Lenin sin leninismo. Acción política y revolución.

De nuevo Lenin.

Resulta difícil escribir sobre Lenin, un personaje involucrado en tantos acontecimientos de enorme importancia, entre ellos tres revoluciones, y con una obra tan extensa, con una parte aún desconocida fuera de Rusia; un protagonista que tiene encima demasiadas historias, verdaderas y falsas, demasiados juicios a favor y en contra, demasiados escombros tratándolo de enterrar desde la caída del muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética. A pesar de todo, conforme pasa el tiempo, se mantiene como una figura que espera ser desentrañada en su verdadero valor y su obra sigue importunando y provocando importantes reflexiones a la luz de lo que hoy vivimos.[1]

Se trata, sin duda, de uno de los dirigentes revolucionarios más importantes del siglo XX, sobre el que se ha escrito mucho y que tanto para sus partidarios como para sus detractores resulta sinónimo de la idea de revolución que predominó el siglo pasado y que hoy se intenta hacer aparecer tan lejana como imposible; pero también de un proyecto, el comunismo, que hoy se considera derrotado. Sin duda, hay en todo eso mucho de lucha política e ideológica que es necesario desentrañar o advertir, al menos, para adentrarnos sin prejuicios en su estudio. 

No es una figura, por tanto, frente a la cual se pueda mantener una actitud neutral; por el contrario, suele desatar pasiones y controversias. Sobre todo porque, de un lado, siempre se le ha tratado de vincular a los procesos posteriores a su muerte, en particular a la dictadura estalinista, ocultando, entre otras muchas cosas, la batalla que ya enfermo intentó Lenin y que claramente lo separa del rumbo que tomaron las cosas en la entonces Unión Soviética.[2] Pero también, porque, de otro lado, se le ha sublimado, presentándolo como el jefe infalible e iluminado, al que le debe todo el comunismo del siglo XX.[3]

En particular y como pocos otros casos en la historia, sobre Lenin pesa una construcción ideológica que hace especialmente laboriosa y comprometida la tarea de escribir sobre este personaje sin caer en los lugares comunes que abundan al tratarlo. Tras las denuncias del XX Congreso del partido comunista soviético, realizado en 1956, que intentaron dejar atrás al estalinismo, en el seno de los comunistas del mundo se abrió camino, poco a poco, una postura crítica que implicó también una relectura de la obra de Lenin. En ese esfuerzo hay importantes trabajos que, durante la segunda mitad del siglo pasado, combaten, recuperando el aporte leniniano, el dogmatismo con el que se estudiaba su obra, particularmente en los partidos comunistas, los cuales fueron, ciertamente, el vehículo para que se leyera a Lenin en todo el mundo.[4]

En momentos como los actuales, en los que tras la desaparición de los países llamados del socialismo real se conoce menos a Lenin y casi no se leen sus numerosos escritos, se han producido, como hemos mencionado, algunos intentos importantes de recuperar su figura y mostrar la enorme trascendencia de su obra a la luz de los nuevos problemas y cuando se hace cada vez más urgente encontrar alternativas para superar al capitalismo. Sin embargo, se trata de un esfuerzo que, desgraciadamente, no ha tenido aún mayor continuidad.

Considerando la brevedad de este escrito, nos hemos visto en la necesidad de discriminar muchos aspectos y poner el acento sólo en algunos de los elementos que, tratando de no caer en los consabidos esquemas, resultan fundamentales para entender en nuestros días la praxis del revolucionario ruso. Algunos de los cuales, también, han sido los ejes sobre los que se ha construido un mito que trataremos de analizar y deconstruir abordando, someramente, cuatro problemáticas: por una parte la peculiaridad del marxismo de Lenin y, en particular, las diferencias entre la obra de Lenin y el llamado leninismo; la concepción acerca del partido político sobre lo que hay los mayores equívocos; el asunto de la relación entre la democracia y la revolución, hoy tan denostada; y, por último, la difícil cuestión de la construcción de un nuevo poder.

I. Lenin no es el leninismo

Quien aparece a la cabeza de un proceso sumamente complejo que conmovió al mundo entero, como escribiera el periodista estadounidense John Reed[5], no se extrañaría, seguramente, de la cantidad enorme de cosas que se han dicho de él, y menos aún con lo totalmente habituado que estaba a la polémica. Sin embargo, como hemos señalado, en mucho de lo dicho sobre Lenin hay una intencionalidad política que resultó en una edificación compleja, que aun hoy se reivindica en pequeños grupos políticos como válida pero que, en realidad, impide entender la relevancia de su obra. Esto obliga, en primer lugar, a distinguir y separar a Lenin de las construcciones políticas e ideológicas que se han hecho de él, tales como las que, destacadamente, hizo el marxismo-leninismo.

Este, que a primera vista aparece con una simple unidad de la obra de Marx con la de Lenin, es en realidad una ideología de Estado que desbordó sus fronteras, y sobre cuya historia nos detendremos brevemente.

En un momento en el que las dificultades del poder soviético obligaban, según el propio Lenin, a su reformulación democrática y a la búsqueda de nuevos caminos que permitieran sacar adelante al país, su muerte en enero de 1924, poco antes de cumplir los cincuenta y cuatro años, desata, en el grupo dirigente de los bolcheviques, fuertes divergencias que pronto adquirirán el carácter de una batalla fratricida brutal que impone la supremacía de Stalin y la reconfiguración del proyecto bolchevique.

Las discrepancias entre los dirigentes, aún en vida de Lenin, se habían expresado en varios de los complejos problemas que enfrentó el nuevo poder soviético, entre ellos, el camino de las transformaciones económicas, así como el asunto de las nacionalidades, tema que tiene, sin duda, muchas aristas y sobre el que los marxistas han debatido persistentemente.

Además, de acuerdo con el propio Lenin, la disparidad existente entre las capacidades de unos y de otros de los integrantes del grupo dirigente bolchevique, como es el caso de los más destacados como Bujarin y Piatakov, los más jóvenes; o el desprestigio que tuvieron que remontar por los errores cometidos en el momento de la insurrección Zinóviev y Kámenev, quienes eran quizá los más cercanos a Lenin; así como el control que logra Trotsky del ejército y Stalin del partido, lo que respectivamente los hace los más poderosos dentro del gobierno, pero que los atrinchera, contribuyeron a crear una situación en la que el grupo dirigente entra en rápida pugna. Pero será principalmente alrededor de estos dos últimos que adquiere feroces términos. 

En esa situación en la que ninguno, realmente, había destacado como sucesor legítimo de Lenin, todos recurrieron al artilugio de usar la autoridad intelectual del dirigente recién fallecido y buscaron presentarse como los legítimos herederos de ésta.

Mientras, un pueblo entristecido y agotado por titánicas batallas que no terminaban, se mantuvo ajeno al relevo y, a su vez, en su interminable e impresionante duelo erigió a Lenin en la mayor figura de su historia, obligando a la familia a aceptar el embalsamamiento de su cuerpo, mismo que hasta hoy se exhibe en un monumento que destaca en la plaza roja de Moscú.[6]

En un último esfuerzo, Lenin trató de combatir lo que está tras estos acontecimientos de 1924.  En la obra de sus últimos años impulsó varias reformas y dejó severas advertencias, algunas contenidas en lo que se conoce como su testamento[7], sin tener ya mucha capacidad para modificar el rumbo. En esa historia amarga tanto el cuerpo como la obra escrita de Lenin fueron utilizados en la construcción autoritaria del poder soviético encabezado por Stalin, quien supo unir la idealización del partido por él dirigido y el culto a Lenin del que proliferaron estatuas por todo el territorio de la Unión Soviética y de los países del llamado socialismo real. Todo ese proceso fue acompañado de la difusión de un estrecho cuerpo doctrinal, con el que se llevó a cabo una codificación de su obra, de acuerdo a las nuevas necesidades del poder despótico que impone el liderazgo de Stalin.[8]

En su famoso texto Fundamentos del leninismo, escrito en 1924 y después, en el no menos conocido Cuestiones del leninismo, el dirigente de origen georgiano logra construir un Lenin de valor universal gracias, principalmente, a que –según él— había rescatado el marxismo “enterrado” por la Segunda Internacional, y lo había desarrollado “bajo las nuevas condiciones del capitalismo y la lucha de clase del proletariado”. Para Stalin, Lenin “completa a Marx” con la elaboración de tres “teorías”: la del partido, la del imperialismo y la de la dictadura del proletariado,[9] con lo cual, además, conseguía en forma extremadamente hábil, enfatizar los aspectos que le resultaban de particular importancia en el nuevo proyecto de poder y lograba un estatuto teórico universal muy por encima de lo que otros intentos sistematizadores (como el de Bujarin o Zinoviev) habían hecho. 

En la versión de Stalin, las cualidades de Lenin eran resultado de un partido, por él construido, todo poderoso y conformado por  individuos “hechos de una trama especial”: ”Nosotros, los comunistas, somos hombres de un temple especial”, expresó con motivo de la muerte de Lenin.[10] Es ese doble juego –entre dirigente y organización partidista– el que Stalin supo explotar para promover su propia figura y liderazgo, de manera que, en última instancia, la obra de Lenin valía por ser expresión de la labor del partido. De esta manera, poco a poco Stalin modeló a su gusto, siempre en nombre del partido, al propio Lenin. Paralelamente, cada vez más identificada con el Estado, la organización partidista se convertía en eficaz instrumento de un nuevo poder que se alejaba del sentido transformador de la revolución y se convertía en poderosa dictadura, en primera instancia del partido único, pero, en última, en dictadura del secretario general de ese partido: Stalin.

Es esta sistematización del pensamiento y la obra del líder bolchevique, encajonada en supuestas teorías de aplicación general, la que se conoció como marxismo-leninismo y que, en momentos de máximo delirio, agregó lo de estalinismo.

En resumen, hablamos de un discurso ideológico de Estado, que utilizó tanto la obra de Marx como la de Lenin como soporte de legitimación. Lo cual se hizo en forma sumamente elaborada, que permitió que durante buena parte del siglo XX se convirtiera en la corriente dominante en el marxismo, logrando, incluso en formulaciones de corrientes adversas, introducir sólidos prejuicios que se repiten hasta nuestros días y establecer una manera general de entender a Lenin.

En contraste con esas estrechas formulaciones estalinistas, el pensamiento marxista de Vladimir Ilich resulta extraordinariamente abierto y antidogmático, y fue asunto sobre el que, ante las distorsiones ya presentes en su época, discutió expresamente:

Nuestra doctrina –dijo Engels en su nombre y en el de su ilustre amigo– no es un dogma, sino una guía para la acción. Esta tesis clásica subraya con notable vigor y fuerza de expresión un aspecto que se pierde con mucha frecuencia. Y al perderlo de vista, hacemos del marxismo algo unilateral, deforme, muerto, le arrancamos su alma viva, socavamos sus bases teóricas cardinales: la dialéctica, la doctrina del desarrollo histórico multilateral y lleno de contradicciones; quebrantamos su ligazón con las tareas prácticas determinadas de la época, que pueden cambiar con cada nuevo viraje de la historia.[11]

Ciertamente, frente a una teoría empobrecida por visiones esquemáticas y acartonadas en que la mayoría de la socialdemocracia europea la había encajonado, y frente a la falta de elaboración propia y puntual que la destina a convertirse en repetición mecánica, Lenin ubica aquello que hace frente a la monotonía positivista. La problematización puntual y rigurosa a partir del análisis de la realidad concreta representa, hasta nuestros días, una visión renovadora, que conoce desde la acción misma y produce conocimiento en la lucha por la transformación social. Como insiste, una y otra vez Lenin: 

El marxismo exige de nosotros un análisis estrictamente exacto y objetivamente verificable de la correlación de las clases y de las peculiaridades concretas de cada momento histórico.[12]

Es en la búsqueda del nudo principal de cada momento, de su aislamiento inicial para desentrañarlo y, de inmediato, conectarlo con la totalidad social, en donde reside la capacidad creativa del marxismo leniniano, que no leninista. Para el líder bolchevique, el compromiso con la transformación social hace que la obra de Marx tenga como definición central su conexión con el análisis de los procesos reales, no imaginarios, cuya cualidad es su continuo movimiento y cambio; una perspectiva que obliga a ver los procesos de la realidad en forma puntual, detallada, concreta.

A partir de esta perspectiva epistemológica, Lenin desarrolla una gran capacidad para captar el momento político y definir con toda precisión qué hacer, cómo actuar ante éste. Es, en realidad, esa capacidad la que le permite ver, donde nadie está viendo, la oportunidad revolucionaria que se presenta con la aparición inédita de los soviets en la Rusia de 1917 y sobre la que elabora una iniciativa política que sorprende incluso a sus más allegados. Lo mismo ocurre cuando se debate el tipo de organización y el programa hacia principios del siglo, momento en el que combate que se adopte acríticamente la forma de partido que prevalece en el mundo obrero europeo; o, durante el desenlace de la revolución de 1905-06, cuando está convencido de que la inestable situación impone cambiar bruscamente las formas de enfrentar, momento a momento, a la contrarrevolución, primero con las armas, después boicoteando el proceso electoral impulsado por el zar, y, finalmente, participando en una nueva convocatoria para conformar una especie de parlamento; también, desde luego, es la característica de su oposición a la guerra desatada en 1914 con la anuencia de la mayoría de los partidos obreros de Europa. Como parte de la izquierda que en Zimmerwald rompe con las posturas guerreristas de la Segunda Internacional, en aquellos duros momentos comienza a desplegarse, como poderoso desafío, el liderazgo mundial que Lenin alcanzará y que, bajo la bandera del rescate del marxismo revolucionario, lo llevará a encabezar la formación de una nueva internacional en 1919.

Para entender esa cualidad del líder bolchevique, resulta sumamente relevante el enfoque que encontramos en su obra juvenil en la que debate el sentido del trabajo de Marx, y en la que despliega la comprensión que la propia situación rusa le impone. En el célebre texto “¿Quienes son ‘Los amigos del pueblo’ y cómo luchan contra la socialdemocracia?”, escrito en 1894, Lenin sostiene que la gran magnitud del aporte de Marx se sintetiza en el concepto de formación económico social, pues éste concentra la cualidad histórica que rige a su método y la idea de que la totalidad social que estudia Marx sólo puede comprenderse como un proceso histórico natural. 

…Marx –escribe Lenin—puso fin a la concepción de la sociedad como una suma mecánica de individuos sujetos a toda clase de cambios por voluntad de las autoridades (o, lo que es lo mismo, por voluntad de la sociedad y los gobiernos), suma que se produce y cambia casualmente, y ubicó por primera vez la sociología sobre una base científica, al formular el concepto de formación económico social como conjunto de determinadas relaciones de producción, al establecer que el desarrollo de estas formaciones constituye un proceso histórico natural.[13]

Lo relevante para Lenin fue descubrir las diversas conexiones que estudia Marx entre distintos aspectos de la vida social y encontrar en ellas la repetición o regularidad que permite desentrañar la esencia de los procesos. Es la ubicación de este aporte de Marx el que le permite a Lenin una lectura compleja de la realidad rusa, como construcción histórica, en la que el análisis económico se conjuga con la lucha política. Se trata, para decirlo en palabras de E. Sereni, de la comprensión que tiene el líder bolchevique de “la unidad dialéctica entre continuidad y discontinuidad del tiempo histórico”[14], que le permite insertar la iniciativa política en el momento preciso y con el ritmo necesario, para modificar el curso de las cosas. Es esta la visión que le permite a Lenin sostener una postura revolucionaria que, además de tener fundamentos sólidos, logra eficacia política. 

II. Lenin y la organización política partidista

Si hay un tema en el que Lenin aparece como referencia obligada es el del partido revolucionario. La razón no es sólo esa visión dominante del marxismo-leninismo de la que hemos hablado más arriba, que en los tiempos de Stalin hizo una extraordinaria apología del partido como instrumento muy eficaz de dominio político, sino una experiencia que se expresó en la propia revolución rusa, pero que tenía muchos otros motivos para exaltar la organización partidaria.

En otras palabras, el partido no es una creación leniniana, como parece entenderse, ni tampoco del “partido de nuevo tipo” como solían repetir los comunistas, sino de la historia del movimiento de los trabajadores y expresión de sus grandes batallas. Historia que es necesario tener presente para entender la contribución que en este terreno aportó Lenin y valorarlo en sus justos términos. Lo abordaremos en forma extremadamente sintética.

Hay que recordar que, décadas antes de que Lenin se afiliara al partido socialdemócrata ruso, los trabajadores europeos habían iniciado la entusiasta construcción de sus agrupamientos partidistas, los cuales serían parte de las características novedosas que tendría su movimiento, el cual se destacó en efecto, por su alto grado de organización.

Hasta bien entrado el siglo xix entre los trabajadores europeos lo que existía eran organizaciones políticas “conspirativas”, que no habían roto con el prototipo dominante, a la manera del antiguo régimen, en el que la política seguía siendo asunto de unos cuantos individuos. Fue el desarrollo de este movimiento de los trabajadores –del que forman parte Carlos Marx y su colega inseparable Federico Engels– al calor de la lucha revolucionaria de 1848, el que permite la emergencia de un nuevo sujeto que disputa el espacio político en forma abierta, pública y masiva y, por tanto, que logra que ésta, la política, sea concebida como una acción de la sociedad en su conjunto. De hecho, son también los obreros los que la convierten crecientemente en un espacio que conforma colectivos organizados, que confronta las diferentes propuestas, que amplía la política a ámbitos antes ajenos.

La transformación de las organizaciones gremiales y de las amorfas corrientes políticas, al lado de las pequeñas organizaciones de conspiradores, ocurre en vísperas de la revolución europea de 1848, pero la proliferación de la forma partido, con estatutos y programas bien definidos y difundidos ampliamente, ocurre después de la Comuna de París y por la influencia de la corriente más fuerte en su seno, los blanquistas aliados a los seguidores de Marx. Fueron los comunards en el exilio los mayores impulsores de la forma política de organizarse, con lo cual, para la década de los ochenta del siglo xix ya eran una extensa red que formaría una nueva internacional.

En ese proceso el partido se desarrolló rápidamente hasta convertirse en el instrumento fundamental, que otorgaba identidad a los nuevos trabajadores industriales, el espacio de su reconocimiento, de su formación y de unidad de clase, que les permitiría una actuación sustancialmente diferente.

Pero esa historia presentó también otra faceta con la que tuvieron que lidiar estas organizaciones. Hacia fines del siglo xix, en medio de un despliegue económico, los regímenes políticos europeos propiciaron que los partidos obreros fuesen organizaciones estables, que participan en el parlamento de sus respectivos países, reforzando la ruta política de las transformaciones “posibles”.[15]

Mientras que, en aquel momento, el viejo régimen autocrático de Rusia aún se mantiene y persigue con ferocidad a los trabajadores que intentan el camino de sus congéneres europeos occidentales. En 1896, se había realizado el primer congreso del pequeño agrupamiento que adoptaría el nombre de Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, pero todos los miembros de la dirección recién electa quedan de inmediato apresados u obligados al exilio político.

Esas diferentes condiciones llevan a los revolucionarios rusos a iniciar un proceso de reflexión y debate sobre el tema de la organización política y algunos dirigentes europeos, sobre todo del partido alemán, se sienten con la autoridad de intervenir e impulsar la concepción prevaleciente en sus países. En esa situación irrumpe Lenin, forjado en la experiencia de difusión del pensamiento de Marx en círculos de trabajadores, actividad que lo había llevado a visitar la cárcel y pronto lo llevaría al exilio. Lenin sostiene una posición que, si bien se cuida de apoyarse en la dirección teórica del movimiento obrero alemán que tiene a Kautsky a la cabeza, no duda en iniciar una batalla por actuar y organizarse en estricto apego a las diferentes condiciones políticas rusas.

Resultado de aquel debate, surgen en el partido ruso el menchevismo y el bolchevismo como corrientes adversas que estarán presentes hasta la revolución de 1917.  A la cabeza de ésta última, Lenin despliega un fuerte debate con el economicismo que se ha convertido en corriente predominante entre los trabajadores rusos y defiende la idea de una organización partidista prioritariamente inserta en las filas de los trabajadores de las enormes industrias que se han instalado en Rusia en asociación con el capital de los poderosos países europeos; sobre todo, defiende medidas que logren una organización capaz de hacer frente a las condiciones de persecución política que caracterizan al régimen autocrático zarista.

Esas son las dos premisas que sostiene el “¿Qué hacer?”texto que generó mucha polémica y que, durante décadas, fue considerado como fundamento de la “teoría leninista” del partido obrero. Lenin, en cambio, aunque lo defendió con vehemencia en su momento, no lo consideró más que una intervención decidida (“que enderezara el palo torcido”) de la lucha iskrista[16] contra el economicismo en los primeros años del siglo xx. Pocos años después, con motivo de la publicación de una recopilación de sus textos, Lenin escribió:

El error principal de los que critican ¿Qué hacer? consiste en que desprenden por completo esta obra de la situación histórica concreta de un periodo determinado del desarrollo de nuestro partido, ya lejano.[17]

Mientras que, en realidad, en las visiones dominantes sobre lo que llaman “teoría leninista del partido” se está pensando en un modelo de organización tal y como se estableció durante el estalinismo, Lenin, en forma similar a Marx, está convencido de que la forma de organización depende siempre y estrictamente de las circunstancias precisas en las que se actúa y que, por tanto, es cambiante. Toda la obra de Lenin sobre este tema da cuenta de las grandes transformaciones en el partido bolchevique de acuerdo, precisamente, al momento político que se vivía. Por eso, entre otras cosas, el dirigente ruso consideró en 1907 que era ridículo seguir hablando del asunto de los “revolucionarios profesionales” cuando éstos ya habían cumplido su cometido original y las circunstancias revolucionarias de 1905 habían convertido al partido en una organización democrática de amplias masas. La contrarrevolución volverá a poner ciertas trabas en el actuar abierto de esa organización, pero ya no se tratará más de aquel impulso inicial que permitió la construcción orgánica. Es el momento en el que Lenin construye la idea del “centralismo democrático” como forma de estructurar la organización interna en aquel momento; pero en el esquema estalinista, ésta forma se convierte en una receta mecánica para usar a modo.

Lenin tampoco repetirá algo semejante a la idea expuesta sobre la conciencia importada desde el exterior de la clase; de una conciencia elaborada por intelectuales que la “introducen” en las filas obreras. Con razones de peso se ha criticado mucho esa formulación kautskiana que Lenin adoptó en un cierto momento sin más, pero no se repara en los matices que introdujo sobre la espontaneidad[18] y en que, sobre todo en los años siguientes, el marxista ruso abordó el asunto en forma mucho más sutil y comenzó a pensarlo en el marco de los problemas de la construcción de la hegemonía obrera. 

En efecto, en los años subsiguientes, en el contexto, primero, de la revolución de 1905 y, después, durante los años de contrarrevolución que le siguieron, Lenin concibe el partido obrero como el instrumento privilegiado de los trabajadores como conglomerado social que en su actuar conciente logra la capacidad de dirigir transformaciones de fondo y construir una nueva hegemonía.

Para el dirigente bolchevique el proletariado no adquiere la conciencia de su función social y política actuando sólo sobre sí mismo y defendiendo sólo sus derechos y demandas inmediatas, sino que la consigue en la lucha política general, donde descubre, por un lado, las diversas relaciones que tejen el poder político y el poder económico, y, por el otro, al resto de los sectores subalternos.

Desde el punto de vista del marxismo –escribe Lenin en 1912–, la clase que niega o no comprende la idea de la hegemonía no es una clase –o no es aún una clase– sino un gremio o una suma de gremios” [Y más adelante enfatiza]: “…la conciencia de la idea de la hegemonía, la actividad práctica en que toma cuerpo, es justamente lo que convierte a la suma de gremios en clase.[19]

En esa dirección, el periódico del partido juega un papel fundamental como espacio para la difusión y debate del proyecto contrahegemónico, de esas propuestas que interpelan a la sociedad en su conjunto y convocan a la acción de la mayoría.

Por tanto, contra toda la tradición del marxismo del siglo xx, podemos afirmar que si hay algo realmente relevante en la praxis leniniana respecto a la organización partidista es la idea de que ésta es el instrumento de la clase en la construcción de su hegemonía y que, para ser eficaz en ese cometido, debe encontrar en cada momento histórico las formas de organización interna adecuadas, de manera que se trata de una postura que no admite “modelo” alguno.  

Algo muy similar ocurrirá con respecto a su postura frente a las formas de lucha, sobre lo que hablaremos brevemente en seguida. 

III. Lenin, la revolución y la democracia

Si, por un lado, es prejuicio generalizado considerar a Lenin la encarnación de la revolución, por el otro, puede resultar extraño destacar de este revolucionario ruso su concepción y relevancia en torno de la democracia. Sobre todo, en nuestros días, cuando se ha hecho lugar común el contraponer, justamente, la democracia a la revolución.

Sin embargo, una lectura atenta de su obra permite destacar la importancia que le otorgó a la democracia y descubrir las razones que lo convierten, sin duda, en una de las personalidades más relevantes en la lucha contra el gran vestigio autocrático que queda tras las revoluciones europeas del siglo xix y que no desaparecerá, como las otras expresiones del viejo régimen de menores dimensiones, como el imperio austrohúngaro o el persa, como consecuencia de la primera guerra global, sino de la lucha revolucionaria de los trabajadores rusos. 

Pero, mientras en las fuerzas socialistas de occidente prevalecía una idea estrecha sobre la democracia que la considera esencialmente una forma política que, en su momento ascendente, construye la burguesía en su lucha contra el viejo régimen, para Lenin y los bolcheviques que él agrupa dentro del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, la democracia, a la que entiende tanto en sus sentidos político como social, es también un componente propio y esencial de la lucha socialista de los trabajadores del campo y la ciudad. Esa concepción, aunque no es el primero en destacarla, si significó una importante ruptura con las corrientes de izquierda dominantes en la época, sobre todo, en el momento en que una postura y otra implicaron conductas distintas en el curso de la revolución de 1905.

La democracia como componente de la lucha por un poder de los trabajadores y, en lo inmediato, la lucha por las libertades políticas es lo medular del primer programa político que elabora el dirigente ruso hacia fines de 1895, programa que pone en el centro el combate al autoritarismo zarista y la lucha por los derechos democráticos que éste conculcaba. Pero Lenin lo pone también, como hemos señalado, en el centro de la discusión sobre el rumbo posible de la revolución de 1905; lo mismo que, luego, durante el largo periodo de contrarrevolución y, finalmente, en las luchas decisivas de 1917 y el periodo durante el que se pugna por la construcción de un nuevo poder del Estado. En todos los momentos claves de la vida política de Lenin, vemos el despliegue de fuertes batallas por la democracia. En plena guerra y un año antes de la revolución de 1917, Lenin polemizó con uno de sus compañeros acerca del derecho democrático de autodeterminación de los pueblos y naciones, en esa ocasión escribió: 

El capitalismo en general y el imperialismo en particular transforman la democracia en una ilusión, y al mismo tiempo, el capitalismo engendra aspiraciones democráticas en las masas, crea instituciones democráticas, agudiza el antagonismo entre la negación imperialista y la aspiración de las masas a la democracia. El capitalismo y el imperialismo pueden ser derrocados solamente por la revolución económica. No pueden ser derrocados por transformaciones democráticas, aún las más ‘ideales’. Pero un proletariado, no educado en la lucha por la democracia, es incapaz de realizar una revolución económica. No se puede vencer el capitalismo sin tomar los bancos, sin abolir la propiedad privada de los medios de producción. Estas medidas revolucionarias no se pueden llevar, sin embargo, a la práctica, sin organizar a todo el pueblo para la administración democrática de los medios de producción tomados de la burguesía, sin enrolar a toda la masa de trabajadores, proletarios, semiproletarios y pequeños campesinos, para la organización democrática de sus filas, sus fuerzas, su participación en los asuntos del Estado.[20]

Para Lenin la dictadura del proletariado es sólo ‘violenta’ en la medida que somete por la fuerza a la clase capitalista, es decir, se trata de una violencia social que ejerce el acto de fuerza que implica la expropiación a una minoría de la población por parte de la mayoría[21], pero, al mismo tiempo, es “un desarrollo total de la democracia, es decir, de la participación, verdaderamente igualitaria y verdaderamente universal de toda la masa de la población, en todos los asuntos del Estado y en todos los complejos problemas referentes a la liquidación del capitalismo.” Para Lenin, el marxismo no conoce otro camino que no sea la democracia para alcanzar los objetivos de transformación, pues su punto de partida es la autoemancipación, es decir, la capacidad autónoma de organizarse y actuar para alcanzar los objetivos propios.

En el escrito “Una caricatura del marxismo”, en el que Lenin continúa la discusión sobre la democracia y su dimensión como política que impulsa el derecho a la autodeterminación de las personas y de los países (por eso Lenin equipara la defensa tanto del derecho al divorcio, entonces, aún prohibido, con el derecho de una nación a separarse del país al que ha sido sujeta, ambos derechos puestos en práctica al triunfo de la revolución de 1917), el dirigente bolchevique escribe:

Toda “democracia” consiste en la proclamación y realización de ‘derechos’ que, en el capitalismo, son realizables sólo en muy pequeño grado y sólo relativamente. Pero sin la proclamación de estos derechos, sin una lucha para hacerlos adoptar ahora, inmediatamente, sin educar a las masas en el espíritu de esa lucha, el socialismo es imposible.[22]

A partir de este debate contra quienes sostenían que esos derechos solo eran posibles realmente bajo el socialismo, Lenin consideró que no valoraban adecuadamente a la democracia y reivindicó con energía el nexo indisoluble entre la lucha por la democracia y el socialismo. En ese mismo texto, leemos: 

…el socialismo es imposible sin democracia, porque 1) el proletariado no puede llevar a cabo la revolución socialista si no se prepara para ella luchando por la democracia; 2) el socialismo triunfante no puede consolidar su victoria y llevar a la humanidad a la extinción del Estado, sin la realización de una democracia completa. Decir que la autodeterminación es superflua bajo el socialismo, es tan absurdo y tan irremediablemente confuso como decir que la democracia es superflua bajo el socialismo.[23]

El proyecto político que defiende Lenin pasa por el conocimiento de lo que se busca, de las condiciones que permiten llevar a cabo esos propósitos y la realización misma de las acciones necesarias para alcanzarlos. En otras palabras, el acto revolucionario, a diferencia de lo ocurrido hasta las revoluciones de 1848, es el evento de una mayoría de la población contra una minoría cada vez más pequeña. Esa base numérica es, sin duda, también un soporte del carácter democrático, pero lo fundamental es que el actuar de esa mayoría es autodeterminado, pues se trata de tareas propias, que representan el camino para terminar con la alienación. Por supuesto ese horizonte implica la participación libre y conciente, sustento de la democracia en su sentido más radical.

Con frecuencia se confunde la acción revolucionaria con las formas de lucha, de manera que al hablar de revolución se piensa necesariamente en las armas.  En ese mismo tenor, se ha convertido en lugar común dividir entre vía pacífica (democrático-electoral) y vía armada, como caminos que se toman a voluntad y por gusto. Tan burda distinción pierde de vista, en términos de Lenin, que las condiciones determinan las formas de lucha y que estas no definen al proyecto de transformaciones que se busca; para el dirigente bolchevique es un asunto que exige un análisis histórico y contrario a “todas las fórmulas abstractas y a todas las recetas doctrinarias”:

¿Cuáles son –escribe Lenin– las exigencias fundamentales que todo marxista debe presentar para el análisis del problema de las formas de lucha? En primer lugar, el marxismo se distingue de todas las formas primitivas de socialismo pues no ata el movimiento a ninguna forma especial de lucha. Reconoce las más diversas formas de lucha, y no las ‘inventa’, sino que sólo generaliza, organiza, da expresión conciente a aquellas formas de lucha de las clases revolucionarias que por sí mismas surgen en el seno del movimiento.[24]

De nueva cuenta, lo que define cual o cuales formas de lucha son válidas en un momento dado, es el análisis específico de esas circunstancias que ponen de relieve ciertas formas y no otras. Mientras que, como hemos visto, la lucha por la democracia, a través de las formas que dicta la realidad, sí es parte consustancial del proyecto socialista que Lenin defiende.

En síntesis, para Lenin la revolución es un arte. Exige enorme creatividad dado lo específicas e irrepetibles que son siempre las revoluciones y la enorme cantidad de elementos de todo orden que concurren en el momento en que éstas acontecen. La revolución no se “hace”, pero todo revolucionario se dispone para cuando ésta suceda y, con ello, de alguna forma la provoca, siempre y cuando se actúe en estricta correspondencia con la realidad. Hay aquí una compleja construcción marxista que Lenin tuvo oportunidad de poner en práctica en un momento histórico excepcional.

Toda revolución significa un viraje brusco en la vida de enormes masas del pueblo. Si la situación no está madura para ese viraje no puede producirse una verdadera revolución.

Durante la revolución, millones y millones de hombres aprenden en una semana más que en un año de vida rutinaria y soñolienta. Pues en esos virajes bruscos de la vida de todo un pueblo se ve con especial claridad qué fines persiguen las diferentes clases del pueblo, qué fuerza poseen y qué método utilizan.[25]

Esa actitud de aprendizaje emana de la capacidad de entender el momento preciso y no confundirlo con el propio estado de ánimo. El periodo que transcurre entre febrero y octubre de 1917 es el de máxima tensión analítica de Lenin. La forma en que enfoca el problema del poder político y la construcción de la fuerza capaz de dirigir el proceso desatado con la caída del zar, sigue siendo sorprendente por su capacidad y claridad.

El rasgo esencial de nuestra revolución, el rasgo que requiere más imperiosamente una profunda consideración, es el doble poder, que surge ya en los primeros días posteriores al triunfo de la revolución.

Este doble poder se manifiesta en la existencia de dos gobiernos: uno es el gobierno principal, el verdadero, el real gobierno de la burguesía, el ‘gobierno provisional’ de Lvov y cía., que tiene en sus manos todos los resortes del poder; el otro es un gobierno suplementario y paralelo, un gobierno de ‘control’ encarnado por el del Soviet de diputados obreros y soldados de Petrogrado, que no tiene en sus manos ningún resorte del poder, pero que descansa directamente en el apoyo de la mayoría indiscutible y absoluta del pueblo, en los obreros y los soldados armados.[26]

IV. El nuevo poder obrero

Sin duda, las páginas más lúcidas de su extensa obra y las acciones más audaces y trascendentes las realizó Lenin en 1917. 

La acción revolucionaria fue siempre concebida por Lenin como una acción de las masas sublevadas, insurrectas, no como el golpe de un pequeño grupo preparado para tal efecto, a la manera de August Blanqui[27], como suele presentarse a los sucesos de 1917.

A primera vista, esta concepción que proviene, en realidad, de Marx, pareciera haberse trasgredido cuando los bolcheviques, con Lenin a la cabeza, fijan fecha y hora del estallido revolucionario en aquel octubre de 1917. Al menos fue lo que desde entonces se le reclamó a Lenin y los bolcheviques.

Hay aquí, ciertamente, un asunto un poco resbaladizo, una línea muy delgada entre la dinámica interna del movimiento y el golpe de mano de un grupo de audaces, problema al que los dirigentes bolcheviques no le dieron la vuelta y lo discutieron con bastante vehemencia, presionados por la premura con la que la situación (la realización del congreso de los soviets de toda Rusia) los obligaba a actuar. Fue, incluso, un asunto que llegó a la prensa y que obligó a Lenin a aceptar la expulsión (que fue temporal) de dos de sus más cercanos compañeros, Zinóviev y Kámenev, que se oponían con base en los preceptos de Marx contra todo “asalto al poder”.

Para Lenin, en cambio, la situación revolucionaria exigía la máxima flexibilidad y, también, audacia, pero no dejó de estar regido por la idea de la construcción de una mayoría política que pueda tomar las riendas del proceso:

Quien dice: “¡tomen el poder!”, no tiene que meditar mucho para darse cuenta de que la tentativa de hacerlo sin tener aún el respaldo de la mayoría del pueblo sería una aventura o blanquismo.

En Rusia existe hoy una libertad tal, que permite evaluar la voluntad de la mayoría por la composición de los soviets de diputados obreros y soldados; por lo tanto, si el partido proletario quiere luchar por el poder seriamente y no a la manera blanquista, debe luchar por influir dentro de los soviets.[28]

 En efecto, al seguir de cerca el pulso de las masas trabajadoras, Lenin se convenció de que, como parte del movimiento en curso, los bolcheviques jugaban el papel detonador para que el poder quedara en manos de los soviets en los que, a la vez, el partido de Lenin se va convirtiendo en parte mayoritaria.

Hay aquí una dialéctica revolucionaria, sobre la que Lenin meditó profundamente en su estudio de la obra de Hegel realizado al inicio de la guerra mundial y que en estos tiempos es absolutamente ignorada, pero que en aquel momento resultó de la mayor importancia para lograr una concepción que contribuyó decisivamente al primer triunfo en la historia de una revolución de los de abajo. Quizá sea más exacto decir que es el segundo éxito revolucionario de los trabajadores, pues la Comuna de París, de la que los bolcheviques aprendieron tanto, y sobre la que Lenin en particular dejó una extensa reflexión en su conocido libro El Estado y la revolución, representa una obra extraordinaria y de renovada potencia de transformaciones sociales y políticas.

La audacia de octubre de 1917 provocó una feroz respuesta de las clases dominantes rusas, las cuales desataron una guerra civil de casi un año y costosas consecuencias. Podemos decir que, propiamente, la revolución encabezada por los bolcheviques no triunfó sino hasta fines de 1918, con la derrota de los ejércitos blancos. Pero esa guerra dejó a un país aún más devastado y con una clase obrera, que fue la que defendió con todas sus fuerzas al nuevo poder, diezmada.

De nuevo, el líder bolchevique entabla un fuerte combate con el propósito de que sus compañeros se atrevan a romper esquemas y se atengan al riguroso análisis de los problemas que emanan de la realidad. La dirección bolchevique explora diversas maneras de reactivar una economía devastada por años de guerra y por el bloqueo económico de las grandes potencias occidentales. En 1921 lanzan la Nueva Política Económica (NEP) que, dirigida a la reactivación de la economía campesina, parte del reconocimiento de la diversidad de las formas productivas que se entrelazan en la sociedad rusa. 

En la primavera de 1921 –escribe Lenin—se hizo evidente que habíamos sufrido una derrota en nuestro intento de implantar los principios socialistas de producción y distribución mediante el “asalto directo”, o sea en la forma más breve, rápida y directa. La situación política en la primavera de 1921 nos mostró que en varios problemas económicos era inevitable un retroceso a la posición del capitalismo de Estado, pasar de la táctica del “asalto directo” al “asedio”.[29]

Los intentos de abrir camino a la Rusia soviética en el mercado mundial y romper el cerco económico en que la mantenían desde el primer momento las grandes potencias, se enfrentaron a la férrea determinación de socializar la producción y avanzar en el control obrero de la misma. Se trata de un nivel global de la lucha por establecer las bases del socialismo frente al cual internamente no se pudo tener la fuerza suficiente. La dimensión de los problemas a enfrentar se topó con las tendencias autoritarias y burocráticas que subyacían en la sociedad rusa y que encontraron fácil forma de reproducirse en el nuevo poder estatal.

La última batalla de Lenin fue al interior del grupo dirigente bolchevique, al que, reunido en el xicongreso de ese partido y a cinco años de distancia de las gestas de octubre de 1917, expresó duras críticas e insistió una y otra vez que había que empezar todo desde el principio. Pero no fue sólo en aquel espacio político, sino a lo largo de 1922 y en algunos breves momentos del siguiente año, cuando Lenin se recuperó temporalmente de la enfermedad que, finalmente, lo llevaría a su prematura muerte en enero de 1924, el dirigente bolchevique llevó a cabo una revisión sustancial de lo realizado hasta entonces desde el poder del Estado y previó algunos de los serios problemas que enfrentaría en los siguientes años el ensayo de construcción socialista. Su mirada se centró en los problemas de la administración del Estado y en la capacidad para enfrentar los fenómenos de burocratización; apuesta, sin mucha esperanza, por que el partido refuerce el control obrero y atienda sus advertencias sobre los problemas que advierte en el grupo dirigente y, sobre todo, en Stalin.

Finalmente, Lenin deja una obra, en todos los sentidos, de enormes dimensiones e importancia y una actitud en muchos sentidos ejemplar:…están perdidos esos comunistas –escribió en uno de sus últimos textos– que imaginan que es posible lograr una ‘empresa’ histórica de tal trascendencia como es completar los fundamentos de la economía socialista (especialmente en un país pequeñocampesino) sin errores ni retrocesos, sin modificar muchas veces lo no logrado o lo mal hecho. Pero no están perdidos (y con toda probabilidad no se perderán) los comunistas que no tienen ilusiones ni se dejan dominar por el desaliento, que conservan su fuerza y su flexibilidad para ‘comenzar desde el comienzo’ una y otra vez al encarar una tarea extremadamente difícil.[30]

Notas:

[1] Entre ellas destacan el provocativo encuentro “Hacia una política de la verdad: la recuperación de Lenin”, organizado en 2001 en Alemania por el propio Slavoj Zizek, el marxista francés Sebastian Budgen y el griego Stathis Kouvelakis, y el libro de ensayos del marxista esloveno Slavoj Zizek, Repetir Lenin, publicado por Akal en 2004. El resultado del encuentro, al que se sumaron varios ensayos, se publicó por Akal en 2010 bajo el título Lenin reactivado. Hacia una política de la verdad.

[2] Entre los más importantes esfuerzos por reciclar, tras la desaparición de la Unión Soviética, todos los más burdos prejuicios contra la revolución de 1917 y construir una visión de Lenin sujeta a esa identidad entre el “leninismo” y el estalinismo, podemos mencionar el libro que, por encargo, escribió quien en ese momento era jefe de los archivos rusos, Dmitri Volkogónov, titulado El verdadero Lenin. El padre legítimo del gulag según los archivos secretos soviéticos, Ed. Anaya &Mario Muchnik, Barcelona, 1996. Un intento un poco más sutil pero en el mismo sentido, es la biografía de Robert Service, editada por Siglo XXI de España el año 2001.

[3] La idealización mistificadora de Lenin comenzó con sus propios allegados, incluso antes de su muerte, como lo muestra G. Zinóviev en una conferencia sobre el dirigente bolchevique poco después del atentado que sufrió en 1919, en la que al final leemos: “Nosotros, alumnos, discípulos de Lenin, nos esforzamos todo lo posible por parecernos un poco siquiera a este ardiente tribuno del comunimo internacional, el apóstol y jefe más grande que haya conocido el mundo de la revolución socialista.” Apéndice de Lenin marxista de Nicolás Bujarin, Ed. Fontamara, Barcelona, 1978, p.90. En realidad, tras su muerte no hubo dirigente bolchevique que no exaltara la figura de Lenin, contribuyendo todos a la idealización que explotó el estalinismo.

[4] Entre varios otros, podemos destacar la obra de Luciano Gruppi, uno de los dirigentes del Partido Comunista Italiano, publicado en castellano por la editorial Grijalbo en 1980.

[5] Resultado de su propio testimonio como periodista, John Reed escribió un extraordinario reportaje sobre la revolución de 1917 al que tituló Diez días que estremecieron al mundo. En español existen varias ediciones, entre ellas la de Akal, Madrid, de 1977.

[6] Ver Ingerflom, Claudio Sergio, “Por qué debate Rusia en torno al cuerpo de Lenin?” en Prohistoria, num. 3, 1999. Véase también el video ruso del funeral en https://www.youtube.com/watch?v=oStHN2xwWeE

[7] Ver Lenin, V.I., Obras Completas, tomo XXXVI, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1970, ps. 474-478. Sobre la actividad y postura de Lenin durante sus últimos años,  véase, Moshe Lewin, El último combate de Lenin, ed. Lumen, Barcelona, 1970. 

[8] Gerratana, Valentino, “Sobre las relaciones entre leninismo y estalinismo”, en la revista Materiales num. 4, Barcelona, julio-agosto de 1977.

[9] J. Stalin, “Los fundamentos del leninismo”, en Obras, Tomo 6, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Moscú, 1953, p. 72.

[10] J. Stalin, “Con motivo de la muerte de Lenin”, en Op.cit., tomo 6, p. 47.

[11] V.I., Lenin, “Algunas particularidades del desarrollo histórico del marxismo”, Op.cit., tomo XVII, p. 30.

[12] V.I. Lenin, “Cartas sobre táctica”, en Op. cit., tomo XXIV, p. 458.

[13] V.I. Lenin, “¿Quienes son ‘Los amigos del pueblo’ y cómo luchan contra la socialdemocracia”, en Op.cit., tomo 1, p. 152.

[14] Emilio Sereni, “La categoría de “formación económico-social”, en Cesare Luporini y Emilio Sereni, El concepto de “formación económico-social”, Cuadernos de Pasado y Presente, num. 39, México, 1978.

[15] En Francia se llegó a denominar al reformismo socialista como “posibilismo”.

[16]Iskra es el nombre del periódico que, entonces, dirigían Lenin y sus partidarios en el exilio.

[17] V.I. Lenin, “Prólogo a la recopilación ‘En doce años’”, Op.cit., tomo XIII, p. 113.

[18]Véase, entre otros, el escrito de Hal Drapper, “El mito del “concepto de partido” de Lenin. Qué hicieron con el ¿Qué hacer?”, en Herramienta, num.11 octubre 1999; y el libro Lenin Rediscovered: What Is To Be Done? In Context, de Lars T. Lih, Haymarket Books, Chicago, 2008.

[19] V.I. Lenin, “El marxismo y Nasha Zariá”, en Op.cit.,  tomo XVII, p. 48-49

[20] V.I. Lenin, “Respuesta  a P. Kíevski (I. Piatakov), en Op.cit., tomo XXIV, p. 22

[21] V. I., Lenin, Op.cit., ps. 22-23.  

[22] V.L. Lenin, “Una caricatura del marxismo”, en Op.cit., p. 77.

[23] Íbid., p. 78.

[24] V. I. Lenin, “La guerra de guerrillas”, en Op.cit., tomo XI, p. 220.

[25] V. I. Lenin, “Las enseñanzas de la revolución”, en Op.cit., tomo XXVI, p. 309.

[26] V. I. Lenin, “Las tareas del proletariado en nuestra revolución (Tesis de abril)”, en Op.cit., tomo, XXIV, ps. 477-78.

[27] Blanqui fue una de las figuras más destacadas de la lucha revolucionaria de Francia en el siglo XIX. Considerado por Marx como el “lider indiscutible del proletariado francés”, organizó varios intentos insurreccionales, a la manera conspirativa que prevaleció hasta la primera mitad del siglo. Véase, Samuel Bernstein, Blanqui y el blanquismo, Madrid, Ed. Siglo XXI, 1975.

[28] V. I., Lenin, “Cómo se embrolla un asunto claro” en Op.cit., tomo XXV, p. 159.

[29] V.I., Lenin, “VII Conferencia de Partido de la Provincia de Moscú”, en Op.cit., tomo XXXV, p. 539.

[30] V.I, Lenin, “Notas de un publicista”, en Op.cit., tomo XXXVI, p. 166. 

 

Fuente: http://revistamemoria.mx/?p=3143

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