Chile golpista. Pugna entre sediciosos: el asesinato del general Bonilla.

La muerte del padre: hijo del general Óscar Bonilla lleva el caso a la justicia La niebla era espesa cuando pasadas las 11 horas del 3 de marzo de 1975 el helicóptero UH 182, de fabricación estadounidense, se estrelló contra un bosque en el fundo Santa Lucía, en Romeral, Curicó: el aparato perdió altura, el aspa cercenó la copa de un par de árboles, y el engranaje de metal, dando tumbos, se precipitó a tierra y estalló.El mecánico Alfonso Carvajal Guerra, un joven que ejercía desde hacía poco en su profesión, salió de entre las llamas y, semiinconsciente, observó cómo campesinos del sector intentaban apagar con tierra una de sus piernas que se estaba quemando y pudo ver de reojo el cuerpo del ministro de Defensa de la Junta Militar, el general Óscar Bonilla Bradanovic (57). El viaje marcaba el fin de las vacaciones que el amigo íntimo del general Augusto Pinochet Ugarte había tomado en la Región del Maule junto a su esposa, Mery Menchaca. Estaba convaleciente de una operación en la columna y los días en la zona central, en la casa de amigos, habían sido recomendados por su médico tratante. “Ay, Mery, por Dios, no vaya a terminar en tragedia este verano tan alegre”, dijo, según testigos, la mañana en que iba a morir.

En horas, él y otros seis ocupantes de la nave, dos pilotos y cuatro civiles -tres de ellos menores de edad- estaban acechados por las llamas. La mayoría de los tripulantes terminó calcinado.

El vuelo fallido había durado apenas cinco minutos. El fundo El Calabozo, desde donde se realizó el despegue rumbo a Santiago, está a cuatro kilómetros del sitio del accidente.

O del atentado.

El helicóptero quedó completamente destruido. A minutos de despegar, se estrelló en el fundo Santa Lucía.
© Proporcionado por Copesa S.A. El helicóptero quedó completamente destruido. A minutos de despegar, se estrelló en el fundo Santa Lucía.

Óscar Bonilla Bradanovic era partidario del golpe de Estado mucho antes del 11 de septiembre de 1973. Previo a que Pinochet -a quien conocía desde la época en que ambos eran cadetes- se sumara al plan para derrocar al gobierno del Presidente Salvador Allende, se sabía que él era uno de los nombres que, con seguridad, estaba dispuesto a tomar las armas.

Esa certeza le permitió ocupar, en los primeros meses tras el golpe de Estado, el Ministerio de Interior. Pero la suerte se torció rápido para el exedecán del mandatario Eduardo Frei Montalva y fue sacado en julio de 1974 de la primera línea y enviado a Defensa.

Información desclasificada en Estados Unidos a través de la Freedom of Information Act (FOIA) retrata que el general Bonilla intervenía en temas complejos. En la sentencia por los crímenes de los ciudadanos estadounidenses Edmund Horman Lazar y de Frank Randall Teruggi, en septiembre de 1973 -ambos prisioneros en el Estadio Nacional- se detalla que Bonilla ordenó a su secretario concurrir en cuatro oportunidades al Instituto Médico Legal con la orden de dar con el paradero de las personas desaparecidas cuando la política de Estado era completamente opuesta a esos esfuerzos. Medios internacionales, como The New York Times, lo definían como “el líder de los liberales al interior de la Junta Militar” y tenía llegada con los grupos vulnerables. Culto y con carisma, su nombre se extendía como una sombra sobre Pinochet.

Su hijo, Eduardo Bonilla Menchaca (66), hoy diplomático retirado y en ese entonces un veinteañero, recuerda un episodio puntual en que su padre se convirtió en una figura incómoda para el régimen. Se cruzó en 1974 con quien se transformó en el jefe de la represión: el entonces coronel Manuel Contreras Sepúlveda.

– Hubo una época en que abogados prominentes de derechos humanos fueron a visitar a mi padre y le dijeron que había torturas, desapariciones. Mi padre les dijo que se fueran, porque eso no podía ser cierto en una institución como el Ejército. Pero había también personas que le iban a tocar el timbre a mi madre para denunciar cosas. Ella tomaba nota y le contaba a él. Hasta que un día el cardenal (Raúl Silva Henríquez) llama a mi padre y le dice que vaya a la Escuela de Ingenieros de Tejas Verdes sin contarle a nadie. Mi padre eso hizo. Tomó un helicóptero y ordenó aterrizar en Tejas Verdes. Le pidió al coronel Contreras revisar todas las dependencias. Él le dijo que no era necesario, pero mi papá le señaló que quería ver todo. Mi padre vio entonces prisioneros en muy malas condiciones y ordenó que el coronel Contreras quedara bajo arresto y le dijo al segundo ahí que asumiera el mando. A la semana, Contreras quedó en libertad y fue trasladado a Santiago a cargo de la Dina. Yo creo que mi padre ahí firmó su sentencia de muerte.

Eduardo Bonilla presentará en las próximas semanas, a través del abogado penalista Luis Hermosilla Osorio, una querella que busca aclarar las circunstancias en que falleció su padre.

-Hay personas que dicen que fue un accidente; otros tienen grandes dudas y hay quienes están seguros de que fue un atentado. Yo quiero la verdad-, relata Bonilla.

Eduardo Bonilla Menchaca prepara una querella para esclarecer las circunstancias en que murió su padre.
© Proporcionado por Copesa S.A. Eduardo Bonilla Menchaca prepara una querella para esclarecer las circunstancias en que murió su padre.

“Accidente N° 10 del 3 de marzo de 1975”. Requerida a través de la Ley de Transparencia, la Fuerza Aérea de Chile remitió un reporte de una página en que se establece cómo quedó en los archivos oficiales consignada la caída en que murió el general Bonilla.

“A las 13 horas se recibe un llamado de Curicó informando que el helicóptero UH-182 se había precipitado en el fundo Santa Lucía, Guaico Tres, Sector Romeral, pereciendo el ministro de Defensa Nacional, señor Óscar Bonilla; el piloto, mayor señor Roberto Valladares; el copiloto, capitán señor Camilo Vicencio, la señora María Ortúzar, el señor Mario Rodríguez Ortúzar, el señor Gerardo Rozas Ortúzar y la señorita Angélica Rodríguez, resultando el mecánico herido grave. El rescate de las víctimas fue efectuado por personal del Regimiento de Curicó. Personas rescatadas muertas: siete. Vivas: una”.

Este documento se suma a otro que había sido negado por décadas a los familiares de las víctimas: el sumario administrativo realizado por el Ejército sobre el asunto, en que se precisa, entre otras cosas, que el aparato quedó “100% destruido”.

“Las palas se encuentran despedazadas desde la punta a la raíz sin desprendimiento de los puntos de arranque”; “una porción de la pala alcanzó una distancia de 100 metros por la fuerza del impacto”; “cabina de pilotos y pasajeros destruida totalmente por el impacto y por el fuego. Instrumentos dañados y destruidos”; “no se encontró una falla mecánica que pudiera haber ocasionado la caída”, son parte de las expresiones del texto.

La conclusión de la indagatoria de un mes resume la verdad oficial que se ha contado por años: se trata de un accidente que “es imputable al piloto, mayor Roberto Valladares de Rurange, y al copiloto, capitán Danilo Vicencio Ponce, ya que existió falla humana derivada de imprudencia, aun cuando ambos pilotos habían aprobado el curso de vuelo instrumental y tenían conocimiento del vuelo bajo condiciones meteorológicas adversas”.

El archivo, no obstante, recoge también la versión de testigos -campesinos, carabineros de la zona- que coinciden en que previo al desplome hubo “ruidos extraños, como explosiones del motor, para luego sentir un ruido mucho más fuerte, sin saber con seguridad si había sido en el aire o en la tierra”. Los entrevistados de la época describen “una aceleración fuerte”, “ruidos extraños, como si hubiera fallado el motor”, “como que el motor se paraba” y la presencia de un vehículo negro de un desconocido en la zona, desde donde alguien entregó la noticia mientras se alejaba del lugar del impacto: “Se cayó el helicóptero. Están todos muertos”.

Bonilla afirma que lleva décadas de dudas e indagatorias y que hoy, recién jubilado, puede buscar sin presiones saber qué pasó.

El hombre es alto y delgado. Físicamente se parece a su padre: es posible, por ejemplo, reconocerlo en un café habiendo solo visto fotografías del general Bonilla. No es nuevo, asegura, el comentario. Hace unos años, la actriz Gloria Laso, tras la exposición de una película, caminó decidida a abrazarlo. “Su papá me salvó la vida”, le dijo. No habían sido presentados.

Esas historias, cuenta, tampoco le sorprenden: varias veces le han dicho que el general Bonilla intervino para liberar a conocidos que estaban recluidos y que esas gestiones fueron decisivas. Esta información, más otros comentarios que recibió desde el Ejército, han provocado que por años viva dudando. En 1996 dio una entrevista a la revista Qué Pasa en que hizo públicas sus aprensiones, pero no pudo hacer más: él era diplomático y Pinochet, comandante en jefe del Ejército. El general reaccionó con fuerza en esa época. Adujo que lo de Bonilla estaba “terminado” y que había sido un accidente. En la misma rueda de prensa, se refirió al crimen del general Carlos Prats, pero negó la participación del Ejército: “Tenía muchos enemigos”, sostuvo.

-Yo empecé a dudar, porque quería asegurarme de que había sido un accidente. Tenía amistades en el Ejército que me iban abriendo los ojos. Un general me comentó que había restos de explosivos en el helicóptero. No estoy seguro, porque no he podido probarlo, pero de acuerdo a la información que recogí por ahí, se había puesto una bomba en el helicóptero. Y había otros hechos: pasando muy poco tiempo después de esto, unos técnicos fueron enviados a hacer un peritaje sobre lo que había pasado. Mientras estaban en eso, el comando de aviación del Ejército, que estaba en Tobalaba, les pidió a estos técnicos que ya que estaban acá les hicieran una reinstrucción a los pilotos. En esa reinstrucción se cayó ese helicóptero.

Los funerales del general Bonilla fueron multitudinarios.
© Proporcionado por Copesa S.A. Los funerales del general Bonilla fueron multitudinarios.

“A los tres minutos aproximadamente de iniciado el vuelo e indicando el altímetro dos mil pies se dio cuenta de que la aeronave tomaba un bamboleo de costado junto con vibraciones fuertes y extrañas”. Han pasado 44 años y por vez primera las declaraciones de Alfonso Carvajal Guerra, el mecánico que sobrevivió a la caída del helicóptero, se hacen públicas. Ese es el extracto de uno de los testimonios que entregó a los sumariantes. El otro está perdido: no figura en el expediente.

Hoy, el hombre tiene 66 años, vive en Villa Alemana y maneja colectivos. En sus piernas guarda los rastros del día en que pudo haber muerto: injertos que lo dejan vulnerable a cualquier lesión. Hace poco, cuenta un lunes de agosto, se enterró un fierro en la rodilla izquierda y la herida no le ha dado descanso: se abre, se infecta, lo mantiene alerta.

-¿Vibraciones extrañas? Sáquele lo de extraño. Yo revisé el helicóptero antes de salir y después ya en terreno. No hay intervención de terceros, fue falla de los pilotos-, plantea hoy convencido de la “falla humana”.

“El general les preguntó a los pilotos: ¿Podemos despegar con este tiempo? Hay poca visibilidad. Y los pilotos, no sé si por congraciarse con el general, le dijeron: ‘No hay problema, podemos despegar’. Así lo hicimos, pusieron en marcha el helicóptero, despegaron, con cero visibilidad. Le dieron altura sin velocidad y eso es fatal para la aviación. Y como no pudimos romper la capa hacia arriba, buscamos romperla hacia abajo y al bajar nos vimos volando sobre un bosque alto. Y ahí empezamos a romper árboles con el rotor hasta que el helicóptero se desintegró. Yo abrí la puerta y traté de tirarme, porque ya sabía que nos íbamos a caer con tanto golpe. Y en vez de tirarme, me agarré. Perdí el conocimiento y no sentí el golpe. Estando en tierra, sentí a gente trabajando en el sector. Ellos me ayudaron a sacarme el casco, les pedí agua y cuando me levanté tenía toda mi pierna quemada”, narra sin titubear.

Carvajal comenta que lleva demasiados años contando la misma historia a sus colegas de aviación -siguió en el Ejército hasta que obtuvo en 1985 la baja por “inutilidad”- y que en sus palabras no hay imprecisiones, porque caer en un helicóptero no es algo que se pueda olvidar fácil.

-Sentía a lo lejos que decían: este gallo debe estar todo quebrado. Me dieron los primeros auxilios en Curicó y luego me trasladaron a Santiago, al Hospital de la Fach. Iba una lolita y dos lolos y una abuelita, que era mamá de la dueña del fundo. Los jóvenes se abrazaron cuando el helicóptero daba botes y la señora que estaba delante mío venía rezando. Los pilotos peleaban por los mandos tratando de salvar la situación. Habían ido a Estados Unidos y habían retornado hacía poco del curso. A lo mejor ahí faltó experiencia.

Valladares de Rurange tenía 663 horas de vuelo instrumentales y 267 específicamente en helicóptero, y su copiloto, Vicencio Ponce, 234 horas .

Alfonso Carvajal sobrevivió a la caída. Sostiene que fue un accidente.
© Proporcionado por Copesa S.A. Alfonso Carvajal sobrevivió a la caída. Sostiene que fue un accidente.

-Tengo una imagen muy grabada, avanzada ya la tarde. Mi hermana mayor, que había tenido a su hija hacía un mes, llegó desde Santiago. Entregó la guagua y se derrumbó llorando. Fue una noticia muy terrible: era nuestra hermana (Angélica); un primo hermano, que era como hermano nuestro; otro primo en segundo grado, la abuela. Era una tragedia familiar que cayó como una bomba.

La periodista Pilar Rodríguez Birrel (54) habla de los otros, el grupo que quedó registrado en los diarios de la época como “los civiles”. Frente a la noticia de la muerte del primer ministro del Interior del régimen, los demás eran eso: un número sin rostro.

Para quienes los aman, el tema tiene otras resonancias.

Angélica, la hermana de Pilar, tenía 15 años y ocupó ese lunes 3 de marzo el puesto que debía tomar en el helicóptero una de sus otras hermanas, Magdalena. Murió calcinada.

Magdalena Rodríguez (62) lo recuerda así:

-Me vine a Santiago ese día, por distintas razones, en un maldito tren. El tío Óscar fue muy temprano a llamar por teléfono a nuestra casa. Tengo grabado que el día estaba muy cubierto y él quería saber si venían o no venían estos pilotos, y le dice a la tía Mery: Ay, Mery, por Dios, no vaya a terminar en tragedia este verano tan alegre. Porque él no insistía, ya que estaba muy cubierto. Desde Tobalaba le dijeron que estuviera tranquilo, porque iban los dos pilotos más experimentados: Roberto Valladares de Rurange y Danilo Vicencio.

Era, describen las hermanas Rodríguez Birrel, el final de un buen verano. Angélica estaba emocionada de montarse en el helicóptero y era un ambiente seguro: el general Bonilla era amigo de la familia, viajaba con su abuela, María Ortúzar Riesco, una dama de la época, y sus primos Mauricio Rodríguez Aránguiz y Gerardo Rozas Ortúzar.

Manuel Rozas, hermano de Gerardo, detalla que el adolescente, con quien compartía dormitorio, era su ídolo: “Un gallo con un alma campesina, probablemente iba a ser ingeniero agrónomo, de mucha simpleza, sin un carácter complicado, como la tabla del 1 de fácil. Esto fue tremendo, tremendo. Y nosotros éramos de una generación donde los sentimientos no se mostraban mucho y, en ese sentido, cómo nos pegó, cada uno lo sabe, pero poco lo hemos comentado entre todos”.

Los familiares de Mauricio Rodríguez no hablan del asunto. El duelo, dicen cercanos, nunca ha cerrado.

Pilar cree que, tal vez, la verdad pueda reparar esa deuda:

-Me parece que siempre es importante investigar, aunque no se concluya una verdad establecida, siempre es importante recoger todas las versiones y terminar con los rumores. Cuando hay militares involucrados es muy importante el contexto en que se hacen estas investigaciones, y no es lo mismo investigar hoy, año 2019, a investigar el 75 o estando vivos Pinochet y Contreras, porque eventualmente se podría involucrar a agentes del Estado. A veces no se logra certeza jurídica, pero sí presunciones fundadas. La verdad es bien reparadora, siento yo.

“¿Qué clase de hijo sería si tengo esta duda tan grande y me muero sin intentar averiguar si a mi padre lo mataron? Tal vez no logre saberlo, pero al menos lo estoy intentando”, reflexiona Eduardo Bonilla Menchaca, sabiendo que su búsqueda tiene, puertas adentro, más de un detractor. De partida, su hermano Óscar, piloto que cree que la caída fue un accidente y no hay más que hurgar. Su madre, Mery, que se consoló al alero del mundo militar. Pinochet, revela la prensa de la época, encabezó los funerales masivos y le escribió una carta a la viuda en que recalcaba que con Bonilla “estábamos unidos en vieja amistad”. En El Mercurio una nota se tituló “Lágrimas viriles en el cementerio”: “El Presidente de la República, Augusto Pinochet Ugarte, no pudo evitar una viril lágrima de pesar en la despedida”, consignó ese escrito.

-Su papá era amigo íntimo de Pinochet, pero si hubo un atentado de la magnitud que usted sospecha, es inverosímil que él no hubiera sabido, algo a lo que usted se ha resistido a creer en estos años.

-Esa misma pregunta yo me la he hecho muchas veces. Todos sabemos que se decía que Pinochet sabía exactamente todo lo que pasaba en Chile. Eso quiere decir que él sabía si hubiese habido un atentado. Te mentiría si te digo que estoy convencido de que él sabía. Lo que sí, ellos se conocían desde cadetes, toda una vida. Sería más lamentable aún poder comprobar que él sí lo sabía. Yo en esos años quedé muy traumatizado, hubo una época en que ni siquiera me salía la voz. Quedé muy aplastado, pero quiero la verdad. Son de esas heridas que no cierran nunca.

Augusto Pinochet era amigo íntimo de Bonilla. Se conocían desde su época de cadetes.
© Proporcionado por Copesa S.A. Augusto Pinochet era amigo íntimo de Bonilla. Se conocían desde su época de cadetes.

 

Fuente: https://www.latercera.com/nacional/noticia/la-muerte-del-padre-hijo-del-general-oscar-bonilla-lleva-caso-la-justicia/795420/

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