Emma Goldman: Kropotkin y la revolución rusa.

Piotr Kropotkin y Emma-Goldman.

Otra visita a Piotr Kropotkin (*)

Tal día como hoy [14 de mayo], en 1940, moría Emma Goldman. Feminista y militante libertaria, tuvo presencia activa y crítica en las luchas sociales de EE.UU. y durante los primeros años de la Revolución Rusa. En 1936 y 1937 apoyó a la causa popular en España.

Unos días antes de que nuestra Expedición partiera hacia Ucrania, se me presentó una nueva ocasión para visitar a Piotr Kropotkin. Yo estaba encantada ante la posibilidad de ver al viejo hombre en condiciones más favorables de las que había gozado en marzo. Esperaba al menos que no nos incomodara la presencia de periodistas, tal como sucediera en esa anterior ocasión.

Aquella primera vez, un mes de marzo adornado por la nieve, llegué a la dacha de Kropotkin a la caída de la tarde. El lugar parecía yermo e inhóspito. Pero ahora era verano. El campo estaba lozano y fragante; el jardín trasero de la casa –engalanado de verde– sonreía animado mientras los dorados rayos del sol propagaban su calor y su luz. Piotr, que disfrutaba de su siesta de después de comer, no estaba aún disponible, pero Sofia Grigórievna, su esposa, se encontraba allí para recibirnos. Habíamos traído algunas provisiones que le habían entregado a Sasha Kropotkin para su padre y varias cestas de productos que enviaba una agrupación anarquista.

La moral anarquista. Justicia y moralidad. Piotr KropotkinMientras desempaquetábamos aquellos tesoros, Piotr Alekséyevich nos pilló por sorpresa. Parecía un hombre diferente: el verano había forjado un milagro en él. Parecía más saludable, vivo y fuerte que la última vez que le viera. Nos llevó inmediatamente al huerto que Sofia mantenía prácticamente sola y que se había convertido en el soporte principal de la familia. Piotr estaba muy orgulloso de él. «¿Qué me dice de esto?», exclamó. «Todo trabajo de Sofia. Y mire este nuevo tipo de lechuga», dijo señalando un enorme cogollo. Estaba rejuvenecido. Parecía casi feliz, y su conversación era vivaracha. Su capacidad de observación, su agudo sentido del humor y su generosa humanidad resultaban de lo más refrescante, lo que hizo que me olvidara de las miserias de Rusia, de mis conflictos y dudas interiores y de la cruel realidad de la vida.

Después de cenar nos reunimos en el estudio de Piotr, una pequeña habitación con una mesa común y corriente a modo de escritorio, un estrecho catre, un aguamanil y varios estantes con libros. No pude evitar comparar mentalmente el sencillo y angosto estudio de Kropotkin con las bellas estancias de Rádek y Zinóviev. Piotr estaba interesado en conocer mis impresiones desde la última vez que me había visto. Le conté lo confusa y estresada que me sentía, cómo todo parecía desmoronarse bajo mis pies. Le dije que había llegado a dudar prácticamente de todo, incluso de la propia Revolución. No conseguía reconciliar la fantasmal realidad con lo que la Revolución significaba para mí cuando llegué a Rusia. ¿Eran inevitables aquellas circunstancias con las que me había topado? ¿La despiadada indiferencia por la vida humana, el terrorismo, el derroche y la agonía de todo? Por supuesto, era consciente de que las revoluciones no se podían hacer sin mancharse las manos. Se trata de una acuciante necesidad que implica violencia y destrucción, un proceso difícil y terrible. Pero cuanto había encontrado en Rusia eran unas circunstancias completamente impropias de una revolución, tan básicamente impropias como para convertirla en una caricatura.

Mi desilusión en Rusia. Emma Goldman

Piotr me escuchó con atención. Luego dijo: «No hay razón alguna para perder la fe. Considero la Revolución Rusa todavía más grande que la francesa porque ha sacudido lo más profundo del alma de Rusia, los corazones y las mentes del pueblo ruso. Solo el tiempo puede demostrar su alcance y profundidad globales. Lo que hoy ve es solo la superficie, circunstancias creadas artificialmente por la clase gobernante. Está usted viendo un pequeño partido político que, con sus falsas teorías, sus meteduras de pata y su ineficacia, ha demostrado como no deben ser llevadas a cabo las revoluciones». Resultaba desafortunado –prosiguió Kropotkin– que tantos anarquistas en Rusia y tal cantidad de gente fuera de ella hubiera sido arrastrada por los pretextos ultrarrevolucionarios de los bolcheviques. En la gran agitación, nos habíamos olvidado de que los comunistas constituían un partido político firmemente adherido a la idea de un Estado centralizado y que, como tal, haría necesariamente que el curso de la Revolución se extraviara. Los bolcheviques eran los jesuitas de la Iglesia Socialista: ellos creían en la máxima jesuítica de que el fin justifica los medios. Siendo su fin el poder político, no se detendrían ante nada. Sin embargo, esos medios habían paralizado las energías de las masas y habían aterrorizado al pueblo. Pero sin el pueblo, sin la participación directa de las masas en la reconstrucción del país, no se puede realizar nada esencial. Los bolcheviques habían sido conducidos a las alturas por la gran ola de la Revolución. Pero, una vez en el poder, habían empezado a reprimir esa ola. Habían tratado de eliminar y suprimir las fuerzas culturales del país que no estaban del todo conforme con sus ideas y métodos. Habían destruido las cooperativas, que eran de extrema importancia para la vida de Rusia, el gran nexo entre el campo y la ciudad. Habían creado una burocracia y un funcionariado que superaba hasta al del viejo régimen. En la aldea donde él vivía, en la pequeña Dmítrov, había más funcionarios bolcheviques de los que nunca hubo allí durante el reinado de los Románov. Toda esa gente vivía a costa de las masas. Eran parásitos del cuerpo constituido por la sociedad, y Dmítrov era solo un pequeño ejemplo de cuanto acontecía a lo largo de toda Rusia. No era culpa de ningún individuo en particular: se trataba del Estado que ellos habían creado, que desacreditaba todo ideal revolucionario, reprimía toda iniciativa y premiaba la incompetencia y el despilfarro. Tampoco se debía olvidar –remarcó Kropotkin– que el bloqueo y los continuos ataques contra la Revolución por parte de los intervencionistas habían contribuido a reforzar el poder del régimen comunista. La intervención y el bloqueo estaban desangrando a Rusia hasta matarla, y estaban impidiendo que el pueblo comprendiera la verdadera naturaleza del régimen bolchevique.

Mientras charlamos de las actividades y el papel de los anarquistas en la Revolución, Kropotkin dijo: «Nosotros, los anarquistas, hemos hablado mucho de las revoluciones, pero pocos estábamos preparados para el verdadero trabajo que se ha de realizar durante semejante proceso. Me he referido a algunos aspectos de ello en mi Conquista del pan. Pouget y Pataud[1] también han configurado una línea de acción en su obra Cómo ejecutar la revolución social». Kropotkin pensaba que los anarquistas no habían concedido la importancia precisa a elementos fundamentales de la revolución social. Los verdaderos hitos de un proceso revolucionario no se ciñen solo al combate, es decir, a la mera fase de destrucción, necesaria para despejar el camino al impulso constructivo. El elemento básico de una revolución es la organización de la vida económica del país. La Revolución Rusa había probado de manera irrefutable que debemos estar ampliamente preparados para ello. Todo lo demás posee una menor relevancia. Él había llegado a pensar que probablemente el sindicalismo debía suministrar aquello de lo que Rusia más adolecía: el canal a través del cual la reconstrucción industrial y económica del país debía desarrollarse. Él se refería al anarcosindicalismo. Eso y las cooperativas salvarían a otros países de sufrir algunos de los errores y padecimientos que estaba atravesando Rusia.

Dejé Dmítrov más que reconfortada por la calidez y la luz que irradiaba la bella personalidad de Piotr Kropotkin. También me sentía más animada por cuanto había escuchado de sus labios. Regresé a Moscú para ayudar a completar los preparativos de nuestro viaje. Finalmente, el 15 de julio de 1920, nuestro vagón fue enganchado a un tren con rumbo a Ucrania.

Nota: [1] Émile Pouget –autor de La acción directa–, y Émile Pataud escribieron en 1909 Comment nous ferons la Révolution.

(*) Capítulo XVII del libro de Emma Goldman Mi desilusión en Rusia.

Fuente: https://www.elviejotopo.com/topoexpress/otra-visita-a-piotr-kropotkin/

….

Recuerdos de Kropotkin

Emma Goldman visita Rusia

Entre los que yo deseaba ver cuando llegué a Rusia en enero de 1920, estaba Piotr Alekséyevich Kropotkin. Inmediatamente averigüé la manera de encontrarlo. Me informaron que el único medio sería cuando fuese a Moscú, debido al hecho de que Kropotkin vivía en Dmítrov, una pequeña aldea a unas 60 verstas de distancia de la ciudad. Debido al país estar tan devastado por la guerra, no me quedó otro recurso que esperar a una oportunidad de ir a Moscú, pero afortunadamente pronto se me presentó la oportunidad.

A principios de marzo varios comunistas prominentes fueron a Moscú, entre ellos Radek y Gorki, y me permitieron ir en su mismo coche. Cuando llegué a Moscú, procuré buscar medios de llegar a Dmítrov pero volví a encontrar obstáculos. Me enteré de que era casi imposible viajar. El tifus estaba en su apogeo y las estaciones de ferrocarril estaban abarrotadas de gente que esperaban semanas enteras por trenes. Cuando aparecía un tren se trababa una lucha fiera por la posesión de una pulgada de espacio en los vagones. Quinientas personas se aglomeraban en un vagón que tenía capacidad tan solo para cincuenta. Hambrientos y cansados se subían hasta el techo de los vagones sin preocuparse del frío intenso, y del peligro de caerse, no había un viaje que no contase con varías víctimas que perecían heladas. Yo estaba desalentada pues había oído de que Kropotkin se encontraba enfermo y temía que no viviese hasta la primavera; no me atrevía a pedir un coche especial ni podía reunir la suficiente energía para ir en la forma ordinaria. Una circunstancia inesperada me vino a sacar del dilema. El editor del Daily Herald de Londres, acompañado de uno de sus corresponsales, me había precedido a Moscú. También los que querían visitar a Kropotkin, y se les había otorgado un coche especial. Junto con Alexander Berkman y Alexander Shapiro pude reunirme con el Sr. Lansbury y hacer el viaje a salvo.

La casa de campo de Kropotkin estaba situada detrás de un jardín a poca distancia de la calle; en la oscuridad de la noche se notaba tan sólo la opaca luz de una lámpara de petróleo que alumbraba el camino hacia la casa. Luego me enteré de que el petróleo estaba escaso en casa de Kropotkin y que era necesario economizarlo. Después de que Piotr hacía su trabajo diario, la misma lámpara tenía que ser usada en la sala donde se reunía la familia en la noche. Fuimos muy bien recibidos por Sofía Kropotkin y su hija, quienes nos condujeron a la habitación donde estaba el gran hombre.
La última vez que le había visto fue en 1907 en París, después del Congreso Anarquista de Ámsterdam. Kropotkin, a quien durante muchos años se le había prohibido la entrada en Francia, acababa de recibir permiso para volver. En aquel tiempo tenía ya sesenta y cinco años, pero aparentaba tan lleno de vida y estaba aún tan alerta, que parecía mucho más joven. Fue de gran inspiración para todos los que tuvimos la fortuna de tener algún contacto con él. Nadie podía creer que Piotr Alekséyevich fuese viejo, pero no sucedió así en marzo de 1920. Me sorprendí de su transformación, estaba enflaquecido, extenuado. Nos recibió con su característica gracia. Desde un principio comprendimos que nuestra visita no podría ser satisfactoria; Piotr no podría hablar con franqueza en presencia de dos desconocidos y más siendo corresponsales. Después de una hora de conversación general, rogamos a la Sra. de Kropotkin y a Sasha que entretuvieran a los visitantes ingleses mientras nosotros hablábamos en idioma ruso con Kropotkin. Además de mi interés en su salud, estaba también muy deseosa de recibir de él alguna luz sobre asuntos de importancia que ya comenzaban a perturbar mi mente, la relación de los bolcheviques con la revolución; los métodos despóticos que, según me aseguraban habían sido impuestos a los gobernantes por la intervención y el bloqueo. ¿Qué pensaba Kropotkin de esto y cómo explicaría su largo silencio?

No he hecho nota alguna de nuestra conversación y daré tan solo la esencia de ella. Esta fue al efecto de que la Revolución rusa llevó al pueblo a una gran altura y había empavonado el camino hacia grandes cambios sociales. Si entonces se le permitiera utilizar al pueblo sus energías, Rusia no estaría ahora en situación tan arruinada.

Los bolcheviques que fueron empujados al frente por la ola revolucionaria, pusieron atención en un principio a los cantos revolucionarios del pueblo, y en esta forma ganaron la confianza de las masas y la ayuda de los militares revolucionarios.

A principios de octubre los bolcheviques empezaron a subordinar el interés de la revolución a la edificación de la dictadura, y esto paralizó toda actividad social. Kropotkin se refería a la cooperativa como el medio principal que, en su opinión, podría unir los intereses del campesino con los de los trabajadores. Pero estas cooperativas fueron las primeras que se destruyeron. Habló acaloradamente de la depresión, persecución y cruel acecho de cualquier sombra política u opinión, y citó numerosos ejemplos de la miseria y sufrimientos del pueblo. Sobre todo estaba más firme contra el Gobierno bolchevique por haber desacreditado así el socialismo y el comunismo ante el pueblo ruso.

Las razones de su silencio

¿Por qué entonces no había él levantado su voz contra estos males, contra la máquina que estaba absorbiendo la sangre y la vida de la revolución? Dos razones presentó Kropotkin. La primera por estar prohibido en Rusia la expresión de opiniones, la segunda por no obstaculizar la marcha del Gobierno bolchevique en momentos en que éste era atacado por las fuerzas combinadas imperialistas de Europa, y las mujeres y niños se estaban muriendo de hambre debido al criminal bloqueo, por lo tanto, él no podía tomar parte en los gritos de los ex-revolucionarios de «crucificad». Él prefería guardar silencio al menos por el presente.

Y además, protestar en contra del Gobierno era completamente inútil. El Gobierno tenía que sostener su poder por encima de todo y, por lo tanto, no podía detenerse en consideraciones. Y luego añadió:

«Creo que siempre hemos tratado de hacer comprender a las masas lo que el marxismo es. ¿Por qué sorprendernos ahora?»

Piotr Kropotkin

Le pregunté si tomaba nota de sus impresiones y observaciones. Seguramente él debía de ver la importancia de tales informes a sus camaradas, a los trabajadores, en fin, a todo el mundo. Kropotkin me miró un momento y luego dijo:

«No, yo no escribo, es imposible escribir cuando uno se encuentra entre tanto sufrimiento, cuando cada hora que transcurre trae nuevas noticias de miseria que uno no puede aliviar. Además, todo secreto personal y seguridad ha desaparecido. A cada momento puede haber un asalto, la Checa viene durante la noche, registra todos los rincones de la casa, revuelve todo y se llevan consigo hasta el último pedazo de papel. En una tensión tan constante es imposible guardar informe alguno. Pero más aún que todas estas consideraciones, es mi libro de Ética, trabajo tan sólo algunas horas diarias, y aún me queda mucho que hacer».

Habíamos ya monopolizado a nuestro camarada por mucho tiempo y a pesar de que aún había mucho de qué hablar tuvimos que conformarnos por aquella noche. La conversación volvió a hacerse general, pero ya era demasiado tarde y nuestro amigo estaba ya cansado, por lo que nos despedimos enseguida. Quedamos en volver en la primavera cuando tuviéramos más tiempo para conversar.

Después de un cariñoso abrazo, costumbre de Kropotkin a todos los que amaba, nos dirigimos a nuestro coche. Mi corazón se sentía pesado al pensar en la gran Rusia, mi espíritu estaba confuso por lo que había oído. También me alarmó la condición física en que encontré al camarada. Temí que no llegaría a la primavera. El invierno de 1920 había sido de lo más terrible, la gente se moría de hambre, de tifus y del frío, y el pensar que Kropotkin podría irse a la tumba, sin que el mundo supiera lo que él creía de la Revolución rusa sería aterrador. Me sentía impaciente. Kropotkin se había atrevido con todo el despotismo de los zares. ¿Por qué no podía escribir ahora? Pero más tarde vine a comprender el por qué Kropotkin no podía escribir sobre los hechos presentes de Rusia. En julio de 1920, volví a Moscú, estaba con la expedición del Museo de la Revolución de camino a Ucrania. Un día Sasha Kropotkin vino a verme. Había obtenido un automóvil de un oficial del Gobierno, y deseaba que Alexander Berkman y yo fuésemos a Dmítrov. Salimos al día siguiente y llegamos a Dmítrov en pocas horas. El jardín que rodeaba la casa de Kropotkin estaba florecido y el follaje cubría la casa. Kropotkin estaba durmiendo la siesta, pero se levantó tan pronto nos oyó y se juntó a nosotros. Había mejorado mucho, se encontraba lleno de energía y de vida.

Inmediatamente nos llevó al huerto de hortalizas, el que había sido trabajado casi exclusivamente por Sofía Kropotkin, orgullo de Piotr Kropotkin, y principal proveedora de la familia. Él se enorgullecía enseñándonos una nueva especie de lechuga desarrollada por Sofía. Kropotkin nos invitó jovialmente a comer. La primavera había hecho milagros en él. Era ya otro hombre.
Los primeros siete meses de mi estancia en Rusia me habían casi consumido. Había llegado con tanto entusiasmo, con tal deseo de dedicarme por completo al trabajo, a la santa defensa de la revolución, que lo que encontré me descorazonaba por completo. No podía hacer nada. La rueda del Estado socialista me había arrollado paralizando mis energías. Los sufrimientos y desgracias del pueblo, el olvido de sus necesidades, la persecución y represión desconcertó mi mente y la vida se me hizo insoportable.

¿Había sido la revolución la que transformó a los idealistas en puras bestias? Si fue así, entonces los bolcheviques no eran más que peones de ajedrez en manos de lo inevitable. ¿O sería el carácter frío del Estado que con malas mañas habían aparejado la revolución a su carro y ahora la azotaba para encaminarla al estrecho necesario al Estado? No podía yo contestar a estas preguntas, al menos en 1920. Quién sabe si Kropotkin hubiera podido.

Reconstrucción de un estandarte majnovista: «Muerte a todos los que obstaculizan la libertad del pueblo trabajador»

Último encuentro

Mi segunda visita a Kropotkin duró una hora. Durante ese tiempo Piotr habló en detalle acerca de la Revolución rusa, la parte llevada a cabo por los bolcheviques, la lección dada a los anarquistas en particular y al mundo en general. Él consideraba que la Revolución rusa era más grande en principios y finalidades que la Revolución francesa, pues a pesar de que el pueblo no estaba tan desarrollado, se adaptaba más a las concepciones de la nueva vida. El espíritu de las masas durante las revoluciones de febrero y octubre demostró que el pueblo entendía los grandes cambios que le esperaban y estaba dispuesto a poner todo de su parte.

El pueblo sabía que tenía ante sí algo tremendo que tenía que afrontar, organizar y dirigir. Aquel espíritu, enfrentado hoy por el hambre y la persecución, aún es evidente. La mejor prueba de ello es la resistencia que el pueblo ruso presenta ante el yugo bolchevique. Los bolcheviques en su marcha hacia el poder estaban muy lejos de ser la vanguardia de la revolución, como ellos alegan. Al contrario; fue la compuerta que detuvo la creciente marea de las energías del pueblo.

En su fija idea de que tan solo una dictadura puede dirigir y proteger la revolución, fue fortaleciendo su formidable Estado, el cual está destruyendo la revolución. Como marxistas, nunca se dieron ni se darán cuenta de que la única protección de la revolución depende de la habilidad del pueblo para organizar su vida económica. Por lo demás, Kropotkin añadió que él había presentado su punto de vista sobre la revolución rusa que creo ha sido publicado extensamente.

Kropotkin habló también de la parte que los anarquistas tomaron en la revolución; habló de la muerte de unos, del heroísmo de otros, de la lucha de muchos y de la irresponsabilidad de algunos. Sobre todo afirmó la necesidad de que todos los anarquistas estuviesen mejor equipados para la reconstrucción del trabajo durante la revolución.

Recuerdo claramente sus propias palabras:
«Nosotros, los anarquistas, hemos hablado mucho sobre la revolución social. Pero, ¿cuántos han sido los que se han molestado en prepararse para el trabajo durante y después de la revolución? La Revolución rusa ha demostrado la imperativa necesidad de dicha preparación para un trabajo práctico y constructivo».

En una carta dirigida a uno de sus más íntimos amigos, Kropotkin dijo que había llegado a ver en el sindicalismo la base económica del anarquismo, o sea, el medio para la organización económica y expresión de las energías del pueblo durante el periodo revolucionario.

Fue un día memorable, el último que pasaría junto al gran hombre. Cuando fui llamada para cuidarle durante su última enfermedad, llegué a Dmítrov una hora después de su muerte. La acostumbrada confusión, ineficiencia y demora burocrática me ha robado la oportunidad de ofrecer a Kropotkin algún servicio como pago al mucho bien que me hizo. Dos cosas llamaron mi atención en Kropotkin durante ambas visitas: La falta de rencor hacia el bolchevique y el hecho de no haber mencionado sus propios sufrimientos y privaciones. Fue después de su muerte cuando me enteré de algunos detalles de su vida bajo el régimen bolchevique. A principios del año 1918 Kropotkin había agrupado junto a él algunos de los más hábiles especialistas en varios ramos de la economía política. Su propósito era hacer un estudio minucioso de los recursos económicos de Rusia, recopilar estos recursos en monografías, para que pudieran servir de auxilio práctico a la reconstrucción rusa.

Kropotkin era el director editorial de esta iniciativa. Se preparó un volumen, pero no fue publicado. Este grupo científico, que era conocido por el nombre de la Liga Federalista, fue destruido por el gobierno y todo el material confiscado. Las habitaciones de Kropotkin fueron requisadas por dos veces y su familia fue obligada a buscar otro albergue. Después de estos trastornos fue cuando Kropotkin se mudó a Dmítrov, donde permaneció en involuntario destierro. Aun en el verano se hacía muy difícil visitarle, puesto que se necesitaba un permiso especial para viajar y el obtenerlo requería mucho tiempo y esfuerzo, y en el invierno se hacía casi imposible. Así sucedió que aquél que había reunido en su casa a los mejores pensadores e ideas de todo el mundo, estaba ahora obligado a una vida de reclusión.

Emma Goldman y anarquismoSus únicos visitantes eran pobres campesinos, trabajadores de su aldea no muy inteligentes que llegaban a él con sus cotidianos infortunios. Recuerdo que en la noche de nuestra visita, Kropotkin había recibido una carta de un amigo en Moscú, un científico que vivía con su esposa y dos hijos en una habitación. Una lámpara solamente alumbraba la mesa sobre la que los niños estudiaban las lecciones: la esposa copiaba algunos manuscritos, mientras que él hacía uso de un rincón para llevar a cabo sus trabajos químicos. Estaba empleado en un lugar a doce verstas de su casa y tenía que caminar dicha distancia diariamente. Kropotkin, que por medio de numerosas publicaciones en todos los idiomas estaba en comunicación constante con el mundo entero, se encontraba ahora aislado por completo de aquel recurso de vida. Ni aun podía enterarse de lo que ocurría en Moscú y Petrogrado. Sus únicas fuentes de noticias eran los dos periódicos del gobierno: Pravda e Izvestia. Mientras vivió en Dmítrov su trabajo en la Ética se obstaculizaba. No podía conseguir los necesarios libros científicos. En fin, que Kropotkin sufría un hambre mental que le torturaba, sin duda, mucho más que la malnutrición física. Recibía mejor peyok o ración que la mayoría, pero ni siquiera esto era suficiente para mantener su vitalidad.

Afortunadamente, Kropotkin recibía auxilios, de vez en cuando, de sus camaradas del extranjero, así como también de los de Ucrania, que le enviaban con frecuencia comestibles. También recibía regalos similares de Majnó, entonces aclamando por los bolcheviques como el terror de las fuerzas contrarrevolucionarias en el sur de Rusia. Pero la falta más notable era la de combustibles y luz. Cuando visité a la familia Kropotkin en el año 1920, se consideraban muy afortunados con tener luz en más de una habitación. Durante una parte del 1918 y todo el año 1919, Kropotkin escribió su Ética a los mortecinos rayos de una lámpara de aceite, lo que estuvo a punto de dejarlo ciego permanente. Durante las cortas horas del día, transcribía sus signos a máquina, despacio y con doloroso golpe en cada letra. Sin embargo, no eran sus propios sufrimientos lo que aminoraba sus fuerzas. Era Rusia, los sufrimientos de los que le rodeaban, la supresión de todo pensamiento, la persecución y encarcelación de los que tenían una opinión, el sinfín de iniquidades cometidas con el pueblo, que hicieron de sus últimos años la más profunda tragedia.

Si hubiese podido hacer algo para aliviar los sufrimientos, para traer a los dictadores de Rusia hacia sus propios sentidos… pero no, él no podía. No podía de ningún modo igualarse a aquellos de la Guardia Revolucionaria que hicieron causa común con los enemigos de la revolución. Y aunque encontrase un medio de publicar su protesta en la prensa europea, los reaccionarios harían uso de ella contra Rusia. No; él no podía hacer eso, y sabía muy bien que era inútil protestar ante el Gobierno bolchevique.

Sin embargo, era tan grande su angustia, que en dos ocasiones Piotr Kropotkin se dirigió a oídos sordos. Una vez en protesta contra la terrible costumbre de represalias, la otra contra la completa supresión de publicaciones que no fueran del Estado.

Emma Goldman y anarquismoDesde que la Checa comenzó su siniestra existencia, el gobierno bolchevique ha sancionado el sistema del terror. Madres, ancianas y jóvenes, padres, hermanas y hermanos, y hasta niños han sido víctima de represalias, muchas veces por causas u ofensas de uno de los suyos de las que ellos ni siquiera estaban enterados.

En el otoño de 1920 los mencheviques que emigraron a Europa amenazaron con la represalia si la represión contra sus camaradas continuaba. El Gobierno bolchevique anunció en la prensa oficial que por cada comunista que pereciese, perecerían diez mencheviques. Fue entonces cuando los famosos revolucionarios Vera N. Figner y Piotr Kropotkin enviaron su protesta a los poderes, diciendo que la costumbre de tomar represalias era un borrón sobre la Revolución rusa, un dragón que dejaba resultados terribles a su paso, que el futuro nunca perdonaría métodos tan bárbaros. La segunda protesta se hizo en contestación a la intención del Gobierno de «liquidar» todas las empresas editoras ya fueran políticas, cooperativas o particulares. Esta protesta fue dirigida al Congreso Panruso de todos los Soviets. Es interesante notar que el mismo Gorki, un oficial del Comisariado de Educación, había enviado casi al mismo tiempo desde Petrogrado una protesta similar.

Kropotkin, en sus manifestaciones, hizo mención del peligro de tal ataque hacia el progreso y más aún, a todo pensamiento. Tal monopolio del Estado sobre el pensamiento haría imposible todo trabajo creativo. La situación de Rusia durante los últimos cuatro meses deja prueba convincente de ello.

Una de las características sobresalientes de Kropotkin era su resistencia en lo que concernía a sí mismo. Durante mi estancia de treinta y seis horas en Dmítrov, ante el cadáver supe más de su vida personal que durante tantos años que le conocí. Incluso entre los amigos de su propio círculo, había muy pocos que supieran que Kropotkin además de ser un artista, era un músico de considerable talento. Entre sus efectos encontré una colección completa de sus dibujos de gran mérito. Amaba la música apasionadamente y era un músico de gran habilidad, en sus momentos de ocio se pasaba el tiempo sentado al piano, donde encontraba sin duda alguna sosiego y paz interpretando a los maestros con hondo sentimiento. Su cadáver colocado en el escritorio parecía estar durmiendo el sueño de la paz, y su semblante se conservaba tan afable como en vida. Allí descansaba el gran hijo de Rusia. El que durante luchas y privaciones permaneció siempre leal a la revolución y no quiso abandonarla. No llegó a ver erigido el monumento capitalista sobre la tumba de la revolución. Pero eso no le alejaría nunca de su ferviente fe en la resurrección del pueblo, en el triunfo final de una revolución libertaria.

Fuente original: Tierra y Libertad.

Fuente: https://www.elviejotopo.com/topoexpress/recuerdos-de-kropotkin/

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*


Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.