una clase propietaria acreedora. Estas economías han conservado las leyes de la deuda basadas en los acreedores de Roma, sobre todo la prioridad de los créditos de los acreedores sobre la propiedad de los deudores. El 1% de los acreedores se ha convertido en una oligarquía políticamente poderosa a pesar de las reformas políticas democráticas nominales que amplían el derecho al voto. Las agencias reguladoras del gobierno han sido capturadas y el poder impositivo se ha hecho regresivo, dejando el control y la planificación económica en manos de una élite rentista.

Roma nunca fue una democracia. Y, en cualquier caso, Aristóteles reconocía que las democracias evolucionan de forma más o menos natural hasta convertirse en oligarquías, que pretenden ser democráticas a efectos de relaciones públicas mientras fingen que su creciente concentración de riqueza en la cima es para lo mejor. La retórica actual del derrame (1) describe a los bancos y a los gestores financieros como los que dirigen los ahorros de la manera más eficiente para producir prosperidad para toda la economía, no solo para ellos mismos.

El presidente Biden y sus neoliberales del Departamento de Estado acusan a China y a cualquier otro país que pretenda mantener su independencia económica y su autosuficiencia de ser «autocrático». Su prestidigitación retórica yuxtapone la democracia a la autocracia. Lo que ellos llaman «autocracia» es un gobierno lo suficientemente fuerte como para impedir que una oligarquía financiera orientada a Occidente endeude a la población, y luego se lleve sus tierras y otras propiedades a sus propias manos y a las de sus patrocinadores estadounidenses y otros extranjeros.

La contradicción orwelliana de llamar «democracias» a las oligarquías va seguida de la definición de un mercado libre como uno que está libre para la búsqueda de rentas financieras. La diplomacia respaldada por EEUU ha endeudado a los países, obligándolos a vender el control de sus infraestructuras públicas y a convertir las «cimas de mando» de su economía en oportunidades para extraer rentas de monopolio.

Esta retórica de autocracia frente a democracia es similar a la que utilizaban las oligarquías griega y romana cuando acusaban a los reformistas democráticos de buscar la «tiranía» (en Grecia) o la «realeza» (en Roma). Fueron los «tiranos» griegos quienes derrocaron a las autocracias mafiosas en los siglos VII y VI a.C., allanando el camino para el despegue económico y protodemocrático de Esparta, Corinto y Atenas. Y fueron los reyes de Roma los que construyeron su ciudad-estado ofreciendo a los ciudadanos la tenencia de tierras en régimen de autosuficiencia. Esa política atrajo a los inmigrantes de las vecinas ciudades-estado italianas, cuyas poblaciones se veían obligadas a la servidumbre por deudas.

El problema es que las democracias occidentales no han demostrado ser hábiles para evitar que surjan oligarquías y polaricen la distribución de la renta y la riqueza. Desde Roma, las «democracias» oligárquicas no han protegido a sus ciudadanos de los acreedores que pretenden apropiarse de la tierra, de su rendimiento por alquiler y del dominio público.

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Si nos preguntamos quién promulga y aplica hoy en día las políticas que pretenden frenar a la oligarquía para proteger el sustento de los ciudadanos, la respuesta es que lo hacen los Estados socialistas. Solo un Estado fuerte tiene el poder de frenar a una oligarquía financiera y rentista. La embajada china en EEUU lo demostró en su respuesta a la descripción del presidente Biden de China como una autocracia (2):

Aferrado a la mentalidad de la Guerra Fría y a la lógica hegemónica, EEUU persigue la política de bloques, inventa la narrativa de «democracia contra autoritarismo»… y aumenta las alianzas militares, en un claro intento de contrarrestar a China. Guiado por una filosofía centrada en el pueblo, desde el día en que se fundó (…) el Partido ha estado trabajando incansablemente por el interés del pueblo, y se ha dedicado a hacer realidad las aspiraciones del pueblo de tener una vida mejor. China ha impulsado la democracia popular en todo su proceso, promoviendo la salvaguarda legal de los DDHH y defendiendo la equidad y la justicia social. El pueblo chino disfruta ahora de unos derechos democráticos más amplios y completos.

Casi todas las primeras sociedades no occidentales contaban con protecciones contra la aparición de mercantilismos y oligarquías rentistas. Por eso es tan importante reconocer que lo que se ha convertido en la civilización occidental representa una ruptura con el Cercano Oriente, el Sur y el Este de Asia. Cada una de estas regiones tenía su propio sistema de administración pública para salvar su equilibrio social de la riqueza comercial y monetaria que amenazaba con destruir el equilibrio económico si no se controlaba. Pero el carácter económico de Occidente fue moldeado por las oligarquías rentistas. La República de Roma enriqueció a su oligarquía despojando de su riqueza a las regiones que conquistó, dejándolas empobrecidas. Esa sigue siendo la estrategia extractiva del posterior colonialismo europeo y, más recientemente, de la globalización neoliberal centrada en EEUU. El objetivo siempre ha sido «liberar» a las oligarquías de las restricciones a su egoísmo.

La gran pregunta es: ¿«libertad» para quién? La economía política clásica definía un mercado libre como uno libre de rentas no ganadas, encabezado por la renta de la tierra y otras rentas de los recursos naturales, la renta del monopolio, los intereses financieros y los privilegios de los acreedores relacionados. Pero a finales del siglo XIX, la oligarquía rentista patrocinó una contrarrevolución fiscal e ideológica, redefiniendo el mercado libre como uno libre para que los rentistas extrajeran la renta económica, es decir, los ingresos no ganados.

Este rechazo de la crítica clásica al ingreso rentista ha ido acompañado de la redefinición de la «democracia» para exigir la existencia de un «mercado libre» de la variedad rentística oligárquica anticlásica. En lugar de que el gobierno sea el regulador económico del interés público, se desmantela la regulación pública del crédito y de los monopolios. Eso permite a las empresas cobrar lo que quieran por el crédito que suministran y los productos que venden. La privatización del privilegio de crear dinero-crédito permite que el sector financiero asuma el papel de asignar la propiedad.

El resultado ha sido la centralización de la planificación económica en Wall Street, la City de Londres, la Bolsa de París y otros centros financieros imperiales. De eso se trata la Nueva Guerra Fría de hoy: de proteger este sistema de capitalismo financiero neoliberal centrado en EEUU, destrozando o aislando los sistemas alternativos de China, Rusia y sus aliados, a la vez que se busca financiar aún más el antiguo sistema colonialista patrocinando el poder de los acreedores en lugar de proteger a los deudores, imponiendo la austeridad cargada de deudas en lugar del crecimiento, y haciendo irreversible la pérdida de la propiedad mediante la ejecución hipotecaria o la venta forzosa.

¿ES LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL UN LARGO DESVÍO DEL LUGAR AL QUE PARECÍA DIRIGIRSE LA ANTIGÜEDAD?

Lo que es tan importante en la polarización económica de Roma, resultante de la dinámica de la deuda con intereses en las manos rapaces de su clase acreedora, es lo radicalmente que su sistema legal oligárquico pro-acreedor difiere de las leyes de las sociedades anteriores que controlaban a los acreedores y la proliferación de la deuda. El surgimiento de una oligarquía acreedora que utilizaba su riqueza para monopolizar la tierra y hacerse con el gobierno y los tribunales (sin dudar en utilizar la fuerza y el asesinato político selectivo contra los posibles reformistas) se había evitado durante miles de años en todo Oriente Próximo y otras tierras asiáticas. Pero la periferia del Egeo y del Mediterráneo carecía de los controles y equilibrios económicos que habían proporcionado resistencia en otros lugares de Oriente. Lo que ha distinguido a Occidente desde el principio ha sido su falta de un gobierno lo suficientemente fuerte como para frenar la aparición y el dominio de una oligarquía acreedora.

Todas las economías antiguas funcionaban a crédito, acumulando deudas de cosechas durante el año agrícola. Las guerras, las sequías o las inundaciones, las enfermedades y otras perturbaciones impedían a menudo el pago de las deudas acumuladas. Pero los gobernantes de Oriente cancelaban las deudas en estas condiciones. Así evitaban que sus ciudadanos-soldados y trabajadores serviles perdieran sus tierras de autoconsumo a manos de los acreedores, a los que reconocían como un potencial poder rival del palacio. A mediados del primer milenio a.C., la servidumbre por deudas se había reducido a un fenómeno marginal en Babilonia, Persia y otros reinos del Cercano Oriente. Pero Grecia y Roma se encontraban en medio de 500 años de revueltas populares que exigían la cancelación de la deuda y la liberación de la servidumbre por deudas y la pérdida de las tierras de autoabastecimiento.

Solo los reyes romanos y los tiranos griegos fueron capaces, durante un tiempo, de proteger a sus súbditos de la esclavitud de la deuda. Pero al final perdieron ante las oligarquías acreedoras de los señores de la guerra. La lección de la historia es, por tanto, que se necesita un poder regulador gubernamental fuerte para evitar que surjan oligarquías que utilicen las reclamaciones de los acreedores y el acaparamiento de tierras para convertir a los ciudadanos en deudores, arrendatarios, clientes y, en última instancia, siervos.

EL AUGE DEL CONTROL DE LOS ACREEDORES SOBRE LOS GOBIERNOS MODERNOS

Los palacios y los templos de todo el mundo antiguo eran acreedores. Solo en Occidente surgió una clase acreedora privada. Un milenio después de la caída de Roma, una nueva clase bancaria obligó a los reinos medievales a endeudarse. Las familias de la banca internacional utilizaron su poder de acreedores para hacerse con el control de los monopolios públicos y los recursos naturales, de la misma manera que los acreedores se habían hecho con el control de las tierras individuales en la antigüedad.

Con la Primera Guerra Mundial, las economías occidentales entraron en una crisis sin precedentes como consecuencia de las deudas interaliadas y las reparaciones alemanas. El comercio se quebró y las economías occidentales cayeron en la depresión. Lo que las sacó de allí fue la Segunda Guerra Mundial, y esta vez no se impusieron reparaciones al terminar la guerra. En lugar de las deudas de guerra, Inglaterra simplemente se vio obligada a abrir su zona de la libra esterlina a los exportadores estadounidenses y a abstenerse de reactivar sus mercados industriales devaluando la libra esterlina, en virtud de las condiciones de la Ley de Préstamo y Arriendo y del Préstamo Británico de 1946, como ya se ha señalado.

Occidente salió de la Segunda Guerra Mundial relativamente libre de deuda privada, y completamente bajo el dominio de EEUU. Pero desde 1945 el volumen de la deuda se ha expandido exponencialmente, alcanzando proporciones de crisis en 2008 cuando la burbuja de las hipotecas basura, el fraude bancario masivo y la pirámide de la deuda financiera explotaron, sobrecargando las economías de EEUU, así como las de Europa y el Sur Global.

El Banco de la Reserva Federal de EEUU monetizó 8 billones de dólares para salvar las participaciones de la élite financiera en acciones, bonos e hipotecas inmobiliarias empaquetadas, en lugar de rescatar a las víctimas de las hipotecas basura y a los países extranjeros sobreendeudados. El Banco Central Europeo hizo prácticamente lo mismo para salvar a los europeos más ricos de perder el valor de mercado de su riqueza financiera.

Pero era demasiado tarde para salvar las economías estadounidense y europea. La larga acumulación de deuda posterior a 1945 ha seguido su curso. La economía estadounidense se ha desindustrializado, su infraestructura se está derrumbando y su población está tan endeudada que apenas queda renta disponible para mantener el nivel de vida. Al igual que ocurrió con el Imperio de Roma, la respuesta estadounidense es intentar mantener la prosperidad de su propia élite financiera explotando a los países extranjeros. Ese es el objetivo de la actual diplomacia de la Nueva Guerra Fría. Se trata de extraer un tributo económico empujando a las economías extranjeras a un mayor endeudamiento dolarizado, que se pagará imponiéndose a sí mismas la depresión y la austeridad.

Esta subyugación es representada por los economistas de la corriente dominante como una ley de la naturaleza y, por tanto, como una forma inevitable de equilibrio, en la que la economía de cada nación recibe «lo que vale». Los modelos económicos de la corriente dominante se basan en la suposición irreal de que todas las deudas pueden pagarse, sin polarizar la renta y la riqueza. Se supone que todos los problemas económicos se curan por sí solos gracias a «la magia del mercado», sin necesidad de que intervenga la autoridad civil. La regulación gubernamental se considera ineficiente e ineficaz, y por tanto innecesaria. Eso deja a los acreedores, a los acaparadores de tierras y a los privatizadores con vía libre para privar a otros de su libertad. Este es el destino final de la globalización actual y de la propia historia.

¿EL FIN DE LA HISTORIA? ¿O SÓLO DE LA FINANCIARIZACIÓN Y PRIVATIZACIÓN DE OCCIDENTE?

La pretensión neoliberal es que privatizar el dominio público y dejar que el sector financiero se haga cargo de la planificación económica y social en determinados países traerá consigo una prosperidad mutuamente beneficiosa. Se supone que eso hará que la sumisión extranjera al orden mundial centrado en EEUU sea voluntaria. Pero el efecto real de la política neoliberal ha sido polarizar las economías del Sur Global y someterlas a una austeridad plagada de deudas.

El neoliberalismo estadounidense afirma que la privatización, la financiarización y el desplazamiento de la planificación económica del gobierno a Wall Street y otros centros financieros es el resultado de una victoria darwiniana que ha alcanzado tal perfección que es «el fin de la historia». Es como si el resto del mundo no tuviera otra alternativa que aceptar el control estadounidense del sistema financiero global (es decir, neocolonial), del comercio y de la organización social. Y para asegurarse, la diplomacia estadounidense busca respaldar su control financiero y diplomático con la fuerza militar.

La ironía es que la propia diplomacia estadounidense ha contribuido a acelerar una respuesta internacional al neoliberalismo, al forzar la unión de gobiernos lo suficientemente fuertes como para recoger la larga tendencia de la historia, que ve a los gobiernos empoderados como la solución para evitar que las dinámicas oligárquicas corrosivas descarrilen el progreso de la civilización.

El siglo XXI comenzó con los neoliberales estadounidenses imaginando que su financiarización y privatización apalancada por la deuda pondría fin al largo ascenso de la historia de la humanidad como legado de la Grecia y la Roma clásicas. La visión neoliberal de la historia antigua se hace eco de la de las oligarquías de la Antigüedad, denigrando a los reyes de Roma y a los tiranos reformistas de Grecia por amenazar con una intervención pública demasiado fuerte cuando pretendían mantener a los ciudadanos libres de la esclavitud de la deuda y asegurar la tenencia de la tierra en régimen de autosuficiencia. Lo que se considera el punto de despegue decisivo es la «seguridad de los contratos» de la oligarquía, que otorga a los acreedores el derecho de expropiar a los deudores. De hecho, ésta ha sido una característica definitoria de los sistemas jurídicos occidentales durante los últimos dos mil años.

Un verdadero fin de la historia significaría que la reforma se detendría en todos los países. Ese sueño parecía cercano cuando los neoliberales estadounidenses tuvieron vía libre para remodelar Rusia y otros Estados postsoviéticos tras la disolución de la Unión Soviética en 1991, comenzando con una terapia de choque que privatizaba los recursos naturales y otros activos públicos hacia manos de cleptócratas orientados a Occidente que registraban la riqueza pública a su nombre, y hacían caja vendiendo sus ganancias a inversores estadounidenses y de otros países occidentales.

El fin de la historia de la Unión Soviética debía consolidar el «Fin de la Historia» de EEUU, mostrando lo inútil que sería para las naciones intentar crear un orden económico alternativo basado en el control público del dinero y la banca, la sanidad pública, la educación gratuita y otras subvenciones de necesidades básicas, libres de la financiación de la deuda. La admisión de China en la Organización Mundial del Comercio en 2001 fue vista como la confirmación de la afirmación de Margaret Thatcher de que «no hay alternativa» (TINA: There Is No Alternative) al nuevo orden neoliberal patrocinado por la diplomacia estadounidense.

Hay una alternativa económica, por supuesto. Al repasar la historia antigua, podemos ver que el principal objetivo de los antiguos gobernantes, desde Babilonia hasta el sur y el este de Asia, era evitar que la oligarquía mercantil y acreedora redujera a la población en general al clientelismo, la esclavitud por deudas y la servidumbre. Si el mundo euroasiático no estadounidense sigue ahora este objetivo básico, estaría restaurando el curso de la historia a su curso preoccidental. Eso no sería el fin de la historia, al contrario, volvería a los ideales básicos del mundo no occidental de equilibrio económico, justicia y equidad.

Hoy, China, India, Irán y otras economías euroasiáticas han dado el primer paso como condición previa para un mundo multipolar, al rechazar la insistencia de EEUU en que se sumen a las sanciones comerciales y financieras estadounidenses contra Rusia. Estos países se dan cuenta de que, si EEUU pudiera destruir la economía de Rusia y reemplazar su gobierno con apoderados del tipo Yeltsin, orientados hacia EEUU, los demás países de Eurasia serían los siguientes.

La única forma posible de que la historia termine realmente sería que los militares estadounidenses destruyeran todas las naciones que buscan una alternativa a la privatización y la financiarización neoliberales. La diplomacia estadounidense insiste en que la historia no debe tomar ningún camino que no culmine en su propio imperio financiero, gobernando a través de oligarquías satélites. Los diplomáticos estadounidenses esperan que sus amenazas militares y su apoyo a los ejércitos proxy obliguen a otros países a someterse a las exigencias neoliberales, para evitar ser bombardeados o sufrir «revoluciones de colores», asesinatos políticos y golpes militares, al estilo de Pinochet. Pero la única forma real de poner fin a la historia es la guerra atómica para acabar con la vida humana en este planeta.

LA NUEVA GUERRA FRÍA ESTÁ DIVIDIENDO EL MUNDO EN DOS SISTEMAS ECONÓMICOS OPUESTOS

La guerra por delegación de la OTAN en Ucrania contra Rusia es el catalizador que está fracturando el mundo en dos esferas opuestas con filosofías económicas incompatibles. China, el país que crece más rápidamente, trata el dinero y el crédito como un servicio público asignado por el gobierno en lugar de dejar que el privilegio del monopolio de la creación de crédito sea privatizado por los bancos, lo que les lleva a desplazar al gobierno como planificador económico y social. Esa independencia monetaria, al confiar en su propia creación de dinero interno en lugar de pedir prestados dólares electrónicos estadounidenses, y al denominar el comercio exterior y las inversiones en su propia moneda en lugar de en dólares, se considera una amenaza existencial para el control estadounidense de la economía mundial.

La doctrina neoliberal de EEUU pide que la historia termine «liberando» a las clases ricas de un gobierno lo suficientemente fuerte como para evitar la polarización de la riqueza, y el declive y la caída finales. La imposición de sanciones comerciales y financieras contra Rusia, Irán, Venezuela y otros países que se resisten a la diplomacia estadounidense, y en última instancia a la confrontación militar, es la forma en que EEUU pretende «extender la democracia» vía OTAN desde Ucrania hasta el Mar de China.

Occidente, en su iteración neoliberal estadounidense, parece estar repitiendo el patrón de la decadencia y caída de Roma. La concentración de la riqueza en manos del 1% siempre ha sido la trayectoria de la civilización occidental. Es el resultado de que la antigüedad clásica tomara un camino equivocado cuando Grecia y Roma permitieron el crecimiento inexorable de la deuda, lo que condujo a la expropiación de gran parte de la ciudadanía y la redujo a la esclavitud de una oligarquía acreedora terrateniente. Esa es la dinámica incorporada en el ADN de lo que se llama Occidente y su «seguridad de los contratos» sin ninguna supervisión gubernamental en el interés público. Al despojarse de la prosperidad en casa, esta dinámica requiere una constante expansión para extraer una afluencia económica (literalmente un «flujo de entrada») a expensas de las colonias o países deudores.

EEUU, a través de su Nueva Guerra Fría, pretende asegurarse precisamente ese tributo económico de otros países. El conflicto que se avecina puede durar quizás 20 años y determinará qué tipo de sistema político y económico tendrá el mundo. Lo que está en juego es algo más que la hegemonía de EEUU y su control dolarizado de las finanzas internacionales y la creación de dinero. Desde el punto de vista político, lo que está en juego es la idea de «democracia», que se ha convertido en un eufemismo para designar a una oligarquía financiera agresiva que trata de imponerse a nivel mundial mediante un control financiero, económico y político depredador respaldado por la fuerza militar.

Como he tratado de subrayar, el control oligárquico del gobierno ha sido la característica distintiva de la civilización occidental desde la antigüedad clásica. Y la clave de este control ha sido la oposición a un gobierno fuerte, es decir, a un gobierno civil lo suficientemente fuerte como para impedir que surja una oligarquía acreedora que monopolice el control de la tierra y la riqueza, convirtiéndose en una aristocracia hereditaria, una clase rentista que vive de las rentas de la tierra, los intereses y los privilegios del monopolio que reducen a la población en general a la austeridad.

El orden unipolar centrado en EEUU que esperaba «poner fin a la historia» reflejaba una dinámica económica y política básica que ha sido una característica de la civilización occidental desde que la Grecia y la Roma clásicas emprendieron un camino diferente de la matriz del Cercano Oriente en el primer milenio antes de Cristo.

Para salvarse de ser arrastrados por el torbellino de destrucción económica que ahora envuelve a Occidente, los países del núcleo euroasiático de rápido crecimiento están desarrollando nuevas instituciones económicas basadas en una filosofía social y económica alternativa. Siendo China la mayor economía de la región y la de más rápido crecimiento, es probable que sus políticas socialistas influyan en la configuración de este emergente sistema financiero y comercial no occidental.

En lugar de la privatización occidental de las infraestructuras económicas básicas para crear fortunas privadas mediante la extracción de rentas monopolísticas, China las mantiene en manos públicas. Su gran ventaja sobre Occidente es que trata el dinero y el crédito como un servicio público, que debe asignar el gobierno, en lugar de dejar que los bancos privados creen dinero para crédito, con lo que la deuda se acumula sin ampliar la producción para aumentar el nivel de vida. China también mantiene la sanidad y la educación, el transporte y las comunicaciones en manos públicas, para que se proporcionen como DDHH básicos.

La política socialista de China es, en muchos sentidos, un retorno a las ideas básicas de resistencia que caracterizaron a la mayor parte de la civilización antes de la Grecia y la Roma clásicas. Ha creado un Estado lo suficientemente fuerte como para resistir la aparición de una oligarquía financiera que se haga con el control de la tierra y de los activos rentables. Por el contrario, las economías occidentales actuales están repitiendo precisamente ese impulso oligárquico que polarizó y destruyó las economías de la Grecia y la Roma clásicas, siendo EEUU el análogo moderno de Roma.

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Notas

(1) Wikipedia, Efecto derrame.

(2) Embajada china en EEUU: China’s comprehensive, systematic and elaborate response to Secretary Antony Blinken’s China policy speech —- Reality Check: Falsehoods in US Perceptions of China.

https://noticiasayr.blogspot.com

(*) Documento presentado el 11 de julio de 2022 al Noveno Foro Sur-Sur sobre Sostenibilidad

(**) Michael Hudson, es un economista estadounidense, profesor de economía en la Universidad de Misuri en Kansas City e investigador en el Levy Economics Institute en el Bard College, exanalista de Wall Street, consultor político, comentarista y periodista.

Leer primera parte: http://El fin de la civilización occidental I

 

Fuente: https://www.lahaine.org/mundo.php/el-fin-de-la-civilizacion-1

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