El proceso Boliviano en clave regional (*)

por Álvaro García Linera (**)

Ecuador, muy buenos días. América Latina, muy buenos días. Quiero saludar, respetuosamente, a cada una de las personas del continente, de Ecuador, de Argentina, Nicaragua, de El Salvador, de Venezuela, de Cuba, de Brasil, de Perú, de Colombia, de Chile, de mi hermosa Bolivia, y del resto del continente que se han hecho presentes en este encuentro latinoamericano progresista.

Agradecer la invitación y las generosas palabras del vicepresidente de la República de Ecuador, muchas gracias. Saludar con mucho cariño al ministro que nos acompaña, al ministro de Cultura, a la secretaria ejecutiva de la Alianza País, embajadores, embajadoras, representantes de todo el continente.

El día de hoy quisiera dialogar con ustedes, algo así, como un balance de estos últimos 15 años, un balance rápido y esquemático, pero que pudiera ayudar a visualizar el horizonte de estos 15 años de grandes transformaciones en nuestro continente, en la mayoría de nuestros países de América Latina y, no cabe duda, en el mundo.

Quiero destacar, en diez puntos, no solamente algunos avances, algunos logros en el ámbito de los procesos revolucionarios en el mundo, sino que también quisiera destacar las tensiones, las complejidades, las propias contradicciones que son motor de la transformación, de nuevas luchas y de nuevos logros.

Porque somos un proceso en movimiento, porque no somos algo estático es que tenemos futuro. Y quienes hablan del fin del relato progresista, como agoreros funcionales a la ofensiva imperial, sepan que venimos de la lucha, que nos hemos forjado en la lucha, que nada de lo que se ha hecho en el continente ha venido como regalo ni concesión de nadie y que estos procesos habrán de continuar, porque tenemos un pueblo y un continente de lucha y seguiremos teniendo un continente y un proceso de lucha.

Un primer elemento que quisiera destacar, de estos 15 años, es la re significación de democracia en los procesos revolucionarios. Muchos de nosotros, de nuestros profesores, de la izquierda de la que emergemos o de la izquierda d la cual heredamos sus glorias y sus derrotas, en el siglo pasado, había concebido a la democracia como un escenario sospechoso, digámoslo así, hasta cierto punto, incómodo que tenía que ser utilizado de manera instrumental para conseguir y llegar a la revolución, para conseguir y llegar al socialismo.

El siglo XX estuvo marcado, en las izquierdas, en general, por una mirada esquiva respecto a los procesos democráticos. Estos últimos 15 años han mostrado, a partir de lo que ha sucedido inicialmente en Venezuela, en Ecuador, en Argentina, en Brasil, en Bolivia, en Uruguay, en Nicaragua, posteriormente en El Salvador, de que no es así. Nuestro proceso revolucionario está mostrando que la democracia no es una etapa temporal, un puente, que nos conduce, necesariamente, hacia una nueva sociedad.

El aporte que está incorporando América Latina al debate de las izquierdas en el mundo es que la democracia no solamente es un método, es también el espacio, es el escenario del propio proceso revolucionario, es en el desarrollo de las capacidades organizativas autónomas de la sociedad en el desarrollo de la capacidad de participación y de intervención en los asuntos colectivos, en los asuntos comunes que los procesos revolucionarios latinoamericanos han prosperado, consolidado y se están desarrollado.

Pero, ciertamente, no es una concepción de la democracia de manera procedimental, como modos de selección de gobernantes, ni siquiera solamente como principios éticos, en la versión literal de lo democrático, en la versión procedimental y minimalista de lo democrático.

Lo que América Latina está mostrando es que esta reivindicación de lo democrático como el espacio mismo de la revolución, como escenario inevitable y obligado de la revolución, requiere y necesita una reinvención de lo democrático, una refundación de lo democrático; ya no únicamente como de seleccionar gobernantes -que lo es-, ya no únicamente como modo de respetar asociatividad, pensamiento y actividad política -que lo es-, sino una reinvención de lo democrático a partir de su fundamento, de su esencia, lo democrático como creciente participación de la sociedad en la toma de decisiones.

Estamos hablando, entonces, de lo democrático por encima de la concepción fósil que nos viene, muchas veces, de los países, llamados tradicionalmente, democráticos del norte, donde ni la mitad de su población elige gobernantes, y de esa mitad que eligen gobernantes, ni el 2% participa en la toma de decisiones y de este 2%, ni el 1%, en verdad, tiene la fuerza de decisión y de ejecución de las decisiones.

Esas democracias fósiles del norte no son, para nosotros, ningún modelo a imitar, ni ningún modelo a seguir. La democracia que estamos reinventando en América Latina es una democracia plebeya, de la calle, del parlamento, de la acción colectiva, de la participación y de la movilización.

Es, pues, en este escenario de la democracia concebida como permanente y creciente participación de la gente en la vida pública, en la vida colectiva, en los asuntos comunes, familiares, educativos, médicos, económicos y en los asuntos presupuestarios donde se define el carácter revolucionario y, al final, socialista de cualquier proceso revolucionario.

En el fondo, socialismo es la radicalización absoluta de la democracia, la democracia llevada al centro de trabajo, al parlamento, al ejecutivo y a la propia vida cotidiana; y, es que, al final, lo que hemos aprendido es que cualquier método de lucha solo ha de ser revolucionario si tienen la participación de la gente, por la vía armada o por la vía pacífica, ha de tener su efecto real solo en la medida de la permanente, creciente ampliación y desborde de la sociedad en el ejercicio, cumplimiento y el desarrollo de ese método.

Sin eso, cualquier acción o parlamentaria o armada, o es reformista o es oportunista, armada o electoral, pero en el fondo lo mismo.

Un segundo debate que está siendo zanjado por la experiencia latinoamericana, un debate de la izquierda mundial, es el debate en torno a tomar el poder o construir el poder. ¿Qué hay que hacer?

Formados en la vieja escuela, el objetivo es tomar el poder, está bien, venimos, los leninistas al menos -me reivindico como un leninista absoluto- la toma del poder es correcto; pero si quienes propugnamos la toma del poder no entendemos que el Estado – por muy democrático que sea- por muy participativo que sea- es también un monopolio de lo común, de lo universal, es un monopolio creciente de lo colectivo, la toma del Estado, así no más tal como viene, es también la toma de ese monopolio y, a la larga, la toma de las instituciones y, a la larga, la sustitución de unas instituciones y de ese monopolio por una nueva administración y una nueva burocracia.

Frente a ese riesgo de convertir la revolución en un proceso que simplemente sustituya una élite por otra élite surgió el debate: entonces no hay que tomar el poder. El compañero John Holloway y la gente que trabajó con él, hace diez años, pusieron en debate en las izquierdas mundiales y latinoamericanas, “entonces no hay que tomar el poder”.

Transformar el mundo sin tomar el poder. Claro, se entiende que es un esfuerzo por alejarse de esta sustitución de élites, se entiende que es un esfuerzo por alejarse del control de un monopolio, es decir, de una concentración de decisiones, porque eso también es el Estado; pero al hacerlo, quienes reivindicaron la no toma del poder para cambiar el mundo recluyéndose en pequeños núcleos, en pequeñas comunas, en pequeñas actividades semiautónomas que construyen socialismo y comunismo en pequeño, en los hábito alimentarios, en las compras y en la transferencia de objetos, olvidaron una cosa terrible: que cuando uno se aleja -yo no quiero embadurnarme ni mancharme con el poder, me recluyo en mi comuna, en mi pequeño lugar, al margen del poder- lo que estoy haciendo es que el poder, independientemente de lo que yo diga o haga, siga existiendo y al seguir existiendo bajo la vieja manera del monopolio centralizado por unas oligarquías que rotan en la gestión de la administración pública, permitimos, en ese nuestro aislamiento, que esos pocos sigan administrando en contra de las mayorías.

Permitimos, admitimos -en nuestro silencio y en nuestro aparente abandono y reclusión monástica en un centro donde nadie se contamina- y estamos dejando en pie que el poder del Estado se mantenga en manos de pequeñas oligarquías, en manos de pocos, que privaticen los recursos de muchos.

Se deja que el Estado y ese monopolio llamado Estado siga desorganizando a la sociedad, siga conduciendo la desposesión de los recursos comunes de la sociedad y, lo peor, que esto público no estatal que produce la sociedad, que surge en esas pequeñas iniciativas autónomas o semiautónomas de la sociedad, de manera aislada y desarticulada, a la larga, queden subsumidas por el propio Estado y por los propios procesos de valorización del capitalismo.

El gran problema de solamente enfocarse en “tomo el poder” o “construyo poder”, al margen del Estado, radica en que hay y hubo en la izquierda una concepción del Estado como una cosa y, por lo tanto, si es una cosa o bien es conquistable -hay que conquistar el
Estado- o bien es distanciarle -hay que alejarse de esa cosa que nos envenena-, en ambos casos el Estado es visto como cosa a conquistar o a huir de ella, conquisto la cosa o huyo de la cosa.

El problema es que el Estado no es solo una cosa, el Estado es también una cosa, pero es más que una cosa, es instituciones, es normas, es procedimientos que le dan forma cósica al Estado; pero el Estado es más que eso.

El Estado es una relación entre las personas, es una manera de vincularnos cotidianamente entre las personas en torno a cosas que nos involucran a todos: la vialidad, la educación, el intercambio de productos, la sanidad, el respeto, los procedimientos lógicos y los procedimientos morales.

El Estado es, pues, el espacio de lo común de una sociedad, de lo colectivo que tiene una sociedad, de lo universal que posee una sociedad; no es un hecho dado, lo universal, lo colectivo y lo común ha sido un proceso histórico y gradual de concentración, de formación de lo común, de construcción o consolidación o expropiación de lo colectivo y de lo universal, pero el Estado es el monopolio de lo universal.

Su fuerza radica en eso, en que nos atraviesa a todos, que nos involucra a todos, que nos contiene a todos; sino no fuera universal, sería un particular. En la medida en que nos involucra a todos, aún a los que no queremos nada con el Estado, aún a los que huimos del Estado, el Estado es una relación entre las personas, una relación viva entre personas que viven en un barrio, los del barrio que viven en una ciudad, los de la ciudad que viven en un departamento, los de los distintos departamentos que viven junto a otros departamentos. ¿Qué tienen en común? El Estado.

Lo común que tienen personas que viven acá, en Quito, con las personas que viven en Guayaquil, con las personas que viven en la sierra y las que viven en la Amazonía, está concentrado en el Estado. El Estado es, pues, también, la gestión de lo común, la gestión de lo universal, la gestión de lo colectivo que tiene una sociedad, de lo colectivo estatizado que tiene una sociedad.

Pero, también, es monopolio, si bien lo común, es su concentración; si bien lo colectivo, es su monopolización; y por eso Marx tenía una frase fantástica que resume esta paradoja del Estado: el Estado es una comunidad ilusoria. Es ilusoria, sí; no es objetivamente construida desde el encuentro entre personas libremente asociadas, sí; pero es comunidad, es una comunidad real, es una comunidad vigente. Pero, luego, ilusoria, comunidad ilusoria; gestor de lo común, monopolizador de lo común, el Estado es una relación paradojal, material e ideal; común y monopolizada; universalista e individualizada. En eso radica su magia.

Por lo tanto, si esto es verdad, si el Estado es una cosa, pero es más que una cosa; es instituciones; pero es más que instituciones, es procedimientos; pero es más que procedimientos, si el Estado es también lo común, los preceptos lógicos, los preceptos morales con los que integramos nuestra vida en común, personas que vivimos en lugares muy distintos, pero que nos sentimos partícipes de una misma comunidad histórica en el mundo, si el Estado es eso, entonces, ¡hay que tomarlo!, hay que tomar esa relación, hay que conquistarla.

No te puedes quedar al margen del poder porque eso a los únicos que beneficia es a quienes están en el poder y están destrozando a la sociedad desde el poder. No puede haber izquierda revolucionaria que no opte por la toma del poder, es un falso debate, pero una izquierda revolucionaria entendiendo que el Estado, si bien es comunidad, es también ilusoria, es también monopolio, no puede contentarse con tomar el poder, está obligada -desde antes, en medio y como continuación del proceso- a transformar ese poder, democratizar ese poder, construir el poder; si solamente nos dedicamos a tomar el poder sin transformarlo, sin democratizarlo, sin construir poder social que democratice la toma de decisiones, a la larga, devendremos en una nueva élite.

Y si solamente nos contentamos con construir poder externamente del Estado, dejaremos tranquilas a las élites gobernar durante 500 años, y el poder nuevamente en contra de la sociedad.

Si el Estado es una institución paradojal, las revoluciones contemporáneas son también paradójicas: toma del poder – construcción del poder; construcción del poder – toma del poder; ampliación del poder – concentración del poder, en esta dialéctica se juega el destino de una revolución.

Una tercera enseñanza y complejidad de la revolución latinoamericana en marcha es el tema de la hegemonía, entendido como liderazgo intelectual, como liderazgo moral, como liderazgo ético, como liderazgo lógico, como liderazgo organizativo de un bloque social sobre el resto de la sociedad en la que todos ven el porvenir, el horizonte, la síntesis de lo que somos todos. Esta es la idea general de la hegemonía, en el sentido graciano.

¿Cómo lograr esta hegemonía? El viejo debate del siglo XX dividido en dos: los países asiáticos y los países modernos. Los países asiáticos poseedores de una sociedad civil supuestamente frágil y amorfa, entonces, en esos países había que tener una guerra de movimientos, de asalto frontal al Estado; en cambio en los países de fuertes instituciones públicas, de una fuerte sociedad civil, entonces, había que tener una mirada menos audaz y más lenta y difusa: guerra de posiciones, para asediar las casamatas sólidas que tiene el Estado y la sociedad civil contemporánea. Guerra de posiciones o guerra de movimientos, asalto frontal o largo proceso cultural de convencimiento y seducción para llegar al poder, el viejo debate. Es que los dos son necesarios.

Qué ha mostrado la experiencia latinoamericana, nuevamente, en esta mirada paradojal que quiero manifestar de los procesos revolucionarios y ¿si no fueran paradojales no sería revolucionarios? Es que los dos son necesarios.

No puede haber conquista del poder, no puede haber transformación de la correlación de fuerzas en el Estado si previamente no ha habido una modificación en los parámetros de percepción lógicos y en los parámetros de ordenamiento del mundo morales de la sociedad.

¿Qué pasó en Ecuador, Bolivia, qué ha pasado en Venezuela los años 2000, 2005, 2008? Hasta antes, todo era perfecto, todos eran neoliberales, la privatización de los recursos iba a traer el bienestar, la riqueza para el pueblo, el mundo era globalizado, los Estados eran burócratas, la presencia de la inversión extranjera era la salvadora del mundo. Eso ordenaba el mundo, eso ordenaba la vida cotidiana de las personas, su horizonte de acción, su parámetro lógico y su tolerancia moral hacia los gobernantes.

¿Y qué pasó? Hubo un momento en que eso ya no era tolerable, ya no era creíble, en que eso no era verificable; y poco a poco ese descreimiento sobre ese ordenamiento neoliberal del mundo, sobre estas ideas fuerza que ordenaban la organización cotidiana del mundo en nuestra sociedades fue cuestionada, se fue resquebrajando, fue siendo debatida, primero por dirigentes políticos, por dirigentes sindicales, por académicos, por el ama de casa y por el estudiante, algo no cuajaba, algo no encajaba en este horizonte del fin de la historia al que todos teníamos que ceñirnos, tarde o temprano, para conseguir la felicidad, pero la felicidad no llegaba y ese fin de la historia no se presentaba como fin y el paraíso había sido sustituido por un infierno cotidiano para conseguir trabajo y la comida diaria.

Previamente, hubo un cimbramiento espiritual, mental y cultural en las sociedades latinoamericanas, en unos casos promovidos por una acción militar, en otro, por una acción colectiva frente a los dueños del agua, en otros casos, por una movilización frente al gobierno que había engañado a su pueblo; un quiebre cultural, una ruptura simbólica, un conjunto de modificaciones del sentido común de la sociedad y sobre ese escenario abierto por un quiebre cultural que modifica las tolerancias morales de las personas, que habilita un espacio de pre disponibilidad a nuevas fidelidades, a nuevos proyectos, a nuevos liderazgos, sobre ese escenario emerge cada uno de los procesos progresista en América Latina, con el presidente Chávez, con el presidente Kirchner, con el presidente Correa, “Lula”, con el presidente Evo.

No se trata de personas que caen como un rayo en cielo despejado, hubo un quiebre previo, fundamentalmente cultural, es decir, no puede haber el asalto, digámoslo así, la toma vía electoral, vía revolucionaria, la toma del poder sin previamente una transformación en los parámetros culturales, es decir, no hay una verdadera guerra de posiciones sin una guerra de movimientos previa, y la inversa el igual.

Y, aquí dialogo, brevemente con la profesora Chantal Mouffe sobre este tema, ¿basta con promover una transformación cultural en los parámetros cognitivos de la sociedad para crear identidades y una predisposición al cambio? Es necesario, pero no es suficiente; no hay revolución latinoamericana que haya triunfado contentándose simplemente con la modificación de los parámetros culturales.

Aquí, en Ecuador, ¿acaso no hemos tenido que derrotar primero en las urnas y luego en las calles a la oposición golpista para consolidar el proceso revolucionario? En Bolivia, ¿acaso no hemos tenido que derrotar a los separatistas y a la derecha que querían dividir Bolivia y la tuvimos que derrotar electoral, política y militarmente para recién consolidar los procesos?

No hay revolución duradera, no hay revolución verdadera, que simplemente se asiente con la transformación gradual de los parámetros culturales, eso tiene que traducirse, tarde o temprano inevitablemente, en una acción de fuerza, de derrota de tu adversario. Solamente derrotando a tu adversario, tu hegemonía cultural puede irradiarse y consolidarse.

La experiencia -en realidad Gramsci y Lenin y nuevamente Gramsci-, entonces ¿qué enseña?  Que la hegemonía es lucha cultural, lucha de símbolos, lucha de identidades, lucha de construcciones cognitivas, lucha de ideas fuerza desde la sociedad; condensación, enfrentamiento, derrota de tu adversario, tienes que derrotar a tu adversario, sino no has triunfado e inmediatamente que has derrotado a tu adversario, nuevamente lucha cultural para asentar esa victoria, para consolidar esa victoria, y nuevamente el adversario volverá a sobreponerse y buscará reagruparse y tendrás que derrotarlo cultural, política y, si es necesario, militarmente para volver a avanzar en la parte cultural.

Es un falso debate o Lenin o Gramsci, Gramsci sin Lenin es un proceso de ternura sin victoria; Lenin sin Gramsci es un hecho de fuerza sin irradiación, necesitas a Lenin y a Gramsci.

Un cuarto punto que emerge del anterior, de nuestros procesos latinoamericanos es la importancia de la lucha por el sentido común. El sentido común son ideas ordenadoras del mundo, son ideas ordenadoras de la cotidianidad, son ideas movilizadoras; es el punto en el que se define la tolerancia moral entre gobernantes y gobernados, es el lugar de las certidumbres estratégicas de la sociedad.

La dominación neoliberal, evidentemente, fue fuerza, fue coerción, fue imposición; pero también fue idea fuerza. El neoliberalismo también, y quizá fundamentalmente, fue un conjunto de preceptos mentales, un conjunto de ideas fuerza, de sentidos comunes de lo propio y lo ajeno, de lo privado y de lo colectivo, de lo extranjero y de lo nacional, de lo eficiente y de lo ineficiente, de lo probable y de lo improbable mediante el cual la sociedad, el ama de casa, el estudiante, el dirigente, el partido político, el congresista ordenaban el mundo, explicaban el mundo para andar en el mundo.

Se trata, pues, las ideas fuerza de esquemas mentales, de esquemas lógicos y morales que tienden a naturalizar el hecho de la dominación, a volverlo cuerpo, carne, rutina, a volverlo “natural”.

Si esto es así, la revolución, la lucha contra el neoliberalismo que requiere de golpes de fuerza electoral, de golpes de fuerza social, colectivos y movilizables, requiere, en lo fundamental, también, de nuevas ideas fuerza, ideas esperanzadoras, ideas con la capacidad de generar movilización y acción colectivas con la capacidad de territorializarse e irradiarse. No hay lucha victoriosa contra el neoliberalismo sin una lucha en las ideas antes de la toma de poder, en el momento de la toma del poder y, fundamentalmente, después de la toma del poder.

Hago un llamado de atención, sobre ese punto, a las más de 54 organizaciones políticas de América Latina, 14 de Ecuador, no podemos descuidar la lucha por las ideas, después de las victorias.

De un tiempo para acá, después de una gran ascenso de un intenso debate colectivo que ayudó a posicionar, a convertir en fuerza material, un conjunto de ideas, progresistas revolucionarias sobre el mundo, hemos entrado en un periodo de estancamiento y eso es muy peligroso, es peligrosísimo. Necesitamos permanentemente renovar, enriquecer relanzar el conjunto de ideas, no podemos perder la bandera de la esperanza de la sociedad, una revolución es una esperanza en movimiento, una esperanza movilizadora en movimiento práctico, hemos avanzado hasta acá, nos ha costado muchísimo y hemos logrado muchas cosas, en estos diez años, cinco años, quince años, pero no es suficientes.

La batalla de las ideas nuevamente es decisiva en las universidades, en los periódicos, en los medios de comunicación, las asambleas, reuniones y encuentros no debe haber escenario donde no esté el revolucionario con su idea, con su pancarta, con su frase, con su periódico, con su discurso para dar esta batalla.

En muchos lugares de América Latina, los luchadores sociales que estábamos, o en el ámbito sindical o en el ámbito gremial o en el ámbito académico, hemos pasado a gestión de gobierno, era necesario por supuesto, pero hemos dejado la retaguardia abandonada y eso es muy peligroso.

Necesitamos volver ahí, tan importante como un eficiente ministro de gestión pública, como un ministro de obras, tan importante, es un dirigente conduciendo el sindicato o la confederación, es el académico enseñando en la universidad. No concentremos toda la fuerza intelectual y activa en la gestión del gobierno, no descuidemos el frente social, lo digo como experiencia, vicepresidente, eso nos ha pasado a nosotros y es un error.

Muchos dirigentes combativos y luchadores se han pasado a gestión de gobierno y ahora son alcaldes, ministros y diputados, excelente, tenemos un parlamento con el 65 % de organizaciones sociales, es un parlamento muy plural, pero me preocupa lo que está pasando a nivel del sindicato, de la federación, de la confederación y de la academia, ahí, es donde se está comenzando a atrincherar la derecha; no lo permitamos, vayamos nuevamente ahí a dar la batalla. La batalla sentido común, la batalla por las ideas es lo que ha de sostener la continuidad de este proceso, a largo plazo.

Una quinta lección que hemos aprendido, que ha emergido de la acción y de la lucha de los procesos revolucionarios, es que la que la democracia no debe reducirse únicamente al ámbito de la participación parlamentaria, por muy plural, por muy participativa y expresiva que sea esto. Los procesos revolucionarios se defienden, se asientan, se consolidan, se construyen y se profundizan teniendo fuerza en el parlamento y teniendo fuerzas en las calles, ¡obligatoriamente!

Venimos de las calles, nos hemos forjado en las calles de ahí venimos, hay que mantener. Yo hablaría que los procesos revolucionarios tienen una gobernabilidad dual, la gobernabilidad que se gesta en la articulación del ejecutivo, el liderazgo revolucionario, el parlamento, la expresión de los sectores sociales, primer ámbito de gobernabilidad.

Y el segundo ámbito de gobernabilidad es la relación que entablamos con las organizaciones sociales, con los sindicatos, con los barrios, con los gremios movilizados defendiendo sus revolución, eso es democracia.

Hemos criticado la democracia fósil del norte, eligen una vez cada cinco años y luego un puñado de 20 personas decide el destino de millones de personas, eso no queremos, ni lo vamos hacer, ni lo vamos a repetir. La democracia real, profunda, radical latinoamericana es profunda participación de la sociedad en el parlamento, en los ministerios; pero profunda movilización y participación de la sociedad en las calles, para defender para profundizar su proceso revolucionario.

Una sexta lección que sacamos de nuestra experiencia revolucionaria, es el tema del papel de la gestión económica, y cuando uno está en gestión de gobierno, entiende la profundidad de los textos del “Che”, por ejemplo, cuando debatían sobre la economía en Cuba, sus debates con Charles Bettelheim o las reflexiones de Lenin en la nueva política económica en “Más vale poco pero bueno”, etc.

Cuando uno está en oposición, ¿qué es lo que importa?, su capacidad de movilización y su capacidad de crear ideas fuerza articuladoras que generen un principio de esperanza social en torno a liderazgos individuales y colectivos; eso es lo central, uno se juega diez, veinte, treinta cuarenta años, muchas veces nos morimos y algunos tenemos la suerte de vivir para que todo esto se consolide en un proceso revolucionario, como hoy en América Latina, pero eso es estar en oposición.

Cuando este proceso revolucionario, que emerge desde la sociedad, se vuelve gestión de gobierno, se necesita capacidad de movilización, se necesita capacidad de seducción, capacidad de convencimiento, pero también, y esto es lo nuevo, capacidad de gestión económica.

Los procesos revolucionarios latinoamericanos van a definir su destino en la economía, porque los ciclos de participación, de movilización, los ciclos heroicos no son perpetuos, son por oleadas momentos de ascenso, consolidación, estabilización y descenso y luego viene un valle que puede durar semanas, meses, años hasta un nuevo proceso de ascenso social. Y en estos valles que, a veces son cortos, de semanas, medianos, de años o, a veces, largos; ya no son los momentos heroicos de la generosidad y el universalismo desplegado como derroche revolucionario.

Es el tiempo de cotidianidad, de los resultados y al gobernante, al vicepresidente, al presidente Correa, al presidente Evo, al presidente Chávez al presidente “Lula”, al presidente Kirchner, la sociedad le dice, he peleado mucho presidente, me he sacrificado, este es mi proceso, es mi conquista, pero quiero también resultados, quiero ver mi agua potable, quiero ver mi calle, quiero ver mi escuela, quiero ver mi hospital y, es ahí, vicepresidente (de Ecuador) que lo está viviendo usted, lo aprendo de usted también, es donde tenemos que mostrar la otra cara del revolucionario, también ser revolucionario en la capacidad de gestión, en la capacidad de gestión económica de nuestro país.

El futuro se va a definir ahí, lo que vaya a pasar en América Latina, el año 2015, 2016, 2017, 2018 que es una etapa de transición va a depender de cómo podamos responder, de cómo podamos actuar, como podamos generar un conjunto de decisiones que le den a las personas certidumbre a las personas en el ámbito económico.

Tenemos que depositar ahí toda nuestra fuerza, compañero vicepresidente, ahí es dónde nos vamos a jugar y es ahí donde está apuntando sus cañones del imperio, ahí es donde está apuntando sus cañones la conspiración permanente de las fuerzas conservadoras locales e internacionales, en la economía, y es ahí donde tenemos que obtener una nueva victoria, con una buena gestión de la economía y una buena administración de la economía.

No voy a detenerme sobre los aspectos principales, solamente menciono algunos que nos están ayudando en Bolivia, exportación, mercado externo y mercado interno; eso nos ha ayudado a notros mucho, hemos crecido mucho con la economía de exportación cuando los precios estuvieron altos.

Nosotros también dependemos del gas, el 50 % de nuestras exportaciones son del gas y cuando subió el precio del petróleo y el gas entró mucho dinero. Pero como sabíamos que eso podía, cualquier rato, caer, porque ya el 2008, cayó de 140 dólares a 35 dólares, duró poco pero cayó más de cien dólares el barril de petróleo, pero sabíamos que esto es inestable, que uno no puede confiarse únicamente en una dinámica de exportaciones hay que aprovechar pero también generar tu retaguardia y eso es el mercado interno, el crecimiento vía mercado interno, vía dinámica interna.

En Bolivia el crecimiento del 5 % anual, mitad crecimiento del mercado interno, mitad mercado externo, ha caído el mercado externo, en vez de crecer el 6 o 7 % , estamos creciendo 4.5 %, es un buen crecimiento porque tomamos la previsión de también apuntalar el crecimiento del mercado interno y mercado interno es distribución de la riqueza. No puede haber una fortaleza del mercado interno sin distribución de la riqueza.

Dice la teoría económica, primero genera riqueza y luego distribúyela, pues nosotros no les hemos hecho caso a los economistas, hemos distribuido y producido, producido y distribuido, no hemos esperado primero producir para luego distribuir, a medida que producíamos, distribuíamos y al distribuir producíamos más y producíamos mejor. Y de esa manera estamos pudiendo remontar este momento adverso en el ámbito económico Segunda cosa, el Estado tiene que controlar los resortes fundamentales de la economía, de las empresas y de la generación del excedente del país y todo en función de la sociedad, crecimiento en función de la sociedad, distribución de la riqueza para potenciar la sociedad, inversiones para potenciar la sociedad; todo el aparato económico en torno al núcleo de empoderar, de mejorar las condiciones de la propia sociedad.

Un séptimo problema y tensión que se está dando en nuestros procesos revolucionarios es el debate entre generación de bienestar económico, preservación de la Madre Tierra, entre generación de más riqueza material y protección de la Madre Tierra, el famoso debate sobre los extractivismos que se ha puesto de moda, en América Latina, claro, Ecuador, Venezuela, Bolivia arrastran una herencia extractivista, que en el caso de Bolivia se remonta a 1.570 cuando el virrey Toledo, instaura el trabajo obligatorio en el Cerro Rico de Potosí y convierte a Bolivia en un escenario productor de materias primas que se exportan a la metrópoli.

Desde entonces, Bolivia y América Latina quedaron definidas en la distribución planetaria de tareas del capitalismo, como productores de materias primas, traemos casi 450 años de esa herencia, es verdad, está ahí esa herencia. Igualmente, somos, las sociedades latinoamericanas, con muchos problemas de pobreza, con muchas necesidades de una población que, durante décadas y siglos en la colonia, en la república, hasta el neoliberalismo, fue abandonada a su suerte.

Casi, en otros países han llegado al siglo XXI, con la mitad de su gente en pobreza, los continentes más pobres, compitiendo con África, muchas necesidades inmediatas, muchos requerimientos inmediatos.

Entonces, se tiene esa herencia, eres extractivista desde antes y tienes muchas necesidades materiales insatisfechas de las personas y lo que tienes que hacer es producir en base a tu herencia para satisfacer las necesidades de la gente, que ve en sus líderes y en su revolución la esperanza para salir de la pobreza y para acabar su miseria y abandono.

Pero, a la vez, tenemos, en América Latina, raíz indígena, hay, en nuestra herencia familiar hay un indio o somos indios, somos indígenas o venimos de raíz indígena y ahí está nuestra fuerza y en esa fuerza de nuestra raíz indígena no solamente esta una identidad y una historia, sino está una enseñanza de un tipo de intercambio metabólico, diría Marx, con la naturaleza mutuamente procreativo, las tecnologías indígenas, la sabiduría indígena heredada en tierras bajas y en tierras altas, en la amazonia y la sierra es de una tecnología productiva, de unos conocimientos productivos que siempre intentó dialogar con la naturaleza, porque la naturaleza fue concebida como un ser vivo, como un ser orgánico y el ser humano como una prolongación orgánica de ese ser superior y, entonces, a ese ser superior vivo no lo matas, porque tú dependes de él y porque tú eres una prolongación, matar la naturaleza, para el indígena, es matarse a sí mismo.

Arrastramos esa herencia venimos de esa raíz y, a la vez, el cambio climático en el mundo que está transformando la siembra, la cosecha, el clima, es también una responsabilidad del revolucionario asumirla como una tarea para preservar la naturaleza y ¿cómo hago coincidir las dos?, gran debate, ni Lenin nos dijo cómo, ni Gramsci nos dijo cómo. Fidel Castro sí, ha reflexionado sobre eso.

¿Cómo articulamos las dos, especialmente, en sociedades como la ecuatoriana o la boliviana de vieja y preponderante herencia extractivista? Si solo nos dedicamos a producir, no importa extractivistamente, pero para satisfacer necesidades materiales, tenemos éxito económico, tenemos resultados económicos; pero hemos abandonado una raíz comunitaria, una herencia comunitaria indígena que habilita un porvenir, porque el futuro va a ser ecológico o no va ser el futuro, el futuro socialista, el futuro comunitario ha de ser ecológico o no va a poder existir y, a la vez si solamente nos dedicamos a cuidar la naturaleza, a no tocarla, seguimos en la pobreza, seguimos en la miseria.

Y van a venir los neoliberales a quienes no les importa nada ni los árboles, ni los pajaritos y ellos si van a dedicarse a producir como puedan y a satisfacer necesidades de la población y la población, con justo motivo, te va abandonar, nos va a abandonar.

Entonces, no puedes simplemente a producir de manera irreflexiva, manteniendo el extractivismo porque renuncias a tu raíz y a tu porvenir; y no puedes contentarte con ser un cuidador de bosques, dejando a la población en la miseria colonial, en la que viven, hoy, los pueblos indígenas, porque hoy su condición de vida, no es una condición de vida idílica, es una condición de vida de pobreza, colonial construida en los en los últimos 500 años. Eso es lo que nos propone el medioambientalismo colonial, como le he llamado.

Latinoamericanos déjense de soñar con el progreso, si quieren hacer algún aporte a la humanidad, dedíquense a cuidar árboles, el norte que siga produciendo, que siga inundando de C02 el mundo, que siga destruyendo los bosques del mundo, América Latina dedicada ahora a generar el oxígeno que el norte está aniquilando; este es el mendioambientalismo colonial, que los países del sur paguemos la plusvalía ambiental congelando nuestra producción, congelando nuestro desarrollo, congelando nuestro futuro, congelando nuestras condiciones de vida que son coloniales, supuestamente, en aras de preservar la naturaleza, mientras los del norte siguen con la orgía destructiva del planeta.

Y nos atacan: gobierno de Correa, extractivista; gobierno de Evo Morales, extractivista, claro reciben buen dinero los que nos critican de esos organismos extranjeros, para criticarnos, para mantener esas palabras y, a la larga, sirven a esos interese externos. No señores. ¿De qué se trata, qué es lo que estamos haciendo en Bolivia y qué es lo que yo veo a la distancia, que se está haciendo en Ecuador, que lo considero correcto?

¿Tenemos que salir del extractivismo?, sí, tenemos que salir, pero no se sale congelando las condiciones de producción, ni regresando a la edad de piedra, se sale del extractivismo, utilizando temporalmente el extractivismo para crear las condiciones culturales organizativas y materiales de una población que salte a la economía del conocimiento.

¿De qué economía del conocimiento voy a hablar cuando tengo compañeros que viven en el altiplano, en casas de piedra que caminan cinco horas para llegar a su colegio, que se sientan en un asiento de barro y que están durmiéndose todo el día porque no lesalcanza el alimento para estar despiertos? ¿Qué economía del conocimiento se construye de esta manera?

Esta es la farsa del mediambientalismo colonial, porque hay un medioambientalismo revolucionario, pero el medioambientalismo colonial nos quieren hacer caer en esa trampa, las condiciones de vida actual de los pueblos indígenas son idílicas y armónicas. Que vayan a conocer a un niño durmiéndose porque no pudo desayunar bien, que entren a ver a la Amazonía, para ver cómo se muere la gente por la mordedura de una víbora porque no hay ni en cinco días una atención médica. No conocen desde sus ONG, en las que ganan mucho dinero; se dedican a ver desde la ventana lo que pasa en el mundo y se dedican a resolver los problemas del mundo desde donde están ¿No es así?

Hay que acabar con el extractivismo, sí, pero simultáneamente hay que acabar con la miseria y hay que utilizar las herramientas heredadas, ¿cómo nos piden a nosotros acabar en cinco años lo que ha durado 500 años?

Nos exigen que acabemos en seis meses lo que ha durado siglos. No señores, no vamos a caer en esa trampa. Los procesos latinoamericanos asumen que hay que pasar a una economía del conocimiento, a una economía industriosa que vincule la ciencia y la tecnología contemporánea con la ciencia y la tecnología ancestral, vamos a llegar a eso, pero lo vamos hacer creando las condiciones materiales, culturales y espirituales para ese tipo de economía y sociedad, produciendo lo que hoy tenemos, temporalmente usando el petróleo, el gas, los minerales, la agricultura; necesitamos un periodo de transición, un puente que cree las condiciones técnicas, materiales y culturales de una nueva generación capaz de superar el extractivismo.

Entonces, vamos a seguir produciendo, porque hay que satisfacer las necesidades materiales de la gente, pero, a la vez, iremos creando las condiciones, para un reencuentro con la naturaleza, rescatando la tradición indígena de la relación mutuamente vivificante con la naturaleza. Extractivismo, sí, temporalmente, sí, necesariamente hasta crear la nueva sociedad del conocimiento y de la cultura.

Permítanme aquí criticar a esta izquierda de cafetín, que así le llamo, o si quieren ustedes izquierda “deslactosada”. Evidentemente hay grupos que se oponen, dicen, desde la más izquierda del proceso ¿Quiénes son? Es una izquierda perfumada que observa el fragor de los procesos desde el balcón, un café o desde la televisión, es una izquierda bien remunerada, es una izquierda que se horroriza del lenguaje guerrero y del olor de la plebe, en las calles, le incomoda el estruendo de la batalla y el desorden de una democracia de barricada.

Es una izquierda que le gusta su café descafeinado, que critican a los gobiernos progresistas que no han construido en una semana el comunismo, que aprovechando el descanso de su fitness matinal, nos critican de que no hayamos acabado de una buena vez con el mercado mundial y en seminarios, donde rinden cuentas de sus financiamientos externo que garantizan su buena vida, denuncian a los gobierno progresistas, por no haber instaurado inmediatamente y por decreto el buen vivir.

A estos caballeros y señoritas, la verdadera y desbordante lucha de clases plebeya e indígena les resulta incomprensible, la única revolución que conocen es la que han visto resumida en History Channel. Y por ello, la multiforme, a veces, desorganizada lucha plebeya real por el poder, les resulta totalitaria, tiránica y autoritaria.

Son, pues, los radicales de palabra y timoratos de espíritu, son los arrepentidos cómplices del pasado neoliberal, devenidos, de manera sorpresiva hoy, en ultra radicales profetas del inminente fracaso de los procesos revolucionarios. Portadores de teorías “deslactosadas”, no tienen ninguna medida concreta, ni una sola propuesta práctica enraizada en el movimiento social que pueda hacer avanzar los procesos revolucionarios, son, por tanto, los mediocres corifeos internos de la nueva ofensiva imperial que buscan desestabilizar a los procesos y gobiernos progresistas.

Su seudoradicalismo abstracto e inoperante, no apuntala ninguna movilización, ni refuerza la acción colectiva de los sectores populares, campesinos, obreros o indígenas; eso sí, su discurso aglutina el conservadurismo y el racismo de sectores acomodados, que bajo el camuflaje de un discurso acomodados que bajo el camuflaje de un discurso pseudo izquierdista o pseudo ambientalista, buscan desprestigiar los procesos revolucionarios.

Al no impulsar la movilización, la movilización de las clases sub alternas, ni ser alternativa de poder real, estos pseudos radicales trabajan para los restauradores del neoliberalismo, son los ideólogos del fin del relato del progresismo latinoamericano. Los conozco, no soy tan mayor como mi profesor Emir Sader, pero me tocó vivir un proceso parecido en los años 80 y vi un proceso progresista y estudié lo que pasó en Bolivia, cuando el gobierno progresista de Juan José Torres, con el gobierno progresista de Unidad Demócrata y Popular (UDP), que tenían sus problemas y sus dificultades, y surgió un oposición de izquierda radical que le demandaba el comunismo, el socialismo, el decreto, el nacionalizar los mercados, el hacer todo inmediato y ya.

Esos no fueron alternativa de poder, ayudaron a derrocar a los gobiernos progresistas y no entraron al poder; lo que habilitaron fue diez años de dictadura militar, veinte años de neoliberalismo y, como por suerte, estamos vivos para conocer la historia y no la vamos a repetir, no vamos a permitir que estos tipos vuelvan a socavar los procesos revolucionarios, ayudando a un regreso de las fuerzas conservadoras.

Permítanme cerrar con un noveno punto, el tema de la cohesión nacional estatal. Podemos decir que el neoliberalismo en el mundo ha tenido, en términos generales, dos fases, dos etapas a nivel mundial.

Una fase que va de los años 1980, con Ronald Reagan y Margaret Thatcher hasta el año 2000, 2005 y, una segunda fase, desde el año 2005 hasta hoy y no sabemos cuánto más, a nivel mundial.

En la primera fase 1980 a 2005, el neoliberalismo utilizó el Estado nacional, lo utilizó, lo capturó, lo reformó y lo utilizó para transferir el excedente, la riqueza pública, las empresas públicas, los ahorros públicos a empresas privadas, a propiedad privada local y fundamentalmente extranjera. Se privatizaron empresas, se transfirieron recursos de los bancos a los sectores privados y se entregaron recursos naturales a inversión extranjera.

En esta fase, donde el Estado nacional juega un papel de regulador y transferente de lo público a lo privado, el Estado también juega el papel de cohesionador cultural de la sociedad en torno a la privatización.

Cumple funciones de privatizar, de transferir lo público a lo privado y funciones de dar la cohesión cultural, la cohesión ideológica, el cemento, diría Louis Althusser, para mantener la percepción de la sociedad articulada a las decisiones gubernamentales.

Estamos hoy ante una nueva fase del neoliberalismo, en esta nueva fase, los Estados plurinacionales son un estorbo, y me atrevo a decir que han sacado la lección de lo que ha pasado en América latina, para no repetirla, para empezar a operar en el mundo árabe y el Europa. Hoy estamos ante una fase distinta del neoliberalismo, ya no les son cómodos los Estados nacionales, no le son funcionales ni útiles; entonces, han pasado a una etapa de desmembramiento, debilitamiento y fraccionamiento de los Estados con dos variantes.

La primera variante de este desmembramiento de los Estados: formación de oposiciones políticas movilizadas, creación de áreas extraterritoriales del Estado, pueden ser parques nacionales, fraccionalismo regional en algún país, posteriormente, promover guerras civiles e intervención militar extranjera, el caso de Irak, Afganistán, Libia Túnez, Siria; no sé si el caso de Ucrania puede entrar en este modelo de desmembramiento de Estados nacionales.

La otra variante es impulsar privatizaciones, ampliar el endeudamiento público, impulsar pérdida de soberanía tributaria de esos Estados, pérdida de soberanía monetaria y recordé de áreas de intervención estatal; el ejemplo de Grecia ahí es paradigmático, en esta otra modalidad de derrumbe de la soberanía estatal, lo que ha hecho Europa, Merkel, Alemania, el Fondo Monetario Internacional y el Bundesbank con el pueblo griego.

Ambas vertientes, vía guerra civil o recortamiento de soberanía conducen a una implosión de los Estados, a una cohesión ideológica, ya no por parte del Estado, sino por estructuras supraestatales y un nuevo reparto de empresas, recursos y áreas geográficas.

Este es momento novedoso, si en los años 80 los Estados eran funcionales al desarrollo del neoliberalismo, en esta etapa no le son funcionales, vean la aniquilación de los Estados laicos en el mundo árabe, es terrible, al final, se trata de ver quién controla la geopolítica y el petróleo, pero ahora bajo vía de fragmentación, de pequeños feudos armados, enfrentados unos contra otros.

Si esta es la lógica contemporánea, la defensa de los Estados, necesariamente bajo un nuevo mando, bajo un nuevo bloque social de poder, se presenta como una tarea imprescindible en los procesos revolucionarios de América Latina y el mundo.

La defensa de los procesos en América Latina ha de requerir profundización de la revolución y la irradiación a otros lugares.

Es importante no olvidar que los procesos revolucionarios, nos son permanentemente ascendentes, son por oleadas, avanzan, se consolidan, se estancan, retroceden, caen, vuelven a levantarse en un proceso continuo de avances y retrocesos por oleadas.

En el fondo, la lucha del pueblo, solo la lucha, ha de definir el futuro curso histórico del continente y el mundo.

Muchas gracias.

(*) Conferencia Magistral, II ENCUENTRO LATINOAMERICANO PROGRESISTA, ELAP 2015, Quito 29 de septiembre de 2015.
(**) Vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia

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