Crisis mundial: las variadas siluetas del fascismo y la vacuidad de la izquierda. Parte I.

Fascismo, fascistización, antifascismo. Parte I.

La cuestión del fascismo está de vuelta en todo el mundo, desde Estados Unidos hasta Brasil, pasando por India, Italia y Hungría. Ugo Palheta, autor de La possibilité du fascisme (La Découverte, 2018), propone en este artículo algunos elementos para reflexionar sobre el fascismo de ayer y hoy, sobre los procesos de fascistización y sobre la necesidad del antifascismo (Revista Contretemps).

Del fascismo

El fascismo puede ser definido en términos clásicos a la vez como una ideología, como un movimiento y como un régimen.

Designa en primer lugar un proyecto político de «regeneración» de una comunidad imaginaria –en general, la nación [1]– que supone una amplia operación de purificación o, dicho de otra forma, la destrucción de todo lo que, desde el punto de vista fascista, representa un obstáculo una homogeneidad fantaseada y una traba a su quimérica unidad, es decir, todo aquello que aleja a la comunidad de su esencia imaginaria y disuelve su identidad profunda.

En tanto movimiento, el fascismo se desarrolla y gana una gran audiencia presentándose como una fuerza capaz de desafiar al «sistema» reestableciendo al mismo tiempo «la ley y el orden». Es esta faceta profundamente contradictoria de revuelta reaccionaria, mezcla explosiva de falsa subversión y de ultraconservadurismo, la que le permite seducir a franjas sociales cuyas aspiraciones e intereses son esencialmente antagonistas.

Cuando el fascismo llega a conquistar el poder y a convertirse en un régimen (o, más precisamente, en un estado de excepción), tiende siempre a perpetuar el orden social independientemente de sus pretensiones «antisistema» que, algunas veces, llegan a presentarse como «revolucionarias».

Esta definición permite establecer una continuidad entre el fascismo histórico, el del período de entreguerras, y el que denominaremos aquí neofascismo, es decir, el fascismo de nuestro tiempo. Como veremos más adelante, afirmar una continuidad de este tipo no implica permanecer en la ceguera frente a las diferencias de contextos.

Crisis de hegemonía (1)

Si bien su ascenso supone como trasfondo la crisis estructural del capitalismo, la inestabilidad económica, la frustración de las aspiraciones populares, la profundización de los antagonismos sociales (de clase, de raza y de género) y el pánico identitario, el fascismo está en el orden del día solo cuando la crisis política alcanza un nivel de intensidad tal que deviene insuperable en el marco de las formas de dominación política establecidas o, dicho de otra forma, cuando la clase dominante no logra garantizar la estabilidad del orden social y político por los medios corrientes asociados a la democracia liberal o mediante la mera renovación de su personal político.

Se trata entonces de lo que Gramsci denominaba crisis de hegemonía (o «crisis orgánica»), cuyo componente central es la incapacidad creciente de la burguesía para imponer su dominación política mediante la fabricación de un consenso mayoritario de forma adecuada, es decir, sin apelar a un aumento considerable de los niveles de coerción física. En la medida en la que el elemento fundamental que caracteriza esta crisis no es un ascenso impetuoso de las luchas populares, ni mucho menos una sublevación capaz de crear fisuras profundas al interior del Estado capitalista, este tipo de crisis política no se deja caracterizar como crisis revolucionaria, aun si la crisis de hegemonía puede, bajo ciertas condiciones, desembocar en una situación de tipo revolucionario o prerrevolucionario.

La incapacidad proviene especialmente del debilitamiento de los vínculos entre representantes y representados o, más precisamente, de las mediaciones entre el poder político y la ciudadanía. En el caso del neofascismo este debilitamiento se traduce por la pérdida de fuerza de las organizaciones de masas tradicionales (partidos políticos, sindicatos, asociaciones), sin las cuales la sociedad civil se convierte en una consigna electoral (pensemos en las famosas «personalidades surgidas de la sociedad civil»), favorece la atomización de los individuos y los condena a la impotencia, dejándolos expuestos a nuevos afectos políticos, nuevas formas de reclutamiento y nuevos modos de acción. Sin embargo, este debilitamiento, que hace que la formación de milicias de masas sea prácticamente superflua para el neofascismo, es el producto mismo de las políticas burguesas y de la crisis social que no pueden evitar engendrar.

Crisis de hegemonía (2)

En el caso del fascismo de nuestro tiempo (neofascismo), es evidente que se trata de los efectos acumulados de las políticas desplegadas desde los años 1980 en el marco del «neoliberalismo», respuesta de las burguesías occidentales al ascenso revolucionario de 1968 que –con ritmos desiguales según los distintos países– llevó a formas más o menos agudas de crisis política (tasas de abstención crecientes, desmoronamiento progresivo o colapso brutal de los partidos de poder, etc.), creando las condiciones para una dinámica fascista.

Al lanzar una ofensiva contra el movimiento obrero organizado, al quebrantar metódicamente todos los fundamentos del «compromiso social» de la posguerra, que dependía de una determinada relación entre las clases (una burguesía relativamente debilitada y una clase obrera organizada y movilizada), la clase dominante se volvió progresivamente incapaz de edificar un bloque social heterogéneo y hegemónico. A esto debe agregarse la fuerte inestabilidad de la economía mundial y las dificultades que encontraron las economías nacionales, todo lo cual debilitó de forma profunda y duradera el crédito que las poblaciones le daban a las clases dirigentes y la confianza que tenían en el sistema económico.

Crisis de hegemonía (3)

En la medida en que la ofensiva neoliberal obstaculizó cada vez más la movilización en los lugares de trabajo –especialmente bajo la forma de la huelga–, debilitando a los sindicatos e incrementando la precariedad, la frustración tiende a expresarse cada vez más en otros lugares y de otras formas:

– en la abstención electoral, que es cada vez mayor (aun si se reduce excepcionalmente, cuando tal o cual elección resulta estar más polarizada) y que en la actualidad alcanza niveles históricamente inéditos;

– en la caída –progresiva o brutal– de una parte importante de los partidos institucionales dominantes (o la aparición en su interior de movimientos y de figuras nuevas, como el Tea Party y Trump en el caso del Partido Republicano de los Estados Unidos);

– en la emergencia de nuevos movimientos políticos o el ascenso de fuerzas que antes eran marginales;

– en la eclosión de movimientos sociales que se desarrollan más allá de los marcos tradicionales, es decir, que se desarrollan especialmente fuera del movimiento obrero organizado (lo que no quiere decir que no tengan ningún vínculo con la izquierda política o con los sindicatos).

En algunos contextos, el neofascismo es capaz de insertarse en movimientos sociales amplios (Brasil) o de producir por sí mismo movilizaciones de masas (India). También consigue que sus ideas penetren en algunas franjas de esos movimientos. Sin embargo, esto en general no es suficiente para que las organizaciones neofascistas se transformen en movimientos militantes de masas, al menos en esa fase, y las luchas extraparlamentarias siguen mostrando una tendencia que las acerca más a las ideas de emancipación social y política (anticapitalismo, antirracismo, feminismo, etc.) que al neofascismo. Aunque carezcan de cohesión estratégica y de un horizonte político común, y hasta de reivindicaciones homogéneas, estas luchas apuntan generalmente a la ruptura del orden social y le dan una existencia concreta a la posibilidad de una bifurcación emancipatoria.

En cualquier caso, el orden político se encuentra profundamente desestabilizado. No obstante, es evidente que este tipo de situaciones posibilita la aparición de movimientos fascistas –entre diferentes grupos sociales y por motivos contradictorios– a la vez como una respuesta fundamentalmente electoral (al menos en ese estadio) al declive de la capacidad económica de las clases dominantes y como una alternativa al juego político tradicional.

Crisis de alternativa

En contra de lo que sostiene una concepción heredada (al menos en un parte de la izquierda), el fascismo no es solo una respuesta desesperada de la burguesía frente a una amenaza revolucionaria inminente, sino la expresión de una crisis de alternativa al orden existente y del fracaso de las fuerzas contrahegemónicas. Si es verdad que el fascismo suscita el temor (real o imaginario) de la izquierda y de los movimientos sociales, es en realidad la incapacidad de la clase explotada (el proletariado) y de los grupos oprimidos para constituirse en tanto sujeto político revolucionario, y para comprometerse en una experiencia de transformación social (aunque sea limitada), lo que permite que la derecha se presente como una alternativa política y gane la adhesión de grupos sociales muy diversos.

En la situación actual, de la misma forma que durante el período de entreguerras, enfrentar la amenaza fascista supone no solamente desplegar luchas defensivas contra el endurecimiento autoritario, las políticas en contra de la inmigración, el desarrollo de las ideas racistas, etc., sino también (y sobre todo) que las franjas subalternas de la población –explotadas y oprimidas– logren unificarse políticamente alrededor de un proyecto de ruptura con el orden social y aprovechar la oportunidad que constituye la crisis de hegemonía.

Los dos momentos de la dinámica fascista

En la primera fase de acumulación de fuerzas, el fascismo intenta darle un tono subversivo a su propaganda y presentarse como una revuelta contra el orden existente. Procede a impugnar a la vez a los representantes políticos tradicionales de las clases dominantes (las derechas) y de las clases dominadas (las izquierdas), a los que responsabiliza por contribuir a la desintegración demográfica y cultural de la «nación» (concebida de manera fantasmagórica como una esencia más o menos inmutable): los primeros favorecerían la «globalización por arriba» (para retomar las palabras de Marine Le Pen), la de las finanzas «cosmopolitas» o «apátridas» (con todos los rastros antisemitas que conllevan inevitablemente estas expresiones), mientras que los segundos alimentarían las perspectivas de una «globalización por abajo», la de las personas migrantes y las minorías raciales (y con esto toda la paleta de xenofobia tradicional inherente a la extrema derecha).

Al hacer de la «nación» la solución frente a todos los desafíos –crisis económica, desempleo, «inseguridad», etc.–, invariablemente atribuidos a lo que se considera como extranjero (en particular, todo lo que tiene que ver, de una u otra forma, con la inmigración), el fascismo pretende erigirse en una fuerza «antisistema» y constituir una «tercera vía»: ni derecha ni izquierda, ni capitalismo ni socialismo. La bancarrota de la derecha y las traiciones de la izquierda le dan crédito al ideal fascista de una disolución de las divisiones políticas y de los antagonismos sociales en una «nación» por fin «regenerada» gracias a su homogeneidad política (que depende, en realidad, del fascismo), unánime ideológicamente (es decir, privada de todo medio de expresar públicamente cualquier forma de desacuerdo) y «purificada» etnorracialmente (es decir, desembarazada de los grupos considerados intrínsecamente «alógenos», «inasimilables», «inferiores» y «peligrosos».

Pero, en un segundo tiempo, una vez que pasa lo que podría denominarse el momento «plebeyo» o «antiburgués» (rasgo al cual el fascismo no renuncia nunca del todo, al menos en el discurso, y esta es una de sus particularidades), los dirigentes fascistas aspiran a establecer una alianza con los representantes de la burguesía –generalmente por mediación de partidos o dirigentes políticos burgueses– para concretar su acceso al poder, utilizar el Estado en beneficio propio (principalmente con fines políticos, aunque también de enriquecimiento personal, como han mostrado todas las experiencias fascistas y como lo ilustran regularmente las condenas judiciales a los representantes de la extrema derecha por desviación de fondos públicos), prometiéndole al capital la destrucción de cualquier oposición. Nada queda de las pretensiones iniciales de una «tercera vía». El fascismo no propone más que hacer funcionar al capitalismo bajo el régimen de la tiranía.

Fascismo y crisis de las relaciones de opresión

La crisis del orden se social se presenta entonces como una crisis de las relaciones de opresión, dimensión especialmente aguda en el caso del fascismo contemporáneo (neofascismo). La perpetuación de la dominación blanca y de la opresión de las mujeres y de las minorías de género se desestabiliza, hasta el punto de ponerse en peligro su continuidad, por el ascenso a escala mundial (aunque muy desigual en cada país) de los movimientos antirracistas, feministas y LGTBIQ. Al organizarse colectivamente, al rebelarse respectivamente contra el orden racista y heteropatriarcal, al hablar con su propia voz, las personas no blancas, las mujeres y las minorías de género se constituyen cada día más en sujetos políticos autónomos (lo cual no impide que existan divisiones, especialmente cuando falta una fuerza política capaz de unir a los grupos subalternos).

Este proceso no puede dejar de suscitar, como reacción, las radicalizaciones racistas y masculinistas, que se despliegan de formas y en direcciones distintas aunque encuentran su plena coherencia política en el proyecto fascista. En efecto, este articula la representación delirante de un proceso de inversión, inconcluso o terminado, de las relaciones de dominación (con sus diversas mitologías, que constituyen la «dominación judía», el «gran reemplazo», la «colonización al revés», el «racismo antiblanco», la «feminización de la sociedad», etc.) y de la voluntad fanática que los grupos opresores tienen de mantener su dominación, cueste lo que cueste.

Si bien las extremas derechas se oponen en todas partes a los movimientos y a los discursos feministas, y aunque es cierto que no rompen nunca con una concepción esencialista de los roles de género, esto no quita que puedan adoptar circunstancialmente, de acuerdo a las necesidades políticas y a los contextos nacionales, una retórica de defensa de los derechos de las mujeres y de las minorías sexuales. Es como si utilizaran una sordina para mitigar algunas de sus posiciones tradicionales (prohibición del aborto, criminalización de la homosexualidad, etc.), enriqueciendo toda una gama de discursos nacionalistas que adquieren nuevas tonalidades. De esta forma, se responsabilizará a los «extranjeros» [2] por las violencias que sufren las mujeres y las personas homosexuales. El feminacionalismo y el homonacionalismo permiten así alcanzar nuevos segmentos del electorado, ganar respetabilidad política y, de paso, evitar cualquier crítica sistémica del heteropatriarcado.

Fascismo, naturaleza y crisis medioambiental

La crisis del orden existente no es simplemente económica, social y política. También se presenta, especialmente en el caso del cambio climático, como crisis medioambiental.

El neofascismo está actualmente dividido por los fenómenos mórbidos asociados al capitaloceno. Una gran parte de los movimientos, las ideologías y los dirigentes neofascistas minimizan notablemente el calentamiento global (o, en algunos casos, lo niegan lisa y llanamente), defendiendo la intensificación del extractivismo (carbofascismo). A la inversa, algunas corrientes, que podríamos calificar como ecofascistas, pretenden elaborar una respuesta a la crisis medioambiental aunque no hacen más que reavivar y maquillar como «ecología» las viejas ideologías reaccionarias del orden natural, siempre asociadas a las representaciones de los roles y las jerarquías tradicionales, especialmente las de género pero también las de comunidades orgánicas cerradas (en nombre de la «pureza de la raza» o con el pretexto de la «incompatibilidad de culturas»). También utilizan frecuentemente la urgencia del desastre para proponer soluciones ultrautoritarias (ecodictaduras) y racistas (la mayoría de las veces justificando con su neomaltusianismo el incremento de la represión hacia las personas migrantes y el impedimento casi total de las migraciones).

Si bien los segundos siguen siendo en gran medida minoritarios en relación con los primeros y no disponen de corrientes políticas de masas, sus ideas se desarrollan hasta impregnar el sentido común neofascista. En este marco emerge también una ecología identitaria y las luchas medioambientales se convierten en un terreno crucial para los antifascistas. Este clivaje remite a su vez a una tensión intrínseca al fascismo «clásico», que lo coloca entre un hipermodernismo que exalta la gran industria y la técnica como índice y palanca de la potencia nacional (económica y militar), y un antimodernismo que idealiza la tierra y la naturaleza como los lugares en los que residen los valores auténticos con los cuales la nación debería reconectarse para rencontrar su esencia.

Fascismo y orden social

Aunque el fascismo intenta presentarse como una alternativa al orden existente (y lo logra, al menos en parte), llegando a ser percibido como una «revolución» (nacional), no solo es la rueda de auxilio del estado de cosas actual, sino que es el mejor medio para suprimir cualquier oposición al capitalismo ecocida, racial y patriarcal. Para decirlo de otra forma, el fascismo es una auténtica contrarrevolución.

A menos que se tomen al pie de la letra –y, por lo tanto, se legitimen– sus pretensiones de mantenerse del lado de «los de abajo» y constituir un programa de transformación social que les sería favorable, o que se adopte una definición puramente formal/institucional del concepto de «revolución» (que se convierte simplemente en sinónimo de un cambio de régimen), el fascismo no podría ser definido de ninguna manera como «revolucionario»: toda su ideología y toda su práctica de poder tiende, por el contrario, hacia la consolidación y el reforzamiento, por medios criminales, de las relaciones de explotación y de opresión.

Es más: el proyecto fascista consiste en intensificar esas relaciones para producir un cuerpo social extremadamente jerarquizado (desde el punto de vista de la clase y del género), normalizado (desde el punto de vista de las sexualidades y de las identidades de género) y homogeneizado (desde el punto de vista étnico racial). La reclusión y los crímenes de masas (genocidio) no son solamente una consecuencia fortuita sino una potencialidad inherente al fascismo.

Fascismo y movimientos sociales

Sin embargo, el fascismo se sitúa en una relación ambivalente frente a los movimientos sociales. En la medida en que su éxito depende de su capacidad de presentarse como una fuerza «antisistema», no puede contentarse con una oposición frontal a los movimientos de protesta y a las izquierdas. De esta manera, los fascismos –«clásicos» o actuales– no cesan de tomar prestada una parte de su retórica de estos movimientos para elaborar una potente síntesis política y cultural.

Para esto, se sirven de tres tácticas principales:

– la repetición parcial de elementos del discurso crítico y programático, aunque privado de toda dimensión sistémica y de toda mira revolucionaria. Por ejemplo, no critican los fundamentos del capitalismo, es decir, la relación de explotación sobre la cual reposa (capital/trabajo), la propiedad privada de los medios de producción ni la coordinación del mercado, pero sí su carácter globalizado o financiarizado (lo cual les permite, como dijimos antes, retomar los antiguos elementos antisemitas del discurso fascista clásico, que siempre encuentra seguidores en ciertas franjas de la población). Desde este punto de vista, comprendemos que la crítica del libre mercado, e incluso el llamamiento al «proteccionismo», si no se vinculan de manera coherente con el objetivo de una ruptura con el capitalismo, tienen grandes probabilidades de fortalecer ideológicamente a la extrema derecha.

– la inversión de la retórica de las izquierdas y de los movimientos sociales para convertirla en un arma contra los «extranjeros», es decir, un arma contra las minorías raciales. Es la lógica del feminacionalismo y del homonacionalismo mencionados más arriba, pero también de la defensa «nacionalista» de la laicidad: aunque la extrema derecha se opuso a lo largo de toda su historia a los derechos de las mujeres y de la comunidad LGTBIQ o al principio de laicidad, algunas de sus corrientes pretenden ser sus mejores defensoras, lo que supone en el último caso una completa redefinición de la laicidad en un sentido agresivo para las personas musulmanas, incluyendo la discriminación (indisociablemente etnorracial y religiosa) que se esconde bajo la máscara de la defensa de los grandes principios republicanos amenazados por un supuesto «separatismo» musulmán. 

– la inversión de la crítica feminista o antirracista, que argumenta que los grupos oprimidos se convirtieron en opresores. De esta manera, vemos cómo una multitud de ideólogos reaccionarios, a escala internacional, no solo afirman que el racismo y el sexismo habrían desaparecido, sino que son las mujeres, las personas no blancas y la comunidad LGTBIQ las que ejercen en la actualidad formas de dominación sobre los hombres, los blancos y los heterosexuales, con lo cual se supone que además contradicen el orden natural de las cosas. Este tipo de discurso es el mejor medio para convocar, sin decirlo explícitamente, a una operación supremacista de «reconquista», es decir, de autoafirmación blanca o masculina.

Fascismo y democracia liberal

Los regímenes liberal y fascista no se oponen como se oponen la democracia y la dominación. En ambos casos se obtiene la sumisión del proletariado, de las mujeres y de las minorías; en ambos se despliegan y se perpetúan relaciones de explotación y de dominación superpuestas, junto a toda una serie de violencias asociadas inevitablemente y estructuralmente a esas relaciones; en ambos casos se mantiene la dictadura del capital sobre el conjunto de la sociedad. Se trata en realidad de dos formas distintas que toma la dominación política burguesa o, dicho de otra forma, de dos métodos diferentes por medio de los cuales se logra someter a los grupos subalternos y se les impide comprometerse con cualquier acción de transformación revolucionaria.

A la adopción de los métodos fascistas le precede siempre un conjunto de renuncias, por parte de la clase dominante, a algunas de las dimensiones fundamentales de la democracia liberal. Las arenas parlamentarias son cada vez más marginalizadas y evitadas, mientras el poder legislativo es acaparado por el ejecutivo y los métodos de gobierno se vuelven cada vez más autoritarios (decretos leyes, ordenanzas, etc.). Pero esta fase de transición entre democracia liberal y fascismo consiste sobre todo en la limitación creciente de las libertades de organización, de reunión y de expresión, e incluso del derecho a huelga.

De esta forma, sin grandes declaraciones se opera el endurecimiento autoritario, que hace reposar cada vez más el poder político sobre el mantenimiento y la lealtad de los aparatos represivos del Estado, entrando en una espiral antidemocrática: la vigilancia cada vez más estricta de los barrios populares y de inmigrantes; la obstaculización, la prohibición o la cruda represión de las manifestaciones; los juicios expeditivos hacia quienes protestan y el uso creciente de las penas de prisión; el despido cada vez más frecuente de los trabajadores y las trabajadoras que hacen huelga; la reducción del perímetro y de las posibilidades de acción sindical, etc.

Afirmar que la oposición entre la democracia liberal y el fascismo se produce entre dos formas políticas de la dominación burguesa, no significa en absoluto que el antifascismo, los movimientos sociales y las izquierdas deban mostrarse indiferentes al debilitamiento de las libertades públicas y de los derechos democráticos. Defender esas libertades y esos derechos, no implica promover la ilusión de un Estado o de una república concebidas como árbitros neutrales de los antagonismos sociales; es defender una de las principales conquistas de las clases populares de los siglos XIX y XX, a saber, el derecho de las personas explotadas y oprimidas a organizarse y a movilizarse para defender sus condiciones de trabajo y de existencia fundamentales. Esta es la base imprescindible para una conciencia de clase, feminista y antirracista. Pero también implica que estas deben afirmarse como una alternativa a la desdemocratización que define en términos esenciales al proyecto del neoliberalismo.

Fascismo y democracia liberal (II)

El fascismo procede específicamente mediante el aplastamiento de toda forma de desacuerdo, sea reformista o revolucionaria, radical o moderada, global o parcial. En todos los lugares en los que el fascismo deviene una práctica de poder, es decir, un régimen político, solo pasan unos años, o algunos meses, hasta que desaparece la izquierda política, el movimiento sindical o incluso las formas de organización de las minorías, es decir, toda forma estable, duradera y cristalizada de resistencia.

Allí donde el régimen liberal tiende a engañar a los grupos subalternos, cooptando a una parte de sus representantes, incorporando a algunos de sus militantes en el marco de coaliciones (como socios menores, sin voz ni voto), en negociaciones (el pretendido «diálogo social» en el cual los sindicatos o las asociaciones juegan un rol secundario), o al integrar algunas de sus reivindicaciones, el fascismo aspira a destruir toda forma de organización que sea inasimilable para el Estado fascista y a arrancar de raíz cualquier aspiración de organizarse colectivamente por fuera de los marcos organizativos fascistas o fascistizados. El fascismo se presenta en este sentido como una forma política que busca la destrucción casi completa de la capacidad de autodefensa de los grupos subalternos o su reducción a formas de resistencia moleculares, pasivas y clandestinas.

Sin embargo, hay que notar que, en esta obra de destrucción, el fascismo no puede garantizar la pasividad de una gran parte del cuerpo social exclusivamente a través de medios represivos o utilizando discursos que se enfocan en tal o cual chivo expiatorio: no puede estabilizar su dominación más que satisfaciendo realmente los intereses materiales inmediatos de ciertos grupos (trabajadores desempleados, trabajadores autónomos empobrecidos, funcionarios, etc.), o al menos aquellos que, al interior de estos grupos, son reconocidos por los fascistas como elementos «verdaderamente nacionales». En un contexto de abandono de las clases populares por parte de la izquierda, no podría subestimarse la fuerza de atracción de un discurso que promete conservar los empleos y las prestaciones sociales para estos elementos, que supuestamente son «verdaderamente nacionales» (de los cuales no puede dejar de repetirse que no son definidos por un criterio jurídico de nacionalidad sino por un criterio de origen y, por lo tanto, etnorracial).

Notas

[1] La civilización –«blanca» o «europea»– puede jugar el rol que cumplía la raza («aria» en la ideología nazi), sobre todo cuando este último referente se ha vuelto políticamente insostenible a escala masiva luego del genocidio de los judíos en Europa.

Fin Parte I. Continúa.

Fuente: https://jacobinlat.com/2021/01/14/fascismo-fascistizacion-antifascismo/

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