El «Triángulo de las Bermudas» por el que navega Cuba (IV).

Reflujo de la izquierda latinoamericana I/(*).

por Roberto Regalado (**)/ La Tizza.

Uno de los principales desafíos de Cuba es cómo enfrentar la «nueva carencia» de un espacio solidario de concertación política e integración económica.

Construir el socialismo en un solo país, por añadidura, en un país pequeño, pobre, con pocos recursos naturales, azotado por huracanes, subdesarrollado, bloqueado y ubicado a solo 90 millas de su agresor, el imperialismo más poderoso del planeta, que le quiere imponer un «cambio de régimen» mediante el «hard power», el «soft power» o el «smart power», es una tarea que solo se acomete si se dan tres condiciones: 1) si no hay alternativa inmediata; 2) si se vislumbra una alternativa a corto o mediano plazo; y, 3) si se elabora y ejecuta una estrategia para lograr que la alternativa se haga realidad. Es obvio que la batalla por el levantamiento del bloqueo estadounidense tiene que ser un pilar de esa estrategia, pero: ¿no faltaría otro pilar? ¿Una relación «normal» con los Estados Unidos sería suficiente para pasar de la defensa de la patria, la revolución y las conquistas del socialismo, a la edificación plena de la nueva sociedad?

la Revolución cubana tiene que seguir defendiendo el socialismo en un solo país, pero a mediano o largo plazo necesita insertarse en un espacio solidario de concertación política e integración económica.

Por complejo que en la actualidad sea el panorama continental, América Latina y el Caribe es la única región del mundo con la que Cuba puede forjar una nueva familia solidaria. Por eso el futuro de Cuba dependerá de la emancipación del subcontinente, tanto como la emancipación del subcontinente dependerá del futuro de Cuba. Este ha de ser el principio cardinal de la política exterior y las relaciones exteriores de Cuba, porque es el único modo de crear:

Nadie crea que por haber hecho una revolución a 90 millas de los Estados Unidos, haber derrotado al imperialismo en Playa Girón, haber realizado una campaña de alfabetización, haber desarrollado la salud, la educación y demás esferas sociales, haber protagonizado gestas internacionalistas en Angola, Etiopía y otros países, y por tantos otros méritos que indiscutiblemente posee, Cuba tiene o tendrá garantizados la solidaridad y el apoyo eterno de las fuerzas de izquierda y progresistas del mundo, incluidas las latinoamericanas y caribeñas.

Desaparecidas las condiciones para la conquista del poder mediante la lucha armada y para el ejercicio del poder mediante un sistema de partido único o hegemónico, sumidos el marxismo y el leninismo en una crisis de credibilidad motivada por el colapso del marxismo‑leninismo soviético ante el embate de la perestroika y la glasnost, y cuestionados el antiimperialismo y el anticapitalismo por una autoproclamada «nueva izquierda» que rechazaba el prefijo «anti», los pilares sobre los cuales la Revolución cubana se había convertido en referente de amplios sectores del movimiento popular y la izquierda latinoamericana y caribeña sufrían un intenso ataque. Esto repercutió tanto en un alejamiento entre las concepciones y posiciones políticas de Cuba, y las de amplios sectores de la izquierda y el progresismo que estaban en fase de reestructuración organizativa, redefinición político‑programática y reconstrucción de alianzas, como en la crítica y el distanciamiento con Cuba de una parte de esos sectores.

Entre las décadas de 1980 y 2000 se desarrolla una aún inconclusa batalla política e ideológica, una batalla férrea, intensa, agotadora y desgastante, una batalla que era, a un mismo tiempo, destructiva y constructiva, una batalla que solo encontraría un punto de equilibrio, acercamiento, concertación y acción unitaria cuando se demostró — como si hubiese sido necesario demostrarlo, una vez más — que ni el imperialismo ni las oligarquías criollas discriminan entre las revolucionarias y los revolucionarios que en las nuevas condiciones devinieron transformadoras y transformadores, y las reformistas y los reformistas que en las nuevas condiciones devinieron reformadoras y reformadores.

Unos y otros constituyen obstáculos intolerables para el grado de concentración de la riqueza y masificación de la exclusión social requerido por la reproducción del capital. Por eso el capital recurre al autoritarismo‑neoliberal de Macri, Áñez, Bolsonaro, Piñera, Duque y otros.

Al cabo de veinte años, las posiciones de todas y todos, incluidas las nuestras, las posiciones de las y los cubanos habían evolucionado en una dirección convergente.

No en una dirección de renuncia a la identidad de cada cual, sino de entendimiento de la situación política y la correlación de fuerzas existente en cada nación y, en particular, dentro de las fuerzas de izquierda y progresistas de cada nación. No se podía pedir a Chávez que hiciera lo que Lula, ni a Lula que hiciera lo que Chávez. Hoy este es un razonamiento elemental: en 1990 no lo era, ni para quien escribe estas líneas.

Notas:

 

(*) De la serie: El «Triángulo de las Bermudas» por el que navega Cuba. Acumulación de problemas propios, doble filo del bloqueo y reflujo de la izquierda latinoamericana.

Para ver Parte III pinche aquí.

 
(**) Roberto Regalado: Politólogo, doctor en Ciencias Filosóficas, profesor adjunto de Ciencias Políticas, licenciado en Periodismo y profesor de Inglés. Miembro de la Sección de Literatura Histórica y Social de la Asociación de Escritores, de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba.

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