Chile de Frente: La historia de “Emilio”: una pieza clave del FPMR.

LOS PRIMEROS PASOS DE RAÚL ESCOBAR EN EL RODRIGUISMO. UN FRAGMENTO DEL LIBRO “JÓVENES PISTOLEROS”, DE JUAN CRISTÓBAL PEÑA.

por Juan Cristóbal Peña/CIPER.

Extraditado desde México, donde fue condenado a 60 años de cárcel por secuestro, Raúl Escobar (“Emilio”) regresa a Chile para enfrentar a la justicia por el asesinato del senador Jaime Guzmán, entre otras acciones de violencia política que protagonizó a inicios de los 90. CIPER presenta este fragmento del libro “Jóvenes Pistoleros” (Editorial Debate, 2019), de Juan Cristóbal Peña, que reconstruye el atentado contra el coronel (r) Luis Fontaine, ex jefe de la unidad que ejecutó los crímenes del Caso Degollados (1985). Esa fue la primera operación que el FPMR le confió a la dupla conformada por “Emilio” y Ricardo Palma (“el Negro”). Hasta poco antes de esa acción, “Emilio” era un preso común proveniente de la villa Santa Elena, de Macul, que inventaba combates en los que supuestamente había participado y torturas en las que había perdido un testículo. En la cárcel tejió lazos con rodriguistas y comenzó a escribir la historia que lo acercó al “Comandante Ramiro” y que lo instaló en los principales atentados de la transición. Una carrera subversiva que terminó en 2017, cuando fue arrestado en México por un secuestro que ya nada tenía que ver con política.

Un par de cuadras después de salir de la casa de su papá, volvió a sentir ese fuerte retortijón que lo obligó a parar en medio de la vereda y contorsionarse en un solo pie, como un equilibrista, para apretar los músculos del estómago y evitar un bochorno. Ya se había pasado varios minutos sentado en la taza del baño, descargando los nervios de lo que se le venía, pero como ahora no estaba seguro de poder seguir adelante, decidió desandar los pasos con la mayor premura que pudo. Después de descargar por segunda vez, volvió a refrescarse la cara, se miró al espejo y lanzó un suspiro, antes de poner otra vez los pies en la calle.

Era la mañana del 10 de mayo de 1990 y el Negro iba al encuentro de Emilio para concretar lo que habían intentado hacer un par de semanas antes. Después de dos intentos frustrados, iban a cobrarle cuentas al coronel Fontaine.

Era su primer trabajo de importancia con Emilio, a quien había conocido un año atrás, cuando el Negro dirigía un pequeño grupo operativo de la zona centro de Santiago. En ese primer encuentro, Emilio no le había dado ninguna confianza al Negro, que lo tomó en una esquina de Macul, a partir de un vínculo que Joaquín le dio en la cárcel. Después de un corto diálogo, el Negro juzgó que Emilio era un tipo presumido y culebreante, del que era mejor mantenerse alejado.

Quedaron de juntarse a la semana siguiente en el mismo punto, pero el Negro, de manera intencional, no llegó al encuentro.

En ese entonces Emilio había salido hacía pocos meses de la cárcel, a la que llegó a comienzos de 1988 tras protagonizar un enfrentamiento a tiros con la policía y ser detenido por el robo en un departamento. Un hecho menor, de delincuencia común, que terminó con uno de los compañeros de Emilio muerto y otro detenido.

Se había criado en la villa Santa Elena de Macul, en Santiago, donde conoció a su pareja, que había estado casada con el hermano de uno de los miembros de su banda. Emilio y Ximena eran amigos de infancia y, según el ex marido de esta, mantenían «una relación de hermanos» que a mediados de los ochenta derivó en algo más.

Cuando fue interrogado por la policía, el ex marido de Ximena contó que su matrimonio duró exactamente un año, «ya que ambos nos convencimos de que la forma de vida de cada uno era incompatible». La de Emilio y Ximena calzaba a la perfección, partiendo por una afinidad política y lo que el ex marido de ella llamó «una cierta tendencia artesanal» de ambos.

Emilio no tenía un gran historial político más que el que se le conocía en el Liceo Lastarria, del que egresó. Simpatizaba con las Juventudes Comunistas pero su trayectoria y lo que lo llevó a la cárcel no tenían relación con lo que terminaría haciendo.

Raúl Escobar, «Emilio».

 

De hecho, tras caer preso, fue a parar a una galería de presos comunes de la Penitenciaría de Santiago. Pero una vez ahí tuvo la ocurrencia de acercarse a la calle de los presos políticos y presentarse como un simpatizante rodriguista dispuesto a asumir un compromiso mayor. Decía tener experiencia en combate y haber perdido un testículo tras ser torturado por Carabineros, pero lo cierto es que se lo habían extirpado mucho antes, por otras razones, y de lo primero no le constaba a nadie en la cárcel. El asunto es que Emilio cayó tan bien que al tiempo estaba viviendo en la celda que compartían Joaquín, Claudio Salinas y otros presos políticos rodriguistas de renombre.

Para cuando Joaquín le procuró el primer vínculo con el Negro, Emilio ya se hacía llamar Emilio, maravillado por esa película inspirada en la leyenda de Billy the Kid que vio en el cine al poco de salir en libertad. Jóvenes pistoleros narra la historia de una pandilla de vaqueros que intenta vengar la muerte de su mentor, pero termina perseguida y casi aniquilada por una justicia corrupta, al servicio de poderosos terratenientes. Entre los pocos que se salvan de la banda está el mismo Billy the Kid, ese muchacho de gatillo certero y veloz que interpreta el actor del que Emilio sacó su apodo: Emilio Estévez.

Esto se sabe porque un día Emilio se lo contó al Negro, de seguro después de ese primer encuentro, porque cerca de un año más tarde hubo un segundo en el que ambos, por decisión de uno de los comandantes de la Dirección Nacional, fueron integrados a lo que se llamó el Grupo de Tareas Especiales. La democracia recién retornaba y el Negro y Emilio eran el instrumento para combatirla con lo que en la organización llamaban «acciones de envergadura», acciones que, por cierto, eran decididas por la comandancia, en ningún caso por soldados como el Negro y Emilio. Ellos se enteraban cuando el asunto ya estaba zanjado, y a lo sumo, una vez que se les comunicaba la misión, participaban del plan operativo y aportaban lo suyo, como ocurrió en el caso del coronel Fontaine. Para pasar inadvertidos en una zona donde había varios liceos, uno de ellos tuvo la ocurrencia de que vistieran uniforme escolar.

Es probable que esta fuera la primera y única vez en que el Negro vistió uniforme escolar. Es probable también que fuera la primera y única operación en que el Negro estuviera a cargo de Emilio, porque poco más tarde los roles se invirtieron. Luego muchas cosas cambiarían en la relación entre ambos.

Tampoco es que con el tiempo el Negro tuviera una opinión muy distinta a la que se había llevado de Emilio inicialmente, pero por lo que se sabe, por lo que sé, cuando volvió a salir de la casa de su papá para ir al encuentro de Emilio, el Negro le guardaba respeto, quizás hasta haya llegado a estimarlo: mal que mal, estaban próximo a ejecutar la misión más importante de sus vidas y la suerte de uno dependía del otro. Ambos habían sido responsables de que el coronel Fontaine se les escapara en dos oportunidades, las dos atribuidas a errores propios, o peor aún, a la falta de coraje.

En su libro sobre la fuga en helicóptero, al recordar el episodio del coronel, el Negro dirá que «el pasado monstruoso de este tipo» los atemorizaba y hasta les provocaba pesadillas en las que, en lugar de eliminarlo, era el coronel quien los eliminaba a balazos. Fontaine, el coronel Luis Duque Raúl Fontaine Manríquez, acusado de dirigir la operación que en 1985 derivó en el degollamiento de tres militantes comunistas y de la que el Negro fue testigo en parte, pues asistió al momento en que dos de ellos, un profesor y un apoderado de su colegio, fueron secuestrados a las puertas del Latinoamericano. Era un asunto personal, de vergüenza y dignidad, más todavía después de que la justicia había liberado al coronel de toda responsabilidad.

No podemos fallar, no podemos irnos sin matar a este infeliz, dice el Negro que dijo una vez reunido con Emilio. No pueden fallar, no esta vez, dicen que dijo Ramiro, que, claro, estaba detrás de todo esto.

***

Ramiro apareció en la vida del Negro en la época en que apareció Emilio por segunda vez. De hecho, fue Ramiro quien los reunió en ese Grupo de Tareas Especiales que estaba a su cargo. Ese primer encuentro fue curioso, a decir del Negro, porque apenas hizo vínculo con él en una esquina de Providencia, subieron a un taxi y Ramiro preguntó:

—¿No sabes quién soy yo?

—No.

—Soy Ramiro —dijo como quien dice una obviedad, extrañado de que el muchacho que tenía enfrente no hubiera escuchado hablar de él, si a esas alturas, en la organización, era algo cercano a una leyenda.

Había estado desde los comienzos y participado de las operaciones más relevantes, desde el atentado a Pinochet al secuestro del coronel Carlos Carreño. Su historia era la historia de la organización, y para los primeros días de la nueva década, cuando ocurre todo esto, Ramiro ya era parte de la comandancia. De ahí su grado, comandante Ramiro.

El ascenso había ocurrido en el verano de 1989, cuando los principales jefes rodriguistas se reunieron en una casa de El Quisco para elegir a la nueva Dirección Nacional, luego de la muerte de José Miguel. Uno de los presentes me dijo que, tras una larga deliberación, los asistentes votaron a mano alzada por el nuevo jefe de jefes, que resultó ser Galvarino Apablaza Guerra, comandante Salvador, quien se había formado en las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba y tenía experiencia de combate en la guerra en Nicaragua.

La elección no fue nada fácil, y no porque fuera clandestina. El ascenso a la comandancia de algunos de esos oficiales formados en Cuba, a los que jamás se había visto combatir por estos lados, provocó el resquemor de los jefes antiguos que habían estado desde el comienzo y no conocían privilegios ni uniformes. Una cosa era combatir en Nicaragua o El Salvador y otra muy distinta en Chile, se decía con cierto desdén, como si una cosa fuera mejor que la otra, como si la verdadera guerra que valía la pena librar estuviera acá.

Aunque nadie lo decía abiertamente, uno de los mayores representantes de esa casta de extranjeros recién llegados era el Chele, que sin mucha trayectoria en Chile se convirtió en comandante y al poco tiempo en uno de los más influyentes en la organización, quizás porque era yerno de Raúl Castro Ruz, aunque muy pocos lo sabían, o porque demostró ser un muy buen soldado y sobre todo porque se hizo cercano a Ramiro y este, desde entonces, por su trayectoria, por su carácter, por su ascendencia, comenzó a ser el jefe de jefes en las sombras.

Todo esto, por cierto, estaba cruzado por los egos, presentes en todos lados pero mucho más en una guerrilla de machos revolucionarios donde no había una sola mujer comandante. A decir de uno de los jefes de entonces, el ego fue lo que perdió a Roberto Nordenflycht, el Huevo, que según algunos nunca se recuperó de no haber sido elegido en lugar de Salvador (obtuvo la segunda mayoría) y eso habría explicado que unos meses más tarde, para probar su valía, haya cometido la torpeza de entrar al Comando de Aviación del Ejército, luego de que fallara el sistema de relojería del lanzacohetes que había instalado un día antes.

Ricardo Palma, «El Negro».

 

La del Huevo fue otra de las muertes absurdas e inútiles ocurridas desde que la organización persistió en la declaración de guerra diseñada ante un escenario en que Pinochet no reconociera el resultado del plebiscito de 1988. Pero como se sabe, el dictador reconoció su derrota, a su manera, pero la reconoció, y ahí seguía lo que quedaba del Frente Patriótico Manuel Rodríguez-Autónomo, eligiendo una comandancia para la guerra que se iniciaba con la transición a la democracia.

Entre muchas otras cosas, el plan consideraba atentados a objetivos estadounidenses y ejecuciones selectivas de cómplices y violadores a los derechos humanos de la dictadura. Una campaña en la que Ramiro, como comandante y nuevo jefe de ese Grupo de Tareas Especiales que antes había tenido a cargo el Huevo, tuvo un papel protagónico. Era el encargado de ejecutar las principales decisiones de la comandancia, pero a estas alturas Ramiro no llevaba a cabo ninguna acción directamente, sino que mandaba a ejecutar a esa suerte de pelotón de soldados de élite que reclutó desde comienzos de los noventa.

Ese era el motivo por el cual Ramiro había citado en una esquina de Providencia al Negro, para luego subirlo a la parte trasera de un taxi.

El Negro no sabía quién era Ramiro, pero de seguro Ramiro sabía más o menos quién era el Negro. De todas formas, tras presentarse, Ramiro le pidió su currículum. ¿Currículum?, se preguntó el Negro. ¿Qué es eso? El Negro, que se había formado en una organización donde había mística y un trato más humano y sencillo de los jefes, quizás menos militarizado, le hizo saber a Ramiro que no sabía a lo que se refería con eso del currículum, y en lugar de molestarse, Ramiro se la hizo fácil, pidiéndole un breve informe verbal de su trayectoria subversiva. En buenas cuentas, un currículum.

Es muy probable que Ramiro ya hubiera decidido que el Negro era un cuadro confiable y capacitado para formar parte de ese Grupo de Tareas Especiales, que tenía el desafío de ejecutar las más importantes operaciones que se venían. No podía volver a ocurrir lo del general Gustavo Leigh veinte días después de asumido el gobierno de Aylwin, que había quedado muy malherido, pero a fin de cuentas vivo, luego de que dos milicianos rodriguistas de la zona sur de Santiago lo visitaran en su oficina de corretaje de propiedades de Providencia.

En opinión de Ramiro, en esa acción en la que también resultó herido el general de aviación Enrique Ruiz, socio de Leigh, se cometieron dos errores. El primero, y principal, fue no haberle tomado el pulso al general Leigh para cerciorarse de que estaba muerto, pese a los cinco balazos recibidos en el rostro, tórax y brazos. El segundo, de menor cuantía, no haberse llevado su billetera con los documentos de identidad, de modo de que hubiera prueba de que había sido el Frente Autónomo y no otro grupo el que estaba detrás del atentado. En esos días los atentados estaban a la orden del día y cualquiera se los adjudicaba.

Esto último me lo contó un jefe rodriguista que trató de cerca a Ramiro, tan cerca que fue ese jefe quien le entregó el dato para dar con el paradero del coronel Fontaine. Una operación que ya estaba en curso cuando Ramiro se reunió con el Negro para sumarlo a su Grupo de Tareas Especiales. Para el Negro, todas las tareas eran especiales, incluidas las del grupo operativo de la zona centro que tenía a su cargo, pero entendió que en adelante haría algo distinto a lo que había hecho hasta entonces, sobre todo después de que Ramiro, todavía arriba de ese taxi, le preguntara qué revólver usaba y el Negro respondiera que ninguno, pues no acostumbraba a andar armado por la calle.

—Pues vas a tener que acostumbrarte —dijo Ramiro, dando por terminada la reunión.

Se verían la semana siguiente en el mismo punto.

Mauricio Hernández, «Comandante Ramiro».

***

Ese mismo jefe rodriguista cercano a Ramiro dice que lo del coronel Fontaine fue un regalo caído del cielo. Un día de comienzos de 1990, un ayudista del Frente Autónomo que se dedicaba a la instalación de vidrios llegó a hacer un trabajo a las oficinas de Riesco y Cía. Luminosos de Neón y se topó a boca de jarro con el retirado coronel Fontaine, que oficiaba de gerente de operaciones de la empresa. Poco después, el vidriero se lo contaba a su jefe en la organización y este se lo hacía saber a Ramiro.

Pero había un problema: el coronel Fontaine tenía un hermano mellizo de su mismo aspecto: calvo, de cara redonda y bigote ralo de galán a la antigua, como cantante de tango. Tomó semanas verificar si el gerente de la empresa de luces de neón era el coronel o su hermano mellizo, y cuando por fin la duda quedó resuelta, fue el mismo coronel quien la disipó.

Una semana antes de que dos muchachos vestidos de uniforme escolar lo esperaran a la salida de Riesco y Cía. Luminosos de Neón, el coronel tuvo la ocurrencia de convocar a una conferencia de prensa en su oficina. Quería dar publicidad a su reciente sobreseimiento de la corte marcial, en el caso por la muerte de un joven detenido por Carabineros en Quintero. Al coronel Fontaine le importaba mucho su honor e imagen, y aunque hacía cuatro años una corte de jueces incondicionales a la dictadura lo había absuelto del caso degollados, en esa conferencia de prensa se ocupó de reiterar su total inocencia y ponerse a disposición de los familiares de las víctimas: «Qué ganas de ir a saludar y presentarle mis respetos a la viuda del Nattino, que Dios lo tenga en su santo reino».

De paso, ante una consulta, el coronel aprovechó de hacer un llamado de advertencia: «No le tengo miedo ni al Frente Manuel Rodríguez ni al Lautaro ni a ningún grupo armado que anda cometiendo atentados. Ellos saben muy bien con quién se van a meter… que me ubiquen bien, y que se queden bien alejados de mí, pero pobre de ellos que yo los pille, eso va a ser lo último que haga en mi vida, pero lo voy a hacer».

Lo último que hiciera en su vida dependía de ese revólver nueve milímetros que el coronel cargaba al cinto, adonde quiera que fuera, consciente de que la muerte estaba a la vuelta de la esquina.

***

Pasado el mediodía, el Negro y Emilio habían llegado a la pequeña Plaza Freire de calle Raulí, en las cercanías del barrio Diez de Julio, frente a la oficina de luces de neón donde trabajaba el coronel. De acuerdo con testigos, ambos vestían uniforme escolar, con una distinción: mientras el moreno tenía zapatos negros que parecían nuevos, el otro, más pálido, calzaba zapatillas Tigre. Estaban ansiosos, sobre todo después de que repararan en que el Opala del coronel no estaba estacionado donde solía, ni ahí ni en los alrededores. De todas formas decidieron esperar, sentados en uno de los bancos de la plaza, haciendo lo que hace cualquier escolar: conversaban, bromeaban y pedían monedas para comprar cigarrillos sueltos.

Pasada la una de la tarde, cuando las veredas comenzaron a poblarse de mecánicos y escolares que a esas horas salían de talleres y liceos del sector, el coronel apareció acompañado de una mujer joven, con la que nunca antes se le había visto. Según la prensa de la época, era una practicante de diecinueve años a la que Fontaine habría ofrecido llevar hasta su casa, antes de regresar a la suya para almorzar.

Adonde sea que se dirigieran, primero iban en busca de un taxi. El Opala modelo 1989 del coronel estaba en el mecánico, se supo después.

El Negro y Emilio se echaron a andar a paso rápido detrás de la pareja, que giró al oriente por Santa Isabel, en dirección a Portugal. Estaban a veinte o veinticinco metros de distancia, palpando sus revólveres, cuando de pronto el coronel giró la vista, llevándose la mano al cinto, para examinar lo que había a sus espaldas. El Negro y Emilio pensaron lo peor, como en los sueños de los últimos días, pero el coronel no vio más que escolares, oficinistas y mecánicos de overol que a esas horas salían a almorzar, en una tarde soleada. Y vio ese taxi Subaru Leone negro, que hizo parar pocos metros antes de Portugal.

Coronel (r) Luis Fontaine (Fuente: Archivo Fortín Mapocho)

 

Tras subir con la muchacha, el taxi se puso en movimiento.

El Negro y Emilio tuvieron la sensación de que se les volvía a escapar. Incluso el Negro dijo se nos va, se nos va, el taxi se iba y por poco no se aleja, de no ser porque el semáforo dio amarillo y luego rojo, obligándolo a frenar en la esquina de Santa Isabel con Portugal.

Entonces el Negro se echó a correr, ya sin disimulo, y al llegar a la ventana trasera derecha donde estaba sentado el coronel, quizás galanteando con la muchacha, se puso en posición de tiro y comenzó a descargar su revólver, sosteniéndolo con sus dos manos. El Negro recordará que el coronel hizo amago de desenfundar su pistola, pero quizás no fue más que un acto reflejo, provocado por las convulsiones de los tiros que iban a parar a su cuerpo.

Cuando Emilio llegó a su lado, el Negro ya había descargado gran parte de las municiones, si no todas. Casi a modo testimonial, asomado desde la ventana del copiloto que estaba abierta, Emilio disparó dos tiros, quizás esos dos que impactaron a la muchacha, que en todo momento daba gritos desesperados de auxilio. El chofer del taxi, en tanto, estaba mudo, en estado de shock, sin atinar a avanzar. El coronel ya no se movía ni, al parecer, respiraba.

Antes de que el semáforo diera verde, el Negro y Emilio corrieron en dirección a la plaza frente a la oficina del coronel, donde los esperaba un auto para sacarlos del lugar. Era la hora de mayor tránsito de peatones, especialmente de escolares, que corrían en estampida, por instinto, porque en esos casos, pase lo que pase, hay que correr. «A menos de dos cuadras», se lee en una crónica publicada al día siguiente en La Tercera, «se ubican los liceos Baquedano y Arturo Alessandri, por lo cual, incluso, es posible que los terroristas se camuflaran entre los estudiantes».

En su libro sobre la fuga, el Negro recordará que mientras huían, Emilio le dijo que lo quería mucho. Se lo dijo dos veces, no sabe por qué. Atrás quedaba el coronel, tendido en el asiento trasero del taxi, con dieciocho balazos en el cuerpo, dos de ellos en la cabeza. Su pistola calibre nueve milímetros automática seguía fija al cinto.

Citado por el vespertino La Segunda, el propietario de un negocio de alarmas del sector que fue testigo de los hechos graficó el estado en que quedó el coronel: «Le vi la cara y tenía la frente abierta como un plátano».

Al día siguiente, el noticiero central de Televisión Nacional de Chile dio a conocer una encuesta en la que poco más del cincuenta por ciento de los consultados se manifestaba a favor de la ejecución del coronel. Por cierto, el gobierno no tardó en censurar la cobertura, por medio del ministro secretario general de Gobierno, Enrique Correa, prometiendo que tomaría medidas al respecto.

Fuente: https://www.ciperchile.cl/2021/09/22/la-historia-de-emilio-el-preso-comun-que-se-convirtio-en-pieza-clave-del-fpmr/

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