Sobre la Violencia (Tercera Parte).

por Marcelo Colussi/Guatemala.

IV. ¿Hacia una cultura de la no violencia?

Ahora bien, tanto la historia como la observación cotidiana de las relaciones interhumanas muestran que el aseguramiento de la paz es una meta de difícil obtención. Es una aspiración necesaria, imprescindible incluso. Pero si el conflicto es la razón de ser de lo humano, no puede pretenderse eliminarlo; en todo caso, y en nombre de una genuina cultura de la no violencia –siguiendo al pensador colombiano Estanislao Zuleta– «es preciso, por el contrario, construir un espacio social y legal en el cual los conflictos puedan manifestarse y desarrollarse, sin que la oposición al otro conduzca a la supresión del otro, matándolo, reduciéndolo a la impotencia o silenciándolo.» (Zuleta,1985: 2).

Un mundo paradisíaco libre de conflictos y regido por el amor incondicional no pareciera muy humano; es esa la aspiración de los diversos pacifismos y religiones, pero no debe olvidarse que en nombre del amor también se puede ser violento y cometer las peores barbaridades: las peores guerras son las religiosas, muchas veces en nombre del amor. Recordemos siempre lo que significó la Inquisición de la Iglesia Católica.

En todo caso, y como algo más posible, el aseguramiento de la paz está más en dependencia del respeto de las leyes y del rechazo de la impunidad. La ley nos aleja de la violencia. Prepararse para la paz es asegurar el estado de derecho, y no la acumulación de armas.

De todos modos «la ley es lo que conviene al más fuerte«, dirá Trasímaco de Calcedonia en su diálogo con Sócrates en La República platónica (Platón, 1986: 74). Interesante afirmación: la ley no es necesariamente justa. La historia humana hasta la fecha muestra diversos ordenamientos sociales, que no han beneficiado a las mayorías precisamente. Contra esas injusticias se han levantado, y seguramente lo seguirán haciendo, grupos opositores al orden constituído, subversivos en el más cabal sentido de la palabra: los iluministas franceses contra la monarquía absolutista, los padres fundadores norteamericanos contra la metrópoli británica, las guerrillas latinoamericanas del siglo XX, los diversos nacionalismos del Tercer Mundo, distintos movimientos antisistémicos. El materialismo histórico, como propuesta teórica y praxis transformadora es, seguramente, la propuesta más acabada como proyecto global, centrada en lo fundamental en lo económico-social. Pero a él deben articulársele otras luchas, igualmente importantes. Como dijo Sabrina González: «Las luchas en torno a las contradicciones de clase no pueden ser adecuadamente comprendidas en su trayectoria y su complejidad si se analizan divorciadas de los problemas de género y opción sexual, ecológico-medioambientales y nacionalistas –étnicos, raciales y religiosos–, que marcan nuestros tiempos. No se trata de hacerle decir a Marx aquello que no podría haber pensado en su contexto biográfico. Se trata de dialogar con él, si se quiere con cierto dejo de irreverencia, para formularle preguntas que cuestionen sus presupuestos y pongan en marcha los engranajes del espíritu crítico propio de su filosofía de la praxis«.

Cualquier orden legal imperante que organiza la vida social, hasta ahora y como una constante, es perfectible. Eso es lo que enseña toda la historia de la humanidad: una interminable sucesión de conflictos sociales en búsqueda de mejores condiciones de vida para las grandes mayorías. Por cierto que la historia no ha terminado, como dijera ampulosamenteFrancis Fukuyama (1992) cuando se desintegraba el campo socialista europeo, lo cual se desprende de una simple mirada a nuestro alrededor donde se siguen registrando injusticias sociales intolerables; de hecho, gente que muere de hambre pese a todo el desarrollo técnico, patriarcado, racismo insultante, ataque continuo al medioambiente en función del lucro empresarial olvidándose de las poblaciones.

La ley imperante, que conviene al más fuerte sin dudas y que se mantiene en virtud del ejercicio de una violencia legalizada, es también convencional. Puede cambiar, como han cambiado a través del tiempo los distintos modelos sociales, por medio de transformaciones que, irremediablemente, deben recurrir a la violencia para imponerse. La actual economía de libre mercado y democracia parlamentaria se construyó sobre la cabeza guillotinada de los monarcas, no olvidemos, y ese acto inaugural –sangrientamente violento por cierto– de nuestro sistema capitalista es la fuente inspiradora de todos los actuales derechos humanos (recuérdese la Marsellesa arriba citada).

No podemos prescindir de la violencia porque ella es parte de lo humano, pero esto no debe llevar a su resignada aceptación, ni mucho menos a su entronización. De esto sólo se seguiría fatalmente su apología. Si bien la violencia está entre nosotros hay que trabajar denodadamente en la preparación para la paz. Que nuestra constitución psicológica tenga que ver con la agresividad no significa que toda la sociedad esté regida exclusivamente por ella; también es posible y necesaria la tolerancia de las diferencias, la aceptación del otro distinto. El ser humano se mueve, además de la inteligencia, por una sumatoria compleja de pasiones donde cuentan tanto el amor como el odio. Si no puede aceptarse al otro diverso a través de un proceso civilizatorio, debería considerarse que las injusticias son de carácter natural, y por tanto nada podría hacerse al respecto. Y definitivamente algo puede, y debe, hacerse en contra de las injusticias.

Si se terminasen las injusticias en el mundo ¿se terminaría la violencia? Quizá así planteado el problema no ofrece salida. Por lo pronto, a partir de la experiencia de la que podemos hablar –la actual, nuestra historia como especie– es imposible pensar en una sociedad sin disparidades (y ya no sólo las económicas, sino las de género, de edades, de tradiciones, de generaciones). Repitámoslo: no hay paraíso ni puede haberlo.

Pero un orden social que legitima no sólo diferencias sino flagrantes injusticias, es una fuente de violencia. En la actualidad –era de la revolución científico-técnica, de la conquista espacial y de los logros más inimaginables del ingenio– cada siete segundos muere de hambre una persona en el mundo, y cada segundo nacen cuatro nuevos seres, siendo que dos de esos nacimientos se produce en un barrio marginal de una gran urbe del Tercer Mundo, el Sur global, con lo que el nuevo venido a la vida ya tiene bastante trazado su futuro, no muy promisorio por cierto.

Todo esto es una injusticia en términos humanos, y al respecto coinciden, al menos en lo discursivo, tanto el Vaticano, las distintas izquierdas y el Fondo Monetario Internacional (aunque las respuestas al respecto sean muy disímiles entre estos actores). Ese orden social imperante es intrínsecamente violento; de ahí que, si desde el estado de derecho general, globalizado para decirlo con un término actual, se ejerce una violencia originaria, las acciones que se sigan probablemente han de ser igualmente violentas: cada vez mayor delincuencia, oleadas imparables de inmigrantes irregulares rumbo a la prosperidad del Norte, aumento de la narcoactividad, ciudades crecientemente peligrosas, actos terroristas en el lugar menos pensado, y consecuentemente una proliferación como nunca antes de armas, agencias de seguridad y sistemas de alarma cada vez más sofisticados.

¿Acaso el mundo actual es más violento que el de otros momentos históricos? Pregunta imposible de ser respondida terminantemente; Freud, en ocasión de marchar al exilio ante la invasión nazi, dijo: «Ahora queman mis libros, en la Edad Media me hubieran quemado a mí. Hemos progresado«. (Jones, 2003: 323). Junto al estremecedor arsenal nuclear que la humanidad ha acumulado actualmente, con posibilidades de destrucción masiva como nunca antes, también se ha avanzado considerablemente en la defensa de los derechos humanos; de hecho se legisla sobre delitos de lesa humanidad, la degradación ambiental, el matrimonio homosexual, el aborto o la eutanasia como nunca en la historia se había hecho, con lo cual se van sentando precedentes para la construcción de sociedades más equilibradas y tolerantes. Ya no se mata al mensajero portador de malas noticias. Pero la violencia no cesa.

La conclusión obligada de todo esto es que la no-violencia debe construirse, edificarse, afianzarse día tras día. Y en ese arduo trabajo, la lucha contra la injusticia juega un papel de suma importancia. Pero no debe pensarse que estamos fatalmente condenados a repetir el círculo de la violencia. Sin ser ingenuos podemos (debemos) aspirar a un mundo más vivible para todos, porque ahí radica la posibilidad de un verdadero mejoramiento (empezando muy egoístamente por mi mismo si se quiere, para luego pensar en el bien común).

Quizá la máxima de amar al prójimo como a uno mismo, o la esperanza en un «hombre bueno» y naturalmente solidario que intentó forjar el socialismo real, deban revisarse. Probablemente no exista una vacuna efectiva contra las atrocidades humanas –el esclavismo o la bomba atómica, el machismo, la tortura, las dictaduras o la CIA, etc., etc., y la lista se podría prolongar casi infinitamente–, pero existe la posibilidad (o la perentoria necesidad, más exactamente) de revisar qué somos y cuáles son nuestros proyectos vitales, de cuestionarnos nosotros mismos (cosa, valga agregar, que la fascinación tecnotrónica en que actualmente vivimos no nos alienta precisamente –la máquina lo resolverá todo– ¿no habrá allí una nueva religión?) para, en alguna medida, ir acercándonos a esos antídoto

Sócrates fue condenado a beber la cicuta justamente por eso. Pensar contra la corriente no es fácil… ¡Es peligroso!, pero vale la pena. La experiencia de la humanidad recurda con sangre que las disidencias se pueden pagar caro. Pero sin crítica, sin disidencia, sin confrontación, nada se mueve. «La violencia es la partera de la historia«, dijo Marx, retomando una idea hegeliana: «La historia es un altar sacrificial«.

V. Sobre el humanismo

El «hombre nuevo» de la izquierda hace ya largo tiempo está en crisis. En su antípoda, en la concepción «occidental y cristiana» moderna, hoy ya globalizada –y post moderna– la antropología subyacente descuella por su creciente desinterés por lo humano.

Que el mundo no es un paraíso es algo por demás de evidente. ¿Estaremos en condiciones de aspirar a algo mejor con los medios técnicos con que contamos actualmente? Todo indicaría que sí. Pero ¿por qué resulta tan difícil de alcanzar ese ideal? ¿Por qué crece la crisis en la situación humana actual? Pues nadie puede negar que hay una profunda crisis: una acumulación de riquezas como nunca antes en la historia, y junto a eso una creciente cantidad de desesperados. Además, para tornar más patético aún el panorama, 65 frentes de guerra abiertos (la guerra de Ucrania, hoy en la cresta de la ola mediática, es solo una más de todas las que se desarrollan, sin dudas muy importante por lo que allí se juega como posible recomposición de los poderes mundiales).

¿Cómo entender que entre los sectores más dinámicos de la humanidad estén la producción de armas y de drogas ilegales –ambas destinadas a matar–, por delante de otros aspectos evidentemente más importantes en cuanto a la satisfacción de necesidades y dadores de una mejor calidad de vida? Esto de la pulsión de muerte freudiana da para reflexionar.

Todo esto lleva a pensar en razones de fondo: el destino del ser humano está en dependencia de la idea que de él se tiene, de lo que de él se espera, de su proyecto. Sin visiones apocalípticas, el momento actual nos confronta con una situación preocupante, por decir lo menos. Para graficarlo de algún modo: de activarse todo el arsenal termonuclear existente en nuestro planeta la onda expansiva liberada llegaría hasta la órbita de Plutón, destruyendo completamente toda forma de vida en la Tierra, dañando en forma considerable Marte y Júpiter.

Proeza técnica, seguramente; pero ello no impide que mueran de hambre muchísimos congéneres diariamente a escala global. ¿Qué mundo se ha construido? ¿Cuál es la idea de ser humano que posibilita construir esto?

Con el ser humano que está en la base del mundo hasta hoy conocido, ése que somos cada uno de nosotros, cabe preguntarse si se podrá hacer algo superador, y cómo. Luego de todo lo dicho anteriormente sobre la violencia en tanto fenómeno humano, podemos acompañar al iluminista Voltaire, uno de los principales ideólogos de uno de los grandes cambios en la historia humana, quien reflexionaba en su Cándido:

¿Creéis que en todo tiempo los hombres se han matado unos a otros como lo hacen actualmente? ¿Que siempre han sido mendaces, bellacos, pérfidos, ingratos, ladrones, débiles, cobardes, envidiosos, glotones, borrachos, avaros, ambiciosos, sanguinarios, calumniadores, desenfrenados, fanáticos, hipócritas y necios? (Voltaire, 1995: 311) 

Decididamente no podría acusárselo de pesimista. El iluminismo dieciochesco confiaba casi ciegamente en las potencialidades del ser humano en tanto racional, en el progreso, en la industria naciente. El marxismo clásico no deja de ser heredero de esa cosmovisión, y por tanto mantiene similares esperanzas: «el triunfo histórico del proletariado redimirá a la humanidad«.

¿Pero qué posibilita que se instaure tan fácilmente un Rambo en la cultura dominante como imagen ganadora, o que un Ceaucescu, un Stalin o un Pol Pot, supuestamente revolucionarios, se hagan del poder y se mantengan sin mayores diferencias que un Idi Amín? (¿empapando con sangre impura los surcos?)

La pregunta que interroga por el sentido de lo humano, por sus posibilidades y por sus límites, no es pesimista. Es realista. Sólo si tenemos claro qué somos, qué podemos esperar de nosotros mismos, y qué no, podemos atrevernos a plantear cambios genuinos. (Queda por demás claro que la situación humana actual necesita de profundas mejoras: se llega a Marte al mismo tiempo que hay desnutridos y analfabetos. En el siglo XXI todavía hay gente que vive soportando penurias como si estuviea en el XIX, y aún hoy, aunque esté prohibido, se venden esclavos al mejor postor –en Libia por ejemplo, después de la entrada triunfal del ejército estadounidense para asesinar a Khadaffi instaurando la democria y la auténtica libertad–.

Desde hace unos dos siglos el «hombre moderno» –racional y científico– se ha venido imponiendo como centro de la cosmovisión dominante. El eurocentrismo se impuso en el mundo en estos tiempos. Es él (siempre en versión blanca y rubia) quien ha construído la sociedad moderna: industrial, de masas, consumista. Hoy ya prácticamente ha desplazado en el mundo entero otras perspectivas culturales, relegándolas a un segundo plano o simplemente desapareciéndolas. ¿Será que ahora, ante el posible nuevo cuadro de situación post guerra de Ucrania, la balanza se inclina hacia el Oriente, hacia el Asia?

Claro está también que la desigualdad social no es invención suya, sino que ella se remonta a los albores de la historia (exclúyase del análisis un primer momento de presunto comunismo primitivo, etapa de homogeneidad sin diferenciaciones sociales). Los primeros atisbos de organización medianamente compleja, superado el estadio del cazador primitivo sin producción excedente, ya evidencian estratificaciones; la lectura hegeliana de la historia no podrá entonces menos que inferir una dialéctica del amo y del esclavo como estructura de lo real.

Permítesenos al respecto esta reflexión: Freud, fundador del psicoanálisis, veía con buenos ojos la revolución socialista de Rusia en 1917. Pensaba que a partir de un marco social nuevo, con una nueva ética, nuevos valores, nuevo proyecto civilizatorio, podría surgir un sujeto nuevo, «menos conflictuado» del que somos hoy día. La idea de comunismo mantenida por Marx («De cada quien según sus capacidades, a cada quien según sus necesidades«), igualmente abre una esperanza a futuro, superando el estrecho marco del consumismo individualista. Ahora bien: articulando ambos pensamientos revolucionarios, ambos de una fabulosa profundidad humana, puede hacerse esta pregunta: ¿Por qué al llegarse a la agricultura y a la producción de un excedente social hace más o menos  entre 8 y 10,000 años, en vez de repartirse ese plus producto de forma equitativamente solidaria, surgieron las clases sociales donde una pequeña minoría se apropia esa riqueza, y una gran masa no deja de trabajar para solventar esos privilegios?

Si bien la historia nos confirma este panorama injusto (violento) que se sigue repitiendo con diversas modalidades, con todas las asimetrías ya nombradas (económicas, de género, étnicas, adultocentrismo, homo y transfobia), el desarrollo contemporáneo nos descubre una situación nueva: estamos ante una humanidad «viable» y otra «sobrante». ¿Viable para quién? Seguramente para un modelo de ser humano donde, curiosamente, el ser humano mismo puede ser prescindible.

Aunque el ser humano es la razón de ser de la producción humana, de la producción industrial masiva destinada a mercados cada vez más extendidos, el ser humano post moderno termina sobrando merced a la misma modalidad de esa producción: el robot y la cibernética lo relegan.

Una idea de desarrollo que no tome al ser humano concreto como su eje es peligrosísima; la noción de «progreso» que ha dominado nuestra cultura estos dos siglos de desarrollo capitalista da como resultado lo que tenemos a la vista, que por cierto es un desastre. Es innegable que la industria moderna ha resuelto problemas ancestrales, que la ciencia en que descansa abrió un mundo espectacular que revolucionó la historia; pero no es menos cierto también que ha habido un olvido del para quién del desarrollo. ¿Cómo puede ser posible que importe más la ganancia empresarial que la vida de la gente? Sin dudas, anida allí una cuestión básica: la violencia atraviesa lo humano, y el otro de carne y hueso puede ser amado… ¡pero también despreciado, humillado, vejado!

Nunca hasta ahora se había llegado a concebir, desde quienes detentan y ejercen el poder, la idea de «poblaciones sobrantes». Los marginales actuales no son el enfermo mental o el inválido que no entran en el circuito productivo y, harapientos, mendigan suplicantes; son barrios completos, masas enormes, ¿quizá países? La caridad cristiana ya no alcanza para atenderlos. Ni tampoco la cooperación internacional y ese «cáncer» moderno que son las llamada ONG’s (armas sutiles de contención del descontento popular). ¿Quién y en nombre de qué puede decir que hay gente «de más»?

Continuamente ha habido llamados a la «humanización» en un desarrollo que pareciera llevarse por delante y olvidar al ser humano: leyes de protección a los indígenas (Fray Bartolomé de las Casas), buen trato a los esclavos, el socialismo utópico en los albores de la industria (Owen, Fourier, Saïnt-Simon), actualmente «ajuste estructural pero con rostro humano». Se llegó a hablar de «capitalismo serio». ¿Qué hay que siempre se recae a un «salvajismo» contra el que deben levantarse voces para suavizarlo?

Si en las varias décadas de socialismo real transcurridas, en contextos culturales e históricos distintos, en general se ve que se agranda la distancia entre pueblo y cúpula política, que el fervor revolucionario de los inicios deja paso a un discurso «oficial» anquilosado, que la seguridad del Estado termina siendo el eje de la dinámica social, esto hace pensar en qué es y cómo se construye el «hombre nuevo». Esto no es negar el socialismo; sus logros sociales (todo el mundo come, todo el mundo se educa y tiene salud, todo el mundo tiene trabajo y vivienda, se puede caminar tranquilo por la calle porque no hay delincuencia, el desarrollo de su saber científico es innegable) son inconmensurables si se comparan con los del capitalismo. No olvidar nunca que en el sistema de libre mercado para que un 20% de la población planetaria viva con comodidad, el 80% restante pasa penurias extremas. Pero esto no quita la necesidad de revisar y proponer alternativas a todos los errores de las primeras experiencias socialistas (las poquísimas que ha habido, por cierto. En tal sentido, el socialismo sigue siendo una esperanza: no porque elimine la violencia, sino porque apunta a eliminar las injusticias).

Tal vez sea necesario replantear la noción de humanismo de la que hemos estado hablando desde el surgimiento del mundo moderno; seguramente la noción de un «un hombre bueno por naturaleza pero corrompido por la sociedad» (Rousseau) sea algo simplista, ingenuo. Quizá el «hombre nuevo» que levantó la llegada del socialismo no escapa a un planteamiento romántico principista, desconocedor en última instancia de las reales posibilidades humanas (Marx, por lo pronto, fue un hijo del romanticismo de su época).

Es imposible que la gente común y corriente sea como el Che Guevara; «Los pueblos no son espontáneamente revolucionarios sino que, a veces, se ponen revolucionarios» –decía un anónimo de la Guerra Civil Española–. ¿Por qué no hacer entrar en las cosmovisiones, o en los proyectos transformadores, a la violencia como un elemento normal, tan humano como la solidaridad o el amor? Porque lo humano es todo eso. (En un naufragio se salva quien puede, quizá dejando que se ahogue otro, pero también hay solidaridad y actos de arrojo por salvar al otro. Todo eso son posibilidades humanas).

Si hablamos de la violencia, tal como se había dicho más arriba, hay que hacer entrar otras categorías en el análisis de lo humano: la conflictividad y el poder. Mientras no consideremos al poder como un eje fundamental que articula lo humano, todo análisis quedará cojo.

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Fin Parte III de III. Parte II, pinche aquí.

Recibido por CT: 22-05-2022. (Por su extensión El artículo se publicó en 3 partes).

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