Chile violeta: Desde lo institucional a la autonomía, desde el feminismo a la lucha por la humanidad.

Foto: En la ciudad argentina Gobernador Gregores se realiza parte de "La Ruta de la Huelga de 1921". Ésta rememora la lucha que miles de hombres y mujeres realizaron en la provincia de Santa Cruz y el asesinato de 1500 huelguistas. Gracias a Osvaldo Bayer y Marcelo Serafini (en la foto) podemos conocer esta historia de la Patagonia Rebelde. En la imagen, Marcelo Serafini y Nadia Poblete (autora del texto que presentamos a continuación) en uno de los sitios de memoria construidos en homenaje a los asesinados.

La despotencia de la lucha feminista institucional y la potencia de la lucha feminista popular.

Por Nadia Poblete (1)/Revista SED. 

I.
 
La acción política feminista en estos últimos años en Chile, ha evidenciado una  mutación rápida y sorprende: de la acción callejera portadora de una ruptura de carácter contracultural que logró ‘mover’ la naturalización de muchos elementos que sustentan el orden patriarcal a ser parte del establishment de la política nacional y por tanto, contribuir al restablecimiento del orden institucional en crisis aguda post revuelta popular. Este texto se propone abordar dicho proceso de institucionalización, convocando a romper con ese camino y retomar el carácter rebelde y emancipador de aquel feminismo que ha estado presente en las luchas populares.  
Importante es aclarar, que dichos procesos de institucionalización no son excepcionales. La cooptación y manipulación, la falta de política más allá de las demandas y de las coyunturas, han implicado en varios ocasiones retrocesos en los procesos de construcción social y política.  Sin entrar en detalles, se pueden señalar los siguientes momentos de institucionalización en el caso del feminismo:

  • Un primer momento de institucionalización, se relaciona con la obtención del derecho a voto del año 1949. De acuerdo con Julieta Kirkwood (1986), luego de concretar esta demanda el movimiento cae en una “abrumadora pasividad política” (p.59), siendo ‘absorbida’ la militancia feminista por el sistema político imperante(1) y por tanto, anulándose como corriente y movimiento político.
  • Un segundo momento, y quizás el más conocido, se desarrolló a inicios de los ’90 post dictadura cívico militar, cuando se crea el Servicio Nacional de Mujeres (SERNAM). Éste tenía como finalidad elaborar una política a favor de la igualdad e incorporación de las mujeres al quehacer del país. En paralelo, se comenzó a implementar una fuerte ‘ONGnización’ que se tradujo en una dependencia de fondos internacionales y nacionales. Resultado de lo anterior fue la división del movimiento: por un lado el feminismo institucional asociado a la maquinaria estatal y al financiamiento vía ONGs y por otro, el feminismo autónomo, crítico al financiamiento de la política feminista, a la nueva institucionalidad y a todo el proceso de transición «democrático». 
  • Finalmente, el momento actual como un tercer momento de institucionalización, que se caracterizaría por la pretensión de un sector importante del movimiento de traducir demandas históricas en normativas constitucionales y por tanto, disputar espacios en lo institucional,  así como, por la autodenominación del gobierno de Gabriel Boric como feminista. Es decir el feminismo instalado en el poder del Estado. 

Todos estos momentos, fueron precedidos de una importante movilización y desarrollo de la organización feminista, que tenía profundas implicancias en el desarrollo de las mujeres como sujetos políticos capaces de torcer siglos de exclusión, décadas de muerte y de apatía social(2).

 
II.
 
Si la revuelta popular de octubre del 2019 en Chile, tuvo una fuerte presencia del movimiento feminista y sus demandas históricas fueron parte del discurso colectivo que en la calle se enunciaba, es por la potencia y masividad que el mismo feminismo venía mostrando desde el año 2016 con el surgimiento del movimiento “Ni una menos”, que desde Argentina irradió a distintos lugares en América. Esta irrupción como actor en el escenario de la coyuntura nacional y latinoamericana fue el resultado de un activismo permanente de muchas feministas que de manera sostenida levantaban acciones contra las armas comunes y letales del orden patriarcal: la violencia, el sexismo mediático, la discriminación en diversos ámbitos de la vida social, entre otros.
 
En Chile, hubo numerosas y concurridas marchas por distintas ciudades del país(3) incluyendo una profusa difusión comunicacional en los medios del duopolio que fue encabezada por figuras televisivas que comenzaron a declararse feminista, asimismo, hubo intentos de cooptación mercantilista vía grandes multitiendas(4).Entonces, la brutalidad de la violencia contra las mujeres, las implicancias en términos de denunciar las relaciones jerárquicas de poder propias del patriarcado en tanto soporte político de este movimiento, tempranamente estuvo tensionado e interceptado por formas mercantilizadas de cooptación, pero su potencia continuó. Una de las acciones paradigmáticas durante la revuelta popular y que traspasó las fronteras, fue la performance del grupo “Las Tesis” denominada “Un Violador en tu Camino”. En base a una canción que sintetizaba los postulados de la antropóloga argentina Rita Segato (2003; 2016; 2018) y un baile colectivo, miles de mujeres denunciaron al “Estado opresor” como “un macho violador”(5).
 
Desde Arica a Punta Arenas, las mujeres ponían en escena el carácter estructural de la violencia patriarcal, sacándola de las paredes de lo íntimo y de la comprensión en tanto acto individual, para denunciarlo como un acto de poder institucional. Se manifestaba una crítica radical al Estado como instancia que ha generado, mantenido y potenciado la opresión contra las mujeres y por tanto, un instrumento más del orden patriarcal.Dado el traspaso de fronteras y la diversidad de cuerpos de mujeres que reprodujeron la performance denuncia, esta mostró la transversalidad de la violencia contra las mujeres. Un común que sin negar otras diferencias, refiere a relaciones estructurales de sexo, o como las llamara Colette Guillaumin a relaciones de sexaje, es decir, relaciones de poder, jerárquicas entre los sexos basadas en condiciones materiales y también simbólicas -ideológicas-, donde lo material es la necesidad de apropiación física directa del cuerpo de la mujer y lo ideológico refiere a un discurso naturalista que permite inscribir la apropiación como un destino inevitable – tal como el de los esclavos y de los siervos medievales- legitimando y justificando dicho orden relacional (Curiel y Falquet, 2005).
 
El sexaje y la apropiación de los cuerpos como condición de opresión común de la clase sexual mujeres (Guillaumin, 2012)(6), a través de la violencia y particularmente de la violencia sexual, es probable que no estuviera intencionado por las autoras de la performance, pero fue develado por miles de mujeres que replicaron el acto denuncia en distintos países y continentes. Se puso en las calles, en las pantallas, en las fotografías, una acción contracultural donde se condensaban décadas de denuncia, de generación de conocimiento y de conceptos que  nombraban lo que  no tenía palabra. Fue -potencialmente- una ruptura subversiva, es decir, una alteración del orden masculinista, acompañado en el caso chileno, por un levantamiento popular general.
 
Sin embargo, también estuvo mediado por la exposición mediática. Las tesis fueron elegidas por la Revista Time entre las personalidades más influyentes del año 2020 y durante el 2021, esta misma agrupación se mostró a favor del cambio constitucional, aceptando con ello el camino trazado por distintos representantes de los partidos políticos en el Congreso Nacional en noviembre del año 2019.A la cooptación comunicacional, se le sumó el desarrollo de salidas institucionales, que a través de la inclusión de voces feministas y de las demandas históricas del movimiento trató de evitar la profundización de la crisis. Un claro ejemplo de ello fue el proceso convencional, así como la resolución que tuvo – unos meses antes de la revuelta- el “mayo feminista”.
 
III. 
 
La histórica ocupación de las universidades por parte de estudiantes mujeres y organizaciones feministas en distintas ciudades y regiones de Chile que durante el primer semestre del año 2018, denunció prácticas de acoso sexual y otras formas de violencia contra las estudiantes ejercida por docentes y pares, desestabilizó la institucionalidad universitaria por algunos meses. Numerosas fueron las tomas, las asambleas y las actividades que evidencian esa desestabilización, hubo una institucionalidad perpleja por un tiempo.  Sin embargo, una rápida mirada sobre lo ocurrido permite plantear que ya sea por falta de perspectiva política, y por una imposibilidad de articular lo que se denunciaba con otros rasgos autoritarios de las universidades – me refiero por ejemplo al racismo y al clasismo-, la potencialidad rupturista se fue vehiculizando hacia salidas sancionatorias y normativas a cargo de las mismas instituciones universitarias. En rigor, se crearon instancias al interior de las universidades – las que durante décadas habían naturalizado y silenciado la violencia patriarcal- para que abordarán las denuncias caso a caso.
 
El resultado de institucionalizar y establecer protocolos para el abordaje de la violencia, a la luz de estos años, no ha tenido una relevancia significativa y más bien, se ha denunciado constantemente su inoperancia. Por otra parte, si el movimiento hubiera dado paso a la emergencia de otras problemáticas del mundo universitario en distintos niveles, como  haber  puesto en cuestión lo que se ha denominado capitalismo académico, o pensar el rol de las universidades en la sociedad actual, quizás el curso de lo sucedido pudiera haber tomado otro rumbo.  Sin duda, se necesitaba de otras y otros actores activos en el proceso y no solo las estudiantes. La mirada y accionar de académicos e investigadores hubiera sido sustancial para abrir un profundo cuestionamiento a la universidad en todos sus aspectos administrativos, relacionales y como instancia de conocimiento, de ahí la necesidad de una reforma universitaria hubiera -probablemente- sido clarísima. 
 
De todas maneras, es necesario señalar que mientras se desarrolla este movimiento feminista de corte contracultural, en Chile ya hace unos años se iba mostrando una crisis social y política que no solo se asociaba al orden patriarcal sino también a otras caras del sistema de dominación. La Iglesia Católica comenzó a ser fuertemente cuestionada por reiteradas denuncias de abuso sexual contra niños, el mismo sistema político aparecía en encuestas deslegitimado y la participación en elecciones no eran sino un reflejo de aquello, la  abstención era casi de un 50% e iba en aumento; la lógica extractivista sobre los bienes comunes naturales mostraba sus límites a través de las sequias, altas temperaturas que incidieron en mega incendios. Todo un caldo de cultivo para una agudización de una crisis general. La revuelta popular fue expresión de aquello, y el movimiento feminista fue parte de ese levantamiento colectivo y radical que se expresó en diversas acciones: desmonumentalización en varias ciudades, prácticas y organización de autodefensa frente a la violencia policial, irrupción de toda una estética de protesta contra el orden, el ánimo destituyente ante quienes ostentan el poder, entre otros.
 
Esa radicalidad fue encauzada por acuerdos políticos consagrados en el Congreso Nacional el 15 de noviembre. Con ello, al igual que en el mayo feminista, el curso de la revuelta fue debilitado, institucionalizando muchas de las luchas que se habían mostrado en potencia. La convención constitucional -parte del acuerdo- fue la mayor instancia de institucionalización y en ella, participaron sectores importantes de los movimientos sociales que habían sido protagonistas de la irrupción popular de octubre: movimientos socioambientales, indígenas y feministas.Así el movimiento feminista, desde las masivas manifestaciones callejeras pasó a las salas del Palacio Pereira donde se reunieron por un año los y las convencionales para elaborar una nueva propuesta de constitución. Desde el carácter rupturista contracultural se pasó a la estética acicalada y circunspecta del poder, desde la crítica radical al Estado como instrumento de la violencia patriarcal se pasó a legitimar la inclusión de las mujeres y del feminismo a su estructura.Esto se acentuó con la asunción del nuevo gobierno.
 
Con el traspaso de mando de Piñera (sindicado como principal responsable de las violaciones a los derechos humanos cometidos durante la revuelta popular) a Boric en marzo del 2022, la nueva coalición gobernante y el mismo presidente electo comenzaron a implementar lo que llamaron gobierno feminista. Éste principalmente se concretaría a través de una distribución paritaria de los cargos de poder en el nuevo gabinete. Misma demanda que portaron las feministas convencionales. Así se sellaba la nueva institucionalización de la política feminista. En rigor, este feminismo asume el proyecto político de restaurar el orden con políticas inclusivas como la paridad. Peleando por la igualdad formal o el reconocimiento de la diferencia, se enfocan en los síntomas y no en las estructuras de dominación (Catherine Mackinnon, 2014). Olvidan la profundidad de la crisis, que como he señalado más arriba, incluye a todo un orden social y diversas instituciones. En rigor, no cuestionan las condiciones de opresión y lo que hacen es asegurar que unas pocas privilegiadas puedan alcanzar posiciones iguales a los hombres (Cinzia Arruza, Tithi Bhattacharya, Nancy Fraser, 2019).
 
Este feminismo ata nuestra causa al elitismo y al individualismo, por ello, es liberal, pero también es conservador, porque con su apuesta viene a ser útil para reponer la legitimidad de un sistema político en crisis. El fracaso en el plebiscito de salida de la propuesta de nueva constitución y, por tanto, de su carácter feminista, ha sido un significativo golpe para ese sector institucionalista, tanto para su brazo convencional como para el brazo gobernante; se han quedado sin política y también sin la calle. Estos sectores, que recientemente movilizaban a millones, hoy ven mermadas sus capacidad de convocatoria, incidiendo en el silenciamiento de la voz de las mujeres en aquello que se suele llamar ‘espacio público’.
 
Las opciones que cambian el escenario donde se hace política por tanto tienen un efecto, no son inocuas a la potencia rebelde que se venía desarrollando y mostrando en el espacio callejero. El golpe a la potencia rebelde feminista, no vino solo de los sectores del poder, de la casta política ni del mercado, fue ejecutado también por un importante sector del mismo movimiento, fue ejecutado por aquellas que decidieron sentarse al lado de ‘honorables’ encubridores de violaciones de derechos humanos, a ‘honorables’ ex ministros, es decir, a los ‘honorables’ políticos de siempre. Tal ha sido el impacto que ha existido un retorno a discursos públicos descaradamente patriarcales(7), frente a lo cual la reacción del movimiento prácticamente ha sido nula. Habrá que consignar que para la tercera conmemoración de la revuelta popular, prácticamente no hubo presencia feminista organizadas en las calles. Toda evidencia que la opción liberal y restauradora del orden institucional no es inocua en el proceso de construcción de una subjetividad emancipada (Fernández, 2008) sino que la despotencia.
 
Asimismo, la falta de una política que acompañe la irrupción contracultural con un critica radical a las condiciones estructurales que mantienen la opresión de las mujeres y que, por tanto, vaya agudizando la mirada crítica no solo sobre el orden patriarcal, sino también frente al (des)orden que instala el capital, permitió que las demandas fueran fácilmente cooptadas en un primer momento por la mercantilización mediática, y luego por la institucionalidad política.
 
IV.
 
Con todo, el problema es cómo se hace política feminista. Lo dicho implica primeramente un rechazo a las vías institucionales, dado que su resultado no es sino la afectación y debilitamiento de toda la potencia rupturista del movimiento. Por tanto, si una y otra vez el resultado es el mismo vía ese camino, la decisión sería apostar a los caminos por fuera de las alternativas que brinda el orden institucional, pero siendo clara, tampoco nos sirve solo ir caminando obtusamente por los caminos de la autonomía sin horizonte mayor. Para desplegar la creatividad que propulsa la autonomía, dado que los caminos no están trazados sino que hay que construirlos, es necesario pensar en el momento actual en el que nos encontramos insertos. 
 
Para modificar las relaciones de sexaje y por tanto, la apropiación de los cuerpos, de las subjetividades en definitiva de la vida de las mujeres,  se necesita comprender cómo opera lo que se ha denominado precarización de la vida. Esta precarización es importante no entenderla como una asunto individual, que afecta a hombres y mujeres en específico y solo asociada a las condiciones concretas. La precarización que está presente en nuestras vidas es porque el sistema, las instituciones, los espacios que nos construyen como seres humanos  se han empobrecido. Nuestra vidas precarias no son sino un síntoma del estado de descomposición de la sociedad actual. Con esto me refiero a que es insuficiente plantear la idea de que nuestras vidas están precarizadas, si no comprendemos que esas vidas son resultado de relaciones sociales, contextos institucionales y construcciones éticas ,que en crisis, generan un empobrecimiento general de las condiciones de existencia (8). En rigor:

  • Sin duda hay precarización económica, que no solo está asociada a la disminución de los salarios y la flexibilización extrema de los trabajos, sino que también guarda relación con la mercantilización y descualificación de los cuerpos y de los deseos. Esto quiere decir que existe precarización asociada a la mercantilización extrema. Cuando todo se  «pone en valor»- como se suele decir hoy- no queda sino el producto fragmentado y  disociado de un todo, el cuerpo se vuelve objeto, los deseos impulsos compulsivos, la intimidad productos de consumo,  en definitiva, los órganos, la sangre, el dolor, el placer y la alegría se vuelven productos transables que generando riquezas destruyen lo humano. 
  • Si a lo anterior, agregamos que existe una precarización en los espacios de desarrollo de lo humano que por tanto, no aportan a la construcción de pensamiento crítico y tampoco a la emergencia de una ética colectiva capaz de abordar problemáticas actuales que afectan de manera profunda a la sociedad de esta parte del mundo, hay una precarización más profunda que incluye las condiciones  inmateriales que afectan de manera sustantiva nuestra forma de ser humanos. Las mismas instancias que se consideraban pilares para el desarrollo de niños, niñas, de los y las jóvenes, hoy aparecen sin sentido, sin perspectiva, porque están mediadas por esa mercantilización donde sólo interesa el producto que se tranza y no los procesos, no las relaciones que se despliegan en dichos procesos. Un claro ejemplo de ello, son las escuelas y las universidades.

Sin referencias, ni contextos que desarrollen lo humano, la mercantilización coloniza los cuerpos, el pensamiento y las emociones. Por tanto, el feminismo y cualquier otra corriente de pensamiento y de acción política, debe salir de sus parcelas, de sus temas, de sus demandas históricas. Debemos pensar(nos) a las mujeres inmersas en esa profunda precarización que afecta a todos; es imposible una política feminista a partir del diagnóstico de problemas que solo afectan a las mujeres, sino que el punto de partida debiera ser esa profunda crisis a la que ha abonado no solo el patriarcado, sino que sustantivamente el capitalismo. Así las relaciones de sexaje y sus consecuencias, el capitalismo y la mercantilización de todos los espacios de la vida, son temas-problemas de todos y todas, por lo que nuestra política debiera aspirar a cierta universalidad en el entendido que es una política para la sociedad en su totalidad. Desde la lucha antiinstitucional, desde la lucha feminista,  habrá que dar un paso a la lucha por la humanidad y por la vida.

Notas:

(1) Feminista, parte de Cooperativa Ginergia.  Esta versión presenta modificaciones al original publicado en Revista SED.

(2):  Considerando la historia del movimiento feminista, el conocimiento producido y acumulado por el mismo movimiento, se propone esta periodización de distintos momentos de institucionalización. Generalmente, se ha considerado los últimos dos, más he decidido agregar el primero, porque a la luz de lo planteado por Julieta Kirkwood (1986) me parece pertinente. De hecho, la socióloga chilena planteará que posteriormente a la obtención del voto político, se instala un “periodo de más de 25 años de silencio”, un periodo al que se puede “llamar la ‘caída’, marca el inicio de la inserción de las mujeres politizadas en los distintos partidos ofrecidos a su elección y también de su silencio feminista” (p.83).
 
 
(4): Me refiero, entre otras acciones de cooptación mercantil, a las famosas poleras “Ni una menos” de la multitienda Ripley.
 
 
(6):  El concepto de clase sexual es desarrollado por Guillaumin y refiere, para el caso de clase secual mujeres a: “La apropiación física en las relaciones de sexos (…) contiene el acaparamiento de la fuerza de trabajo, y es a través de la que toma este acaparamiento que se puede discernir que se trata de una apropiación material del cuerpo (…) El cuerpo es una reserva de fuerza de trabajo, distinta de su soporte/productor dado que puede ser medida en “cantidades” (de tiempo, de dinero, de tareas), que es acaparado en su origen: la máquina-fuerza-de-trabajo” (2012, p.49)
 
(7): Me refiero a los dichos del diputado Urruticoechea, quien señalara frente a la posibilidad de ampliar las posibilidades de aborto más allá de las causales existentes en la legislación:  «una mujer que ha sido violada y aborta, no se ‘desviola'».
 
(8): Las ideas que se presentan a continuación están relacionadas con lo planteado por el educador popular Rafael Agacino en diversos foros, debates y presentaciones.
 
Bibliografía
 
Arruza Cinzia,  Bhattacharya Tithi, Fraser Nacy, 2019. Feminismo para le 99%. Un manifiesto. RARA AVIS Editorial.
 
Guillaumin, Colette. (2012). Práctica del poder e idea de Naturaleza. La apropiación de las mujeres  (Parte I).  En Caloz -Tschopp y Veloso Bermedo, Tres feministas materialistas, Vol. II. Ediciones Escaparate.
 
MacKinnon, C. (2014). Feminismo inmodificado. Discursos sobre la vida y el derecho. Siglo XXI editores.
 
Segato, R. (2003). Las estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre género entre antropología, psicoanálisis y los Derechos Humanos. Universidad Nacional de Quilmes. Segato, R.   (2016). La guerra contra las mujeres. Traficante de sueños.
 
Segato, R. (2018). Contra-pedagogías de la crueldad. Prometeo Libros.
 
Fuente: Artículo recibido por Correo de los Trabajadores el 22 de enero, 2023.

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