Trump, la tendencia neoautoritaria y la crisis de la época del capitalismo.

por Luis Arizmendi  (*)/ Revista Mundo Siglo XXI.

I

La vuelta de siglo ha comenzado haciendo estallar la crisis epocal del capitalismo. Una crisis de alcances mucho mayores que la Larga Depresión del siglo XIX y la Gran Depresión del siglo XX. La crisis de sobrefinanciamiento, que empezó en el segundo quinquenio del nuevo siglo, pusó al descubierto el inicio de una crisis de sobreproducción de impactos globales. Sin embargo, esta crisis es irreductible a una crisis cíclica de sobreacumulación. Constituye una crisis epocal porque desde la convergencia de diversas crisis, pero ante todo desde la crisis ambiental mundializada, conforma en sí misma una era. Sus orígenes pueden rastrearse varias décadas atrás y tiende a prolongarse todo el resto del siglo. La crisis mundial alimentaria comenzó en 2007-2008. La pobreza que no era mundial, se tornó pobreza global a partir de 1990. Una década después de que el Banco Mundial la empezara a medir para diseñar programas de combate contra los pobres, la ONU la reconoció al hablar del “desafío de los slums”. La crisis ambiental mundializada comienza más atrás. Con el informe del Club de Roma puede periodizarse su comienzo en 1972. El “cambio climático” está regido por un trend que apunta a desestabilizar amenazadoramente el proceso de reproducción de la sociedad global todo el siglo XXI, incluso más allá.

El proyecto de capitalismo de Donald Trump debe ser evaluado ante la crisis epocal y sus tendencias. En ese marco, consigue identificarse mejor su significado histórico para EU y el mundo.

En la vuelta de siglo, dos tendencias formalmente contrarias han jaloneado entre sí por definir el sentido del complejo tiempo de transición en que se encuentra inserto el capitalismo mundial.

Una tendencia ha propugnado por conformar lo que puede reconocerse como un genuino liberalismo del siglo XXI. Ha adquirido diferentes formas de expresión convocando a enfrentar el hambre mundial, la pobreza global, la crisis ambiental, la transición energética y los derechos humanos con base en intervenciones del sistema de Estados que retrocedan ante la devastación social y natural generada en las últimas décadas. Asume que se ha llegado muy lejos en la ofensiva lanzada y que la acumulación capitalista enfrentará desestabilizaciones inmanejables si se sigue esa marcha. Sin embargo, frente y contra el liberalismo del siglo XXI, una tendencia neoautoritaria le ha cerrado paso. Se niega a retroceder y apunta a reconfigurar el capitalismo global imponiendo trayectorias que, con tal de maximizar la tasa de acumulación, no se detengan en agudizar la devastación de los fundamentos de la vida social-natural y de la civilización.

El proyecto de capitalismo de Donald Trump de ningún modo corresponde al liberalismo del siglo XXI. Conforma un obstáculo rígido caracterizarlo como neokeynesiano y puramente como proteccionista. Su propuesta de elevar el estándar de vida de la clase trabajadora americana se inserta en la violación de los derechos humanos y la confrontación de los distintos destacamentos étnicos de la clase trabajadora internacional. De su propuesta de un acuerdo de paz entre EU y Rusia deriva, sin duda, la promoción de una nueva geopolítica mundial para el siglo XXI. Si bien de modo directo neutraliza los riesgos de una guerra nuclear entre potencias, sin embargo, apunta a que el siglo XXI sea un siglo de apuntalamiento del poder militar nuclear. Su arribo a la Casa Blanca puede hacer que el periodo 2017-2020 detone un grave impacto en los siguientes 10 mil años del “planeta azul”. El aferramiento neoautoritario al patrón energético basado en petróleo y gas agudiza el trend del sobrecalentamiento planetario hacia el colapso climático. Con todo lo que significa en terminos de propulsión hacia guerras por la disputa de los yacimientos de energía fósil, de devastación de los países pobres mayormentes vulnerables, de ecomigraciones y confrontación entre distintos conglomerados sociales por los recursos naturales y el agua en el marco de la agudización de la crisis ambiental mundializada.

“Make America great again” es un eslogan que representa un proyecto, indudablemente confuso pero intransigente, de reconfiguración del capitalismo estadounidense y de su poder geopolítico para la disputa por la hegemonía mundial. Apunta a impactar no sólo en la relación del capitalismo estadounidense con la clase trabajadora americana, sino a integrarla agresivamente en la tendencia neoautoritaria por mantener a EU en la cumbre del poder planetario. Incuba violencia político destructiva creciente como postura histórica ante la crisis de nuestra era. El proyecto de capitalismo de Donald Trump personifica la tendencia neoautoritaria del capitalismo del siglo XXI.

II

Al concluir el siglo anterior, Carl Amery publicó un libro con un título de incuestionable vigencia: ¿Auschwitz comienza el siglo XXI? Hitler como precursor. Una obra que convoca a ser recibida como una advertencia: los mayores peligros ante la crisis epocal del capitalismo no conducirán hacia la reedición puntual del proyecto de la Alemania hitleriana, sino a su relanzamiento a partir de su metamorfosis histórica. El neonazismo no contiene necesariamente antisemitismo, sin embargo, no por eso deja de ser neonazismo. En el marco de diversas trayectorias que pueden seguirse, el nazismo está emergiendo nuevamente, pero como tendencia hacia el neonazismo.

Cuando, ante los impactos de la crisis del 29, Karl Korsch teorizó la “contrarrevolución fascista” unidimensionalizó la integración de la clase trabajadora al nazismo alemán. Denunció la negación de las necesidades emancipatorias de los dominados modernos, con el nazismo presentándose al reves, es decir como presunta versión del socialismo basada en la expansión del Estado nacional, pero no visibilizó que el nacional-socialismo no fue sólo un engaño ideológico. Que su fundamento material lo conformó el entrecruzamiento, trágico pero profundo, de necesidades del capitalismo alemán con necesidades inmediatas de la clase trabajadora germana. La desconexión de las necesidades inmediatas respecto de las necesidades históricas de la clase trabajadora alemana constituyó una desconexión esencial sine qua non para la existencia misma de la Alemania hitleriana.

Para el capitalismo alemán, la “guerra relámpago” (blitzkrieg) contra los países de Europa era el medio para la integración de su “espacio vital”. La construcción del Grossraumwirtschaft, esto es del área económica amplia, apuntaba a volver realidad por primera vez el proyecto de una paneuropa, pero en tanto subordinada a la disputa del Estado hitleriano por la hegemonía mundial. Hitler buscaba impedir el posicionamiento definitivo de EU como hegemón. El proyecto de unificación violenta de Europa debía llevar invariablemente a invadir la URSS, buscando dotar a la Alemania nazi de un espacio geoeconómico suficiente para contender por el poder planetario. Logró la incorporación de la clase trabajadora germana porque al imponer la subordinación nazi a otros Estados, se avanzaba para contrarrestar no sólo la crisis del capitalismo alemán, sino el impacto de la crisis en esa misma clase trabajadora. Incluso, los integrantes de la alta jerarquía del partido nazi pudieron escalar y reposicionarse temporalmente como miembros de la burguesía a partir de apropiarse de las fábricas expropiadas en los Estados invadidos. La complicidad inexcusable pero efectiva de la clase trabajadora germana con el proyecto del Grossraumwirtschaft hitleriano conformó su estrategia de sobrevivencia ante la crisis del 29. En el marco de la disputa por los recursos económicos, la clase trabajadora alemana asumió la violencia político destructiva en su confrontación con los distintos destacamentos nacionales de la clase trabajadora europea. El nazismo siempre hace de la bellum omnum contra omnes un medio esencial de desarrollo de su poder político.

Sin duda, la crisis epocal del capitalismo del siglo XXI está trayendo de regreso un escenario similar en EU y Europa. Si la ultraderecha europea empieza a ganar elecciones en 2017, la tendencia neoautoritaria podría abrirse paso desde los dos lados del Atlántico. A través de discursos políticos islamofóbicos, latinofóbicos, xenofóbicos, racistas, misóginos o abiertamente neonazis, esa tendencia ya tiene forma de expresión en el Partido de la Libertad en Austria, el Partido por la Libertad en Holanda, el UKIP en Gran Bretaña, el Fidesz en Hungría, Ley y Justicia en Polonia, el Partido Popular Danés, el Partido del Progreso en Noruega, y Alternativa para Alemania, a los que hay que agregar la alt-right americana –que recibió el desenlace de las elecciones con un “Heil Trump”–. Tienen en común un electorado racista blanco, de bajo nivel educativo, que pretende poner fin a la tolerancia religiosa, la integración pluriétnica, los derechos de las mujeres y terminar con las instituciones presentes para retornar, por la fuerza, a otras de un pasado imaginariamente glorioso. No es mera retórica que Le Pen vea en la victoria de Trump el “principio de un nuevo mundo”.

El “efecto Trump” no es pura creación de los mass media, aunque ciertamente le brindaron una enorme proyección como presunto “outsider” impugnador del establishment. Representa la absorción del descontento y el rechazo social a los impactos de la crisis contemporánea, pero para recanalizarlo hacia una reconfiguración cada vez más amenazante del ejercicio del poder político y del poder planetario.

En este sentido, lo decisivo no reside en si Donald Trump representa hic et nunc el doble político exacto del proyecto de Estado de Hitler o Mussolini. El peligro emerge de que personifica la tendencia neoutoritaria más radical como falsa salida ante la crisis epocal del capitalismo del siglo XXI. El “huevo de la serpiente” al que aludiera Ingmar Berman está de regreso.

III

No ha sido casual que una de las fuerzas centrales del discurso político de Trump haya consistido en la promulgación cínica del adiós a la promesa del progreso para todos con la modernidad capitalista. No obstante, su proyecto no lleva la formulación de que en la modernidad americana la opulencia y el confort han ingresado en un colapso irreversible, más bien plantea que para que puedan garantizarse para unos cuantos, tendrá que admitirse el dolor y la exclusión –tendencialmente incluso la eliminación– de muchos más.

El arribo de Trump a la Casa Blanca personifica un proyecto de capitalismo que tiene como uno de sus principales puntales la agresiva confrontación interétnica pero también intraétnica de los trabajadores modernos. Pero su sentido histórico reside no sólo en promover el cercenamiento de diversos conjuntos de la pluspoblación internacional, también apunta a llevar más lejos la sobre-explotación global de la fuerza de trabajo.

México está colocado en primera fila en el proyecto de Trump por un capitalismo crecientemente ofensivo con la clase trabajadora internacional. La amenaza de la deportación de 2 millones de indocumentados mexicanos, tratados xenofóbicamente como si fueran criminales, encubre que en los hechos se está apuntando a imponer una sobre-explotación aún más agresiva, propiamente brutal, sobre los otros 9.5 millones de chicanos en EU. Sobre-explotación significa que se viola las leyes de la modernidad capitalista porque se roba salario a los trabajadores. Se ejerce de forma permanente o estructural sobre los migrantes indocumentados en EU, pero con Trump podría ser duplicada. A la sustracción de valor al salario de los indocumentados mexicanos por los capitales privados, podría sumarse la sustracción de valor desde el Estado. Las leyes internacionales serán violadas si se impone el robo de las remesas para financiar la construcción del Muro del Río Bravo, que anuncia horrores peores que los del Muro de Berlín. El siglo XXI no aprende de la oscuridad del siglo XX. Será el símbolo par excellence de la tendencia a la conformación de un Estado de excepción, del proyecto de estatuir como ley la violación de las leyes.

De llevarse a cabo, la incautación del envío de remesas significará un fuerte golpe para la clase trabajadora mexicana, que cuenta con el salario mínimo más bajo en siete décadas. De acuerdo a BBVA Research, México se ubica en el quinto lugar de países que más remesas reciben en el mundo. Después de India, China, Filipinas y Francia.

La aglomeración de población internacional sobrante en la frontera propulsará la intensificación de la pobreza y, por tanto, el reclutamiento de fuerza de trabajo para la economía criminal. Crecerá la economía ilegal, la trata de blancas y la esclavización de mujeres –que ya constituye el segundo canal de acumulación de renta criminal en México–. Más de 200 años después de su promulgación por Miguel Hidalgo, la prohibición de la esclavitud en México es letra muerta. La trata de blancas constituye la nueva forma de esclavitud moderna en el siglo XXI.

IV

A partir del surgimiento del Estado neoliberal, a principios de los ochenta, México ha desplegado tres formas de acumulación por desposesión, que se sobreponen y no son simplemente sucesivas.

De 1982 a 1988, estrenó una forma de acumulación por desposesión que en Argentina, en el sexenio previo, requirió la presencia de una dictadura militar. En México, sin dictadura, una enorme sustracción de valor al salario nacional se impuso como fuente de financiamiento de una enorme deuda externa. Desde ahí, la acumulación por desposesión por servicio de la deuda llegó para quedarse. Medida como proporción del PIB, excluyendo reservas internacionales y tenencias en oro, México se ubica como la octava economía más endeudada del orbe.

De 1988 a 2006, como resultado de ser el único país en aplicar al pie de la letra el Consenso de Washington durante décadas, México transitó a una nueva forma de subordinación centro/periferia: la subordinación global. Todos los núcleos estratégicos de los diversos sectores de la economía nacional (innovación tecnológica, petróleo, gas, alimentación, banca, etc), pasaron a ser internamente subordinados por el capital transnacional. Estas dos formas de acumulación por desposesión masificaron la pobreza hasta impactar al 80% de la población.

Específicamente desde 2006, el país transitó hacia una tercera forma de acumulación por desposesión: emergió el capitalismo necropolítico. Una configuración del capitalismo que, con base en la economía criminal, hace de la política de muerte fundamento de nuevos modos de acumulación imponiendo violencia decadente y abusos insólitos. Con el capitalismo necropolítico la renta criminal ha diversificado sus fuentes de modo insospechado: producción y mercado negro de drogas, trata de blancas, tributo criminal por circulación de mercancías y personas, tributo ilegal por operación de comercios y restaurantes, incluso por ocupación de casa habitación. Producto de la impunidad sobre el caso de Ayotzinapa, se abrió más el abanico de la renta criminal, pasando a incluir esclavización de niños, mercado negro de órganos, matrimonio servil y experimentación biomédica ilegal. El capitalismo necropolítico edificó la acumulación por desposesión basada en violencia decadente. Ha hecho de México el país del continente americano con mayor número de personas en esclavitud.

El proyecto de Estado de Trump conducirá a una creciente violación de derechos humanos en los dos lados de la frontera del Río Bravo. Como el flujo de migrantes indocumentados proviene desde Centroamérica, profundizará el impacto de la violencia decadente a lo largo de todo el territorio –que ya ha de México un país de fosas comunes clandestinas–. Aunque por su acelerada integración al lavado internacional de dinero, México nunca ha recibido los duros cuestionamientos que la ONU le dirigió a Colombia, es el país con más denuncias ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. El proyecto de capitalismo neoautoritario latinofóbico de Trump, sin duda, propiciará el recrudecimiento del capitalismo necropolítico en México.

V

El TLC volvió a México un prototipo de dependencia energética, dependencia alimentaria y dependencia financiera. Aproximadamente, 75% de las exportaciones mexicanas se realizan hacia EU. La reproducción global del capitalismo mexicano opera entrecruzada sobremanera con el capitalismo estadounidense.

La desindustrialización estratégica como fundamento de un tributo permanente hacia EU impactó, ante todo, a PEMEX. México es el único país con yacimientos petroleros que tan sólo cuenta con 6 refinerías. No invierte en petro químicas, por eso, se encuentra inserto en el círculo vicioso de una dependencia artifical: exporta petróleo barato a EU para importarle gasolina cara. Entre los países petroleros, Venezuela cuenta 24 refinerías, Japón con 31, Rusia con 41, China con 51 y EU con más de 130. La subordinación global de México a EU no ha traído únicamente desindustrialización estratégica en el sector energético. Mientras en Irak hizo falta una guerra para entregar los yacimientos energéticos al capital transnacional, en México se hizo aplicando “reformas estructurales” neoliberales. La renta petrolera está reorganizada para operar no como renta nacional, sino cada vez más como tributo transnacional a favor de EU.

Desde el TLC, la gran industria mexicana fue despedazada para ser sustituída por una gran maquiladora internacional. Después del petróleo crudo, las principales exportaciones de México son automóviles, piezas repuesto, camiones de reparto, televisores de pantalla plana, smartphones, computadoras, aparatos de radiofrecuencia, café y plata. Es inexistente un proyecto de desarrollo tecnológico y energético que asuma el relanzamiento de la soberanía nacional. La subordinación global ha generado desindustrialización y desfinanciamiento estratégicos en ramas clave de la economía mexicana.

El desfinanciamiento estratégico del campo golpeó drásticamente la autoproducción nacional de alimentos. El alza de los precios internacionales de los alimentos ha puesto al descubierto la grave vulnerabilidad mexicana. México ha transitado de ser un país ejemplar en el ejercicio de la soberanía alimentaria en el siglo XX, a ser un prototipo de dependencia alimentaria en el siglo XXI. Según datos del USDA, de principios de los ochenta a nuestros días, México pasó de una tasa de 10% a una de 46% en la importación de los alimentos. Para el año 2025, México podría depender de la importación de maíz estadounidense en prácticamente un 50%.

A lo que se suma que, pese a el rescate bancario, prácticamente 95% de la banca es extranjera en México. Lejos de operar como banca de desarrollo, funciona como banca de acumulación por desposesión. Centrada en la sustracción de valor al salario nacional, a partir de crédito al consumo y préstamos por nómina, transfiere ganancias mayores para los bancos extranjeros que las que ellos obtienen en sus países de origen.

La subordinación energética, alimentaria y financiera como principales expresiones de la subordinación global de México a EU, revelan la enorme ventaja que EU ha obtenido con el TLC. El ultimátum renegociación o abandono del TLC, sin dejar de ser retórica, es un arma internacional. El capital estadounidense ya domina prácticamente todos los núcleos estratégicos de la economía mexicana, pero es insaciable. Quiere más. El proyecto de capitalismo neoautoritario va a llevar a Trump a no abandonar la subordinación global, sino a buscar imponer una asimetría comercial aún más ofensiva. Buscará que México se mantenga irrestrictamente abierto a las mercancías y el capital de EU, pero que EU cierre autoritariamente el acceso a las mercancías mexicanas, según convenga económica o políticamente incumplir lo ya firmado en el TLC.

La renegociación del TLC podría producir recesión en la economía mexicana. El crecimiento del desempleo, el cierre de empresas, el aumento de la pobreza y el golpe a las remesas van a agudizar los impactos de las tres configuraciones de la acumulación por desposesión.

México está convocado a asumir la compleja transición de reinventarse. A diversificar su juego de intercambios con el mercado mundial y sus potencias. A trascender la subordinación global asumiendo estratégicamente el desarrollo de la soberania nacional para contrarrestar todas las formas de acumulación por desposesión.

En ese marco, México podría luchar por la soberanía sobre sus recursos naturales y levantar un Muro de agua en el Río Bravo. A fines de 2017, vence el tratado pactado con EU para “compartir” agua del Río Colorado y del Río Bravo. Arizona y Nevada dependen vitalmente de ese tratado ampliamente asimétrico. Ahí se producen 15% de los alimentos de EU.

Lo que el proyecto neoautoritario de Trump no visibiliza es que EU ejerce la subordinación global sobre México, pero México tiene posibilidades efectivas para poner en práctica diversas políticas defensivas. Eso requeriría un gobierno contrahegemónico fuerte. Ser un México soberano ante la crisis epocal del capitalismo y su tendencia neoautoritaria es el gran reto histórico del México del siglo XXI.

VI

La postura latinofóbica de los votantes blancos de la América rural o de los trabajadores afectados por la migración de empresas que se deslocalizan no constituye la única base social de apoyo a Trump desde la clase trabajadora. Aunque obtuvo una amplia preponderancia en los estados donde la población blanca es superior a la media nacional, atrajo la preferencia de 1 de cada 5 de los votantes más pobres (es decir, con salarios inferiores a los 30 mil dls anuales). Y, más aún, atrajo 3 de cada 10 votos tanto entre latinos como entre asiáticos. Un giro sumamente relevante en las preferencias electorales que arrebató votos cruciales al Partido Demócrata.

La complejidad de la atracción de la clase trabajadora americana hacia Trump de ningún modo se descifra suficientemente aludiendo a un retorno reaccionario pero simple al racismo clásico de la modernidad americana. El voto que otorga la victoria a Trump no expresa solamente el regreso al racismo basado en el fanatismo ético de la blancura de la raza. Aunque deriva de él, en tanto los blancos europeos se encargaron de la mundialización capitalista y sus conquistas, la victoria de Trump proyecta la presencia de un “racismo” de otro orden, ejercido por poblaciones no blancas, como un fenómeno xenofóbico muy peculiar: la blanquitud.

Blanquitud es el concepto que inventó Bolívar Echeverría para designar aquellas formas de bellum omnium contra omnes al interior de los dominados modernos que, reproduciendo la virulencia del racismo clásico, no responde al color de la piel ni a la identidad nacional o religiosa. Es un término que da cuenta de una reconfiguración violenta de la lucha moderna de clases que absorbe las luchas por la liberación social, abriendo nuevos espacios de acción a sujetos anteriormente excluidos pero no para dar un paso adelante en las luchas emancipatorias, sino para asimilarlos como sujetos integrados a la legalidad del poder capitalista. Absorber y vencer las luchas por la liberación social es su sentido. La blanquitud en diversos conjuntos étnicos es la expresión por excelencia de la crisis del american dream y su asunción violenta de que el confort y el progreso ya no son universalizables.

La tendencia neoautoritaria que personifica Trump es peligrosa porque estimula confrontaciones inter-etnicas pero también intra-étnicas en acuerdo a la disputa por los recursos artificialmente escasos. Los latinos y asiáticos que cuentan con derechos de ciudadanía votaron por el ejercicio de la latinofobia contra sus propios connacionales indocumentados o por la islamofobia apoyando la presunta “guerra contra el terrorismo” en Medio Oriente. El proyecto de capitalismo neoautoritario de Trump da forma a un complejo caleidoscopio político que combina y sobrepone la xefonobia clásica de los blancos racistas americanos con la blanquitud de los latinos y asiáticos americanizados.

VII

Trump representa el intento de lanzamiento de una nueva geopolítica mundial para el siglo XXI.

Su apuesta reside en una estrategia inédita de disputa por la hegemonía mundial resquebrajando o incluso quebrando la alianza ente Rusia y China. En la medida en que el mayor contendiente a hegemón global es China, una alianza EU-Rusia podría imprimirle un giro radical al “gran tablero de ajedrez” geoestratégico global. Pero existen profundos intereses económicos y resistencias políticas que se oponen desde dentro del establishment americano a una alianza ruso-americana. Trump significa la colisión de dos contrastantes proyectos geopolíticos para EU en el nuevo siglo.

Lo único positivo, pero crucial, del boceto geoestratégico de Trump reside en que su proyecto de un pacto político inédito de paz con Rusia revierte la amenaza del inminente estallido de una guerra nuclear entre potencias. El insensato cerco logístico de las fuerzas militares de EU sobre las fronteras de Rusia y el despliegue del escudo de antimisiles de la OTAN, la construcción de enormes búnkeres anti-nucleares en Moscú para escudar a millones de personas, la promulgación de una ley rusa para suspender el pacto de reconversión de plutonio militar en combustible, los recientes desarrollos de nuevas armas nucleares rusas y coreanas, además de los preparativos de una guerra con China, son factores estratégicos que sustentan expresiones como las que realizó hasta el Papa cuando afirmó que “vivimos una Tercera Guerra Mundial por fragmentos”.

La devastación no constituye una contingencia sino una necesidad intrínseca a la acumulación capitalista global. La devastación se torna una necesidad mayor para el capitalismo en tiempos de crisis. Sin embargo, puede adquirir configuraciones históricas sumamente diferentes y contrapuestas.

Aunque Diana Johnston tiene razón cuando señala, en The queen of chaos, que el proyecto geopolítico de Clinton conducía directamente a la guerra nuclear entre EU y Rusia, es un grave error eximir a la tendencia neoautoritaria con Trump de riesgos de una conflagración atómica internacional.

Ciertamente, existe una profunda relación entre el calentamiento global y el calentamiento global nuclear, pero no como la formula Trump.

El abandono del acuerdo de la Cumbre de París tendría un doble impacto en el trend de la crisis epocal del capitalismo del siglo XXI.

Radicalizaría desmesuaradamente la persecución esquizoide del capitalismo estadounidense por maximizar su tasa de acumulación buscando vencer a China en la disputa por la hegemonía imperial, sin detenerse ante la amenazadora devastación que acarrea el sobrecalentamiento planetario, incluso sobre la continuidad histórica del capitalismo mundial. El proyecto fosilista de Trump desde la Casa Blanca puede levantar un impacto de larga duración para el siglo XXI, anulando toda posibilidad de impedir que el “caos climático” se desboque. En el fondo, la tendencia neoautoritaria y su aferramiento temerario al patrón petrolero constituye una falsa salida a la crisis epocal del capitalismo.

El más radical peligro de la crisis epocal emerge del entrecruzamiento del trend de la crisis ambiental y la crisis alimentaria. El sobrecalentamiento planetario ha puesto en marcha la amenaza de la transición de una escasez espuria o artificial en la actual crisis alimentaria global hacia una escasez absoluta, que puede generarse por creciente devastación de los cultivos en el siglo XXI. Hacia el siglo XXII, el trend secular del caos climático podría llevar a una devastación de alcances equivalentes a guerra nuclear globalizada. Esos desenlaces no se definirán en el largo plazo. El corto período 2017-2020 podría pasar a la historia como el cuatrienio que tornó irreversible el trend secular del sobrecalentamiento planetario.

A la par, el aferramiento de la tendencia neoautoritaria al capitalismo fosilista podría llegar a abrir al peligro, si no de guerra nuclear entre potencias, sí de guerra nuclear asimétrica. No se trata sólo de que entre los multimillonarios que financiaron la campaña de Trump se opongan radicalmente al acuerdo con Irán y promuevan una guerra nuclear con mini nukes. El patrón energético basado en energía fósil vuelve inevitable, como afirma Michael Klare, el binomio petróleo-sangre. En la era de la tendencia al agotamiento del petróleo, el capitalismo fosilista conduce implacablemente a disputas bélicas por las reservas estratégicas. Irán y Venezuela están en la mira de la tendencia neoautoritaria. Cuentan con las mayores reservas probadas de petróleo y gas natural.

El discurso de campaña de Trump en el American Israel Public Affairs Committee (AIPAC) fue implacable. No es pura retórica política calificar a Irán como “el mayor patrocinador de terrorismo en todo el mundo”. Dejó claro que su principal aliado es Israel y lo apoyará totalmente como potencia económico-militar en Medio Oriente. Difícilmente una guerra nuclear asimétrica con Irán no desataría un efecto de arrastre bélico regional amplio e inestable. Siendo China el principal contendiente a la hegemonía global, ahora que ya es la tercera potencia militar, resulta geoestratégica la reciente alianza militar China-Irán. La triple alianza euroasiática Rusia-China-Irán era condición clave en la disputa oriental por la hegemonía global. Trump esta intentando abrir un complejo tiempo de transición. ¿Rusia estará dispuesta a redefinir su alianza con China e Irán en una nueva geopolítica global?

La geopolítica neoautoritaria está dispuesta a admitir cierta ampliación del club de Estados nucleares. Incluso, exige mayor gasto militar de sus aliados, para no tener que financiar su defensa. Aunque el PIB de EU es menor al de la Unión Europea, triplica el gasto militar de todo el resto de la OTAN. Para mantener su liderazgo militar EU tiene que gastar 4% de su PIB anual, mientras la media en gastos militares para la OTAN se encuentra en el 1.28%. EU es sin parangón la máxima potencia militar global. Invierte en su poder militar, aproximadamente, 1000% más que Rusia. Sin embargo, el proyecto geopolítico de Trump se encuentra lejos de plantear reconvertir gasto militar en gasto civil. Solicitará al Congreso que apruebe la eliminación de todo límite legal al aumento en inversión militar. La geopolítica neoautoritaria apuesta a un siglo XXI nuclear: apunta a ampliar la lista de Estados con armas atómicas, llevando más lejos el poder de EU como máxima potencia capaz de producir un overkill atómico global.

La crisis epocal del capitalismo ha hecho aparecer en el horizonte actual la potencialidad de una Tercera Guerra Mundial. Su amenaza inminente era directamente visible con Clinton. Ese peligro se posterga pero de modo incierto, sólo parece cambiar de forma con una nueva geopolítica mundial. Parafraseando a Amery, cabría preguntar: ¿Hirsohima comienza el siglo XXI?

(*) Luis Arizmendi, Director de la revista internacional Mundo Siglo XXI.

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