Guillermo Schmidt, el Carabinero del MIR fusilado en Antofagasta.

No disparó contra su Pueblo, sino que militó en sus filas.

El joven Guillermo Schmidt Godoy, Carabinero y militante del MIR.

Por Ignacio Araya y Bryan Saavedra (*).

12 de septiembre de 1973. Antofagasta está en manos de los militares, y en la cuarta comisaría de Carabineros, un hombre grita de dolor mientras le arrancan las uñas. Es Guillermo Schmidt, funcionario de la institución que creó la -quizá- única célula del MIR conocida dentro de ésta.

Willito, yo escuché algo que va a haber un golpe–dice Georgina Godoy a su hijo Guillermo, la noche del 10 de septiembre de 1973. Georgina está nerviosa, desde hace un tiempo ya es pan de cada día el rumor de un golpe de Estado para derribar al presidente Salvador Allende, pero no se sabe de qué lado vendrá. En cualquier caso, Guillermo tendrá que actuar en las calles de Antofagasta para mantener el orden, como carabinero de la Cuarta comisaría de la ciudad.

Guillermo está callado, arreglando una pistola que un vecino le había pasado días atrás. La situación está difícil y es probable que un golpe ocurra, pero no quiere darle más preocupaciones a su madre. Tampoco le ha contado un secreto que guarda desde hace un tiempo: es parte de la única célula del MIR que se ha infiltrado en Carabineros de Antofagasta. Prefiere tranquilizarla:

-No mamá, estás loca.

Infiltrado en Carabineros

Guillermo Eugenio Schmidt Godoy nació el 4 de enero de 1950 en Tocopilla. Alegre y apegado a su madre, “Willy” vivió toda su infancia en el puerto nortino junto a su hermano Eric y su padre, quien era oficial de Secretaría de Carabineros.

– Mis hijos llegaban y se acostaban, me decían ‘que hace frío Georgina’, me consideraban como una hermana para ellos. Con el papá no, con él había una distancia- cuenta su madre, hoy de 80 años, mientras mira los recuerdos de Guillermo.

El oficial –quien también se llama Guillermo Schmidt- es trasladado a Antofagasta a mediados de los 60 y Willy entra al Liceo de Hombres, formando parte de un grupo de amigos que se juntaban a tomar cerveza en el “Le Mans”. Ahí conoció a Luis Prenafeta, su mejor amigo.

-Nos juntábamos un grupito, íbamos a la playa a las ‘noches venecianas’. Era una convivencia no política, con decirte que nos extrañó mucho lo que sucedió el 73- relata Prenafeta.

“Willy” Schmidt era afable y alegre, pero era muy reservado en su vida personal. Su grupo de amigos simpatizaba con la Unidad Popular pero ninguno era partidista. En el liceo también cursa su enseñanza un antiguo vecino de Tocopilla, Patricio Aranda, el “Pato del Sur”, militante del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR) y encargado del aparato regional de Agitación y Propaganda.

Guillermo soñaba con ser profesor, por eso ingresa a la Escuela Normal de Antofagasta. Sin embargo, al poco tiempo conoce a una mujer también proveniente de una familia de Carabineros, Roxana, y se enamoran perdidamente. Así nació su primer hijo.

-Mamá, me salgo de la escuela, yo me hago cargo de mi niño- le dijo un día Guillermo a Georgina, su madre.

Cambio de vida

Sin plata en los bolsillos, a Guillermo no le quedaba otra que entrar a Carabineros con 19 años, en 1969. Nunca le gustó la idea, pero le habían prometido que continuaría sus estudios para ser profesor, lo que nunca ocurrió.

foto_carabinero_del_mirPor otro lado, en medio de la efervescencia política de los primeros años de los setenta, Guillermo comenzó a sentirse atraído al MIR influenciado por el “Pato del Sur”. Lo mantiene en estricto secreto. En esos días, el ya carabinero Guillermo Schmidt sirve de escolta al Presidente Allende cuando visita el norte del país junto a Fidel Castro, en 1971.

Sin embargo, dentro de la Cuarta comisaría de Carabineros, Guillermo tiene problemas con los mayores. No les quiere servir, ni dejar viandas, ni lustrar zapatos. Dice que está contratado como carabinero, no como otra cosa.

-Uno de los comisarios era más malo que la cresta, nos hacía limpiarle las botas, ponía el pie, tenía gente que le arreglaba la manga de la camisa, era muy abusivo ese hueón. Y había otro que era más o menos, pero también era un vaca, porque el hueón se dejaba mucha comida para él en el casino y cortaba la cola- relata un ex carabinero de la comisaría donde trabajó Guillermo.

El tormento en el trabajo no es muy diferente en la casa, ubicada en el edificio contiguo a la comisaría, en el Colectivo Bolivia. Una tarde de 1972, cuando la familia Schmidt Godoy empacaba para irse a vivir a Santiago –el padre había sido trasladado a la capital-  Georgina llora. Su esposo Guillermo le revela que tenía otro amor en la capital, y al otro día se fue para no volver…

Día Once

Durante la UP el MIR ya había iniciado conversaciones con mucha gente, entre ellos miembros de las Fuerzas Armadas y Carabineros. Así ingresan varios militares de forma absolutamente secreta. “Los miristas tienen una cultura de desconfianza tremenda incluso frente a sus familiares, pues debe existir pulcritud en cuidar su identidad. Yo tenía más cuidado que la cresta”, cuenta Óscar González Mena, miembro del MIR desde 1967, que pertenecía a la célula de El Loa en Calama.

El movimiento recluta a varias personas que se organizan en células de no más de tres miembros. Schmidt, motivado por sus ideales, forma una célula dentro de Carabineros con otros miembros de la misma comisaría. En una de estas reuniones secretas participa su cuñado, también uniformado, a quien no le agrada la idea y deja de asistir.

A comienzos de septiembre un vecino de Schmidt le pide que le arregle una pistola. El día diez, sin saber que al otro día será el golpe, su cuñado informa a los oficiales de la comisaría acerca de la célula que encabeza Guillermo.

Golpe inminente

El 11 de Septiembre, Georgina Godoy prende la radio en la mañana, escucha una marcha militar y llora. “Hasta aquí llegamos”, piensa y no imagina que podría llegar a hacer su hijo ese día. Guillermo sale temprano de su casa y se dirige a la comisaría con la pistola que le había arreglado a su vecino, con balas, además de su arma de servicio.

-Él ya sabía lo que le iba a pasar, pescó la pistola y se la puso detrás, la tenía debajo de la camisa- cuenta González Mena.

Apresurada, Georgina prepara un bolsón para irse a la casa de su hijo, en el centro de la ciudad. Cuando Schmidt entra a la comisaría, inmediatamente efectivos policiales le quitan su arma de servicio. Lo llevan a la oficina del capitán José Héctor Dávila, quien había sido informado por el cuñado de Schmidt de sus reuniones secretas con el MIR, y debía liquidarlo. El plan era matarlo, para hacerlo pasar como que iba a atentar contra ellos.

En esa oficina había varios funcionarios, entre ellos el mayor Osvaldo Muñoz Carrasco. Los gritos de “¡comunista, comunista!” se escuchan en toda la comisaría.

-Hemos hecho cagar a toda la gente de Tocopilla- le dice un carabinero a Guillermo.

Son las 12.25. En el calabozo hay tres obreros que habían resistido al asalto militar en el edificio de las Cervecerías Unidas, todos heridos.

-Ya hueón, si los matai, te damos la oportunidad de vivir hueón, vai a estar preso pero vai a vivir y si no, te matamos a voh– le dice el capitán Dávila, según los testimonios. Schmidt se niega tajante:

-No hueón, yo no mato trabajadores.

El capitán saca una pistola, se la muestra a Guillermo, intentando negociar con él.

-Te pasamos la pistola y tu disparai, pero te vamos a apuntar.

Schmidt no la recibe. Los carabineros están al lado, apuntándolo, listos para disparar.

-Yo juré defender mi patria y respeto a la Constitución de Chile, soy un Carabinero y estoy por defender a la patria y para recibir órdenes del Presidente de la República, y no de un hueón que rompe el juramento, no te voy a hacer caso a voh conchetumadre– replica Schmidt, al mismo tiempo que saca el arma de su vecino, que había permanecido escondida.

En segundos, Schmidt dispara directo al corazón de José Dávila. Una de sus balas perfora el diafragma de Osvaldo Muñoz, otra le revienta el bazo y la tercera le da en el abdomen. Caen muertos de inmediato y comienza la balacera. Guillermo cae herido, le dan un golpe que le rompe la cabeza dejándolo sangrando. Su cuñado, sin piedad, le dispara en los pies, dejándolo inmóvil. Arrastrándose, el carabinero intenta avanzar al cuarto de armas, pero cae desmayado.

Dónde está Guillermo

Frente a la casa de Georgina estaba la comisaría y allí deja una nota a su hijo Eric, quien está inubicable. En eso, suena una sirena de las ambulancias de carabineros. Están sacando los cuerpos de los oficiales asesinados por Schmidt. Georgina se preocupa y baja corriendo a la comisaría, preguntando a los carabineros sobre lo sucedido, sin recibir respuestas.

-No se preocupe- le dice un oficial- porque el Guillermo está bien.

Georgina partió a la casa de Roxana. Cae la noche y mientras los tres hijos de Guillermo miran dibujos animados en televisión, golpean la puerta de la casa.

-¿Quién es?

-Carabineros.

La cordialidad que tenía con los Carabineros, a quienes conocía por su hijo, desapareció en un instante cuando los uniformados irrumpen violentamente poniendo una metralleta en su estómago.

-¿La señora?- preguntan.

-La señora ya viene… ¡Roxana, Roxana!- grita.

Los carabineros registran completa la casa armados fuertemente.

-¿Por qué tiene tanta leyenda marxista en su casa?- increpa un oficial.

-Porque en la comisaría se las venden para que las lean. No va a encontrar más libros porque los botaron, y yo no vivo acá, vivo en los colectivos- dice Georgina.

Sólo en la noche un mayor le informa a Georgina lo ocurrido con Willy.

-Recé toda la noche porque yo sabía que lo iban a matar. Estuvimos toda la noche, el papá de ella (Roxana) y el hermano, que eran Carabineros, no nos quisieron decir nada. El otro día volvieron a ir a la casa y ahí nos dijeron que a Guillermo lo iban a fusilar…

El fin

Chile ya no es el mismo la mañana del 12 de septiembre de 1973. El Presidente ha muerto, la Junta de Gobierno se abraza triunfante en la Escuela Militar. Comienzan las muertes, las desapariciones y las largas sesiones de tortura. Guillermo es uno de los que sufrieron las golpizas por parte de sus propios compañeros toda la noche. Los interrogadores no tuvieron piedad: tanto era el afán por saber quién más estaba involucrado con el MIR, que le iban arrancando las uñas.

Guillermo, estoico por el dolor, no delataría a nadie. Su suerte ya estaba echada, y lo sabía.

Guillermo Schmidt no tuvo Consejo de Guerra. Esas instancias fueron meros formalismos como preludio al patíbulo que muchas veces los militares no se daban el tiempo de hacerlas. En el caso de Schmidt, era un hecho que ese día moriría, y por eso deciden trasladarlo a la cárcel.

Tuvieron que ponerle pantuflas para suavizar un poco el dolor por sus pies, ahora sin uñas. Cuando lo bajaban al primer piso para subirlo a la furgoneta que lo trasladaría, observa los dos ataúdes de los carabineros que murieron bajo su mano. En un arrebato, escupe desde el segundo piso los féretros. Para él, son unos traidores.

Las últimas horas

En otro lado de Antofagasta, el cuñado de Guillermo guarda un silencio culpable. Su hermana, Roxana, tiene el alma en un hilo por saber la suerte de su marido, y aún no sabe que su propia sangre lo traicionó. Fue él quien delató, apresó y disparó a Schmidt, pero no quiere decir nada. Al poco tiempo, será Georgina, su madre, quien le cuente toda la verdad a Roxana.

Guillermo está encerrado en una celda de la cárcel de Antofagasta. Ya no están sus compañeros cerca, lo entregaron a los gendarmes, quienes aprovechan de torturarlo y golpearlo. Cerca de él aún permanece el capellán de Carabineros, Gregorio Centeno. “Willy” le pide al capellán lápiz y papel para despedirse de su madre a través de una nota, que guarda celosamente Centeno para entregarla a Georgina.

Al caer la noche, Guillermo ya está frente al pelotón. Se niega a que lo amarren o lo venden siquiera.

-¡Disparen!- les grita- !Que les quede el consuelo de que matan a un hijo del pueblo!

Son las 22.10.

El día después

El día 13 reaparecieron los diarios en la ciudad. El Mercurio de Antofagasta titula “Regresa la normalidad”, y en sus páginas interiores informa el bando entregado por Carabineros, al lado de una reseña de los dos oficiales ultimados por Schmidt:

“Ayer 11 del presente a las 12.25 horas, en el interior del cuartel de la Cuarta Comisaría de Carabineros ‘Antofagasta’ (A), encontrándose el personal acuartelado en primer grado y en piquetes con armamento para salir inmediatamente a intervenciones del mantenimiento del orden público, el funcionario de esa unidad de tendencia extremista, Guillermo Eugenio Smith Godoy, usó un revólver de servicio para ultimar al Comisario, mayor señor Osvaldo Mario Muñoz Carrasco y al subcomisario, capitán señor José Héctor Dávila Rodríguez, a los que sorpresivamente atacó cuando se encontraban en el interior de la oficina del último de los nombrados. Ambos oficiales eran casados, tenían dos hijos cada uno y figuraban en lista número uno de mérito.

Juzgado por los tribunales militares en tiempo de guerra, el criminal confeso de su delito fue fusilado hoy 12 de septiembre”.

Quien no pudo soportar la noticia fue su hermano Eric. Las pesadas paredes de cemento de los colectivos temblaban cada vez que golpeaba con rabia y dolor las murallas.

-¡¿Por qué el Willy no pensó!? -gritó llorando Eric.

Mientras tanto, Roxana y Eric salieron a buscar el cuerpo de Guillermo a la morgue. Tuvieron suerte, porque los cadáveres de los fusilados no se entregaban a sus familiares, sino que terminaban en una fosa común. Ahí vieron las marcas del dolor de las últimas horas del carabinero. Sus manos y pies sin uñas, moretones por las golpizas en el cuerpo, y un boquerón en la espalda hecho a punta de balazos.

Un último adiós

Los hermanos Schmidt
Los hermanos Schmidt

Al regresar a la casa a velarlo, había un desastre. Eric en su rabia había destrozado los artefactos de la casa, desenfrenado por el dolor de saber que nunca más iba a compartir con su querido hermano.

Pusieron el ataúd en el medio del departamento para que lo visitasen las pocas personas que se atrevieron a velar a Guillermo. Georgina notó que desde las afueras, muchos carabineros miraban hacia el departamento. Tapizó las ventanas con frazadas para que no vieran lo que sucedía al interior.

Esa noche, llegó una patrulla militar al primer piso del colectivo Bolivia. Venían a llevarse a Guillermo. Sin embargo, varios de sus ex compañeros carabineros apostados en el colectivo Argentina lanzaban balas al aire para despistar a la patrulla, y evitar que nuevamente Georgina perdiera a su hijo.

Al día siguiente, cuando la carroza fúnebre llevaba el cuerpo de Guillermo rumbo al cementerio, un círculo de carabineros miraba sigiloso en la esquina de la comisaría. Hicieron detener el carro. Georgina estaba aterrorizada.

-Mire, -dijo el oficial- haya pasado lo que haya pasado, Schmidt fue un buen compañero, así que aquí el que caga, caga.

A medida que el carro iba avanzando, sus ex compañeros le presentaron armas y luego volvieron a la comisaría, asustados, pero con el deber cumplido de haber rendido un último homenaje a Guillermo. Lo sepultaron en el cementerio General.

-Pensar que  mucha gente que todavía no saben dónde está su familia.  Yo lo enterré y yo tengo donde ir a dejarle flores y hay otras personas que todavía esperan, no saben dónde están- piensa resignada Georgina.

La vida tras la muerte

La vida no volvió a ser normal en la familia Schmidt Godoy. En octubre tomaron detenida a Georgina, que pasó meses recluida como prisionera política. Un pacto de silencio implícito rodeó a la familia de Guillermo, y ya no se volvió a repetir el tema. De hecho, a los niños se les dijo que su padre había muerto del corazón. Un día, cuando en el curso de Johan debieron poner los datos de su familia en octavo básico, su profesora escribió en un apartado: Padre fusilado. Hasta esa accidental anotación, Johan no sabía nada. Al pasar los años, junto a su hermano se fueron a vivir a Australia, y no tocan el tema hasta el día de hoy.

De la esposa, Roxana, no se sabe nada. A mediados de 1979 varios testimonios coinciden en que las necesidades que sufrió luego de la muerte de Guillermo la obligaron a trabajar de prostituta en el centro de la ciudad. Después se le pierde el rastro.

Para su ex camarada del MIR, Óscar González Mena, antes que un Carabinero mirista, Guillermo Schmidt era por sobre todo un defensor de la Constitución.

– Los miristas siempre vamos a reconocer que Guillermo Schmidt más que mirista era Constitucionalista, porque podríamos decir que era mirista, pero no, él era un profesional que había jurado defender la constitución de su país. Ahora que él haya participado con nosotros encantado y feliz. Para nosotros Guillermo Schmidt es un héroe.

La carta

Georgina decidió vivir una nueva vida. Se volvió a casar en 1976 y hoy guarda entre sus miles de recuerdos, una foto de su hijo. Plastificada, y aún con la tinta corrida, está la carta que le dejó Willy.

“10:20 12-9-73

Mamá cuida mucho a tus nietos no te olvides nunca de mí, a pesar de que he muerto tan joven. Júntate por favor con papá, que después de esta vida no hay otra. Dale un beso al Eric, mi hermano querido.

Te quiere Willy”.

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(*) Corresponsales “El Mortero”
Fuente: http://www.elnortero.cl/noticia/politica/guillermo-schmidt-el-carabinero-del-mir-parte-1
11 de Septiembre, 2014.

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